Clío

Temas de historia regional y local

viernes, 22 de junio de 2012

La Paraguaná caquetía y su herencia en nosotros

Texto presentado en:

V Coloquio de Historia Regional y Local Falconiana. Grupo Tiquiba. Pueblo Nuevo de Paraguaná. 2001.

XX aniversario del Grupo Tiquiba. Décimo Encuentro Presencia Puntual de los Amigos. Pueblo Nuevo de Paraguaná, estado Falcón. 21 al 28 de agosto de 2005.

Seminario “Memoria patrimonial del estado Falcón”, dictado en la Casa de la Diversidad Cultural del estado Falcón. La Vela de Coro, 25 de abril de 2013.





Prof. Dra. Blanca De Lima
CIHPMA-UNEFM
Prof. Arqº Marcia López
CIAAP-UNEFM

INTRODUCCIÓN


La primera vez que se leyó este texto fue a invitación del Prof. Isaac López. Con el título de «Nuestros padres caquetíos», fue presentado en el V Coloquio de Historia Regional y Local Falconiana, en el año 2001.
En una segunda ocasión, acudimos invitados nuevamente por Isaac para ampliar el horizonte del trabajo. El texto fue presentado en el XX aniversario del Grupo Tiquiba. Décimo Encuentro Presencia Puntual de los Amigos. Pueblo Nuevo de Paraguaná, estado Falcón. 21 al 28 de agosto de 2005. Se le hicieron modificaciones de fondo y de forma, en las que el aporte de la investigación arqueológica fue fundamental. Lamentablemente, el avance de la arqueología sobre el estudio de los caquetíos ha sido muy escaso, cuando no inexistente, en los últimos años. Por ello, hoy por hoy en Falcón no tenemos un cuerpo de conocimientos sobre nuestra historia prehispánica que pueda decirnos todo cuanto quisiéramos saber de los pobladores ancestrales de estas tierras.
En abril del año 2013, en el marco del seminario “Memoria patrimonial del estado Falcón”, dictado en la Casa de la Diversidad Cultural del estado Falcón, nuevamente se hizo su lectura, con pequeñas adiciones de información.
En esta ponencia se vierten datos y resultantes de los estudios realizados por diversos investigadores, buscando obtener un compendio actualizado que será de alto valor e interés para los docentes e investigadores que se quieran asomar a los tiempos en que los caquetíos dominaban el mar y las tierras de lo que hoy es el estado Falcón.

Los caquetíos y el mar

La costa falconiana siempre ha sido un lugar de pesca. Y al decir siempre nos referimos a -por lo menos- 12.000 años antes de Cristo. Hablamos de la época -el Pleistoceno- cuando por aquí pasaban megaterios y gliptodontes, cuando las manadas de mastodontes comían en estos mismos parajes. Por aquel tiempo, además de la megafauna, habitaban aquí bandas nómadas humanas probablemente especializadas en la caza de grandes animales, recolección de frutos y otros bienes silvestres necesarios para la vida. Las costas de Falcón, ya para entonces, eran tan áridas como ahora. Pero el nivel del mar era inferior al actual, y en las llanuras que hoy están cubiertas por el mar crecían gramíneas y selvas de galería en las cuales hombres y animales luchaban por subsistir.
Vestigios de aquella cultura se han localizado en El Camare, La Laguna y El Jobo, identificados como sitios de taller; y Muaco, Taima Taima y Cucuruchu, descritos como sitios de de matanza de grandes animales1. Corresponden a la época del Paleo-indio. Hace 8000 años, aproximadamente, el hemisferio norte sufrió cambios climáticos definitivos; los cascos polares se deshielaron, el nivel del mar subió y el clima se tornó cálido. La megafauna, a consecuencia de esto y por su incapacidad para adaptarse, sucumbió. El hombre, más adaptable, aprendió a cazar animales mucho más pequeños, a recoger los mismos y los nuevos bienes silvestres, y a pescar. El gran invento del Paleo-indio fue la punta de proyectil en forma de dardo y el propulsor, antecedentes del arco y la flecha.
A lo largo del Meso-indio (5000-1000 a.C) los grupos de recolectores marinos, nuestros ancestros, se extendieron rápidamente y cubrieron las costas desde Paria hasta Paraguaná. En nuestra tierra abundan los restos dejados por ellos 4000 años antes de Cristo2.
Durante el primer milenio después de Cristo, en la época Neo-india, los recolectores marinos que poblaban las costas falconianas fueron influidos por los llamados dabajuroides, provenientes de la hoya del lago de Maracaibo. Los dabajuroides prosiguieron con el control de la navegación que habían aportado los recolectores marinos, como lo indica en el rastro arqueológico la presencia de pesas de red y artefactos de hueso probablemente asociados al ámbito marino, como agujas quizás usadas para hilar redes, puntas alargadas y puntas de lanzas, tal vez relacionadas con la pesca3. En su proceso de expansión y evolución, estos pueblos navegaron mar adentro, llegando hasta Curazao, Aruba, Bonaire y el archipiélago de Las Aves de sotavento4.
Los indígenas tenían diversas formas de pesca. La más elemental era a base de flechas o arpones; se hacían faenas nocturnas utilizando antorchas cuya luz atraía a los peces, que flechaban o arponeaban. Cuando los cardúmenes eran muy grandes y se acercaban a la costa, los caquetíos se tiraban al mar, en filas que avanzaban gritando y apaleando el agua, formando un círculo dentro del cual quedaban atrapados los azorados peces, que sólo atinaban a nadar enloquecidos dentro del círculo de muerte, hasta llegar cerca de la playa, donde finalmente los atrapaban en grandísimas cantidades. Finalmente estaban las embarcaciones marinas y las redes. Las primeras eran pequeñas canoas al parecer con el fondo plano, pero con una eslora y una capacidad de carga suficientes para resistir con éxito los embates del mar. Conocían los canaletes y las velas. En cuanto a las redes, las tenían hechas de algodón y otras fibras vegetales, siendo pequeñas, de hasta un centenar de metros, usando guijarros como pesas y totumas y calabazas para suspender la parte superior flotando. Con ellas capturaban -sobre todo en las zonas de manglar- peces, iguanas y reptiles5.
Es este mar el que recorrerá el capitán Alonso de Ojeda retomando la ruta ya conocida por Colón. Ojeda se extendió navegando sobre el contorno de las costas de tierra firme y sus islas cercanas; así conoció Margarita y Maracapana, cabo Codera hasta La Vela de Coro, en donde viró para encontrarse con Curazao y Aruba, desde donde llegó hasta cabo San Román; el punto más septentrional de la península de Paraguaná -a la que creyeron otra isla- tocando por último el golfo de Venezuela y la península de la Goajira.
Comenzaba la conquista de Venezuela. En oriente se inició con la explotación de los bancos perleros, sobre todo los de Cubagua. Los indios hicieron una fuerte resistencia, y una vez esclavizados murieron por millares. Pero en lo que hoy es el estado Falcón no había placeres perlíferos, ni minas, ni especias. Aquí la resistencia al europeo fue mucho menor, y esencialmente provino de los pueblos indígenas de la tierra adentro. Este fue lugar de paso, punto de tránsito en la búsqueda del mítico mar del Sur. Cuando Carlos V cedió este territorio a los Welser, estos se sirvieron de Coro y la costa para iniciar exploraciones tierra adentro, mismas que permitieron conocer el sur-oeste de Venezuela, llegando hasta lo que hoy es Bogotá, Colombia.
En los testimonios de la conquista encontramos referencias a la pesca india. Siempre la misma visión, un mar abundante en pesca, un pueblo que consumía y ofrecía al forastero toda clase de pescados, notables por su calidad además de su cantidad. Juan de Castellanos menciona en sus Elegías a la costa coriana: «Abundantísima de toda caza: Hay perdices, conejos y venados, y grande pesquería de pescados»6. Nicolás Federmann escribió en su Historia Indiana: «Al día siguiente llegamos al caserío citado, donde los habitantes nos esperaban con toda clase de pescados, que tenían en cantidad y bueno,...»7.
Los caquetíos, o los que de ese pueblo sobrevivieron al etnocidio, fueron fieles aliados de la corona hasta el final de la colonia, siendo una de sus principales contribuciones el resguardo y defensa de las costas, que conocían mejor que nadie, y en las que fungían como centinelas permanentes; patrullaje de extrema utilidad si recordamos la siempre viva amenaza de invasiones piratas que mantuvieron en vilo a Coro durante buena parte del período colonial. Fue de especial importancia esta vigilancia indígena en la costa occidental de Paraguaná y en La Vela de Coro. Un ejemplo de esta actividad se ha rescatado por memoria oral. Se cuenta que a comienzos del siglo XIX las milicias de Moruy y Santa Ana estaban bajo la jefatura del coronel Miraya, quien en 1806, cuando Miranda desembarcó en el puerto de La Vela, llamó a los milicianos indígenas, concurriendo 1200 indios de Santa Ana y 800 de Moruy8.
Otra actividad económica que potenció la importancia de la pesca para los pobladores de la costa, y esta se dio sobre todo en Paraguaná, aunque se repitió en otros puntos de la costa, fueron las salinas. La sal servía para conservar el pescado, ello influyó sobre el comercio de este producto hacia el interior del territorio caquetío. Igualmente, los españoles hicieron uso del inmenso potencial de las salinas paraguaneras, cuyo comercio alcanzó hasta los llanos venezolanos.
Sin embargo, por abundante que fuera la captura llevada a cabo por los caquetíos durante la colonia, esta actividad no fue la más importante, sino un mero complemento. La economía española se levantó sobre los hatos. La pesca siempre tuvo una importancia secundaria. Sirvió, básicamente, para alimentación de los pobladores de la costa que intercambiaban los excedentes por bienes con los hatos o las ciudades.
La herencia del mar caquetío fue destruida desde la misma época colonial, ya que de ser una actividad primordial pasó a ser, y así se ha mantenido hasta hoy, como muy secundaria. El pescador artesanal, heredero del aporte caquetío, se vio influenciado por nuevos usos y costumbres en torno al mar, que se correspondieron con los nuevos patrones económicos; así, el palangre, la nasa, el motor fuera de borda, las rastropesca y la pesca de nuevas especies, entre otros, generaron cambios definitivos; Alí Brett Martínez así lo relata en su obra Suriquiva Mar Afuera:

Los americanos están desviando a nuestros pescadores hacia la captura de especies marinas que jamás habían comerciales en estas costas. La gente de la playa sube todos los días al Campamento con sartas de langostas. El lenguado, llamado antes tapaculo, nunca se comió en Suriquiva. Ahora es uno de los platos favoritos de los americanos, por eso la gente quiere dedicarse exclusivamente a la pesca de langostas y lenguados, en vez de la lisa, el jurel y el carite, pescados de gran utilidad comercial9.

Finalmente, la migración masiva y el reacomodo en el campo laboral causados por la explotación petrolera hicieron abandonar la pesca y el campo. Conucos y aperos fueron olvidados. Hoy, la pesca artesanal paraguanera se ahoga entre el intermediarismo y las agresivas técnicas de pesca a gran escala.

Los caquetíos y la tierra
El barro

Los llamados dabajuroides aportaron a esta región su cultura alfarera. Una vez llegados a estas costas formaron con los que aquí habitaban una nueva y más compleja cultura, donde destacó el manejo del barro.
La alfarería de la serie Dabajuro, ubicada cronológicamente entre el 600 y el 1600 d.C., se distribuye en todo el estado Falcón y en las antillas Neerlandesas. Ha sido clasificada por los arqueólogos en dos grandes grupos: burdo y fino. El burdo constituido por grandes vasijas cuya técnica decorativa predominante es la plástica (corrugaciones, incisiones, aplicaciones). La alfarería burda incluye ollas de diversas formas y boca amplia, grandes recipientes semiglobulares, budares y aripos. Bases redondeadas o anulares, bordes multiacintados y asas verticales en rodete. La función de estos útiles era culinaria. La alfarería fina incluye jarras, boles que podían ser trípodes o carecer de patas, tinajas elipsoidales, potizas globulares o carenadas con pitorros, vasijas-efigies con vertederos biomorfos, y cuencos abiertos. Este grupo cerámico se caracteriza por el uso de la pintura policroma como técnica decorativa, asociada a motivos geométricos donde la presencia de la decoración en forma de clavo es un elemento diagnóstico, ya que esta es exclusiva del estilo Dabajuro. Hay bases de distintas formas y abundan el borde hueco-sonajero y las asas verticales a modo de «ojos». Esta alfarería se asocia al almacenamiento de líquidos y servicio de alimentos10.
El barro también encontró su expresión funeraria en diversos tipos de entierros, como los cuencos con tapa, ollas invertidas cubriendo el cuerpo acuclillado, urnas familiares e individuales de formas globulares, figurillas de cerámica, vasijas-ofrenda y micro-vasijas11.
Los primeros exploradores de la Provincia de Coro, Juan de Ampiés y su hijo entre ellos, encontraron el poblado caquetío de Miraca; que junto con otros se integró a la política llevada por Ampiés y Manaure. Para 1530, Nicolás Féderman cruzó «el pueblo llamado Miraca» en su ruta hacia Coro, donde los indios «nos recibieron bien y donde encontramos lo necesario»12. También Juan de Castellanos en sus Elegías mencionó a Miraca entre los pueblos encontrados en las exploraciones españolas.
Miraca fue sometida, como toda la provincia de Coro, al saqueo y etnocidio producto de la conquista europea; pero persistió como poblado caquetío, quizás favorecida por su proximidad a Adícora, pequeño pero importante puerto del oriente falconiano debido a su cotidiano enlace con las Antillas holandesas, ya que era punto nodal de la ruta del contrabando de importación procedente de esas islas.
Esta coyuntura y la persistencia de una producción locera y alfarera, terminó generando un mercado natural para la loza de Miraca, que se cotizaba en el plano costero falconiano y en las Antillas holandesas. La memoria oral conserva el recuerdo del comercio de loza con la isla de Aruba a principios del siglo XX13.
Persiste Miraca como un centro de preservación del quehacer locero prehispánico caquetío heredado, quizás, de los dabajuroides; y que se revela, por ejemplo, en la técnica del enrrollado, exactamente igual a la que trajeran los dabajuroides. Lamentablemente, los procesos comerciales y la presión del consumidor han inducido a las loceras y loceros de Miraca a modificar su producción, orientándose hacia técnicas y objetos ajenos a la herencia caquetía; en consecuencia, la técnica del enrrollado y sus tradicionales envases y decorados corren peligro de desaparecer si no se logra fortalecer para ella y los objetos que se le asocian un nicho en el mercado que permita su revalorización.

Economía, política y sociedad

La arqueología no ha logrado establecer la sucesión habida entre los dabajuroides y los arawacos occidentales, grupo al cual pertenecen los caquetíos. Pero lo cierto es que estos lograron imponerse progresivamente en una amplia zona hacia los comienzos de la era cristiana. Muchos caquetíos vivían en comunidades semipermanentes sedentarias, estables durante la mayor parte del año y con baja densidad poblacional.
El registro arqueológico ha permitido establecer una distribución espacial amplia de los grupos portadores de la cerámica Dabajuro, siendo las costas falconianas su área predominante de asentamiento14. Específicamente en la península de Paraguaná han sido ubicados –aunque muy poco explorados- una gran cantidad de sitios arqueológicos asociados a este estilo. Entre ellos Miraca, Pueblo Nuevo, Muchuruca y La Rinconada. Estos generalmente se ubican al pie del cerro de Santa Ana, y probablemente su ubicación tenga un significado ritual o mágico-religioso, tal como se ha logrado identificar en los asentamientos Dabajuros localizados recientemente en la costa este del estado Falcón, en el marco del proyecto «Arqueología de Rescate en el Área de Afectación del Proyecto ICO PDVSA Gas», donde los poblamientos montañeros parecen estar asociados a actividades de recolección y procesamiento de recursos vegetales y a prácticas funerarias15.
Para el momento del arribo de los europeos, los caquetíos de Coro y Paraguaná habían evolucionado hacia comunidades centro nucleares simples, plenamente sedentarias, con cultura agroalfarera y cierto nivel de complejidad. Su agricultura utilizaba sistemas de riego y el grano básico era el maíz. Para los caquetíos ubicados en el plano costero la pesca era una actividad esencial. Otras actividades fueron la fabricación de alfarería, además de la cestería, tejidos de algodón y fibra de palma, canoas y adornos corporales hechos en base a materiales como conchas marinas de diversos tamaños y colores, oro, tiras de algodón y plumas de aves; de los cuales Titus Neukomm hijo prolija descripción en su carta del año 153516.
El cultivo del maíz y otros productos como la batata, yuca, algodón y ají, fue apoyado por sistemas de captación de lluvia, los llamados jagüeyes o bucos; y de riego, como las acequias del río Coro, considerado otro rasgo andino de cultura y reportados en el siglo XVI por el obispo Ballesteros, quien escribió: «Los indios antiguamente, tenían hecha una represan, que ellos llaman buco, a una legua del río arriba que lo atraviesa, y en frente de la represa, sacada una asequia del largo de dos leguas y que en partes llevaba de hondo dos estados, por donde el agua del río se lleva a la ciudad de Coro y se riegan gran cantidad de tierras...»17.
Los dabajuroides manejaron el árido espacio costero y establecieron en él numerosos centros poblados que llegaron a la época Indo-hispana, como Capatárida, Zazárida, Cumarebo, Guaibacoa, Tomodore y Miraca18.
Su comercio incluía el intercambio con pueblos de distinto hábitat, como el montañoso. La sal, el pescado seco, la alfarería y otros objetos eran intercambiados por productos del interior como el oro y el tabaco, de gran valor social y ceremonial. Titus Neukomm escribió: «Y el de los más nobles, lleva un pedazo de oro en forma de un animal o de una persona, colgado de las orejas y alrededor del brazo; y también un collar de oro»19. Sus redes comerciales penetraban por el sur alcanzando los ríos Turbio y Yaracuy. Antonio de Naveros escribió que los caquetíos utilizaban como moneda unas conchas marinas tan pequeñas como la cabeza de un alfiler, con las cuales hacían collares20. También practicaron el comercio de esclavos, prisioneros de guerra, con sus vecinos, los caribes, a cambio de sal y hayo, planta de la familia de la coca que se masticaba junto a una cal proveniente de conchas marinas pulverizadas, la cual ayudaba a liberar el alcaloide, y que era utilizada por los caquetíos de la costa para mitigar el hambre y la sed en jornadas prolongadas21.
Debido a sus avances, la densidad poblacional era mayor a la de otros grupos aborígenes, y en lo político habían logrado imponerse los caquetíos del norte imponerse, concentrando las mejores tierras y manteniendo belicosas relaciones con sus vecinos. Los caquetíos lograron replegar a jirajaras y ayamanes hacia la serranía, y para el momento del contacto con los europeos se encontraban en una fase expansiva tanto en lo territorial como comercial, así como de cambios profundos en su estructura de poder.
A la llegada de los europeos existía una estructura social diversificada, que se revela en la presencia del boratio y el cacique, los esclavos, ritos funerarios destinados a personajes de alta jerarquía, festividades en relación con el matrimonio, entre otros. De todo ellos hablan cronistas, historiadores y antropólogos. El rastro arqueológico y las crónicas han permitido esbozar la organización aldeana caquetía, integrada por viviendas aglomeradas en torno a espacios abiertos o patios comunes, habitando en una sola casa hasta ocho familias, lo cual permite suponer la presencia de la familia extendida y la matrilinealidad22.
La extraordinaria memoria oral y el trabajo de campo del Dr. Ángel Maduro, proto arqueólogo e historiador falconiano, han rescatado recuerdos de parte de la vida social caquetía, que por su interés se transcriben en su totalidad:

Desde los doce años se guarda la niña hasta los 18, que era el tiempo que los indios creían, podían casarse; esta contrata la hacían los padres de los que querían unirse, y celebraban las bodas con un mejurque de cocuy horneado y estrujado para hacer el aguardiente y se emborrachaban, los hombres lo tomaban puro y las mujeres con agua, fuera de un regalo que hacía el novio a los padres de la joven sin esto, no había matrimonio, el indio se llevaba a su mujer y todos formaban una llantería, familiares e invitados, puesto esto era ceremonia de la llora en señal de cariño. El nacimiento del niño era celebrado con borrachera. El bautizo. En el mismo momento lo entregaban al ídolo que cada cual adoraba23.

Las figuras del cacique y el boratio fueron fundamentales en la organización caquetía. El cacique, máxima autoridad, intervenía en la producción y distribución de bienes, y representaba los intereses del colectivo ante situaciones bélicas, conformándose como mando único, centralizado y temporal, ya que su poder cesaba al terminar el conflicto. El boratio o piache -sacerdote, en el pensamiento europeo- fungía como poder intermediario entre los hombres y las divinidades. Eran particularmente importantes el sol y la lluvia, así como los fenómenos naturales, a quienes se les rendía culto. El boratio intervenía en rituales de curación, prácticas adivinatorias, ritos de fertilidad y entierros, entre otros.
El dato histórico ha permitido inferir a los especialistas que para el momento del arribo de los europeos se estaba produciendo un cambio en esta estructura de poder hacia una concentración exacerbada de mando en la figura del cacique, surgiendo el diao, quien comenzaba a tener poderes mágico-religiosos y a recibir tratamiento de deidad, desplazando a la figura del boratio o piache; proceso que, en todo caso, cercenó la conquista24.
Los caquetíos se aproximaron a los europeos sin belicismo, y Manaure, el diao, pactó con Juan de Ampiés hijo una política de convivencia que no tuvo buen destino, ya que los caquetíos no escaparon al saqueo y etnocidio que imperó en la región coriana durante el siglo XVI. El mestizaje inició su camino y el Coro caquetío dio paso al Coro mestizo. Quienes sobrevivieron a la matanza quedaron reducidos a pueblos de encomienda, de doctrina y repartimientos. El territorio caquetío se llenó de pueblos de doctrina, dieciséis en total: Mapubares, Jacura, Cumarebo, Carrizal, Guaibacoa, Acurigua, San Luis de Cariagua, Santa Ana, Moruy, Pecaya, Mapiare, Pedregal, Mitare, Zazárida, Capatárida y Borojó.
La tierra, propiedad ancestral de los caquetíos, quedó clasificada durante la colonia en terrenos compuestos, tierras indígenas y ejidos, sufriendo con ello los habitantes originarios un primer despojo de su territorio. En Paraguaná, las llamadas tierras indígenas correspondían a los resguardos de los indios caquetíos de Moruy y Santa Ana25. A lo largo de los siglos XVI a XIX les fue arrebatada. La investigación ubica el primer gran procedimiento fraudulento en el mismo siglo XVI, cuando Miguel Arias Vaca compró las sabanas de Roncador, Urraque, Cayerúa y Jurijurebo, desalojando pueblos, forzando decretos y logrando con ello que tierras indígenas pasaran a ser realengas26. La memoria oral conservó parte de este traumático suceso: «Estas tierras fueron de un señor La Vaca, compró a Güeque, la Sierra, la península de Paraguaná, y muerto él, lo heredaron dos hijas, una llamada Yolanda, quien fue muy mala, mandaba soltar su ganado para perjudicar en sus sembrados a los indios y los hacía sufrir grandes martirios»27. A comienzos del s. XVIII se completó el proceso de despojo de las tierras indígenas: «Sólo en un año, 1716, se duplica la extensión de la propiedad privada de la tierra en la península, a costa de los indios». No cesó esta actividad incluso con la República, y en pleno siglo XIX, los caquetíos de Santa Ana fueron despojados de miles de hectáreas de El Rodeo, mismas que fueron destinadas a pagar haberes militares al coronel Monzón en 183228.
Perdida la compenetración con la tierra tras siglos de despojo, a los que se sumaron las migraciones y cambios en el uso de la tierra; hoy la tenencia de la tierra en Paraguaná sigue una dinámica totalmente ajena a lo que fuera en el pasado caquetío.

CONCLUSIONES
La herencia caquetía pervive, esencialmente, en factores identitarios de orden histórico y en diversos elementos de orden cultural, como los relacionados con la alimentación y la pesca, la alfarería, el bahareque y los ricos y llamativos topónimos. Escasamente hay narraciones que remitan al pasado pre hispánico o a lo indígena. Una revisión de las Memorias del V Coloquio de Historia Regional y Local Falconiana (2001), dedicado a los pueblos de Paraguaná, permite pulsar estos aspectos; encontrándose apenas aislados relatos, como las leyendas de la princesa indígena Ana, la de la serpiente emplumada o la cueva encantada29.
No podemos olvidar que la lengua madre fue olvidada, que de los usos y costumbres en el área social nada fue salvaguardado, mucho menos en el plano religioso. Que toda la estructura económica fue trastocada y suprimida al pasar a pueblos de doctrina, repartimientos o encomiendas. El sentido de cohesión lo dio, por siglos, la tierra en proceso progresivo de despojo, la estructura jerárquica local de la colonia, con algunas autoridades de origen indígena, y los sitios de asentamiento, fuertemente relacionados con un posicionamiento socio-étnico. La visual indígena como elemento identitario regional fue arraigada por la historia oficial, más que en la idea de un conglomerado de pueblos, en el manejo de la figura de Manaure, el diao.
En el marco de una historia que nazca en las comunidades y se consolide en las comunidades; en el uso de la historia regional, local y la microhistoria como espacios de investigación válidos y necesarios en la construcción de nuestras identidades; hoy por hoy, el rescate, salvaguarda y conservación del patrimonio arqueológico y la investigación en las áreas de la historia y la prehistoria resultan fundamentales para obtener una más rica y compleja visión de nuestro pasado caquetío.

NOTAS

1 Oliver, J. y Alexander, Ch. (2003). Ocupaciones Humanas del pleistoceno Terminal en el Occidente de Venezuela. En: Maguaré. 17: 83-246.
2 Irving Rouse y José Ma. Cruxent (1963). Arqueología de Venezuela. Caracas, ediciones Vega, cap. 4.
3 José Oliver (1996). Arte prehispánico de Venezuela. Región centro-occidental. Las series malamboide y dabajuroide. Londres, University College-London, p. 5.
4 Mario Sanoja e Iraida Vargas (1992). Antiguas formaciones y modos de producción venezolanos. Caracas, Monte Ávila editores, cap. 2.
5 Carmen Bethencourt y María Suárez (1994). La pesca artesanal en la costa Caribe de Venezuela. Caracas, Fundación Bigott, cap. 1.
6 Juan de Castellanos (1987). Elegías. Caracas, edición ANH, p. 175.
7 Federman en Joaquín Gabaldón (Comp.) (1988). Descubrimiento y conquista de Venezuela. Selección de documentos. Caracas, edición ANH, Tomo II, p. 165.
8 Ángel Maduro. Cuaderno de campo. Inédito. Archivo personal del Sr. César Maduro Ferrer. Coro.
9 Alí Brett (1978). Suriquiva mar afuera. Caracas, ediciones Adaro, p. 54.
10 José Oliver. (1989). An Archaeological, Linguistic and Ethnohistorical Evidence for the Arawakan Expansion into Northwestern Venezuela. Tesis Doctoral. Urbana-Camping. Illinois. EUA.
Arvelo Lilliam y José Oliver (1999). El Noroccidente de Venezuela. En: Arte Prehispánico de Venezuela. Edición Galería de Arte Nacional, pp 120 – 135.
11 Oliver (1996). Arte prehispánico…, p. 9.
12 Federman en Gabaldón, Ob. cit., p. 165.
13 José Ma. Cruxent, Durán, Matheus (1988). Loza popular falconiana. Caracas, edición Grupo Univensa, p. 218.
14 José Oliver. (1989). An Archaeological…
15 Arvelo, Liliam y López, Marcia (2004). Arqueología de Rescate en el Área de Afectación del Proyecto ICO. Estado Falcón. Venezuela. En: Acta Científica Venezolana, Nº 4, Vol. 55.
16 Neukomm en Gabaldón, Ob. cit., pp. 407-412.
17 Ballesteros en Morella Jiménez (1986). La esclavitud indígena en Venezuela (siglo XVI). Caracas, edición ANH, p. 51.
18 Pedro Cunill, Geografía y poblamiento de la Venezuela hispánica (1991). En: Los tres primeros siglos de Venezuela 1498-1810. Caracas, ediciones Fundación Eugenio Mendoza, pp. 15-16.
19 Neukomm en Gabaldón, Ob. cit., p. 410.
20 Joaquín Gabaldón, Ob. cit., tomo II, p. 295.
21 Castellanos, Ob. cit., segunda parte, introducción; Fernández de Oviedo y Valdez en Pedro Manuel Arcaya (1977). Historia del estado Falcón. Caracas, edición Biblioteca de Autores y Temas Falconianos, cap. III.
22 Oliver (1996). Arte prehispánico…, p. 12; Federman en Gabaldón, Ob. cit., p. 225.
23 Ángel Maduro, Ob. Cit.
24 Sanoja y Vargas, Ob. cit., p.190.
25 Carlos González (1999). Tierras de Falcón. Paraguaná. Tomo I. Coro, edición Gobierno del estado Falcón-CIHPMA/UNEFM, p. 11.
26 Ibídem, p. 13.
27 Ángel Maduro, Ob. Cit.
28 Carlos González, Ob. Cit., p. 15.
29 Oneida Valles (2005). Santa Ana de Paraguaná y su historia. En: Memorias del V Coloquio de Historia Regional y Local Falconiana. Dedicado a los Pueblos de Paraguaná. Co-edición Asoc. Civil Complejo Cultural Josefa Camejo-Biblioteca Oscar Beaujón-Instituto de Cultura del Mpo. Falcón-Fundación Cultural Josefa Camejo-Asoc. Civil Nuevo Amanecer-Grupo Tiquiba-Distrito Escolar Nº 8, Falcón, pp. 269-274.




4 comentarios:

Draco LMujica dijo...

Saludos Dra, Blanca, estoy investigando sobre palabras de nuestros indios Caquetios que hayan quedado en la cultura de Paraguaná, no solo en ciudades sino en animales, plantas y expresiones, quería saber si había alguna fuente que me recomendara consultar, la felicito por su artículo, es sumamente interesante. Sofia.

Blanca De Lima dijo...

Es recomendable consultar al Dr. Pedro Manuel Arcaya. En su libro "Obra inédita y dispersa", publicado por la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda en 1995, hay algunos textos de él que tocan el tema de las lenguas aborígenes en Coro. Es un libro que no se encuentra a la venta, lo puede consultar en la Biblioteca del Centro de Investigaciones Históricas Pedro Manuel Arcaya (Coro), Biblioteca Oscar Beaujón (Coro). Tal vez haya ejemplares en la Biblioteca Nacional. Saludos.

Draco LMujica dijo...

Muchísimas Gracias!

Draco LMujica dijo...
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