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Temas de historia regional y local

martes, 18 de octubre de 2016

Los sefarditas corianos: el apellido Senior de Curaçao a Coro

Firma de David A. Senior en expediente criminal AHEF-UNEFM




Los sefarditas corianos: el apellido Senior de Curaçao a Coro



La primera migración hacia Venezuela una vez constituida la Gran Colombia fue de judíos sefardíes provenientes de Curaçao. El artículo que se presenta es el primer seguimiento que se hace a la evolución demográfica de este colectivo a través de un caso familiar, sustentado en documentación que reposa en archivos de Venezuela y Curaçao. Se visualiza el proceso desde el interior de un conglomerado familiar, advirtiendo las diferencias y perfilando los individuos en su accionar. La idea de un comportamiento demográfico homogéneo se descarta, habiendo respuestas diferentes según las circunstancias e intereses de individuos y familias, que determinaron el retorno de unos a Curaçao y el retorno de los menos a Coro tras los eventos xenofóbicos de 1855.
Palabras clave: Venezuela, judíos, capital, familia, inmigración.
 

martes, 16 de diciembre de 2014

Cambio cultural y expresiones antisemitas en Coro: año 1900

http://www.centroestudiossefardies.com/files/magazine/118.pdf

Panfleto en defensa de la comunidad judía de Coro. 1900.
Este artículo está comprometido tanto con el hallazgo de nuevas fuentes primarias sobre el antisemitismo en Coro, como con la memoria oral. Mi más profundo agradecimiento a los informantes, cuyos recuerdos y vivencias han permitido rescatar e hilvanar elementos sobre la aceptación de los sefarditas por la sociedad coriana, y una visión histórica de cómo la comunidad judeo coriana percibió el medio social coriano; además de constatarse el doloroso proceso de pérdida de patrones culturales originales y asimilación a la sociedad venezolana, elemento que fue manipulado, una vez más, durante el año 1900; generando lo que vendría ser -hasta el presente- el último brote detectado de intolerancia étnica y religiosa que se dio contra este grupo de inmigrantes.
Palabras clave: panfletos, xenofobia, política, religión.

lunes, 15 de diciembre de 2014

DE MARÍA A JOSEFINA: EXOGAMIA Y SUPERVIVENCIA JUDÍA EN LA COMUNIDAD SEFARDITA CURAZOLEÑA Y SUS COMUNIDADES SATÉLITES

David Darío Salas
http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_issuetoc&pid=1315-949620140001&lng=es&nrm=iso

Rab. Isidoro Aizenberg Scholar-in-Residence. Holocaust Resource Center
& Archives, Queensborough Community College, City University of New York.
Blanca de Lima Historiadora. Doctora en Historia (UCV).
Profesora de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. Investigadora del Centro de Investigaciones Históricas Pedro Manuel Arcaya.

Texto completo. Una versión preliminar fue publicada en la Revista Maguén-Escudo, N° 167, abril-junio 2013, pp. 18-27.

Resumen: Este ensayo analiza históricamente la exogamia en la comunidad judía curazoleña y sus comunidades satélites del Caribe. El análisis maneja dos vertientes: antropológica e histórica. Nuestra tesis es que el colectivo sefardita curazoleño, tanto en la isla como en sus comunidades satélites, quedó inmerso en un juego de tensiones resultado de su convivencia con grupos de mayor peso demográfico. Se concluye que la literatura sobre el tema, culminando en la novela Josefina, despliega elementos de una realidad histórica específi
camente caribeña, pero que expresa un dilema universal para el colectivo judío. En el caso caribeño es reduccionista apuntar hacia un único elemento como el detonante o estimulador de los procesos exogámicos. La literatura resulta rígida e insuficiente para analizar el tema. Las fuentes históricas indican que la exogamia prevaleció en la cuenca del Caribe y generó miles de descendientes de sefarditas.
Palabras clave: sociedad, cultura, religión, matrimonio, literatura.
Abstract: Th is essay is a historical study of the exogamic unions and marriages that took place in the Curaçao Jewish community and its satellite Caribbean communities. Our analysis take up both the anthropological and historical facets of this topic. Our thesis is that the Curaçaoan Sephardic communities, both on the island and its satellite communities, was torn by the tensions resulting from the coexistence with larger demographic groups. Literature, such as the novel Josefina displays elements of this particular Caribbean historical reality. At the same time the novel mirror a universal
dilemma for Jewish survival. In the Caribbean case it is difficult to point to a single cause as the trigger of exogamous processes. Th e literature is rigid and insufficient to illuminate this issue. Historical sources indicate that exogamy was prevalent in the Caribbean basin and resulted in thousands of descendants of Sephardim.
Key words: society, culture, religion, marriage, literature.

martes, 22 de abril de 2014

Libertades de esclavos en la jurisdicción de Coro: 1750-1850.

http://servicio.bc.uc.edu.ve/postgrado/manongo23/23-4.pdf
Resumen
En este ensayo, que aborda procesos de liberación coloniales y
republicanos, se aproxima a un cuadro donde coexisten intereses
económicos, sociales y afectivos de amos y esclavos. La libertad interesa
aquí como un acto de la vida diaria donde los personajes se involucraban
en una compleja trama de afectos, intereses económicos y valores
esenciales para la época, entre otros. El protocolo legal y la presión
social impidió a muchos amos expresarse sobre los motivos y formas
elegidas para acercar u otorgar libertades; pero ciertos documentos, por
su carácter explícito, permiten la lectura entre líneas de muchos otros, lo
cual hace posible la obtención de diversos y complejos escenarios
microhistóricos y microsociales. Se consultó en el Archivo Histórico de Falcón-UNEFM el 69.5% de tomos (32/46) de la Sección de Instrumentos Públicos, entre 1750-1850, para un total de 465 documentos y 543 libertades.
Palabras clave: esclavitud, derecho natural, mestizaje, afectos, crianza.

De María a Josefina: exogamia y supervivencia judía en la comunidad sefardita curazoleña

http://www.centroestudiossefardies.com/Re
Casa en el Barrio Scharloo. Curazao.
vista%20Magu%C3%A9n-Escudo/Revista%20167


Autores:
Isidoro Aizenberg
Blanca De Lima

Introducción
La endogamia matrimonial ha sido elemento estructural en cualquier comunidad judía, soporte que garantiza la supervivencia del colectivo en sus distintos planos. Cuando nos aproximamos a la comunidad sefardí de Curazao y analizamos su decurso como colectivo, encontramos una progresiva modificación en la generación de las familias de destino que implicó tanto el debilitamiento de la endogamia matrimonial como la unión consensual con gentiles.
Desde tiempos coloniales, en la pequeña comunidad sefardita curazoleña se vieron uniones –consensuales o no– de judíos con mujeres esclavas, uniones de judíos con mujeres libres y, ya en el siglo XX, matrimonios extra-comunidad. En la tierra firme latinoamericana y otras islas del Caribe, se vieron tanto los matrimonios extracomunidad, generalmente de hombres, como las uniones consensuales con mujeres católicas. Un permanente juego de tensiones marcó la vida de los varones sefarditas curazoleños, liados a su ancestral compromiso de colectivo en materia de alianzas matrimoniales; pero, a la vez, impregnados de los nuevos valores afectivos que trajo consigo la modernidad.
El propósito de este estudio es hacer un análisis con dos vertientes: la antropológica y la histórica. El marco antropológico utiliza la trama parental, la memoria oral y la novela Josefina del judío curazoleño David Darío Salas. Otras obras literarias, que también se presentan en este texto, anteceden a Josefina, abonaron el terreno para su creación y refuerzan el análisis. El análisis histórico se fundamenta en fuentes documentales primarias y secundarias. 
Nuestra tesis es que el colectivo sefardita curazoleño quedó inmerso en un juego de tensiones, resultado de su convivencia con grupos de mayor peso demográfico, y por ello con mayor fuerza para hacer sentir sus valores culturales y religiosos, algunos de los cuales, incluso, compartían  mediante instituciones como las logias masónicas, sociedades culturales y otras. No podemos excluir, además, la comunión de intereses económicos y políticos.  
Las tensiones antes mencionadas minaron la cohesión grupal y en muchos casos desembocaron en enlaces exogámicos de los cuales nacieron líneas de descendientes ajenos por crianza y educación al colectivo del progenitor. Descendientes que fortalecieron los grupos criollos y fueron sustracción para la vitalidad demográfica y con ello la difusión del patrimonio religioso y cultural de la comunidad sefardita curazoleña. Estas tensiones siguen vigentes para cualquier colectivo judío.   

domingo, 14 de octubre de 2012

Actualización del registro y diagnóstico de la colección de pintura y escultura del Museo Diocesano Lucas Guillermo Castillo. Coro. Venezuela

https://www.academia.edu/6834417/Actualizacion_del_registro_y_diagnostico_de_la_coleccion_de_pintura_y_escultura_del_Museo_Diocesano_Lucas_Guillermo_Castillo._Coro._Venezuela

Autores:
Blanca De Lima / Jorge Jaber

RESUMEN: EN ESTE ESTUDIO SE REALIZA UN DIAGNÓSTICO DE LA COLECCIÓN DE PINTURA Y ESCULTURA COLONIAL DEL MUSEO DIOCESANO “MONSEÑOR LUCAS GUILLERMO CASTILLO” (CORO, VENEZUELA), UTILIZANDO UNA MUESTRA DE 86 PINTURAS Y 108 ESCULTURAS Y SIGUIENDO LAS PAUTAS DEL CONSEJO NACIONAL DE LA CULTURA. SE INCLUYE TAMBIÉN EL MARCO HISTÓRICO QUE CONTEXTUALIZA LA COLECCIÓN EN EL SIGLO XVIII. SE ESTABLECE QUE LA CAUSA DE LOS PROBLEMAS QUE PRESENTA ESTA COLECCIÓN SE DEBEN A LA CARENCIA DE UNA POLÍTICA DE GESTIÓN ADECUADA, POR LO QUE ALGUNAS DE LAS FUNCIONES DEL MUSEO COMO SON LA CONSERVACIÓN, INVESTIGACIÓN SISTEMÁTICA, EXHIBICIÓN, INTERPRETACIÓN, SENTIDO CULTURAL Y SOCIAL Y LA PROFESIONALIZACIÓN, NO SE REALIZAN O PRESENTAN GRAVES CARENCIAS.

La provincia de Coro: los años dorados y la aventura alemana

Artículo publicado en:
El Libro del Oro de Venezuela
Edición BCV. 
2010. Pp. 5-29. 


Autores:
Blanca De Lima / Jorge Jaber

1. El Escenario1
… y creo que si yo pasara por debajo de la línea equinoccial, en llegando allí, en esto que más alto que fallara muy mayor temperancia y diversidad en las estrellas y en las aguas; no porque yo crea que allí donde es el altura del extremo sea navegable ni agua, ni que se pueda subir allá, porque creo que allí es el Paraíso terrenal, adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina.
Cristóbal Colón

1.1 Geografía y maravillas del siglo xvi
La historia de la conquista del Nuevo Mundo es la historia de una alucinación colectiva, de un espejismo, de aventuras sin fin en lugares desconocidos, en una tierra que los rudos marineros imaginaron poblada por un bestiario tan magnífico como temible: sirenas, cinocéfalos y cíclopes; amazonas, hombres con cara de perro, grifos y caníbales. Pero también por minúsculos ruiseñores, tal como se decía era el paraíso. Tierra de plantas extraordinarias como la pimienta, la canela, el ruibarbo, la almástica, palo brasil, lináloe y la nuez moscada. Espacios incógnitos donde acechaban enormes serpientes y volaban papagayos con el telón de fondo de una vegetación verde lujuria. Pero, más allá de milagros y horrores, el Nuevo Mundo fue una ilusión hecha de oro, de montañas de oro.
Pero este espejismo –como siempre ocurre– brillaba en el horizonte mas no estaba en él. No surgía de los tiempos por venir, por el contrario, era un ensueño que emergía del pasado grecolatino. Surgía de la memoria y no del cálculo. Quienes lo describían fijaban su mirada en los clásicos, y de la mano de ellos imaginaban a esos grifos, ruiseñores, árboles de canela y ríos de oro que luego aseguraban haber visto. Para venir o enviar sus naves los reyes, sabios, marinos y mercaderes discutían con vehemencia sobre las precisiones geográficas heredadas de Aristóteles, Ptolomeo, Estrabon, Plinio... y entre todos estos sabios, el más reciente de los viajeros célebres: Marco Polo.
El pasado que alimentaba las visiones de estos hombres del siglo xvi tenía más peso mientras más lejano era. Tal vez el primero en reconocer esto fue Alejandro de Humboldt cuando advirtió que los escritores renacentistas tendían: “a buscar en los pueblos nuevamente descubiertos todo lo que los griegos nos han enseñado sobre la primera edad del mundo y sobre las costumbres de los bárbaros escitas y africanos” (Humboldt en Gil, t. I, 1992, p.15). Demetrio Ramos, al hablar de algunos conquistadores, ilumina así la cuestión: “...van en busca de un interior que no ven, porque le llevan dentro de sí” (1987, p. 87). Juan Gil lo sintetiza de manera lapidaria: “... así lo pedía la historia y así tenía que ser”. (t. III, 1999,  p.11)
En fin, la quimera del oro se había apoderado de un mundo viejo que miraba ansioso emerger el Nuevo Mundo, imaginado y temido por siglos. Cristóbal Colón con sus viajes, sus cartas, su diario y su testamento, publicitó las riquezas de estos mares y tierras, en mucho exagerada por así convenir a sus intereses; pero, sobre todo, su visión geográfica, para la mayoría ratificada en los hechos por más polémicas que se desataran. En adelante el viejo oriente –ahora el Nuevo Mundo– pasó de ser una leyenda a tener coordenadas precisas; el mito se convirtió poco a poco en práctica cotidiana; de los navegantes heroicos se terminó en empréstitos y los milagros requirieron de banqueros.
Finalizando la tercera década del siglo xvi, cuando empieza nuestra historia, ya era posible llegar al Nuevo Mundo de manera más o menos segura y rutinaria. Recordemos que la polémica más apasionada trataba de precisar a cuál de las tierras descritas por los clásicos se correspondía cada una de las islas y tierras avistadas por los enviados del rey, de cualquier rey. Era un problema práctico. Los componentes teológicos y filosóficos que acompañaron desde siempre a la geografía, tornándola en espacio de unos pocos sabios, quedaron a un lado. La esfericidad de la Tierra, por ejemplo, terminó siendo asunto de marinos y no de teólogos.
Toda polémica giraba en torno a dos acuciantes incógnitas: dónde estaba el oro y dónde el otro paso al mar del Sur, discusión soportada tanto en la convicción de que los clásicos aportaban datos por demás exactos, como en que los descubrimientos confirmaban a plenitud a los geógrafos de la antigüedad. Sin embargo, entre los ensueños y lo encontrado medió la tragedia, pues nunca se correspondió la geografía imaginada con la geografía real. Así, desde la antigüedad se asociaba a los seres extraordinarios, como las amazonas, con las inmediaciones del oro y demás riquezas. En la América del siglo xvi los europeos oyeron muchas veces, o quisieron oír, noticias de la proximidad de las amazonas, los seres inmortales y otros portentos; lo que despertó de inmediato los más dulces sueños áureos.
Lo cierto es que en el Coro de 1529, españoles y alemanes tenían la mirada puesta en el imaginario país del oro y el otro paso al mar del Sur: un camino que, deducían, los llevaría con mayor celeridad a los tesoros. El nuevo pasadizo secreto estaba, o debía estar, según calculaban, entre la ruta al mar del Sur descubierta por Vasco Núñez de Balboa en 1513 –lo que hoy es Panamá– y el estrecho de Magallanes, descubierto en 1522. Pero lo que mediaba entre ambos puntos era lo que hoy llamamos América del Sur, nada menos que los llanos y la selva amazónica con sus tormentosos ríos y sabandijas de toda clase, fiebres, desiertos y lagos inmensos; hambre, un clima enloquecedor, la humedad que todo lo pudría, ciénagas. Millones y millones de kilómetros cuadrados, todo ello cruzado a lo largo por la siempre nevada cordillera de los Andes, más alta e imponente que cualquiera del Viejo Mundo.
Y en medio de toda esta vasta y magnífica visión geográfica, en parte imaginaria y en parte real, cabe preguntarse por qué eligieron Coro. Recordemos que la costa septentrional de Tierra Firme había sido imposible de conquistar, y que durante la primera mitad del siglo xvi subsistió la esperanza de encontrar un paso entre los golfos de Castilla del Oro –hoy costa colombiana– y de Venezuela a las islas de la especiería; en virtud de lo excesivamente largo del trayecto por la ruta magallánica. Unos lo buscaron por el río de la Plata, el Magdalena o el Amazonas; otros cayeron embrujados por las posibilidades del lago de Maracaibo. En todo caso, lo que hoy es Coro estuvo en el ojo del huracán, pues, como sospecha Juan Gil, era un lugar privilegiado: ya Manaure le había ofrecido a Juan de Ampiés –nombrado en 1511 factor en La Española por el rey Fernando - pacificar la zona y guiarlo hasta el mar del Sur; sin duda, suficiente razón para que los Welser le pidieran al endeudado rey de España ese pedazo de árida tierra. (1999,  t. III)
Pero si Alfinger llega a estas costas en 1529 y Carvajal asesina a von Hutten en 1546, principio y fin del sueño dorado Welser; 1531 marca el otro hito: la conquista de Perú por Francisco Pizarro. Por fin oro y plata en abundancia, grandiosa confirmación de todas las leyendas. Además encuentra esmeraldas, lo cual confirmaba lo establecido por Cayo Julio Solino en su De Mirabilibus Mundi. Ahora urge, más que nunca, localizar el lugar donde nacía el oro y el paso directo al mar del Sur. La competencia fue inmediata y desalmada.

2. Amos por voluntad real
El 27 de marzo de 1528, Enrique Ehinger y Jerónimo Sailer firman el contrato que les daba la capitulación sobre la provincia de Venezuela. En 1530 traspasan los derechos a Bartolomé y Antonio Welser; la Tierra Firme vivirá, de la mano de sus gobernadores, los años dorados de la aventura alemana.2
2.1 Juan el sencillo cristiano y Ambrosius el hombre de piedra
El 24 de febrero de 1529 los bajeles alemanes recalan en la bahía de Coro. El mismo día desembarcan la tropa y la oficialidad, compuesta de aventureros alemanes, españoles y portugueses, e incluso algunos negros de Nueva Guinea. Suman 700 hombres y cuentan con 80 cabalgaduras (Castellanos, 1987; Humbert, 1983). Tocan tierra enmarcados por el golpe marcial de los tambores de guerra, las trompetas, el ruido de las armas y el bufar de los caballos; y así marchan hasta Coro, donde los recibe Juan de Ampiés. Llegan vestidos con jubones de seda, calzas de paño y tocados con penachos de plumas de colores. Se sienten ricos y poderosos. Ha llegado ostentando el mando Ambrosius Alfinger, emisario alemán y Gobernador, por voluntad real, de la provincia de Venezuela.
El enfrentamiento sobreviene a los pocos días y es protagonizado por Ampiés y Alfinger. Aquél renuncia de inmediato a la defensa militar de su ansiada posesión y acata la voluntad real, quedando Alfinger como gobernador. Febril, el tudesco nombra cabildo, reparte solares, inicia la construcción de la iglesia, de la cárcel y de la horca. En fin, pone todo en orden. El hispano presenta el recién llegado a los caciques, logrando de estos una buena acogida. Sin embargo, a los pocos días y de manera sorpresiva, Alfinger ordena encarcelar a Juan de Ampiés; le acusa de soliviantar a la tropa para abandonar Tierra Firme y refugiarse en Curazao. De este suceso nació una imagen contrastada que permitió a Arciniegas (1990) retratar un Alfinger duro, un hombre de piedra, en oposición a un Ampiés sencillo y cristiano.3
Los sueños del factor Ampiés se truncan. Encarcelado, firma un documento que le excluye en forma definitiva de la conquista de Tierra Firme. Se comprometió a viajar hasta La Española sin cambiar de ruta y no volver al continente; y en efecto, nunca retornó a Coro, donde se asentó por cerca de veinte años la  administración Welser.

3. Alfinger parte tras el otro mar
Si bien es verdad que como entonces andaban vivas las nuevas de la grosedad del Perú y cada día iban creciendo, pretendía por aquella parte llegar presto allá, por ver que su gobierno se extendía hasta el mar del Sur.
Fray Pedro Simón
3.1 Hacia el Coquibacoa
Alfinger se encuentra en Coro con Esteban Martín y Pedro de Limpias, antiguos subalternos de Juan de Ampiés. Martín será el cicerone de los alemanes, a los que unirá su destino en la aventura que pronto iniciarán. Puso al servicio de la causa del rey su conocimiento de la lengua de los nativos, tesoro invaluable, sobre todo en los primeros tiempos. Pedro de Limpias, también conocedor de las lenguas indígenas, participará en las expediciones de Alfinger y marchará con Federmann hasta Bogotá, pero su figura destacará en el escenario de esta historia a partir de 1541 junto a Philipp von Hutten.
En agosto de 1529 Alfinger ordena la partida. Son 180 hombres y los guía Martín (Friede, 1961)4; eligen el occidente como ruta, buscan el mar del Sur. Está convencido de que su gobernación llega hasta el otro mar. Ningún europeo, hasta donde se sabe, conocía más allá de las inmediaciones de Coro; lo demás dormía en el país de los sueños, desde donde surgían ciudades de oro, bañadas por inagotables ríos que arrastraban en sus aguas el precioso metal.
Divididos, unos por mar y otros por tierra, avanzan hacia el ocaso. En la caravana van mujeres y niños. Cruzan un paisaje caliente de cardonales y espinas, horizonte de tierra dura, seca y amarilla; de un cielo azul impío y sin agua. Tierra de culebras y matorrales, siempre flanqueada al Sur por la sierra y al Norte por un mar sin estruendo, tierra por conquistar. Dura debió ser la travesía hasta llegar al lago de Coquibacoa, el 8 de septiembre (Friede, 1961). En la otra ribera encuentran un asentamiento y una vasta planicie que perciben estéril. Están en Maracaibo.5
Maracaibo, tierra donde indios de gran habilidad marina según los cronistas, vivían en palafitos. Tierra de hombres de buena disposición y mujeres de buena gracia y hermosas, como dijera fray Pedro Simón (1987). Tierra de aborígenes atrevidos y belicosos en el agua, donde nació el nombre de Venezuela según nos narra Aguado  (t. I, 1963). Allí, Alfinger deja instalado un pequeño poblado, su escribano tendrá un papel decisivo en esta historia; se trata de Juan de Carvajal. Se encuentran, según sus cálculos, a 40 leguas de Coro. (Simón, 1987)
Cuenta Aguado que: “había y hallose algún oro entre los naturales, mas no era en tanta cantidad como los españoles y sus gobernadores quisieran”. El oro fue enviado a Coro junto con algunos indios capturados a cambio de tropas frescas y bastimentos (t. I, 1963, p. 63). Desde el borde oeste del lago continuaron derrotero hacia la península de la Goajira. En el curso de esta expedición murieron 70 de los 180 hombres que partieron, menos por encuentros de guerra y más por los rigores de la exploración; en diez meses recorrieron 400 leguas (Friede, 1961). Oviedo y Baños describió los excesos de Alfinger con su propia hueste: “castigando por leves causas con azotes, horcas y afrentas a muchos hombres de bien”. (2004, p. 35)
Exploraron el gran lago, husmearon hasta los más recónditos lugares buscando sin cesar el paso secreto, que constituía su objetivo principal. Con asombro, cuenta fray Pedro de Aguado (1963) que Alfinger utilizó una canoa hecha de un solo madero, donde cabían cuando menos 40 hombres y seis caballos; y que nunca volvió a verse una igual. Y aunque el estrecho no apareció el Gobernador concluyó y escribió: “y es de pensar y se piensa que la dicha laguna toca en el Mar del Sur, por muchas y legítimas razones” (Friede, 1961, p. 182). Enfermo de fiebres, tras casi un año de expedición, ordenó el retorno a Coro. Allí, se encuentran por primera vez Ambrosius Alfinger y Nikolaus Federmann.

4. Un capitán suavo, blanco y pelirrojo
Cuando Nicolás Fédermann se acaricia la barba bermeja y sus ojos azules miran la línea del horizonte en donde se tocan el cielo y el mar, quizás sueñe en que el castillo de madera que ahora le lleva al Nuevo Mundo, tornará navegando sobre olas de oro.
Germán Arciniegas
4.1 Gobernador sí, gobernador no
“En el año de mil quinientos veintinueve, el segundo día del mes de octubre, salí yo, Nicolaus Federmann, el joven, natural de Ulm, de Sanlúcar de Barrameda, puerto de mar en España” (1988, p. 156). Natural de Suavia, de rostro blanco y pelirrojo, hombre culto, de 29 años, que ha sido nombrado capitán de un barco y de 123 hombres de guerra, todos españoles. Lo acompañan además 24 mineros alemanes. Tiene instrucciones de ponerse a las órdenes de Ambrosius Alfinger, Gobernador en las Indias de la Mar Océano.
Al desembarcar en Coro, el 8 de marzo de 1530, conoce que Alfinger partió hace meses al mando de una expedición en busca de los pasos secretos; que con sus fuerzas camina hacia el corazón mismo de esta tierra; que tal vez ha encontrado tesoros y minas de oro, pero que durante todo ese tiempo no se han tenido noticias suyas ni de su tropa. El país, dice Federmann, lo gobierna Luis Sarmiento. El 18 de abril arriba una armada de tres navíos que envían los Welser, a bordo de la cual viene Hans Seissenhofer, designado en Europa sucesor de Alfinger, pues temen no regrese de su expedición y que el español Sarmiento no represente en forma adecuada sus intereses. El nuevo gobernador, llamado en Coro Juan el Alemán debido a su complicado nombre, depone a Sarmiento y nombra a Federmann teniente general.
De manera sorpresiva, 15 días después llega Alfinger con el resto de la expedición y retoma sus funciones. La situación en Coro es tensa, los grandiosos tesoros no acaban de aparecer; sin embargo, el sentimiento general era que estaban muy cerca. Alfinger ha regresado con las manos casi vacías, de paso a La Española según él para curar su enfermedad, pero llevando parte del oro habido en la expedición.6 Por esos días llegan a la Gobernación noticias alarmantes; en Santa Marta y Cubagua preparan marchas al interior. Todos pretenden llegar primero adonde nace el oro. Y Federmann aprovecha la situación; convence a la tropa de seguirlo. Ha sido designado por Alfinger teniente de gobernador, capitán general y alcalde mayor de Coro; con esta autoridad decide partir.

4.3 Federmann hacia el mar del sur
Federmann se justifica y escribe:
Al encontrarme en la ciudad de Coro con demasiada gente innecesaria e inactiva, determiné emprender un viaje tierra adentro, hacia el mediodía o Mar del Sur, con la esperanza de hacer allí alguna cosa de provecho. Preparé todo lo necesario para tal viaje y el 12 de septiembre del año treinta partí con ciento diez españoles a pie y dieciséis a caballo, con un centenar de indios naturales del país, pertenecientes a la nación llamada de los Caquetíos, que llevaban víveres y otras cosas necesarias para nuestra seguridad y abastecimiento. (1988, p. 169)
Regresan a Coro el 17 de marzo del año siguiente. La expedición había llegado más allá de Barquisimeto, hasta el hoy estado Portuguesa; algo del sueño dorado traían en sus manos:
En todos estos pueblos o aldeas de esta provincia de Variquecimeto nos dieron muestras de buena amistad y nos hicieron regalos sin obligarles a ello, sino por su propia voluntad y por un valor de tres mil pesos oro, que son alrededor de 5.000 florines del Rhin, pues son gentes ricas que tratan, trabajan, elaboran y venden oro. (Federmann, 1988, p. 191)
No obstante, en su ruta la amenaza, el saqueo y la muerte acompañaron a la negociación, quedando confederados múltiples pueblos de diez naciones indias. En su Historia Indiana, Federmann deja constancia de haber encontrado criaturas asombrosas, desde caníbales y guerreros indomables hasta enanos y negros. Pero sobre todo, escuchó lo que quería escuchar:
En esta provincia [Barquisimeto] oí hablar de otro mar, que llaman del Sur o Mediodía, que era precisamente el que pensábamos alcanzar y que, como ya he dicho antes, era la causa principal de nuestro viaje; pues allí era donde esperábamos encontrar más que en ningún otro lugar grandes riquezas en oro, perlas y piedras preciosas,… (1988, pp. 192-193)
Antonio de Naveros, contador de la expedición, supuso por su parte que: “… en las dichas sabanas [Barquisimeto] había sierras rasas donde había muchos nacimientos de aguas y tenían mucha disposición para haber en ellas oro”. (1988, p. 286)
Pero a Federmann le falta por enfrentar la otra cara del poder. Cuando llega a Coro, el gobernador Alfinger, restablecido en La Española y en plenas funciones, lo hace aprehender. Lo acusa de haberse tomado atribuciones que no le correspondían. Sin duda el gobernador ha pasado tiempos de gran incertidumbre, temiendo que fuera a su intrépido lugarteniente al que se le rindiera, antes que a nadie, la diosa Fortuna. Pronto, lo más rápido que puede, lo envía acusado a Europa. Después de resolver el obstáculo que le significaba el ambicioso Federmann, prepara su segunda expedición. Corre el año 1531.

5. Hacia el valle de Upar
… más adelante la vía del sur había muy grandes poblaciones todos de condahuas y era tierra de muy grandes sabanas y muchos arroyos de los cuales decían que sacaban el oro.
Esteban Martín
5.1 El país de Cuandi
Coro, principios de 1531. Alfinger tiene el camino libre, la Regencia lo ha confirmado Gobernador en nombre de los Welser. El 9 de junio parte la comitiva; cuarenta jinetes y 250 infantes. Como la vez anterior caminan buscando Maracaibo. Una vez más van hacia el mar del Sur, pero su derrotero los llevará por nuevos rumbos. Creen conseguir su objetivo siguiendo el valle de Upar, al que imaginan como un gran portillo por entre las montañas. Saben que en aquella ruta habitan indios que viven del trueque de sal por oro. Esteban Martín al observar el paisaje concluye: “tenemos por muy cierto que habrá oro de minas por la gran disposición de la tierra”. (1988, p. 254)
Llegan a territorio de los pacabueyes, en la hoy región colombiana de Valledupar. Según Aguado, la laguna de Tamalameque y sus islas desatan la violencia: “[los indígenas] casi ponían por señuelo el oro y riquezas que tenían, entendiendo con la vista de ello atormentar los codiciosos ánimos de los españoles y su gobernador” (t. I, 1963, p. 69). José de Oviedo y Baños, siguiendo a los primeros cronistas, describe el encuentro: “como furias desatadas, talaron y destruyeron amenísimas provincias y deleitosos países” (2004, p. 34). El 6 de enero de 1532, Alfinger envía el tesoro arrebatado con el capitán Iñigo de Vascuña, al mando de 24 hombres. Según inventario se llevaron:
Mil setecientos veintitrés caricuries, grandes y chiquitos; mil cien orejeras de filigrana, dos mil trescientos treinta y un canutos, mil cuatrocientos cincuenta y tres manillas, treinta y tres pesos de brazaletes, diecisiete águilas, cuatro cemies, una cabeza de águila, nueve figuras de indio, una figura de mujer de oro fino, grande; dieciocho orejeras de andanas, una cabeza grande de cemi con una diadema, veinticinco orejeras redondas y otros. (Friede, 1961, pp. 197-198)
Con el mar del sur en la mira, le ordenó a Vascuña ir: “por una tierra en descubrimiento de una laguna [próxima a la de Maracaibo] de que tenía noticia de dichos indios” (Ramos, 1987, p. 68). Llevan como misión adicional reclutar tropa fresca. Vascuña decide en secreto seguir una nueva ruta que calcula más directa.
Partido Vascuña reanudan la marcha y llegan a Tamara. Cuenta Esteban Martín que allí se trabaja el dorado metal con yunques, hornos, martillos y balanzas. El sueño del oro se precipita en cada nombre que emerge de las voces indias. Cada pueblo, cada laguna, aproxima a los tesoros. Cimpachay, laguna de Zapatosa, Cumiti… y Cuandi, Coyandin, Cayandin, tan famoso que es el lugar más nombrado en 100 leguas: “Decíannos de cayandin que tenían los indios tanto oro que si allá fuésemos no tendríamos en qué traerlo” (Martín, 1988, p. 259). Tres días se precisaban para atravesar Cuandi, y en sus numerosos ríos el oro corría libre. El mar del sur queda en suspenso. Avanzan eufóricos, pero el infranqueable Magdalena los detiene.
Seis meses de conquista produjeron “más de cien mil castellanos de oro fino, sin lo que ocultaron los soldados, que fue cuasi otro tanto” (Oviedo y Baños, 2004, p. 37). El oro conseguido fue producto de tal cuota de violencia conquistadora que Baralt (1960, p. 168) la calificó de “inútil y asoladora”, Tarre (1986) de genocida y hasta hoy es tema de controversia para la historia de Colombia y Venezuela.

5.2 El tesoro perdido de Vascuña, la muerte de Alfinger y el regreso a Coro
Pero Vascuña no volvía. El hambre los agobia y a falta de alimentos buenos son los caracoles de la ciénaga. Alfinger, preocupado por el destino del oro, envía a Esteban Martín con 20 hombres a investigar. Vuelve a encargar refuerzos y, además, pide lo necesario –incluyendo carpinteros– para construir barcos con los cuales derrotar al Magdalena y alcanzar Cumiti y Cuandi. Parte Martín el día de san Juan de 1532. Tardan 34 días en llegar a Maracaibo y no encuentran señales de Vascuña y su grupo. Retornan al campamento y reunidos deciden acometer una vez más el paso del Magdalena. Intentan llegar a Cuandi, pero el torrente los detiene. En contra de los deseos de la tropa, Alfinger renuncia al asalto. Acuerdan volver a Coro.
Retornan con un tesoro ensangrentado, el de Vascuña lo dan por perdido. Sólo desean alcanzar la costa para poner a salvo lo ganado. Creen encontrarse al sur de Maracaibo, pero en realidad están perdidos. Alcanzan montañas nevadas y despeñaderos; vagan por los páramos andinos. Por fin un pueblo, cuando llegan lo encuentran quemado. Se desvían al noreste y dan con el paso a las zonas bajas. Están exhaustos.
Las nieves han quedado atrás. Buscan la salida al lago de Coquibacoa. Esteban Martín sale por delante, pero tarda demasiado. Alfinger, impaciente, decide seguirlo. La tropa le pide cautela. El tudesco desdeña el consejo, alcanza a Esteban y continúan juntos. En una escaramuza en el valle de Chinácota –hoy departamento colombiano del Norte de Santander– un dardo envenenado “que las venas rompió de la garganta” alcanza la humanidad de Ambrosius Alfinger. El comandante germano agoniza durante tres días. Muere en medio de los más terribles dolores. Desde entonces “por morir allí tan cabal hombre, al valle le quedó su mismo nombre” (Castellanos, 1987, p. 207). Según Friede (1961) debió morir el último de mayo de 1533. El 1º de junio leen el testamento del gobernador y eligen como nuevo Capitán a Esteban Martín.
Continúa el retorno a Coro. Un día encuentran un indio que se les acerca amigable y les habla en castellano. Es Francisco Martín, uno de los hombres de Vascuña. Cuenta la historia del oro perdido. El capitán Vascuña había decidido seguir una nueva ruta, más corta; primero repartió el tesoro entre los soldados, pues pesaba más de ciento diez kilos. Pronto se extravió la expedición. Vagaron por días sin rumbo, sin agua y sin bastimentos. Aparecieron las temidas úlceras en piernas y pies, Vascuña sucumbió a ellas. No podían cargar más, ni el oro. Decidieron enterrarlo en un bosque, al pie de un gran árbol. Iñigo de Vascuña murió cerca de Maracaibo.
Por último, Martín contó que unos indígenas lo encontraron y sanaron; y terminó viviendo entre ellos, convertido en curandero y unido a la hija de un cacique. Gracias a su intervención la comitiva es recibida en la aldea. Cuando parten hacia Coro se les unen Francisco Martín y su mujer. Llegan el 2 de noviembre de 1533. La expedición demostró que en la zona de los pacabueyes había oro. Sin embargo, en su relación sobre esta avanzada Esteban Martín escribió, desilusionado, al hablar sobre el lago: “pensábamos que había estrecho de mar para la tierra adentro, el cual no hay”. (1988, p. 272)

6. Otra vez Nikolaus Federmann
… entre 1533 y 1536, en el área que se extiende de las  bocas del Orinoco a Maracapana se ha renovado una conciencia muy sólida de que, al interior, donde los ríos llaneros tienen sus cabeceras, había un rico país bajo la línea equinoccial del que procede todo el oro que llega a las costas del Caribe y de la mar del Sur.
Demetrio Ramos
6.1 Todos contra los Welser y todos hacia el mar del sur
Ambrosio de Alfinger ha muerto. Brota el resentimiento español. Los colonos se sublevan contra los alemanes, a quienes consideran usurpadores. Estalla en 1533 la primera rebelión que vive Coro. Abundan hombres frustrados, desesperados y empobrecidos. Entre las reclamaciones destaca una: incluir el valle de Upar en la Gobernación de Venezuela, pues éste era considerado vía segura hacia el otro mar y hacia las riquezas de tierra adentro.
La administración alemana obra con desacierto. Incurre de manera reiterada en faltas administrativas; evade los pagos que debe hacer a la Corona y, sobre todo, contrabandea. A pesar de todo, Carlos V respalda las medidas que los Welser aplican. La burocracia española se duele y se opone cada vez con mayor fuerza. En 1533 y 1534 estallarán protestas cada vez más serias, pero siempre se impondrán las posiciones de los Welser. Los banqueros ignoran a las autoridades intermedias. Por si fuera poco, se saltan a la Audiencia de Santo Domingo y sus engolados empleados reales, que nunca dejaron de sentir apego por la causa de Juan de Ampiés.
Aparece entonces el obispo Rodrigo de Bastidas, nombrado primer obispo de Coro, segundo de Tierra Firme, quien llega a Coro en 1534 como gobernador interino, con la misión de evaluar la situación e informar de lo que encuentre a la Corte. A su arribo enfrenta las pugnas entre alemanes y españoles, logrando apaciguar los ánimos.
El triunfo de los españoles fue relativo; las diversas cédulas reales de fines de 1534 e inicios de 1535 fisuran el monopolio comercial y las rígidas disposiciones que mantenían los Welser. Se autoriza el reparto de encomiendas y se toman medidas que pretendían evitar los abusos de autoridad. Pero no se logra colocar un gobernador español. A todas estas, el ansiado estrecho al mar del sur no aparecía, y la pobreza campeaba entre los vecinos a pesar del oro sustraído a los pacabueyes. Guiñapos de conquistadores encuentra el obispo Bastidas a su llegada a Coro el 11 de julio de 1534.

6.2  Nikolaus Federmann y Georg Hohermuth von Speyer: dos caminos hacia el oro
Federmann, mientras tanto, está en Europa. Primero en Medina del Campo, sede temporal de la Corte española, adonde llega en julio de 1532. En agosto del mismo año visita Augsburgo, donde maniobra a su favor ante los Welser. Aguado nos dice que utilizó para ello “algunas ricas joyas y piezas de oro” traídas de Venezuela (t. I, 1963, p. 115). Llega acusado por Alfinger y sale nombrado gobernador.
El 19 de julio de 1534 es nombrado sucesor de Alfinger. Pero se hace presente el partido antialemán. En Coro, la noticia del nombramiento de Federmann aviva el resentimiento. Nace un movimiento de oposición organizado y se envía a España una delegación. Luis González Leiva y Alonso de la Llana se presentan ante el Rey en otoño de 1534, se quejan de los agravios de que han sido víctimas por los tudescos, incluido Federmann. Piden que el gobernador sea un castellano. El movimiento no prospera, pero surge como gobernador de coyuntura Georg Hohermuth von Speyer o de Spira: joven, bávaro, miembro de una familia de gran prestigio en Alemania, parece que incluso pertenecía a la nobleza rural. Carlos V los había distinguido con un escudo de armas.
La ansiada búsqueda del oro se impuso una vez más y a Coro llegan, en febrero de 1535, Spira, Philipp von Hutten y el mismo Federmann. Pasado el clímax político y llenado el vacío con un nuevo gobernador, todos, hispanos y alemanes, marchan una vez más en la búsqueda de las riquezas y los caminos infinitos.

7. Tras el reino del Meta
Ordenó la Audiencia de Santo Domingo en octubre de 1533: “… procuren de entrar en la tierra adentro todo lo más que pudieren, que no es posible sino que hallen y descubran grandes secretos y riquezas; …”
Juan Gil
7.1 El cálculo, el sueño y la partida
Sevilla. Jorge de Spira, flamante e inesperado Gobernador de una tierra que no conoce, eroga de inmediato 817 maravedíes de su peculio para aderezar la flota que lo llevará a Venezuela. Se decía que a su mando quedaban 500 hombres. Parte de Sanlúcar de Barrameda, arriba al puerto de Coro el 6 de febrero de 1535. En su travesía a Tierra Firme, Spira tocó las Canarias y Puerto Rico, donde se le sumaron algunos baquianos de las huestes de Sedeño, Herrera y Ortal, quienes partieron de Paria y Maracapana en busca del legendario Meta. Sabían del Nuevo Mundo, estaban probados en luchas contra cumanagotos. Fueron una valiosa adquisición para el alemán novel.
En Coro se encuentran Spira y Federmann. En su momento, ambos han sido nombrados gobernador, enfrentan la situación y llegan al mejor arreglo posible. Ambos vienen en pos del oro, ambos irán por él. Cada uno por su lado, cada uno con parte de las fuerzas disponibles; nadie entregará cuentas. Se organizan dos expediciones.
Jorge de Spira parte el 12 de mayo de 1535. Le acompaña Philipp von Hutten y es guiado por el legendario Esteban Martín. Spira subvierte el primer sueño germano. Abandona la búsqueda del paso a la otra mar, la ruta de la especiería y el oro del país de las lagunas, allá por donde descansaba el difunto Alfinger. Busca otro lugar: el reino del Meta, el que se asienta en la selva, junto al lecho de la misma ecuatorial, al pie de los Andes nevados. Titus Neukomm, empleado de los Welser y testigo de la partida, escribió:

Creemos todos en la buena suerte –del viaje– y en las muchas riquezas y oro, pues aquí ya sabíamos muy bien que la tierra adentro está llena de oro y solamente hay que arriesgarse a soportar las dificultades y los trabajos de recogerlo y buscarlo y en hacer guerra a los indios. (1988, p. 408)
Spira calculaba concluir la expedición en dos años y medio. Si además encontraba la otra mar, que mirando bien las cosas creía muy posible, significaría que era el hombre más amado, entre todos los alemanes y quizás del mundo entero, por la diosa Fortuna.
7.2 Sólo regresaron cien hombres
Siguen la ruta del mediodía. Sale al mando de 310 hombres y con 80 bestias. Van entre ellos hombres de Paria y Maracapana. Pronto los nuevos resienten los rigores del clima tropical. El 26 de junio, en el llamado valle de las Damas –hoy valle de Barquisimeto–, saben de un asentamiento indígena, reúnen a sus fuerzas, y, según crónica de von Hutten:, “invadimos, (...) acuchillamos a algunos y cogimos presos a unos 60...” (t. I, 1988, p. 350). Pasan por pueblos abandonados.
Desde Barquisimeto continúan y penetran en Los Llanos. Topan con las cordilleras nevadas y la región cenagosa que inunda el río Portuguesa. A fines de agosto, en un pueblo abandonado, capturan a un cacique que les informa de un lugar donde yacen grandes fortunas. Poco después descubren que todo era falso. Para noviembre había más de 80 hombres enfermos. El 18 de noviembre cruzan un río y acampan. El 20 parten; “no teníamos ningún camino y no sabíamos qué hacer”, recuerda von Hutten. (t. II, 1988, p. 356)
Spira avanza, siempre al Sur. Para febrero encuentra los afluentes del Apure y los salvan. Cruzan el Apure mismo y continúan hacia el Sur, llegando al infranqueable Arauca, desde donde se ven montañas cercanas. Del otro lado de estas, aseguran los aborígenes, está el Meta. El mes de marzo trae noticias de la boca de Guayquiri, un cacique local. Este ratifica lo que otros han dicho y estimula el sueño: en la otra cara de la montaña hay oro y plata, es tierra de sabanas, donde el viento corre helado y libre, y se come y se toma agua en vasijas de oro; “las había visto con sus propios ojos” (von Hutten, t. II, 1988, p. 359). El lugar está a sólo dos lunas. Intentan encontrar el paso guiados por el mismo Guayquiri, pero fracasan.
En abril de 1536 siguen al pie del Arauca; desesperados. El Arauca ni se acaba ni cede. Ocho meses errando, mientras lo veían pasar majestuoso, conteniéndolos. El calor y la humedad hacían de aquellos parajes un lugar nauseabundo, pero esto –según creían– facilitaba el crecimiento del oro en sus entrañas. Durante esos días, cuenta von Hutten, muchos murieron en la más horrible de las miserias, convencidos de que en la otra banda los esperaba el Meta dorado, abundante y generoso.
Primero de diciembre. El capitán germano decide cruzar el Arauca, y lo logra. Pasan 140 de infantería y 44 de a caballo. Pero muy pronto aquella tierra se torna en un infierno. Son atacados por guerreros que ostentan en sus tocados los cascabeles de las serpientes. Día de navidad en la selva, están perdidos, siguen buscando. Caen sobre un pueblo, obtienen 10 prisioneros, sueltan algunos como ofrenda de paz y nunca vuelven. Por fin encuentran oro y plata: “y preguntamos a los indios de dónde venían estos trozos; ellos dijeron que del otro lado de las montañas” (Von Hutten, t. II, 1988, p. 361). Envía a Esteban Martín con 50 de tropa a buscar el paso. Regresan vencidos.
Comienza 1537. Fracasado el intento por ubicar el paso entre las montañas vuelven la espalda a la cordillera, caminan más al sur. Días de camino, más violencia y más hambre hasta llegar a un río enorme, el Marañón, ubicado en la región Orinoquía de Colombia o Llanos orientales. El madrileño Diego de Montes, cosmógrafo y cirujano, saca el astrolabio y mide; se hallan a dos grados y dos tercios del ecuador, “ya no veíamos la estrella polar”, escribe von Hutten. (t. II, 1988, p. 363)
Conducidos por Esteban Martín llegan al Guaviare y aún más allá, hasta un río de intenso color verde, como el limón. Lo bautizan río Vermejo, hoy Caquetá. Diego de Montes vuelve a medir las estrellas y les comunica que están a un grado de la línea equinoccial. España ha quedado muy lejos. Philipp von Hutten recordó: “Hasta el momento habíamos marchado del norte al sur; pero allí los indios nos dijeron que, si buscábamos oro, era mejor que pasásemos al lado derecho...” (t. II, 1988, p. 363). Abandonan la ruta del mediodía y vuelven a las montañas. A su paso se suceden pueblos vacíos.
Avanzan convencidos de que deben trasponer las montañas, último obstáculo que los separa del oro. ¡Debe estar tan cerca! De nuevo el invierno se interpone, un enorme río los detiene, necesitan encontrar un paso. Envían al infalible Esteban Martín, quien fracasa. Herido siete veces es llevado al campamento. Pero las fiebres malsanas le aseguran veinte días de agonía. La tropa se desmorona, el miedo carcome los corazones más templados. Muere Esteban Martín y no hay intérpretes, no hay arcabuceros, no hay ballesteros. Siguen escuchando que el oro y las riquezas están cerca, muy cerca; aun así todos desean volver a Coro. Sin embargo, Spira no es hombre que renuncie y ordena de nuevo cruzar el Vermejo, continuar cueste lo que cueste, pero nadie le sigue.
El 13 de agosto de 1537 emprenden el regreso a Coro, en un camino de muerte (Friede, 1961, p. 356). Jorge de Spira intenta hacerlo lo más rápido posible, pero las crecidas lo detienen. Por primera vez van buscando el norte, de espaldas a la selva. Pasan la navidad en las riberas del Apure. Los indígenas capturados en la travesía les dicen que recién pasó  una tropa, tal vez al mando de Federmann, y que marchaban al Sur. Primero no lo creen, después encuentran las huellas y se convencen. Spira ordena a von Hutten alcanzar a los expedicionarios, pero el Apure vuelve a detenerlos. Los otros ya lo han cruzado y llevan tres meses de ventaja, von Hutten y su grupo regresan y se reúnen con Spira.
27 de mayo de 1538. Llegan 80 hombres de a pie y 30 de caballería. Von Hutten escribió en su Diario:
Desde hace tiempo creían que habíamos muerto y habían vendido y repartido también los trajes y utensilios que habíamos dejado aquí (…) no estábamos mejor vestidos que los indios que andan desnudos (…) Sólo Dios y los que lo han experimentado juntos, saben cuánta necesidad y miseria y hambre y sed, y pena y trabajo sufrieron los pobres cristianos en estos tres años; hay que admirarse que cuerpo humano pueda soportarlo por tanto tiempo (…) los cristianos estaban tan consumidos y tan resecos que a nosotros que pudimos salvar la vida, Dios nos ha dispensado su gracia. (t. II, 1988, pp. 367-368)
Había terminado el primer viaje por la ruta del mediodía. Más de un año después, un von Hutten convencido escribió a un amigo: “os digo que si hubiera podido alcanzar a dicho Federmann, estaría ahora en un país más rico que el Perú”. (Von Hutten, t. II, 1988, p. 371)

8. Nikolaus Federmann y el contagio maracapanero7
Dijo Federmann a Fernández de Alderete: “que venía con aquella gente a se juntar con él para que debaxo de su bandera fuesen aquel viaje (…) a la provincia de Meta [que] hera rica”.
Demetrio Ramos
8.1 De las perlas hacia el Sur
A comienzos de 1536 Federmann está en el cabo de La Vela. Enviado por Spira y tras un fracasado intento por extraer perlas, da la espalda al mar y de cara al Sur penetra el valle de Upar, hacia el famoso país de las lagunas de Alfinger. Él lo sabe. Sabe con exactitud lo que Spira desconocía: los balances en oro de las expediciones anteriores. Ambrosius Alfinger obtuvo en su corta estadía poco más de 9.586 pesos en oro, mientras que él sólo alcanzaba 3.570 pesos (Friede, 1961, pp. 191 y 255). Conoce los detalles de cada salida al interior, pues tuvo y tiene contacto personal con la tropa. Sabe que sólo del dominio de los pacabueyes se ha obtenido más oro que el recogido por todas las demás expediciones.8
Pero sobre todo confía en una conseja, muy comentada por la tropa de Alfinger, que decía que remontando el Magdalena se asentaba un rico imperio de indios poderosos. Federmann está dispuesto a conquistarlo, estuviera en la Gobernación que estuviera. Bastante se había discutido si aquel mítico lugar le pertenecía a Venezuela o a Santa Marta, alegato de tinterillos y muy menor, a su parecer.
Aprehendido por una avanzada del gobernador de Santa Marta, Federmann desiste por lo pronto de su avance y emprende camino hacia Coro. Transcurren tres meses. Precavido, ha colocado tropa en lo alto de la serranía de Carora para custodiar la salida de Los Llanos; cualquier entrada o salida de cristiano le sería reportada. Diego de Martínez, comandante de la fuerza acampada en la serranía, explora los valles del Tocuyo y Carora.
Mientras, desde el Neverí, en la Gobernación de Maracapana, ha salido en febrero de 1536 una expedición comandada por Jerónimo de Ortal, quien emprende una vez más la conquista del Meta, convencido de que llegará a las minas que alimentan la riqueza del Perú (Ramos, 1987, p. 126). La insubordinación se impone en las figuras de Escalante, Martín Nieto y Juan Fernández de Alderete. Según Oviedo y Baños 60 hombres huyen a la Gobernación de Venezuela (2004, p. 89), con la intención de proseguir la conquista de las regiones auríferas. Buscaban la casa del sol, escondida en algún lugar del Meta. Pasarán a la historia como los pecadores de Sedeño. Llegan al portillo de Barquisimeto, donde se encuentran a los hombres de Diego de Martínez asediados por indígenas. Los europeos se dan apoyo mutuo. La avanzada coriana envía la inquietante novedad al tudesco.

8.2 De Coro al valle de Santa Fe buscando el país del Meta
El 14 de diciembre de 1536, en Coro, Federmann decide salir de manera imprevista so pretexto de que le urge saber si el gobernador necesita auxilio (Ramos, 1987, p. 125). En la ciudad algunos, como el obispo Bastidas, dudan de sus intenciones. A cincuenta leguas de Coro se encuentra con Alderete y Nieto, conoce sus planes y los intentos repetidos de Ortal y Sedeño por llegar al Meta. El mito de los hombres de Maracapana termina por convertirse en alucinación colectiva. Siguiendo la consigna de éstos, Federmann olvida el país de las lagunas y decide buscar el país del Meta.
Astuto, Federmann maniobra en silencio y con cautela. Finge amistad con los capitanes mientras seduce a la tropa, que se suma a sus fuerzas. A Nieto y Alderete los convence de llegar hasta Coro para recuperar fuerzas y realizar compras para ellos y su tropa. Les ruega que lo esperen 40 días. Él parte hacia el Sur al frente de su nuevo ejército. Llevan suficientes caballos, armas y más de 700  aborígenes encadenados que servían como bestias de carga. Acampan en Barquisimeto. Ya conoce la ruta, sólo tiene cuidado de evitar encontrarse con Spira. Cruzan el Apure en abril de 1538, pero el Meta los detiene (Gil, 1989, p. 62). Sobreviven de raíces. La tropa, enferma y extenuada, resiste. Algunos quedan ciegos debido al hambre. Marchan por un país vacío pues los indígenas, primero ante Spira y después ante su comitiva, huyen y se refugian en las montañas; abandonan todo antes de enfrentarlos.
Decidido a buscar el país del Meta entre las montañas, Federmann ordena enfrentar la cordillera. Los Andes esperan. Tras la primera avanzada exploratoria, Pedro de Limpias anuncia: han encontrado el paso. Derrotan sombríos y gélidos páramos, sierras magníficas, montañas gigantescas. Avanzan hambrientos sobre un país deshabitado. Salvan precipicios con las bestias en vilo. Indios sigilosos los atacan quemando el pajonal seco donde acampaban. Cruzan el páramo de Sumapaz y llegan al páramo de Fosca, dentro del Nuevo Reino. Con los primeros días de enero de 1539 alcanzan el valle de Santa Fe, hoy Bogotá.
Pero no están solos. Antes han arribado otros dos grupos de conquistadores. Desde Santa Marta, 700 hombres habían partido bajo el mando de Gonzalo Jiménez de Quesada y los sobrevivientes alcanzado el valle en 1537. El otro grupo había salido desde Perú, al mando de Sebastián de Benalcázar (Friede, 1961, p. 301). Días de espera. Los comandantes negocian, está en juego el país del Meta y no hay ventajas para nadie. Los de tropa aguardan disciplinados. Deciden someterse al arbitrio del emperador en España, para ello los tres comandantes firman un acuerdo el 17 de marzo de 1539. (Humbert, 1983, p. 87).9
Federmann confía poco en sus posibilidades, pero está dispuesto, como siempre, a llegar hasta lo último. Sin embargo; procede con extrema cautela y renegocia en secreto, con Gonzalo Jiménez de Quesada, el 29 de abril de 1539, un acuerdo que reconoce derechos de los Welser en la Nueva Granada, le garantiza en lo personal cinco partes del botín, el dominio de las tierras del cacique Tunja, y conservar todo el oro y piedras preciosas que ha recogido durante la travesía. El resto, incluso la casa del sol, si apareciera en esa comarca, lo cedía. (Denzer, 2005; Friede, 1961)

8.3 Federmann en Europa
1540. Intrigas y papeleo en la corte de los Augsburgo. Federmann quiso hacer valer el documento firmado con Quesada, y fracasa. La corte le pasaba factura, saldaba así un viejo resentimiento latente desde los días de Ampiés. Se desempolvan los informes levantados contra Nikolaus, se recuerda la insurrección de los colonos españoles cuando fue nombrado gobernador, se hace presente su condición de simple empleado de los Welser.
Derrotado, decide apelar ante el mismo Carlos V, para lo cual se dirige a la ciudad de Gante. Cuando llega se encuentra con Bartolomé Welser, quien lo hace arrestar. No logra ver al monarca. Su patrón lo acusa del robo de 115.000 ducados en oro y piedras preciosas, y de haber arruinado la Gobernación de Venezuela (Humbert, 1983, p. 88; Arciniegas, 1990, p. 287). Se inicia el juicio en Flandes. Federmann alega que en tanto se dirimen asuntos coloniales, deben ventilarse ante el Consejo de Indias. Los Welser alegan que se trata de asuntos privados, para lo cual es competente cualquier juzgado del reino. Triunfan los banqueros gracias a su influencia con Carlos V. Se procede al juicio, le confiscan los bienes depositados en Amberes y Sevilla. Parece no haber salida. Está acorralado.
Pero Federmann contraataca. Ofrece probar las irregularidades de la administración Welser, a quienes acusa de haber defraudado a la Corona más de 200.000 ducados (Gil, 1989, p. 43). El Consejo de Indias solicita que Federmann sea conducido a España para que pruebe lo dicho. La sola posibilidad de contar con pruebas de que los intereses económicos del Estado son afectados en forma sistemática causa expectación. El entorno del monarca se estremece. En 1541 Federmann llega a Madrid en calidad de prisionero y además a sus expensas, para efectos del juicio.
Pero en el verano de 1541 Federmann enferma. El 19 de agosto llama al notario y ante testigos revela que sus acusaciones eran falsas, que actuó para evitar la cárcel y el embargo, que en compensación entregaba a los Welser sus derechos sobre los dominios del cacique de Tunja, aquellos que había adquirido en negociación secreta con Jiménez de Quesada. Quién sabe si su testimonio fue sincero o negociado. En el invierno de 1542 murió. Gil no pudo evitar escribir: “un verdadero prodigio de integridad este hombre”. (1989, p. 43)
Y mientras Nikolaus Federmann disputaba y moría en Europa, Jorge de Spira, desde Coro, anunciaba al monarca en octubre de 1540 que pronto partiría al país aurífero del sur, en busca del aquel magnífico interior que ninguno terminaba por ver. El obispo Bastidas es su aliado más entusiasta. La expedición está casi lista cuando a principios de noviembre es atacado por las fiebres tercianas, muriendo el 11de junio de 1540 (Friede, 1961, p. 372). Fue sepultado en la catedral de Coro con grandes honores. Sobre su tumba, el padre Rodríguez de Robledo escribió un epitafio en latín, que decía que aquél había sido un hombre lleno de virtud, mas vacío de ventura. (Castellanos, 1987, p. 234)

9. Encrucijada de vidas
Hutten siente que el mundo se ha convertido para él en un mar de lodo. ¡Qué oscura y tormentosa es esta América, y que diáfana y alegre era su patria!
 Germán Arciniegas
9.1 Philipp von Hutten: el último aventurero dorado
Philipp von Hutten. También alemán, noble y pariente de poetas. Capitán general de Venezuela y aventurero insaciable. Marchó con Spira hasta casi llegar al ecuador, siendo cronista de aquella exploración. Aliado del obispo Bastidas, que vio en él al socio capaz de colmarlo con el oro que todavía guardaba la selva.
La muerte de Spira sume a Coro en la parálisis; sin gobernador no podía haber entrada. La impotencia se apodera de los soldados y un grupo, encabezado por Lope Montalvo de Lugo, decide partir siguiendo la ruta de Federmann hasta el Nuevo Reino, del cual llegó a ser gobernador. Parece que invitaron a von Hutten, pero el alemán los desdeña y decide unir su destino al obispo Bastidas.
Desde Coro von Hutten escribe a familiares y amigos. En sus cartas transita de la desilusión al nuevo entusiasmo. Si en marzo de 1539 escribió a su padre “en esta región no se puede lograr mucho (…) trataré de salir tan pronto como sea posible”; para diciembre de 1540 comentó a su hermano “… en todas las gobernaciones se espera descubrir grandes riquezas, especialmente en la nuestra,…” (1988, pp. 373 y 382). Por sus líneas desfilan los grandes ríos, las amazonas y los indios caníbales. Nada importa. A cinco meses de su salida está convencido de poder “… conquistar y descubrir tierras ricas, pues sabemos exactamente dónde están”. (1988, p. 386)
Y mientras von Hutten escribe, sueña con ser gobernador y se entusiasma con la casa del sol; el 12 diciembre de 1540 llega el obispo Rodrigo de Bastidas acompañado por Pedro de Limpias y asume la gobernación, designando a von Hutten su capitán general. En febrero de 1541 llega Bartolomé Welser (Ramos, 1987, pp. 416 y 419). Sabe von Hutten que sus aspiraciones a gobernador han terminado, pero tiene la total certeza de que encabezaría otra entrada, que bien podría ser gloriosa. Quizás sólo lo atormenta saber si aún estarían a tiempo.

9.2 Hacia el oro, cueste lo que cueste10
Es el 14 de agosto de 1541, hay expectación en la ciudad de Coro. En misa solemne el obispo Bastidas bendice a los que parten. Según Simón, financia la expedición ordenando capturar y vender aborígenes de la laguna de Maracaibo (t. II, 1987). Philipp von Hutten y Bartolomé Welser encabezan la falange real que marcha en busca de la selva. Su objetivo: el oro, donde quiera que esté y cueste lo que cueste. Sus fuerzas, poco más de cien hombres decididos a todo. Como guía parte el veterano Pedro de Limpias (Friede, 1961, p. 380)11. Constituyen la mejor expedición posible, pues tienen la ventaja de saber por adelantado a dónde se dirigen, sólo cabe esperar el éxito.
Una vez más eligen la ruta del mediodía, pues mantienen viva la ilusión de dar con los tesoros ocultos en las tierras del Meta.12 Siguiendo la misma ruta de Spira, entre enero y agosto de 1542 avanzan desde Barquisimeto, pasan el Casanare y llegan hasta el río Opía, un afluente del Meta que cruza el departamento de Casanare (Colombia). Nada los detiene. Se enteran del reciente paso de Hernán Pérez de Quesada. Cuenta Cristóbal de Aguirre, expedicionario de von Hutten, que los naturales les informan que la gente del Nuevo Reino de Granada está: “en busca de una provincia que llaman Ocuarica El Dorado que confina con las Amazonas” (Ponce, Rengifo & Vaccari, t. I, 1977, p. 494). Quesada, ya instalado en el mito de El Dorado, seguía por coincidencia la misma ruta de Spira.
Tras el desconcierto entre la tropa, von Hutten ordena seguir a Quesada. Exige marchas extenuantes, sin consideración para heridos y enfermos. Dos mitos y dos hombres van en una misma dirección. En la montaña y guerreando con indios de la nación choque lo encuentra la navidad de 1542. Acosados por los aborígenes choques y el hambre se desvían y penetran la selva, abandonado el rumbo de Quesada. Narra Ramos que a partir de ese momento la expedición coriana se internó en tierras pantanosas y tremedales. (1987, p. 424)
Llegado enero de 1543 la selva los ahoga. La ruta hacia el Meta se diluye entre ciénagas. Un nuevo desvío los lleva al sureste. Es invierno. Entre febrero y mayo, un grupo al mando de Pedro de Limpias incursiona por órdenes de von Hutten y captura un cacique, quien: “… les dio dos coronas de cabeza grandes de oro fino y preguntado de donde había habido las dichas coronas dijo que las hubo de las amazonas donde afirmó haber estado,…” (Ponce et al., t. I, 1977, p. 495). Con ello el mito se reactiva. Al reagruparse la decisión es seguir ese rumbo, guerreando, soportando enfermedades y hambre. Así terminó 1543.
A principios de 1544 el capitán germano decide abandonar la selva y volver al llano. Atraviesan el Papamene y llegan a tierras de los guaypíes, quienes les hablan de las hermosas guerreras. Ya von Hutten había escuchado durante su primera expedición: “… que en el bello río Papamena abajo, había mujeres que vivían durante algún tiempo del año sin hombres, lo mismo que se escribe de las amazonas” (Castellanos, 1987, p. 243; von Hutten,  t. II, 1988, p. 370). El mito parece confirmarse.
Cristóbal de Aguirre, expedicionario de von Hutten, al declarar sobre la jornada afirmó que en la tierra de los guaypíes habían encontrado “collares y joyas de fino oro”, pero que no se detuvieron porque sabían que tales riquezas provenían de otros pueblos. (Ponce et al., t. I, 1977, p. 494). Extenuados, permanecen hasta fines del 44 en el punto que Spira llamara Nuestra Señora.13 (Friede, 1961, p. 382)

9.3 Mientras, en Coro…
las autoridades dan por muerto a Philipp von Hutten y nombrado un nuevo gobernador; el licenciado Juan de Frías, quien ocupado en Cubagua envía a su teniente Juan de Carvajal como autoridad para Coro. Carvajal tiene la prisa de la ambición y falsifica documentos que le designan gobernador y capitán general (Friede, 1961, p. 390). Coro era una plaza desolada y miserable, nada apetecible para hombres de su talla aventurera.
                           Carvajal abandera la idea de salir a buscar mejores tierras; quizás, sueña, encontrarían oro y suficientes indios para salir de la miseria. Entre el día 8 y el 10 de abril de 1545 es dada la orden, y es inapelable. Hombres, mujeres, niños, rebaños y gallinas hubieron de marchar. Quedaba atrás la administración de los Welser, que tanto odiaba el español Juan de Carvajal. Llevan un buen número de esclavos jirajaras y caquetíos, tal vez unos 250. Quizás fue la caravana más numerosa que jamás partiera de esta ciudad. (Silva, t. I, 1983, pp. 321 y 322)
Juan de Carvajal ambiciona llegar hasta un lugar escondido en los confines del Nuevo Mundo, llamado Sogamoso, al que imaginan cubierto de oro. Siempre el oro. Fueron unos ocho meses de camino. El 7 de diciembre de 1545, Juan de Carvajal funda Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción del Tocuyo (Oviedo y Baños, 2004, p. 140). El tiempo se consume en construir una ciudad de la nada y contra todo. Algo muy alejado de los sueños de grandeza con que habían salido, y muy cercano a lo que pretendían haber dejado en Coro. Tal vez no repararon en que eran los primeros colonizadores de esta parte del Nuevo Mundo.

9.4 Philipp von Hutten en la tierra de los omeguas14
En 1545, una vez repuestos y con parte de la tropa, von Hutten inicia una nueva etapa desde Nuestra Señora, alcanza las orillas del Guaviare y llega a Macatoa, donde pregunta una y otra vez por la tierra de los omeguas y los naturales le responden que está río abajo. La respuesta era la esperada: “…junto a cierta cordillera que en días claros de allí se divisaba, había grandísimas poblaciones de gentes muy ricas y que poseían innumerables riquezas;…” (Aguado, t. I, 1963, p. 261). Pero le piden que no incursione en aquellas tierras, pues a pesar de su reconocida valentía, la gran cantidad de guerreros acabaría con ellos. Philipp von Hutten desoye el consejo.
Parten de Macatoa y alcanzan la frontera del país de los omeguas. A distancia de una media vista, se levanta una ciudad tan grande que no alcanzan a distinguir donde termina. ¿Lo habrían encontrado finalmente? Ese era, tal vez, el día de su mayor gloria. Ante sus ojos cansados se extienden más casas de las que pueden contar. Están maravillados. El guía les indica que quien habita la gran casa es el señor del lugar, y que esta también sirve de templo. Dentro, según les dice: “…aunque tenía ciertos simulacros o ídolos de oro del grandor de muchachos, y una mujer, que era su diosa, toda de oro, poseía otras riquezas, él y sus vasallos, que eran muchos,…” (Aguado, t. I, 1963, pp. 264-265). Aquella era una de las muchas ciudades de los omeguas; en adelante encontrarían otras, cada cual más rica.
¡Han llegado! Imaginan, con justicia, que gracias a su Dios se encuentran ante la Casa del Sol, el reino del Meta o cualquier otro digno de los sufrimientos vividos. No podía ser de otro modo. Ellos, más que nadie, bordeaban el ecuador, en tierras bajas, con clima tórrido. Todos los informantes coinciden en que aquella es la tierra de donde viene el oro, y esto concuerda con los datos que ellos poseen. Este era el desconocido interior, nunca antes visto.
Philipp von Hutten avanza arrollador, decidido a capturar el primer omegua que le saliera al paso; pretendía interrogarlo de inmediato. Los naturales corren azorados. Von Hutten y el capitán Artiaga, en los mejores caballos, avanzan a la vanguardia, persiguiendo a dos guerreros. El paso de los brutos se impone y pronto estuvieron sobre ellos. Los indígenas no tenían posibilidad alguna ante aquellas bestias.
Pero en el último instante, el indígena perseguido por von Hutten se vuelve y aguanta de pie la embestida. Sereno, templa su lanza. El tudesco cae gravemente herido en el pecho. Cargado en una hamaca es evacuado. El alemán resiste, impasible. Diego de Montes obra el milagro y von Hutten sobrevive. Pero están rodeados de omeguas que vuelven a la carga. Von Hutten herido no puede comandar sus fuerzas, le entrega el mando a Pedro de Limpias. Con escasa caballería y sus lanzas, 38 europeos se baten, resisten el asalto y luego la infantería arremete con las espadas. Nunca se sabrá toda la verdad de esa famosa batalla, lo único cierto es que vencieron a los omeguas.
La batalla ha terminado y retornan a Nuestra Señora. Las noticias del triunfo y las riquezas desatan tal alegría que, según Aguado (t. I, 1963, p. 269): “…ya se juzgaban por poseedores y señores de aquella próspera y rica tierra,…”. Sin embargo, dicen los antiguos cronistas que la falta de tropa, armas y caballos le impiden culminar la empresa. Para von Hutten es la segunda vez, quizás recordó su entrada con Spira. Deciden retornar sabiendo que los omeguas quedan vencidos, pero volverían para culminar la conquista.

9.5 Así murió Philipp von Hutten
A finales de 1545 y encabezada por Bartolomé Welser, acompañado por Pedro de Limpias y Diego de Losada; una columna de veinte hombres parte a Coro con el objeto de traer refuerzos para con ellos volver a Barquisimeto, donde von Hutten y el resto de la expedición pensaban reponerse. Avanzan a marchas forzadas, llevan a cuestas el cansancio acumulado de cuatro años de aventuras.
En Acarigua, Pedro de Limpias se subleva y la mayoría lo apoya. El antagonismo hispano alemán se impone. En su derrotero intentan alcanzar Cubagua, pero el ataque de los aborígenes les hace retornar al valle de Barquisimeto, al cual llegan en febrero de 1546 y adonde todavía no arribaba von Hutten. Allí tienen noticias de Juan de Carvajal y entran en contacto con su teniente Juan de Villegas. La noticia sobre los alemanes cambia el rumbo de la historia.
El gobernador tudesco está vivo y Carvajal necesita apartarlo del camino. La valiosa información de Pedro de Limpias le permite negociar a este un salvoconducto. Bartolomé Welser y sus hombres quedan en manos del falso gobernador, quien ordena a Villegas contactar a von Hutten en Acarigua. El clérigo Juan Frutos de Tudela declaró en el juicio de residencia que, tras una espera infructuosa, Villegas dejó en una ceiba una cruz y una carta, la cual decía: “… aquí estuvo Juan de Villegas cuatro días esperando a Felipe de Huten y como no vino se fue para el Tocuyo a donde le hallará tres leguas de los humacaros…”; el objetivo, atraer al germano hacia Carvajal. Philipp von Hutten y 60 hombres llegan y, tras reiteradas presiones, el encuentro se da en El Tocuyo el 24 de abril de 1546. (Ponce et al., t. I, 1977, p. 489; Friede, 1961, p. 393)
El germano hace saber su intención de continuar hasta Coro, para dar cuenta a su Majestad de su entrada. El pueblo espera, expectante, el desenlace. Carvajal sabe que debe impedirlo, y emite una escueta y terminante orden: von Hutten no puede salir de El Tocuyo. El alemán reacciona violento, se coloca su armadura y exige explicaciones a un Carvajal que se intimida. Se enfrentan, hablan, se contienen. Von Hutten lo desaira, da la media vuelta y monta. El español sabe que su autoridad está en juego. Los expedicionarios toman caballos, armas y pertrechos a Carvajal antes de irse al valle de Quíbor, a cuatro leguas de El Tocuyo. Carvajal ha sido humillado.
La celada se prepara. Carvajal finge ceder. El 29 de abril de 1546 ambos grupos suscriben un acuerdo, Pedro de Limpias está entre los firmantes. Carvajal se comprometía, entre otros puntos, a extender un salvoconducto para que los alemanes prosiguieran hacia Coro 15 días después de firmado el convenio; a cambio, von Hutten regresaría los caballos y las armas retenidos a Carvajal durante los enfrentamientos. La tropa quedó en libertad de sumarse al ejército que prefiriera (Ponce et al., t. I, 1977). Bartolomé Welser y Philipp von Hutten parten confiados hacia Coro con sus mejores hombres. En El Tocuyo queda la gente fiel a Carvajal y los indecisos.
En mayo de 1546 avanza la columna al mando de von Hutten. Nos cuenta Aguado (t. I, 1963) que caminaban floja y descuidadamente. Acampan al pie de la sierra de Coro. Al atardecer y de improviso se presenta Carvajal con su gente, entre ellos Pedro de Limpias, quien desde su deserción había instigado contra von Hutten. Los alemanes, confiados en el convenio firmado, no intentan defenderse. Encadenados, con colleras y humillados;, mueren Pedro Romero, Gregorio de Plasencia, Bartolomé Welser y Philipp von Hutten. Según Frutos de Tudela, los prisioneros: “… con grandes voces y gemidos pedían confesión y penitencia de sus pecados rogándoles hasta tanto no los matase…”, a lo cual Carvajal no accedió pese a que él: “… como cura propio de ellos requirió al dicho Carvajal a voces públicamente que mirase que aunque tenía poder sobre los cuerpos que no le tenía sobre las ánimas que eran divinas que los dejase confesar…” (Ponce et al., t. I, 1977, p. 491). Magdalena, indígena esclava de von Hutten, narra el momento:
 … a puesta de sol el mes que pasó (…) llegó mucha gente de caballo y de a pie sobre ellos, (…) y arremetiendo con el dicho Felipe su compañía prendieron a los dichos Felipe de Huten y Bartolomé Belzar y Romero y Plasencia y les ataron las manos y brazos atrás y atados así los detuvieron hasta bien tarde de la noche y ya casi al medio de la noche cortaron la cabeza primeramente sobre una piedra a Romero y luego tras el Plasencia y tras él a Bartolomé Belzar y luego tras él a Felipe de Huten y cortadas las cabezas juntándolas con los cuerpos los enterraron en un ribazo de un arroyo… (Ponce et al., t. I, 1977, pp. 500-501)
Philipp von Hutten creyó haber llegado al país del oro. Con su muerte se cumplió el premonitorio temor que expresara a su hermano Moriz en 1541, cuando le escribió antes de partir: “… temo más a la guerra con los cristianos que con los indios,…” (t. II, 1988, p. 386). El oro y pertenencias de los expedicionarios desaparecían en manos de Carvajal y los suyos mientras se esfumaba el sueño Welser.
El oro del ensueño, el de la gloria, la fama y el mito se transformó, así, en el oro de la discordia; pequeño y miserable. Nada más alejado de los misteriosos imperios orientales, de la magia de Cipango y de Catay; de las antiguas precisiones geográficas y los mundos áureos de la antigüedad.

9.6 Así murió Juan de Carvajal
El 27 de agosto de 1546 se toma confesión a Juan de Carvajal en el juicio de residencia ordenado por la Real Audiencia de Santo Domingo. Se le acusa de haber usurpado el cargo de gobernador y capitán general, bajo el cual ha ejecutado: “… hechos nefandos y adbominables de tiranías y crueldades así contra cristianos como contra indios vasallos de Su Majestad y de paz,…” (Ponce et al., 1977, p. 467). Ciento nueve preguntas reconstruyeron la trama que se hilvanó desde Coro hasta El Tocuyo. Carvajal acusó a Pedro de Limpias y Sebastián de Almarcha de haberlo inducido al crimen. Denunció a von Hutten y su gente como empaladores de indios e insurrectos del Rey y a la poblada como una Fuenteovejuna que se impuso a cualquier autoridad. El 17 de septiembre la sentencia  lo condena:
… a que sea sacado de la cárcel pública donde está, atado a la cola de un caballo y por la plaza de este Asiento sea llevado arrastrando hasta la picota y horca y allí sea colgado del pescuezo con una soga de esparto, o de cáñamo, de manera que muera muerte natural… (Ponce et al., 1977, p. 541)
Un Juan de Carvajal, tal vez ahora temeroso de la justicia divina, confiesa ante escribano y al pie de la horca su arrepentimiento. Declara:
... que en la muerte de Felipe de Hutten y Capitán Bartolomé Belzar y Gregorio de Plasencia y Diego Romero él solo tenía la culpa de sus muertes y en ello ofendió gravemente a Dios Nuestro Señor y esta muerte la recibe con paciencia en recompensa del yerro y de otros graves yerros que ha hecho y cometido contra la Divina Majestad de Dios Nuestro Señor como muy pecador y mal cristiano… (Ponce et al., 1977, p. 542)
Murió en El Tocuyo el 17 de septiembre de 1546.

NOTAS
1.- Este apartado sigue los textos de Colón, Juan Gil, fray Pedro Simón, Demetrio Ramos y la antología de Horacio Becco.
2.- Un extenso y detallado análisis de las capitulaciones como documento y en particular la suscrita entre los Welser y la corona española se encuentra en el estudio preliminar al libro Juicios de residencia en la Provincia de Venezuela. Tomo I. Los Welser; editado por la Academia Nacional de la Historia.
3.- Ampiés y Alfinger generan una dicotomía que es trabajada por casi todos los historiadores, y donde el hispano queda consagrado como hombre de bien, mientras el germano encarna los excesos de la conquista. Como parte de esta dicotomía, algunos historiadores, como Pedro Manuel Arcaya en su Historia del estado Falcón, narran que Ampiés sí ofreció resistencia ante el gobernador alemán, defendiendo sus derechos; y que Alfinger convirtió la costa coriana en el principal mercado de esclavos de Tierra Firme.
4.- La cifra oscila entre 150 y 180 hombres, dependiendo de la fuente utilizada.
5.- Los cronistas y algunos historiadores modernos difieren sobre la ruta seguida por esta primera expedición. Algunos siguen la “Información de servicios” presentada por Alfinger, que permite trazar una ruta sur-sureste siguiendo las tribus mencionadas en el documento; otros, entre ellos Pedro Manuel Arcaya, marcan el recorrido por la costa, en sentido oeste, más avenido con las 40 leguas mencionadas por fray Pedro Simón y con el hecho de que Alfinger buscaba llegar a la barra del lago de Maracaibo.
6.- Una vez más, hay diversas versiones. Aguado, Simón y Oviedo y Baños no mencionan el oro llevado por Alfinger hacia La Española. La carta de Antonio de Naveros y Alonso Vásquez de Acuña al rey denuncia a Alfinger por la extracción clandestina de oro hacia esa isla. Friede, apoyado en otro documento, afirma que el oro llevado pagó los impuestos de rigor.
7.- De Demetrio Ramos es la idea de las llamadas expediciones de contagio, producto de la información vertida por los hombres llegados desde Maracapana y Paria.
8.- Aguado no comenta el intento perlero, otros cronistas como Castellanos y Simón sí lo hacen. Los historiadores modernos, como Friede, Pardo y Ramos, también incluyen el episodio.
9.- Muy diversas son las versiones sobre este encuentro. Desde quién llegó primero entre Federmann y Benalcázar, pasando por el número de soldados, actores en las negociaciones y número y tipos de acuerdos suscritos entre las partes.
10.- La ruta narrada es la propuesta por Juan Friede, por ser la más detallada en tiempos y puntos geográficos, aunque algunas de sus afirmaciones no son compartidas por otros historiadores.
11.- Muy variables los números de los expedicionarios de von Hutten. Aguado y Simón hablan de 120, Oviedo y Baños y Baralt dicen que 130, Humbert y Arciniegas 150, Friede se apoya en una carta de Pérez de Tolosa y asienta que partieron 100 hombres. Otros historiadores, como Demetrio Ramos, no proporcionan el dato. Con certeza, una expedición con mucha menos tropa que las anteriores.
12.- Desde los primeros cronistas se afirma que von Hutten supo de El Dorado antes de partir de Coro. Demetrio Ramos argumenta que este mito llegó a Coro ya avanzada su expedición.
13.- Según Friede, von Hutten fundó Nuestra Señora, sin dar la fuente documental. Otros autores sólo lo dan como un punto que Spira bautizara con ese nombre.
14.- Para el enfrentamiento con los omeguas se siguió la versión de fray Pedro de Aguado, que es repetida por fray Pedro Simón y Oviedo y Baños. Sin embargo, ya el mismo Aguado sospechaba la exageración del episodio, que no aparece en las Elegías. Demetrio Ramos reflexiona que esta versión fantasiosa fue una nueva esperanza surgida ante el desengaño de los expedicionarios por no haber encontrado el país áureo.


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