jueves 10 de septiembre de 2009

Apuntes para una historia de la historia regional del estado Falcón

Texto presentado en el Foro Retos de la Historia Regional en Venezuela.
Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. CIHPMA-AHEF.
Coro, noviembre de 2008.


En este ensayo centro mi interés en esbozar la marcha de la concepción de la historia en el estado Falcón, basándome en lo que ha sido mi práctica como investigadora de esta área, y atendiendo a una frase clave en el texto de Juan José Saldaña: “Los estilos en ciencia revelan el condicionamiento diferenciado a que la ciencia se ve sometida por los hechos sociohistóricos y geográficos” (Saldaña, 1996: 10).
El abordaje de Falcón, permite que, en una escala regional, se visualice lo que ha sido la dinámica nacional de la construcción de nuestra historia, marcada por conveniencias coyunturales y por la presión de un sistema centralista que, a despecho de las regiones, ha impuesto una historia estereotipada, adaptada a cualquier región, manejando a discreción ciertos hechos, obviando otros y enfatizando el culto a los héroes.
El héroe, ese semidiós imaginario y arquetípico que fuera desechado por Aristóteles, transita de los cultos paganos al culto cristiano, reciclado por la iglesia a través de los mártires, santos y profetas, y de los cuales la hagiografía cristiana tiene miles de ejemplos (González, 2000); es retomado por la historia romántico-positivista del siglo XIX, teniendo su mayor fundamentación teórica en la serie de conferencias dictadas por Thomas Carlyle en 1840. El héroe llega a la historia patria venezolana para encarnar en sucesivos momentos a lo largo de los periodos republicanos los valores de la libertad, la igualdad social, la independencia de las metrópolis coloniales y la lucha antiimperialista. Se instala desde entonces y hasta el presente para apuntalar una historia lineal y milenarista, estructurada, como dice Abbagnano, según un plan perfecto e infalible, que da pie a individuos perfectos e infalibles –los héroes-, quienes harán posible dicho plan: el héroe hace la historia (Abbagnano, 1987).
Bajo la sombra del culto a los héroes, el quehacer del historiador en Venezuela ha estado marcado por un problema antropológico e incluso político: el de la identidad. A las regiones se les ha negado el derecho de explicar cómo y por qué se forma parte de ese todo llamado Venezuela, y en qué medida, aun participando de él, se tiene una especificidad que debe ser rescatada, explicada y comprendida. Se trata de pasar de la historia universal a las historias regionales y locales, de los grandes hombres a la complejidad de los actores sociales y al colectivo como entidad presente en el movimiento histórico. Se trata, como contrapropuesta, de que la nueva investigación histórica aporte los elementos que permitan la construcción de una historia para que el colectivo regional comprenda su participación en ese todo armónico llamado Nación, donde la suma de identidades expresada en matices históricos, giros de lenguaje, culinaria, usos y costumbres, religiosidad, etc., lleva a un común denominador que es la nacionalidad.
Pero la construcción del discurso histórico en Venezuela ha marchado, pesadamente, sobre la base del singular y no del plural. Se impone LA HISTORIA, se minimizan LAS HISTORIAS, opacándose las expresiones singulares que los procesos tuvieron en una región particular, o abordándolos desde una óptica centralista, que acrecienta a la región capital en detrimento de la provincia. Es interesante, por ejemplo, advertir cómo los textos escolares destacan reiteradamente a la Provincia de Caracas como la más rica de Venezuela, siendo que sucesivos cambios geohistóricos –olvidados a conveniencia del análisis- tendieron a reducir esta provincia progresivamente, perdiendo los territorios más poblados y de mayor producción, como Carabobo (1822), Aragua y Guárico (1848). Esta gran historia arranca cuando, recién constituida Venezuela como nación independiente, tuvo que estructurar un relato histórico que le permitiera distinguirse del antiguo colonizador, ubicándose en el conjunto de naciones sin lugar a confusión. Oviedo y Baños, Rafael María Baralt y Arístides Rojas son expresiones de aquella naciente historia en la Venezuela independiente.
Oviedo y Baños fue publicado por primera vez en Venezuela en 1824. Rafael María Baralt, junto a Codazzi, dieron empuje a la historia y geografías encargadas por el Estado venezolano. Todos ellos giran en torno a la necesidad de gestar una identidad venezolana, nutriéndose sus obras de las crónicas coloniales que, como vasos comunicantes, alimentaron durante el siglo XIX todo intento historiador en Venezuela. De prosa apasionada y encendido venezolanismo, Baralt acrecentará el clímax logrado por Oviedo y Baños, su principal fuente documental, lo cual repercutirá en forma directa sobre sus análisis e interpretaciones.
Centrada en el culto a los héroes y la exaltación de ciertos sucesos, que se tornaron en hitos de la identidad nacional, la historia falconiana quedó marcada y reducida a unos cuentos temas, agotados sobre sí mismos al carecerse o no comprenderse la necesaria aproximación a fuentes primarias y, más grave aún, exacerbándose una pugna centro-provincia y generándose en el colectivo falconiano una autoimagen y autoestima histórica contradictoria. Es así como la problemática –nunca clausurada- de la fundación de Coro, la presencia alemana en el siglo XVI, el movimiento de José Leonardo Chirino, la actitud autonomista de la provincia de Coro en la guerra de independencia y su tardía incorporación a este movimiento, la guerra Federal, la improductividad de Falcón en la época agroexportadora, su aislamiento con respecto al país y al mundo y el tema del contrabando, se han convertido en los momentos cúlmenes de la participación de Falcón en la historia venezolana, o en características geográficas y económicas que son una especie de plomo en el ala, porque alteran totalmente el relato histórico. De impacto más regional son la desaparición de la diócesis de Coro, los motines antijudíos de 1831 y 1855, así como la historia de la educación y las sociedades culturales de fines del siglo XIX. Más recientemente se ha incorporado el culto a la bandera y a Miranda, así como el culto a falconianos pro-independentistas, habiendo sido tocados por el dedo de la historia oficial Josefa Camejo y el obispo Mariano de Talavera y Garcés.
El falconiano, en términos históricos, gira entre dos polos opuestos creados por la historia oficial: uno que le identifica con el origen de la nación por haber sido Coro primera capital, primer obispado y suelo que viera la primera misa, haberse dado un movimiento de negros independentistas, haberse enarbolado por primera vez la bandera y haberse iniciado en Coro la guerra Federal. Como contraparte, carga con la culpa de una posible fundación alemana, haberle negado apoyo a Francisco de Miranda en 1806, haberse negado a incorporarse desde temprano al movimiento de independencia y haberse mostrado indiferente al paso de Bolívar; además del estigma estructural de haber sido una región pobre, aislada, extremadamente cálida, árida e improductiva; mala para producir riqueza pero buena para armar revueltas armadas e introducir contrabando. Realmente, para el falconiano lego en lides históricas, esta polarización implica un panorama de identidad histórica, regional y nacional de profundo conflicto.
Tras la elaboración de un corpus histórico nacional surgió la preocupación por las historias regionales. Para el caso del estado Falcón, Pedro Manuel Arcaya, coriano (1874-1958), es el primer gran historiador de la región. Abogado, diplomático, político, historiador y lingüista. Personaje plurifacético, ejemplo clásico de la gran concentración de conocimiento propia de las élites provinciales venezolanas del pasado siglo. De su pluma emergieron los primeros estudios llamados científicos, soportados en un pensamiento típicamente positivista. El pensamiento positivista marcó el análisis histórico venezolano. De la mano de Arcaya, Gil Fortoul, Vallenilla Lanz y otros autores, se gestó toda una visión social e histórica de Venezuela, donde aspectos como el mestizaje representaban un problema, llegándose a visualizar un velado racismo en algunos autores. Por otra parte, la reflexión positivista fue pilar político del “orden y progreso” gomecista (Cappelletti, 1994).
Arcaya es figura cimera de la interpretación positivista sociohistórica en la historia regional venezolana. De entre los pensadores positivistas ninguno, como él, demostró a través de sus obras la preocupación por los temas de su terruño. Ninguno, como él, produjo la cantidad de estudios referidos a historia regional. Sus primeros textos datan de fines del siglo XIX, se corresponden con un pensamiento positivista joven, con manifestaciones de antiimperialismo, que al madurar transitó al conservadurismo, el cual se deja advertir en sus ensayos publicados desde el año 1906 en El Cojo Ilustrado, y que en 1917 fueron compilados en Madrid bajo el título Estudios de sociología venezolana. Arcaya estudió la historia prehispánica falconiana, la lingüística caquetía, las clases sociales en la época colonial, los apellidos corianos de origen hispano, la insurrección de negros de la serranía coriana en 1875, la guerra federal, entre muchos otros temas de historia regional falconiana. Tal vez su obra más ambiciosa fue la Historia del Estado Falcón, de la cual sólo alcanzó a terminar y publicar el primer tomo, en el año 1919. Como temas conexos escribió, entre otros, sus Memorias y un trabajo que, finalizando el gomecismo, hizo el balance –claro está que, positivo- de aquella dictadura.
Su obra histórica, dispersa en libros y prensa, otra inédita, expresa su interés y preocupación por rescatar y explicar el pasado de su estado natal. Preocupaba en particular, a Arcaya, dar prestancia a la calidad de la población aborigen de Falcón: los caquetíos. A partir de una sutil pero decidida apología de este pueblo, Arcaya derivaba un mestizaje particularmente benéfico, del cual resultaba una población criolla racialmente, digámoslo así, bastante aceptable, ya que predominaba la unión de indígenas y blancos.
La obra de Arcaya es monumental, tanto por su amplitud temática como por los lapsos que abarca. De ella puede afirmarse, sin dudar, que emana la matriz que orientará los gustos e intereses de historiadores locales posteriores. La pluma de Arcaya marca hasta el presente el quehacer histórico en Falcón. Sin embargo, otros historiadores de la época centraron su interés en algún tema particular de la historia falconiana. Destaco el caso de Jules Humbert a comienzos del siglo XX y su obra La Ocupación Alemana de Venezuela en el Siglo XVI, reactivación de la leyenda negra antialemana heredada del periodo colonial y puesta al día exactamente en momentos que el expansionismo alemán coqueteaba con ideas como la anexión de la isla de Margarita para, posteriormente, encabezar el bloqueo de puertos venezolanos en 1902. También está la obra del abogado Salvador De Lima Salcedo, titulada Geografía del Estado Falcón. Astronómica, Física, Histórica y Política; publicada en 1906 y que mereció la sanción oficial del ejecutivo del estado como texto para estudios escolares a comienzos del pasado siglo.
Corto empuje tuvo este impulso concentrado en la figura de Arcaya. La investigación histórica de corte científico positivista nació y murió con Arcaya, siendo sustituida por la efemérides, la crónica y textos menores que aún hoy abundan en la producción literaria del estado. El aparato escolar que emergió tras el fin de la dictadura gomecista impulsó la gran historia, la historia patria. Durante seis décadas (1920-1970), la investigación histórica falconiana avanzó sobre el reciclaje puntual de la obra de Arcaya y otros autores menores, sin el recurso a fuentes primarias. La obsesión temática se revela obra tras obra: de la fundación a los Welser, de José Leonardo a la guerra federal, ritornelo inacabable, ideas intocables, conclusiones pontificadas. Historiadores atados al oficialismo, temor a lo sacralizado. Vino a reforzar esta historia oficializada la creación, en 1952, durante la dictadura perezjimenista, del Centro de Historia del Estado Falcón; institución del Estado que se abocó a la exaltación de los temas tradicionales y a la generación de un núcleo de historiadores no profesionales que improntó durante décadas la marcha de la investigación histórica regional y local.
Como hecho aislado debe citarse el interés en la historia prehispánica apoyada en el uso de técnicas arqueológicas, que tuvo su momento cimero en los estudios de José María Cruxent e Irving Rouse, cuya obra Arqueología de Venezuela (1963), es el primero de una serie de aportes de impacto mundial. En la actualidad y para el caso falconiano, sólo José Oliver, portorriqueño radicado en Inglaterra; y la investigación arqueológica –ya concluida- del Proyecto Interconexión Centro Oriente Occidente (Proyecto ICO, de PDVSA), han continuado desarrollando esta línea de investigación.
La ruptura de esta inercia que sometió la actividad histórica a una erosión profunda se inició en los años setenta del siglo XX, asociada al desarrollo mundial de la historia social contemporánea y la necesidad de grupos marginales al poder por encontrar su pasado. Va de la mano de la profesionalización de los estudios de historia a nivel superior en toda Venezuela, y de un lento proceso de descentralización política y administrativa que hoy se enfrenta, de nueva cuenta, a presiones centralistas. Tocó entonces a las regiones venezolanas la hora de definirse y reconocerse. Los historiadores de nuevo cuño comenzaron a abordar nuevos temas, como la historia de la arquitectura, la historia de la iglesia y la historia de la guerrilla; o los mismos desde nuevas ópticas, imponiéndose el reabordaje de la historia regional. La historia regional falconiana no construyó héroes, por el contrario, encontró motivaciones humanas en algunos de estos personajes; y además hizo surgir nuevos nombres, nuevos actores sociales, nuevos paisajes... así, la historia regional falconiana ha ido develando la especificidad geohistórica de nuestra región, retando las imágenes tradicionales. Publicaciones periódicas como la revista Tierra Firme, se convirtieron en tribuna arbitrada para estos historiadores. En materia de libros surgieron textos que sacaron a la luz nuevos temas. Coloco a guisa de ejemplos la obra del rabino Isidoro Aizenberg titulada La Comunidad Judía de Coro 1824-1900 (1983), donde centró su atención en la historia de los migrantes sefardíes curazoleños, elaborando el primer estudio que cubrió el decurso de este grupo desde su llegada hasta el comienzo del siglo XX; y el libro del historiador Carlos González Antillas y Tierra Firme. Historia de la Influencia de Curazao en la Arquitectura Antigua de Venezuela (1990)
No tardaría en darse el enfrentamiento, y la historia oficial también buscó una actualización y reforzamiento de sus tesis sobre estudios basados en fuentes primarias. Es así como se encargó a Demetrio Ramos, para su presentación pública en 1978, con motivo de los 450 años de fundación de Coro, el libro La Fundación de Venezuela. Ampiés y Coro: una Singularidad Histórica, obra sobre la fundación de la ciudad, buscándose una sanción de prestigio a la tesis de Ampiés fundador. La conclusión de Ramos sobre una doble fundación y el automático realce de la figura execrada de Ambrosio Alfinger, desilusionó a más de un miembro del Centro de Historia del Estado Falcón.
Pero en términos generales, en el caso de Falcón ha predominado el silencio aplastante hacia los aportes generados por estos historiadores, hecho que se refleja en su ausencia de los pensum de estudios de la educación básica y media, que siguen alimentándose sobre las añejas interpretaciones. El empuje de la investigación en historia regional en Falcón no ha logrado pasar de una primera etapa, donde el historiador con su trabajo aporta los elementos específicos del pasado de una región, visualizándola en su devenir geohistórico. La participación de los informantes orales es decisiva en esta etapa, así como el rescate de las fuentes escritas regionales. Pero la segunda etapa, donde ese relato histórico se difunde, se adapta a los diferentes niveles educativos y grupos sociales para que el colectivo tenga así las puertas abiertas para recuperar su pasado, para sentirse presente en una historia distinta, arraigada en su contexto cultural; esa etapa no se ha alcanzado.
A falta de textos locales diseñados específicamente para cubrir las necesidades de nuestros niños y jóvenes en materia de historia, ya que por ley el 20% de los contenidos en esta área de conocimiento deberían ser sobre historia regional y local, los docentes acostumbran a utilizar el superado libro de consulta de Oscar Beaujón Historia del Estado Falcón, con lo cual se refuerzan todos los vicios y limitantes de la historia oficial-central. Esta obra fue uno de los productos del intento de oficializar la historia regional a partir de una colección de historia de los estados editada por la Presidencia de la República en los años ochenta del pasado siglo, y destinada a complementar la enseñanza de la historia, según resolución N° 623 del Ministerio de Educación, fechada 9-10-1979. El libro sigue el patrón tradicional en base a la división cronológica por siglos y el énfasis en los héroes. A partir del movimiento federal se diluye en una especie de historia de la educación y de la cultura, omitiendo en su totalidad aspecto como el cambio demográfico, social y político, la historia económica, el bloqueo de 1902, la revolución libertadora y las dictaduras del s. XX.
Adviértase, pues, como el concepto de historia ha oscilado, para el caso falconiano –espejo de la investigación histórica nacional- entre dos polos dicotómicos que han entendido la actividad de historiar desde ángulos totalmente diferentes, que se soportan en contextos específicos y atienden a necesidades del momento y a grupos de poder. Por un lado la historia oficial, la gran historia, ajena a la consulta de fuentes primarias durante largo tiempo, sesgados sus análisis para atender a demandas de identidad nacional y de predominio y control de la región capital sobre la provincia. Por otro lado la historia regional, que ha implicado el avance del conocimiento en busca de lo nuevo, de rupturas epistemológicas y presiones culturales y políticas que retan las concepciones ortodoxas.
La labor de los historiadores regionales ha sido y es posible porque no hay una historia, sino historias; y así como es legítima una historia nacional sobre la base de los comunes denominadores de una población y su espacio geohistórico, también es legítimo rescatar la historia en función de explicar las singulares expresiones que los sucesos tuvieron en una región particular. Es una necesidad imperiosa del colectivo de las regiones, no siempre considerada ni advertida por quienes gerencian la educación y la investigación histórica. Es una necesidad que permite ubicarnos en el conjunto nacional sin lugar a confusión; porque, como dice Ghalioun en su hermoso texto Liberación de la Historia: «... para poder sobrevivir, un pueblo tiene que reconocerse y conocer su puesto en el tiempo y en el espacio, para no quedar excluido en forma definitiva, con la amenaza consiguiente de la aniquilación y desaparición. Se plantea entonces el arduo problema de definir la propia historia, tanto la que se manifiesta a través de un plan determinado del tiempo como la que se expresa por las conquistas materiales y morales de la sociedad» (Burhan Ghalioun, 1984: 331).
La historia regional y local es nuestra historia más cercana, la que espera por nosotros antes que el papel se desintegre y los informantes se mueran; cuyo rescate permitirá vernos, reflexionarnos y perfilar nuestra identidad cultural como regiones. Comprendiendo lo que fuimos, sabiendo lo que de ello pervive en lo que somos, podremos proyectar y avanzar tanto hacia el futuro de nuestro más pequeño terruño como hacia el de la Nación que nos integra al mundo. El diálogo entre las regiones será más fluido y la consistencia de un proyecto nacional tendrá mejor futuro.
BIBLIOGRAFÍA
Abbagnano, Nicola (1987). Diccionario de Filosofía. México, FCE.
Cappelletti, Ángel (1994). Positivismo y Evolucionismo en Venezuela. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana.
Ghalioun, Burhan (1984). “Liberación de la historia”, en UNESCO, Historia y Diversidad de las Culturas. España, Ediciones del Serbal-UNESCO, pp. 332-347.
González, Rafael (2000). “El culto a los mártires y santos en la cultura cristiana”, en Kalakoricos, Nº 5, pp. 161-186. Documento en línea disponible en:
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=192201 (05-11-2001).
Saldaña, Juan José (1996). “Teatro científico americano. Geografía y cultura en la historiografía latinoamericana de la ciencia”, en Juan José Saldaña (Coord.), Historia Social de las Ciencias en América Latina. México, UNAM/Porrúa editores, pp. 7-41.

Alemanes en la provincia de Venezuela durante el siglo XVI

Ponencia presentada en el 53 Congreso Internacional de Americanistas. Ciudad de México. Julio de 2009.


Introducción

Al escribir sobre la historia de Coro del siglo XVI, pero en particular sobre la actuación de la casa comercial Welser en esta tierra, se quiera o no, se está tomando posición entre dos ópticas divergentes; la que ha tenido mayor uso en el análisis histórico, asociada a la leyenda negra alemana, y otra minoritaria y favorable, trabajada por historiadores modernos como Juan Friede. Los matices intermedios son producto de la constante revisión de estas dos visiones.
Se impone la necesidad de problematizar, en tanto historiar, ambas posturas, producto de intereses que se han expresado y expresan a través de los historiadores; posturas que han alimentado por siglos el debate -entre nosotros- sobre lo que fuimos en nuestro origen más lejano. En suma, al acércanos a la historia del siglo XVI en Coro debemos elegir, y esta elección no puede seguir teniendo como trasfondo el apego irrestricto a visiones extrapoladas, pues ambas nos mutilan. Tenemos, por el contrario, que acceder a nuestro origen conociendo a los protagonistas que se enfrentaron, en ocasiones a muerte, pero sin olvidar que ambas posiciones son -por igual- parte de nuestro primer legado, y que aún subsisten entre nosotros, así les queramos volver la espalda.

La terra incognita

Cuando los europeos llegaron a América, terra incógnita, creyeron estar en el corazón mismo de Asia. Asia, la tierra de los bárbaros, sus enemigos históricos. Todos los siglos de su memoria se volcaron hacia los pueblos amerindios, que fueron vistos como parte de los misteriosos imperios orientales. La conquista, pues, tuvo en la mente del colectivo europeo una justificación histórica, soportada en una errónea geografía y el ancestral miedo a los enemigos naturales. Una serie de códigos y representaciones colectivas, no el reduccionismo moral, es lo que nos explica la actuación de aquellos invasores.
Pero ¿a quiénes conquistaron los europeos? ¿Quiénes integraban el otro polo de esta historia? En el caso venezolano la mayoría de las huellas se han perdido. En el territorio que hoy ocupan los estados Falcón Lara, Yaracuy y las estribaciones andinas habitaban pueblos sedentarios, dueños de una avanzada agricultura. Para los siglos XIII y XIV el área estaba ocupada principalmente por arahuacos o caquetíos, jirajaras y ayamanes. Los caquetíos cubrían un amplio radio que iba desde la costa norte hasta el Orinoco. Los radicados en el norte del territorio, en el litoral, ostentaban un desarrollo cultural superior al mismo pueblo caquetío asentado en los llanos que se extienden entre el Apure y el Casanare, y de aquellos que habitaban las márgenes del Orinoco y las estribaciones andinas.
Acerca de los caquetíos asentados alrededor de Coro, podemos decir que eran dueños de una agricultura avanzada, intensiva y con sistemas de riego, y para cuando arribaron los conquistadores eran plenamente sedentarios. Sabemos que extendieron sus redes comerciales hasta muy al sur, siguiendo las cuencas del Turbio y el Yaracuy; y que conocieron el valor del dinero en forma de perlas, cacao, algodón, cuentas de nácar y otros objetos (Strauss, 1993, De Lima, 1997). Esta información, sin embargo, poco nos permite saber de sus mentalidades, de las principales ideas que conformaban su particular cosmogonía, los ritos de su vida cotidiana. Dentro de este universo de imprecisiones, sólo parece posible asegurar que la imagen que de los indios tenían los propios indios difería de la imagen que de ellos se formaron los conquistadores, y que ésta es ajena a la que pudiéramos elaborar hoy en día.
En la mente del hombre europeo, intensamente alimentada por la mitología clásica, nuestro agricultores sedentarios, nuestra geografía, flora y fauna dieron origen a las más extrañas criaturas y paisajes, sólo comprensibles en el marco del siglo XVI: tierras tórridas en cuyo extremo sur no podían habitar animales debido al gran calor que se desprendía, donde quizás estuviera el paraíso en un lugar tan alto que llegaría al globo de la Luna, donde las noches serían iguales a los días y habría ríos donde recoger el oro con simples redes, y podrían encontrarse seres de orejas tan largas que se arrastran por el suelo, o que se alimentan del olor de las flores y frutas, salvajes tan altos como tres varas, o tan pequeños como un codo de altura. Seres sin lengua, con un solo ojo, con hocico de perro que comían hombres (Gil, Tomo I, 1992). Al respecto de Coro, quedó comprendida en la mítica región que, resultante de las falsas ideas geográficas de la época, suponían que junto con la península de la Goajira y el lago de Maracaibo escondían la vía más corta para llegar al mar del Sur, mágica ruta que permitía alcanzar las islas de la especiería, cuyo comercio era una vieja ilusión en la mente de más de un rey y más de un banquero de la época. Suficiente geografía para aventurarse en América. Había pues, razones de peso para que los fernandistas, los Welser y muchos otros se empeñaran en señorear cada palmo de esta tierra; para que se intentara –como se hizo- en forma recurrente explorar el occidente, siempre el occidente, buscando el secreto del lago de Maracaibo: el acceso al sur, al Pacífico. Desde Santa Marta y desde Coro, las penetraciones se hicieron más desesperadas en forma progresiva a medida que avanzó el siglo XVI, por la angustiosa ilusión de poder enmarcada en ansias y privaciones, injusticias y delirios a las que se agregó, en el caso coriano, la ávida y ruda competencia de los alemanes.

La casa Welser

La palabra clave es Renacimiento, periodo en el que artes, ciencias, descubrimientos, valores morales y materiales se revolucionan. Los banqueros jugaron un papel decisivo en este momento. Su poder era inmenso, tanto como el de un Estado, mas sin sus atributos. Su perfil era similar al de un embajador en cuanto a estatus, influencia e injerencia en materia política. Los Médicis en Italia, los Fugger y los Welser en Alemania, son ejemplo de esto. De sus arcas saldrán magnas iglesias y palacios adornados con obras de arte acunadas por mecenazgos. En sus palacios dormirán reyes, emperadores, papas y cardenales durante sus trayectos europeos.
La ciudad de Augsburgo y el año 1498 marcan el inicio de las actividades de Antón Welser, hijo de una familia de comerciantes con antecedentes tan remotos como el año 1240. Funda una casa comercial que heredarán sus hijos Bartolomeo y Antón, quienes en 1525 iniciaron operaciones comerciales con América; dedicados a la explotación de minas de plata, comercio de manufacturas textiles flamencas, lana inglesa y productos orientales. Su éxito financiero pronto los llevó a Portugal, Venecia y otros puntos de Europa. Donde hay comercio están los Welser, toda feria llama su presencia, sus agentes se despliegan en busca de negocios con pimienta, azafrán, marfil, sedas, metales...
Al comenzar la zaga americana, Lisboa y Sevilla desplazan a los Países Bajos y las ciudades italianas como corazones de la actividad comercial. Hasta Sevilla llegarán los Welser y otros banqueros y comerciantes con sus nuevas tácticas comerciales y financieras, germen de nuevas mentalidades, de nuevas formas económicas, de un capitalismo que avanzaba inexorable: “... la Península Ibérica se convirtió en lugar privilegiado de los nuevos fenómenos económicos que se estaban operando en el mundo, y no nos puede extrañar que fuera precisamente en ella donde se produjeran los primeros desarrollos de un pensamiento económico moderno” (Abellán, 1992: 185).
Ayer como hoy, la política y el comercio se dan la mano. De las arcas Welser salió buena parte del dinero que hizo posible la elección de Carlos V de Alemania como emperador del sacro imperio románico germánico de occidente. Pero todo tiene sus motivos. Fugger y Welser, banqueros genoveses y toscanos llegados a Castilla, todos deseaban acceder hacia África y América, hacia las nuevas tierras que formaban parte del legado que Isabel de Castilla dejara a su nieto. Tenían un elemento a su favor: España carecía de una hacienda unificada y de un núcleo de banqueros y empresarios que llevaran adelante la magna empresa de planear una economía imperial. Y ellos estaban allí, ante una España que intentaba convertir a Sevilla en centro comercial de primer rango, e incapaz de impedir que el resto de Europa se hiciera con las riquezas en metálico que América proporcionaba.
El emperador había de retribuir con largueza a los Welser su participación en la esfera política. De ellos dice Germán Arciniegas: “Nacieron más para el comercio que para las finanzas. Se adaptan mejor a la modalidad española, y son menos cautos, más inquietos que sus consocios” (1990: 191). Desde Augsburgo sus agentes penetran todas las plazas españolas de interés. Desde España se expandirán hasta muy lejos, hasta Santo Domingo y Nueva España, donde participarán en negocios mineros; en la expedición que penetra el sur y descubre el Río de la Plata, participando con la dotación de una nave. Pero su mayor éxito será, en 1528, la adjudicación de la gobernación de Venezuela, lo cual los ponía -a su buen ver y calcular- en la ruta directa al mar del Sur, por tanto en el control de las islas de las especias, por tanto en el dominio de su comercio con Europa. Ese será el cometido que traerá en el bolsillo Ambrosius Alfinger, y que desatará la pugna entre hispanos y tudescos por el control del occidente venezolano y colombiano, desde Coro hasta el Meta, desde Santa Marta hasta Bogotá.
El sueño y la ambición asomaron su faz de monopolio. Carlos V tenía que pagar sus deudas. Pero también se disfrazaron -el sueño y la ambición- de buenos propósitos: pacificar y poblar desde el cabo de la Vela, pasando por el golfo de Venezuela y el cabo de San Román, hasta el golfo de Maracapana; fundar dos pueblos de 300 pobladores cada uno, levantar tres fortalezas, llevar mineros para las consabidas actividades extractivas, y hasta curas para el cuidado del alma. Para 1531 su poder sobre la tierra firme se amplió, quedando autorizados para nombrar autoridades en forma directa. La ruta al mar del Sur se despejaba cada vez más. Alfinger escribió en 1530, acerca del lago de Maracaibo: “y se piensa que la dicha laguna toca en la Mar del Sur por muchas legítimas razones” (Gil, 1989: 43).

La pugna de poderes

Si reflexionar la presencia Welser en Venezuela impone de entrada comprender la representación colectiva del mundo en el siglo XVI; no es menos importante esbozar el contexto político y económico que permitió a la casa tudesca llegar a las Indias. Una justa perspectiva histórica hace necesario precisar los dos polos que determinaron la actuación alemana en esta gobernación. En primer lugar, todo cuanto acometieron los conquistadores lo hicieron como consecuencia de las pugnas que se verificaban en la corte española; pugnas crecientemente mediadas por la burocracia real aposentada en las Antillas, pero que siempre tuvieron su origen y destino en la corte misma. El otro polo básico es que la finalidad última, la ilusión que animaba a los exploradores –como a los banqueros y sus agentes- estaba en lo profundo del Pacífico, en las islas ricas en especias y otros tesoros que la mitología les atribuía.
Todo cuanto aconteció en Coro entre 1529 y 1546, fueron hazañas y fechorías realizadas con la mirada puesta en lugares míticos y lejanos; ya fueran aquéllas todavía inalcanzables islas, ya fuera el Meta o la Casa del Sol, objetivo manifiesto de las últimas incursiones comandadas por los gobernadores alemanes. En todo caso, los tudescos siempre consideraron a Coro y su entorno como tierra de paso.
Esto explica en buena parte la conducta de los conquistadores: todos tenían prisa por cumplir y sobrevivir ante sus iguales. La lucha era contra los otros exploradores, también europeos, que zarpaban de todos los puertos de Europa y el Caribe en busca de las mismas ilusiones que ellos, ilusiones que cada pequeño ejército guardaba en secreto y que, sin embargo, eran repetidas a media voz por miles de voces anónimas. Así, los años del gobierno alemán en Venezuela fueron la zaga de una lucha entre europeos, y ésta no se reducía a los conflictos entre alemanes e hispanos; el ambiente en que se movían estaba electrizado por pugnas sordas y soterradas, o abiertas y publicitadas, entre lusitanos y castellanos, así como entre flamencos e hispanos. Los ingleses y franceses se debatían contra el naciente imperio español, pero sin olvidar jamás su proverbial antagonismo. Los que en un momento eran aliados se preparaban para la guerra entre sí. Los piratas eran auspiciados por gobiernos aparentemente amigos, pero enemigos en realidad, y tenían como finalidad confesa fracturar el difuso proyecto económico ideado por los españoles. El mismo papa fungió como un supremo juez más pendiente del cálculo político y su conveniencia que de la salvación de las almas, no digamos ya de los conquistados, puesto que en un principio se dudó que la tuvieran, sino de aquellos que en el nombre de su iglesia organizaron uno de los mayores, sino el mayor, genocidio que la historia moderna recuerda.
Pero la conquista no fue sólo el enfrentamiento –en el Nuevo Mundo- de europeos contra europeos atropellándose por llegar primero al mítico lugar donde los aguardaba el oro y la especiería. También fue una guerra religiosa. Una doble guerra religiosa. La conquista es la crónica de la violencia desatada entre reformistas y contrarreformistas, en este cisma está inscrita la historia del odio que se profesaban entre sí católicos y luteranos, pero sobre todo, es la historia del ensañamiento de los cristianos contra lo pagano, cualquiera fuera el signo de los cristianos y de los paganos mismos. Finalmente, ésta fue una guerra contra los hombres que habitaban esta tierra y que osaron defenderla.

Los cronistas como problema histórico

Esbocemos ahora los principales elementos que impregnan el pensamiento de los principales cronistas, pues de esto depende que seamos capaces de imaginar el mundo que ellos vieron, saber lo que perseguían, y asombrarnos con sus ancestrales miedos. Y es que el tema de la presencia Welser ha de valorar, obviamente, la conducta de los alemanes, y esto nos lleva, de manera inexorable, a valorar a quienes los valoraron; a valorar a los cronistas primero, y a los principales historiadores que sobre sus hombros han continuado la formulación de lo que fueron aquellos tiempos.
Los cronistas españoles –sujetos de su tiempo- estuvieron influidos por el ambiente hostil hacia la Alemania luterana. Carlos V se propuso conservar tanto la unidad religiosa europea como la unidad política del sacro imperio. Fue un doble fracaso. La paz de Augsburgo sólo se logró a cambio de la libertad religiosa a los estados disidentes del catolicismo. Alemania se separó del imperio de Carlos V desde 1555 y pasó a constituir uno de los principales focos de esa disidencia. Por ello, todos los cronistas dan muestras de su hostilidad ante los extranjeros. Expondremos las posturas de los más sobresalientes en los siglos XVI y XVII, que permite ver el avance de la posición anti alemana y su repercusión sobre el análisis histórico de la casa Welser.
Una precisión. Al aproximarnos a la obra de estos autores, debemos considerar la rivalidad que se desarrolló entre los historiadores franciscanos y los historiadores cortesanos, especialmente con Antonio de Herrera. Durante la segunda mitad del siglo XVI normar la conquista fue la divisa. Pero para esto se hacía necesario, por vez primera, elaborar un sistema ordenador que tuviera como referencia cierta el conocimiento exhaustivo del Nuevo Mundo. El nuevo orden sólo podría surgir del conocimiento ordenado, lo cual exigía elaborar relaciones geográficas y rescatar los antecedentes históricos. En este contexto surge el cargo de cosmógrafo-cronista, creado con las ordenanzas de 1571, cuyas funciones incluían informar al Consejo de Indias sobre lo que otros escribieran, determinando su veracidad o falsedad, con lo cual nació, para el Nuevo Mundo, el viejo censor de siempre.
Salvo Las Casas, que denunció por igual a hispanos y alemanes en los excesos que advertía en su actuación con respecto a los aborígenes, el resto de los cronistas procedió, en mayor o menor medida, a disminuir la responsabilidad de los españoles e incluso a victimizarlos, macrodimensionando los flancos débiles de la administración alemana.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez es el primero que trata del gobierno alemán en Venezuela. Fue vecino de Santo Domingo, en aquel entonces el centro político y económico del Nuevo Mundo. Recopilaba con avidez cuanta noticia llegaba del continente. Conoció personalmente a Federmann, Spira y a otros de los hombres que participaron en Venezuela. En su obra exterioriza su aversión cuando dice que le preocupan: “tantas diferencias y gentes y naciones, de extrañas condiciones, como a estas Indias han venido y por ellas andan” (Friede, 1961: 14), y le complace que el obispo de Bastidas, una vez asumidas sus funciones, aumente el número de católicos y corrija a sus feligreses. Esta actitud anti alemana se intensificará durante la segunda mitad del siglo, cuando Alemania se separó del imperio. Sin embargo, la actitud de Fernández de Oviedo era ambivalente, pues por otra parte apreciaba los esfuerzos de los Welser al introducir y vender artículos indispensables que de otra manera no hubiera sido posible conseguir, dadas las dificultades económicas inherentes a la conquista.
Antonio de Herrera fue cosmógrafo oficial, un historiador de la segunda mitad del XVI que nunca estuvo en América. Asume también una actitud hostil a los alemanes, postura que se explica no sólo por su posición oficial, sino porque se basa en los documentos oficiales del Archivo del Consejo de Indias, casi todos imbuidos de adversión hacia Alemania. Sus fuentes fueron algunas cédulas reales, varias cartas del obispo Bastidas y los informes del licenciado Tolosa al Consejo de Indias, con las actas del proceso que este último le siguió a Carvajal por la muerte de von Hutten.
Fray Pedro de Aguado, de la orden franciscana, escribió su obra cuando la separación se había consumado, cuando la militancia provocada por la contrarreforma llegó a su cenit, y cuando el censor oficial ya se imponía, lo cual le llevó a oponerse a esta censura institucional ejercida por la crónica oficial. Sus informantes fueron descendientes de conquistadores o antiguos conquistadores que habían estado en Venezuela. La crónica de Aguado, quien no participó en el proceso de conquista, está imbuida de un espíritu pro-indígena, lo cual ocasionó en consecuencia su condena decidida, como hombre y como fraile, a las prácticas de los conquistadores, sosteniendo una postura similar a fray Bartolomé de las Casas. Pero, además, se revela un profundo nacionalismo hispano, que no perdonó la participación tudesca en el proceso americano.
Juan de Castellanos pertenece a la generación que vivió la conquista. Publicó las primeras partes de las Elegías en 1589. Nunca estuvo en Venezuela, pero actuó como soldado en varios puntos del Caribe, como en el cabo de La Vela y Santa Marta, donde estuvo de 1536 a 1551. Escribió su obra en Tunja, Nuevo Reino de Granada, hacia la segunda mitad del XVI, en medio de una general actitud hostil a los alemanes. Las Elegías son una obra de excepción, ante la cual debe asumirse una postura mesurada, pues el carácter épico de las mismas conduce a la exaltación de los personajes involucrados. Las proezas vividas en las Indias, lo diferente de este cielo y de esta tierra, y aún maravilloso de lo nuevo, renovaron el interés por contar aquellas hazañas inauditas, que por su merecida fama, sólo equivalente a la narrada por los libros de caballería, debían ser conservadas en el mundo de los vivos. Esto se trasluce en las Elegías cuando Castellanos exalta el valor y la bizarría de cuanto capitán -e incluso simples soldados- recordó o de los que tuvo noticia. En las Elegías todos son héroes: indígenas, españoles y tudescos. Hasta la alevosía de Carvajal se magnifica. Todas las batallas son épicas, todas las muertes acrecientan. El lascasianismo se trueca aquí en una pugna entre casi iguales: europeos y nativos equilibran en arrojo, valor y ansias de victoria.
La obra de fray Pedro Simón, cronista de principios del siglo XVII que también enfrentó la censura oficial, se basa en el texto de Aguado, cuyo manuscrito tuvo en sus manos. Simón viajó a través de Venezuela entre 1612 y 1613. Pasó por Coro, recorriendo el camino de Borburata hasta La Fría, vía Trujillo. Le dolía la posibilidad de que su historia se perdiera. Lo atribulaba la imposibilidad de editar en Nueva Granada, pero antes de morir vio impresa parte de su obra. Magnificó los datos proporcionados por su antecesor, exacerbando el sesgo del análisis. Simón es un historiador que ya no estuvo comprometido con los hechos, no fue protagonista de la historia que narró. Para Simón la historia no es ya ejemplo de bizarría ni canto de gloria, sino el duro recuento de lo que se fue. Al joven franciscano lo mueve la necesidad de evitar el olvido. En este sentido, fue la raíz de las nuevas generaciones que habrían de saber lo que hicieron y fueron sus antepasados. En Simón cuentan los hechos y no la fama.
Por último, aparece José de Oviedo y Baños, quien escribió a fines del XVII. Acaudalado hombre de negocios y partícipe de la administración colonial. A diferencia de cronistas anteriores, logró la publicación pronta de su Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Alimentada su obra por Aguado, Herrera y Simón, es inocultable su rechazo y hostilidad hacia la participación alemana en Venezuela. Su obra, quizás más que ninguna otra, ha alimentado la historiografía venezolana, contribuyendo a la construcción y reforzamiento de la leyenda negra de la participación alemana en tierra firme.

Los personajes y los hechos

La historia venezolana y latinoamericana en general, oficial o no, retomó la herencia cronicaria colonial. Son las “tropelías y crímenes” de Arcaya en su Historia del estado Falcón, los “empingorotados banqueros” del colombiano Germán Arciniegas, la “manada de fieras” de Ignacio Silva Montañes, los “por cierto luteranos” de Francisco Maldonado; estos dos últimos publicados por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
Aproximémonos a cada personaje para contrastar los discursos en el tiempo.

Juan “el bueno” y Ambrosio “el malo”

Las figuras del factor Juan de Ampiés y el gobernador alemán Ambrosius Alfinger son ejemplos de la típica reformulación histórica que va transformando los hechos en un mito. La deformación ha ido de la mano del manejo dicotómico de la pareja Ampiés-Alfinger.
En los cronistas había, esencialmente, el rechazo español a toda injerencia extranjera en las Indias; este rechazo gesta la progresiva exaltación de Ampiés, quien representará el ideal de una política de conquista sustentada en la pacificación. La historia venezolana, necesitada de liberar primero a Venezuela y después a Coro de lo que pareciera ser un pecado original: la fundación de derecho alemana y un primer gobernador alemán; ha exaltado aún más a Juan de Ampiés, identificado como un indigenista de buen corazón, a quien Rafael María Baralt, el primer gran historiador de la Venezuela republicana, imaginó seguidor de plan lascasiano, “sujeto de discreción y buen entendimiento” (Baralt, 1960: 192). Tras Baralt, se suceden durante el siglo XX los calificativos a favor: honrado, serio, leal, hombre de bien, trabajador, sacrificado…”1. Surgió para la historia oficial la leyenda de un Juan “el Bueno”, como le bautizó en 1955 el historiador Isaac Pardo (1988: 99)2.
La habilidad de Ampiés para relacionarse con los aborígenes y sus aspiraciones de beneficio personal, todavía consideradas en la obra de Oviedo y Baños, evolucionaron hacia una bonhomía y un paternalismo impregnados por el pensamiento positivista, imagen que comenzó con Baralt y siguió el primer historiador regional falconiano; Pedro Manuel Arcaya. Ampiés encarna hasta el presente las ideas de orden y progreso sustentadas en una planificación social (protección, fundación de colonias) encaminada a lograr el avance de la población indígena. El factor ejemplifica las inclinaciones más nobles y los sentimientos más generosos, propios de una civilización desarrollada.
Como contraste está la figura de Ambrosius Alfinger, quien marcó la provincia de Venezuela con su presencia desde 1529 hasta 1533, realizando la primera exploración del occidente venezolano durante diez meses, entre 1529 y 1530. Personaje polémico, fue nombrado por real cédula gobernador y capitán general. Su figura ha ido acumulando calificativos que van desde buena persona, prudente, sagaz, eminente, discreto, cortés, valiente y cabal; hasta insensato, feroz, codicioso, rudo, tirano, criminal, esclavista y hacedor de estragos, duro, cruel entre los crueles.
La figura de Alfinger carga con una serie de acusaciones, veladas o explícitas, que se resumen a continuación:
1. El nada honroso mérito, ante los ojos hispanos y después ante la Venezuela republicana, de haber sido quien diera estatus jurídico a Coro mediante su fundación, al tener las credenciales de gobernador. Este acto es totalmente rechazado por la historia venezolana, donde el mérito se da en exclusiva a Juan de Ampiés3. Alfinger representa el dominio extranjero que tanto combatió el nacionalismo fernandista, pero que allí estaba, como germen, en los matrimonios de sus hijos. Llega cubriendo todos los requisitos legales exigidos por la corona española; por tanto, carece de soporte la añeja acusación de invasor que se le ha dado, si se le considera desde el estricto punto de vista legal. Pero desde el ángulo político y para el siglo XVI, era sin dudas un intruso para el grupo cortesano prohispano, a quien daba lo mismo que hubiera una capitulación de por medio.
La historia republicana asumió el rechazo a los germánicos trasvasándolo del nacionalismo hispano al nacionalismo latinoamericano asociado a posturas antieuropeas. Los Welser, y Alfinger como su cimero representante, han tenido entonces la función histórica de canalizar buena parte de nuestra identidad nacional y de nuestro rechazo al expansionismo extranjero, o más específicamente, al europeo.
2. Haber enfrentado a Juan de Ampiés, quien se encontraba en desventaja política por ser defensor de los intereses fernandistas en tierra firme, y haberlo expulsado de la ciudad de Coro. El enfrentamiento entre estos hombres fue, políticamente hablando, el principio de la pugna en la tierra firme venezolana, entre las fuerzas que habían perdido el poder y las que lo asaltaban. Ampiés, representante del rey Fernando pero sin nombramiento de gobernador ni facultades para dar estatus jurídico a Coro, llegó a acuerdos de paz con el cacique Manaure que le permitieron consolidar su presencia en tierra firme para avanzar en la ruta al mar del Sur. Pero Alfinger, obligado e interesado en hacer cumplir el derecho de exclusividad que le daba la capitulación Welser, procedió a expulsarlo. El libro de Oscar Beaujón Historia del Estado Falcón, producto del intento de oficializar la historia regional a partir de una colección de historia de los estados editada por la Presidencia de la República en los años ochenta del pasado siglo, y destinada a complementar la enseñanza de la historia, dice textualmente: “… todo lo que no logró evitar que, el alemán Alfinger, violando las más elementales reglas de cortesía e invocando sutiles motivos de celos, desplazando violentamente al Factor Ampíes, reduciéndolo a prisión y expulsándolo, después de hacer firmar por la fuerza, un documento de compromiso a no regresar nunca más al territorio de su mando” (Beaujón,1982: 97).
3. Su desinterés por Coro como asentamiento, que siempre fue utilizada como lugar de paso en la búsqueda del mar del Sur, dando con ello argumentos para la crítica tanto a los cronistas como a los historiadores republicanos. Las Elegías de Juan de Castellanos dan una muy temprana imagen de esta acusación: Por ser entonces tanta la demencia/que indios no tenían en estima/y nadie procuraba permanencia/sino coger el oro de por cima (Castellanos, 1987: 174). El interés de los conquistadores se centraba en levantar poblados lo más próximos al fabuloso estrecho que conectaría con el mar del Sur, y eso indicaba siempre hacia el oeste. Los intentos fundacionales de Maracaibo y de Ulma se ubican en este contexto. Coro tenía una hacienda pública tan pobre que no podía cubrir sus gastos y pagar los sueldos. Los oficiales reales cobraron siete años después de sus nombramientos, y se mantenían con préstamos dados por los Welser. En el lapso 1529-1538 la corona no vio beneficio alguno, tampoco los Welser, y no se hicieron obras públicas4. La ciudad era poco apta para actividades agrícolas debido a la escasez de agua dulce, y estaba alejada del estrecho al mar del Sur. Su carácter era prácticamente flotante, pues todos llegaban pensando en dejarla, hasta quien fuera su primer obispo; Rodrigo de Bastidas. A Coro lo mantuvo en pie el estar ubicada en una zona de indios de paz, su carácter de obispado, el ser el único punto poblado en la provincia de Venezuela y contar con una estructura legal.
El abandono de Coro y en general de la provincia de Venezuela por Alfinger, en aras de la búsqueda del mar del Sur, quedaron resumidos en este párrafo de Oviedo y Baños: “… pues conociendo sus soldados que no llevaban intención de poblar en nada de lo que conquistasen (…) pues sólo había de tener de utilidad lo que cojiesen de encuentro; sin que los detuviese la piedad, ni los atajase la compasión, como furias desatadas, talaron y destruyeron amenísimas provincias, y deleitosos países…” (Oviedo y Baños, 2004: 34).
Ha sido vigorosa en particular la polémica entre los hispánicos y alemanistas sobre la segunda expedición de Alfinger (1531-1533). Su paso por el valle de Upar y Tamalameque y el encuentro con los pacabueyes están improntados por sucesos que han sido descritos con mayor o menor prolijidad por los autores, acrecentándose con el paso de los siglos. El último defensor de la figura de Alfinger sobre este particular es el colombiano Juan Friede, quien tras revisión documental argumentó: “Aunque no dudamos que ambas tropas [hispanos y españoles] no tratasen a los indios con guantes de seda, hay que convenir que la sanguinaria expedición por el Valledupar al mando de Alfinger es un mito que arraigó en la historiografía americana por varias razones: Valledupar, al igual que Cabo de la Vela, eran territorios fronterizos, disputados durante algún tiempo por las gobernaciones de Santa Marta y de Venezuela. Desde el punto de vista de los de Santa Marta, los venezolanos, al entrar al Valledupar, violaron un territorio perteneciente a ellos (…) Cuando Juan de Castellanos, cuya crónica es la fuente de estas noticias, recorría regiones pertenecientes a Santa Marta –el futuro cronista nunca pisó tierras venezolanas-, quedó impresionado por la versión «santamarteña» del incidente. A Castellanos copiaron después Fray Pedro Simón, Oviedo y Baños y otros; pero ninguna alusión sobre las crueldades cometidas por Alfinger y los venezolanos y en el Valledupar encontramos en las obras de cronistas más antiguos: Gonzalo Fernández de Oviedo y Fray Pedro Aguado” (Friede, 1961: 196). En resumen: los desmanes atribuidos a Alfinger fueron producto de una confusión, y habían sido cometidos en realidad por los conquistadores hispanos de Santa Martha.
La misma muerte de Alfinger muestra lo polémico de su figura. Si Castellanos en sus Elegías habla de que: todos mostraron tiernos sentimientos/y no faltaron ojos lacrimosos (Castellanos, 1987: 206); y para Aguado: “murió como buen cristiano, ordenada su ánima y sus cosas: murió pobre y bien quisto de la gente” (Aguado, 1987: 96); ya en Oviedo y Baños la evolución historiográfica habla de que: “… la muerte puso término a la bárbara crueldad de aquel tirano…” (Oviedo y Baños, 2004: 44). Contrastan en el siglo XX las expresiones de dos historiadores colombianos sobre este suceso. Friede tiene una expresión favorable al decir: “Así acaba la vida de un valiente capitán, primer gobernador de Venezuela” (Friede, 1961: 209). Pero Germán Arciniegas hizo la narración más mordaz y tuvo la frase más lapidaria al respecto, imbuido en el clima anti alemán de los años cuarenta del siglo XX, época en que salió la primera edición: “Micer Ambrosio ha muerto. El valle todo está estremecido de su muerte. Su alma suele rondar en las noches de luna, y espanta a los campesinos temerosos (…) Sería muy difícil precisar quiénes están más contentos con la muerte de Ambrosio Ehinger: si los indios o los españoles. Oprimidos unos y otros por este hombre duro y cruel, sueñan ahora en que el rey de España no envíe más gentes de su raza a la conquista de América” (Arciniegas, 1990: 241 y 243).
4. El representar la sombra luterana que denunciaba la iglesia católica, y es que para el momento de la presencia alemana, una lucha cubría a Europa y llegó al Nuevo Mundo: la lucha entre reformistas y contrarreformistas. Más que una acusación con soportes, el luteranismo fue la eterna sombra de los teutones llegados a Coro. Al epíteto de invasor se le sumó el de luterano para consolidar la imagen a ser atacada. El estigma de la herejía y el luteranismo se cernió sobre la gobernación alemana, sin pruebas contundentes y con sólo un caso registrado, el de Juan Flamenco, bajo la gobernación de Alfinger, remitido por el obispo Bastidas al inquisidor general en Puerto Rico.
Hasta el siglo XX llegan las afirmaciones explícitas y directas, generalizadas, pues no se concretan en consecuencias adversas para la corona española, sobre el luteranismo Welser, que se encuentran en la obra de monseñor Francisco Armando Maldonado Seis primeros obispos de la iglesia venezolana en la época hispánica, y que carecen del rigor documental que las avale. En su libro se expresa reiteradamente a lo largo de la introducción y el primer capítulo, como un estigma, la fe luterana de los gobernadores alemanes, lo cual sesga el contenido del análisis de este autor.
Entre todas, esta es la acusación que menor fuerza ha conservado en el tiempo, ya que poco interés se ha mostrado en ahondarla.

Nikolaus Federmann y Georg Hohermuth o de Spira: las ansias de poder no compartidas

La historiografía presenta a los alemanes en Venezuela como una unidad monolítica. Sin embargo, tal unidad distaba mucho de lo real; y es interesante conocer las diferencias que había entre ellos, cada uno un individuo con deseos personales, aspiraciones propias, ansias de poder no compartidas.
Así, Ambrosius Alfinger se enfrentó a Nikolaus Federmann ejerciendo la misma autoridad que con Ampiés. Federmann sale de expedición en septiembre de 1530 aprovechando la ausencia del gobernador Alfinger, quien había partido hacia Santo Domingo. Toma una ruta distinta y se adentra en los llanos venezolanos, retornando en 1531 para encontrar un Alfinger alterado, quien ordenó su detención, juicio y destierro por cuatro años; sacándolo en lo inmediato de la escena welseriana. Parte Alfinger en su segunda expedición y muere en el curso de la misma, retornando los restos de sus huestes a finales de 1533. Este episodio da pie a una serie de reclamos por parte de los hispanos ubicados en Coro, y que son un capítulo más en la larga pugna hispano-alemana sobre las prometedoras tierras venezolanas y el camino al mar del Sur5. Los colonos exigían reducir el poder de la casa alemana, cuyas rígidas disposiciones habían limitado los desplazamientos de la población e impedido el reparto de encomiendas. No es gratuito que una de las reclamaciones de 1533 fuera el incluir al valle de Upar en la Gobernación de Venezuela, pues este era considerado vía segura hacia el otro mar y hacia las riquezas de tierra adentro. El accionar de los colonos logra cercenar, de momento, la aspiración de Federmann a la gobernación. Hábilmente, el desterrado Federmann escribe y publica en Europa su Historia Indiana, abonando con ello el terreno para su causa ante los Welser. Logra poner el viento a su favor y cuando llega a España la noticia del deceso de Alfinger, en 1534, ya no hay obstáculos en su camino. Sin embargo, la designación de Federmann como gobernador es bloqueada por los fernandistas, siendo nombrado gobernador Jorge Hohermuth o de Spira, quien quizás por desconocido y, gracias a ello, tener una figura sin desgaste ante el Consejo de Indias, la Audiencia de Santo Domingo y los mismos colonos, accede al cargo.
A Coro llegan, en febrero de 1535, Spira, Philipp von Hutten y Federmann, ya sin Alfinger en el camino. Federmann, sin embargo, no cejará en sus aspiraciones. Se sabe el favorito de los Welser. Para él, es sólo cuestión de acatar por un tiempo al superior. El nombramiento llegó ese mismo año, pero le fue ocultado por sus enemigos. Federmann emprendió expedición en 1536 desconociendo su título de gobernador. Spira había partido con von Hutten el año anterior y volvió en 1538. Federmann llega al valle de Bogotá a comienzos de 1539, allí se encuentra con Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Benalcázar. Firma un acuerdo con Jiménez de Quesada que le garantiza derechos y privilegios, partiendo hacia Europa para negociar ante la corte. Entra una vez más en conflicto con la casa Welser y muere en 1541, mientras litiga en Madrid. Spira tendrá entonces una nueva oportunidad pero morirá en 1540, mientras preparaba en Coro una nueva salida, ahora hacia el país aurífero del sur.
Historiadores como fray Pedro Aguado hablan de un consenso Spira-Federmann mediado por los Welser, quienes habrían argumentado que ambos podían actuar por separado y a su voluntad, pues Venezuela era muy grande y hacerlo así sería provechoso para la gobernación, negando alguna discordia Spira-Federmann (Aguado, 1987: 114). Fray Pedro Simón habla de un acuerdo entre ambos alemanes, por el cual cada uno tomaría su camino en busca de su mejor suerte (Simón, 1987: 230-231). Por su parte, Baralt explicita la rivalidad entre ambos personajes, en particular el malestar de Spira ante las actuaciones de Federmann y los anhelos de este de “descubrir y conquistar sin sujeción a nadie” (Baralt, 1960: 206).
Federmann representa un giro en el abordaje de la presencia alemana. Con él se pierde el consenso y aparecen dos posiciones radicalmente opuestas en torno a los individuos, que no en torno a la actuación general de los Welser. Tolosa lo tilda de “mal hombre” y autores como Humbert y Silva Montañes tienen para él calificativos como malhechor, ambicioso y pérfido, genio perverso, sin escrúpulos y de insaciable codicia, para quien los indios sólo fueron animales de presa (Humbert, 1983; Silva, 1983, Tomo II). En el extremo opuesto están Oviedo y Baños, que le califica “ … de una naturaleza afable, conversación cariñosa, corazón muy piadoso, y ánimo reposado; …” (Oviedo y Baños, 2004: 50); y Juan Friede, quien lo registra como un héroe, joven inquieto y ambicioso, maestro en astucia, de arrojo y valor personal ejemplares, hábil y perspicaz, cauto y prudente, serio y equilibrado, buen caudillo y compañero; cuyos cambios de actitud son argumentados como producto de estar “desvinculado de su ambiente natural, su bella y apacible patria” (Friede, 1961: cap XVII).
En una apretada síntesis apologética, Federmann queda descrito como un capitán admirable y excelente, sagaz y diligente (Castellanos); afable con liberalidad y apacible con agrado, de muy singulares prendas (Aguado, Oviedo y Baños); un hombre que lucha, sufre, avanza cautelosamente, oprime con mano firme (Arciniegas). En resumen, según Pardo “… el ejemplar humano más interesante de la gobernación de los alemanes” (Pardo, 1988: 117).
Abordado con muchísima menos meticulosidad por los historiadores, la presencia de Spira posee un menor perfil, pero no queda exenta del estigma. Los incidentes del empalamiento ordenado en las cercanías del río Apure, el incendio causado en una casa con más de 100 indios y el arrojar aborígenes a los perros se incluyen entre sus acusaciones. Dentro de su dicotomía figuran, por lado, calificativos como buen gobernante, gentilhombre y buen cristiano, limosnero y caritativo con los soldados, prudente y virtuoso, templado y de buena condición, honrado y de trato afable con los indios; a la par de loco furioso, criminal, despótico y cruel con sus soldados. Y de su muerte, para proseguir la polaridad, hay distintas versiones: quien lo da por muerto entre el rechazo y el olvido, como fray Pedro Simón; quien reseña en forma escueta el suceso, casos de Humbert y Friede; y quien lo da por sepultado con diversos grados de pena y honores en el templo, colocado en su tumba un epitafio en latín, versión que comparten Castellanos, Arcaya, Silva y Beaujón.

Philipp von Hutten: nobleza y conquista

La muerte de Spira y la desaparición de Federmann del escenario coriano dan paso a una figura que produce en todos los historiadores –sin excepción- un consenso favorable: es Philipp von Hutten.
De origen noble y temperamento aventurero, marchó con Spira y narró en su Diario aquella exploración. Aliado del obispo Rodrigo de Bastidas, recibió de este los favores y el apoyo que ya hubieran querido otros gobernadores alemanes. Contagiado por los relatos de los Pecadores de Sedeño6, que había escuchado estando en Carora bajo las órdenes de Spira, von Hutten emprendió la partida el 14 de agosto de 1541, con 150 hombres, convencido de que sabe por adelantado a dónde dirigirse y confiado al tener en su grupo a veteranos como Pedro de Limpias. Una expedición que duró cuatro años y de la que no regresó.
Rodeada de un aura cabelleresca por todos los que le han abordado, la figura de Philipp von Hutten, quien durante cuatro años recorrió el poniente de la Provincia de Venezuela, recibe de la historia una benevolente aproximación; estrechamente relacionada con varios elementos: su abolengo, su juventud y sus escritos, que revelan una parte intimista, desconocida en los otros alemanes; y por último su trágica muerte a manos del hispano Juan de Carvajal.
El origen noble de von Hutten marca de entrada a todos los que se aproximan a su figura. Quizás sólo Friede minimiza este aspecto, cuando habla de von Hutten como uno “… de aquellos nobles segundones que en el siglo XVI ya no encontraban un lugar propicio en Europa para vivir de acuerdo a su posición social” (Friede, 1961: 375). Desde los primeros cronistas se destaca a von Hutten como un conquistador que compensaba su joven edad –adolescente le llama Castellanos en sus Elegías, como brioso mancebo lo cita Aguado en el siglo XVI, fuente que toma Baralt para convertirlo, además, en un mancebo ardiente y valeroso- con un aventurerismo y una ambición romántica.
En términos generales, los historiadores manejan el origen noble de von Hutten como raíz de una actuación considerada fuera de lo común. Así, a la nobleza se le unen la prudencia, el agradecimiento, la sencillez de corazón, la moderación, sensibilidad, ternura, dulzura y amorosidad, que sumadas a un “carácter novelesco y aventurero”, como dice Humbert, configuran un personaje de novela de caballería, descrito en forma impecable en esta frase de Oviedo y Baños: “… sólo movió su moderación la guerra, cuando no halló otro remedio para conseguir la paz” (Oviedo y Baños, 2004: 139-140). En von Hutten, entonces, a la ambición de la fortuna se sobrepone, en todo caso, la ambición del honor, la gloria y la defensa de su nobleza. Aguado destaca estos rasgos al narrar un enfrentamiento entre von Hutten y un indio: “Mas no queriendo haber esta victoria con fama de tirano o traidor, por no macular su persona y linaje, dejando con la vida a su contrario, cabalgó en su caballo,…” (Aguado, 1987: 275).
Y a configurar esta imagen caballeresca contribuyen su Diario y sus Cartas, estas últimas conocidas a finales del siglo XVIII, donde puede advertirse una faceta familiar que humaniza a este conquistador, y recurrentes expresiones que la alimentan: “Os ruego medéis a menudo noticias, pues es un gran consuelo para nosotros, pobres exilados, recibir una carta de la patria”, “… os encomiendo la protección de mis padres y hermanos y escribidles a menudo una cartica consoladora”, “Te ruego cuides bien de nuestra fiel madre y la consueles siempre de mi larga ausencia,…”7.
El consenso historiador minimiza u obvia los excesos cometidos en sus expediciones, suaviza todo defecto. Baralt denomina a la expedición de von Hutten “extranjeros de paz” (1960: 212), Arciniegas lo considera el más político de todos los conquistadores alemanes, Humbert –abiertamente anti alemán- hace excepción de von Hutten y contrasta su imagen con la de los “militares desenfrenados y ambiciosos sin conciencia que hemos encontrado…” (1983: 93).
Y cuando a estos rasgos se le une su trágico final a manos alevosas de un hispano que ha pasado a la historia por haber cometido excesos tales que secaron hasta la ceiba en la que fuera ahorcado, queda completado un cuadro trágico que hace de von Hutten el idílico conquistador lleno de virtudes pero de trágico destino. Ayuda a esto, además, el hecho de que las crónicas sobre la única salida liderada por von Hutten carecen de las cruentas narraciones que sí abundan en otras salidas tudescas, como los actos de antropofagia y los saqueos a pueblos aborígenes; encontrándose un conquistador que avanza sobre la base del trueque, que trata de conversar con los aborígenes disminuyendo así la hostilidad de estos.
En von Hutten hay una doble magnificación: de su figura como individuo y de las dificultades de su prolongada expedición, donde el hambre, las enfermedades y los cambios de planes adquieren una dimensión no alcanzada por sus predecesores, y plasmadas en expresiones de gran vigor, tales como: “sin detenerse en el camino más de lo que les era forzoso en los rigores de los inviernos”, “Porque los bríos del animoso mancebo Felipe de Utre no se habían agotado” (Simón), “los continuados trabajos, enfermedades y muertes, “teatro de miserias”, “hospital de desdichas” (Oviedo y Baños), “…corría aquí y allí deslumbrado en busca del Dorado misterioso” (Baralt), “deambulando como hipnotizados por la vastedad de la llanura”, “sonámbulos que giran dentro del círculo vicioso de un sueño dorado” (Arciniegas).
Pasa así von Hutten a la historia como el conquistador que retornó sin riquezas y a encontrar la muerte en forma vil luego de cuatro años de expedición, lo cual invita a concluir –como Oviedo y Baños- en que “Ningún capitán de cuantos militaron en las Indias ensangrentó menos la espada,…” (2004: 139), quizás la estrategia menos indicada para buscar el éxito en tierra firme.

El balance

Cuando se hace un balance de la presencia alemana en la Provincia de Venezuela, ni la caballerosidad de von Hutten, ni el caudillismo de Federmann, ni las dotes como gobernante de Spira logran sobreponerse a la imagen inicial heredada de Alfinger, que termina por improntar en mayor o menor grado toda la historiografía sobre la actuación de los alemanes en el siglo XVI venezolano, y que puede resumirse en esta frase de Silva: “Alfinger, uno de los más insignes malhechores que hayan pisado tierra americana” (Tomo II, 1983: 96).
Como conjunto, la presencia alemana carga hasta el presente cuando menos con el estigma de una maldición que enloqueció a sus gobernadores, llevándolos por derroteros de fracaso que hundieron a la provincia en la desolación y a los españoles en la frustración del éxito que nunca llegó. Pero más allá de maldiciones la actuación alemana ha sido una coartada que a lo largo de la historia venezolana ha servido a un grupo u otro para deslastrar cuotas de responsabilidad, para exaltar la nacionalidad y la hispanidad o, como bajo la actual concepción de la historia oficial, para exaltar el indigenismo en oposición al imperialismo europeo.
La primera gran matriz anti alemana se encuentra en fray Bartolomé de Las Casas, quien centró sus acusaciones en la esclavitud y etnocidio practicado por todos: españoles y tudescos, pero que también ataca individualidades, como es el caso de Alfinger. Las Casas era una sui géneris combinación de preocupación por el hombre y preocupación por la fe que no pudo vencer a sus fuerzas oponentes, pero que dejó en sus obras las b ases que, tomadas por otros actores del drama –en tanto que lo presenciaron- y más allá por los que a la distancia accedieron a su información, evolucionaron hacia una cada vez más rígida imagen e interpretación de la presencia Welser en la Provincia de Venezuela.
La segunda matriz proviene de la corte española, donde el partido hispano focalizó sus ataques hacia aspectos administrativos; de ahí los juicios de residencia. No se trataba tanto de denunciar un etnocidio y un saqueo que eran moralmente válidos para la mayoría de los burócratas reales –aunque no estaban ausentes en las acusaciones-, pero en todo caso se enfatizaba la defensa de los intereses del emperador y de los hispanos que habían ido a buscar fortuna a la Provincia de Venezuela.
De la matriz lascasiana pro indígena y de la matriz burocrática pro hispana surgirá una fusión que impregnará toda la historiografía referida a la presencia alemana en la Provincia de Venezuela, conformándose la llamada leyenda negra anti alemana que llega hasta la actualidad. Esta base se matiza en cada autor según sus particulares intereses e influencias filosóficas. Pasamos del exultante Juan de Castellanos al preocupado Fernández de Oviedo, a un fray Pedro de Aguado que ya hace acusaciones explícitas contra los gobernadores alemanes, acusaciones que se potencian en el cronista oficial Antonio de Herrera; y tras él un fray Pedro Simón que marca aún más distancia, desapareciendo en su totalidad cualquier rasgo en positivo sobre los alemanes. Un siglo después, José de Oviedo y Baños, considerado por algunos el primer gran historiador de Venezuela, lleva al clímax el sentimiento colonial anti alemán. Pero además, en Oviedo y Baños las acusaciones se concentran en la figura de Ambrosio Alfinger, quien queda en evidente desventaja ante los otros conquistadores tudescos. Para Alfinger se destinan las expresiones de mayor censura. Como contraste, las figuras de Federmann, Spira y von Hutten salen casi indemnes.
La Venezuela independiente absorbe la pesada herencia del anti alemanismo hispano. Oviedo y Baños fue publicado por primera vez en Venezuela en el año 1824. La gesta de una identidad venezolana hizo funcionar a estas crónicas como vasos comunicantes que alimentaron a Rafael María Baralt al escribir su Resumen de la historia de Venezuela (1841). De prosa apasionada y encendido venezolanismo, Baralt acrecentará el clímax logrado por Oviedo y Baños, su principal fuente documental, lo cual repercutirá en forma directa, por ejemplo, sobre las figuras de Alfinger y von Hutten, sobre quienes centrará su atención; olvidando prácticamente a Federmann y Spira como descripciones individuales.
Pero además, y dando un paso adelante, Baralt emprende el rescate de la imagen de América, rechazando la estrategia europea de envilecerla para acrecentar sus actos; y defendiendo en forma vigorosa a su población indígena, rechaza por igual el elogio exagerado y la injuria. En este sentido, la obra de Baralt se opone a enciclopedistas como Buffon, De Paw y Raynal, quienes describieron a América como un continente sin historia, lleno de pueblos incultos y dispersos, de habitantes débiles y cobardes; una quimera que ilusionó a los europeos pero que justificaba la acción colonizadora. También es pertinente acotar que –por primera vez en la historiografía venezolana- se ataca la figura del emperador Carlos V, exento hasta ahora de responsabilidades, a quien acusa de estar: “… muy ocupado en sus guerras y negociaciones europeas, para prestar a los asuntos del Nuevo Mundo una atención constante” (1960: 191), con lo cual la responsabilidad Welser comienza a ser compartida por el emperador alemán.
A comienzos del siglo XX refuerza este discurso la obra de Jules Humbert La ocupación alemana de Venezuela en el siglo XVI, que desde su mismo título revela lo que será su contenido: un ataque frontal contra el siempre amenazante expansionismo alemán. De hecho, durante la última década del siglo XIX Alemania no había cesado de alimentar un patriotismo exacerbado, del que no estaban exentos los deseos de coloniaje. No eran un secreto las aspiraciones germánicas sobre la isla de Margarita para convertirla en base naval, contrapesando así el control estadounidense sobre el proyectado canal interoceánico que habría de hacerse en Panamá o Nicaragua. Sobre estos planes expansionistas hablaban abiertamente la prensa de los Estados Unidos e inclusive la alemana. Comenzando el siglo XX se tiene el bloqueo que sufrieron varios puertos venezolanos, bloqueo que contó con la participación decisiva del gobierno alemán. La obra de Humbert reactiva la leyenda negra anti alemana heredada de la colonia; y cuenta con toda la exacerbación nacionalista que se requería en aquel momento para enfrentar la agresión alemana, que insinuaba derechos sobre territorio venezolano contando en sus antecedentes la presencia Welser, como lo muestran estos versos fechados hacia 1885 y presentados por Friede: “Allí luchó Ambrosio, con el valor de un suabo/aunque sin saber su significado,/por la causa alemana… un héroe olvidado./Pero donde su lanza tocó la tierra/ y su pecho valeroso pereció desangrado,/allí nació un derecho alemán al Nuevo Mundo” (1961: 567).
La virulencia de Humbert desaparece en la obra de Pedro Manuel Arcaya Historia del estado Falcón, publicada en 1919, quien retoma los causes naturales de la visión anti alemana y donde se siente el peso del pensamiento positivista. Es un párrafo antológico el referido a la psicología de los conquistadores, donde Arcaya argumenta cómo las rudas características medio ambientales y la débil resistencia encontrada en los indígenas: “oscurecieron las dotes brillantes que aquellos hombres habrían podido desarrollar en otro medio”. Fracasan, según Arcaya, porque faltó la férrea disciplina europea, las verdaderas batallas (Arcaya, 1977: 116-117). Un fracaso relacionado con la pérdida de velocidad en la evolución debido a que las favorables condiciones naturales de aquellos europeos no se correspondieron con el medio en que hubieron de desarrollarse.
Arcaya no se preocupa tanto por enfatizar los excesos alemanes, tampoco distingue en forma particular a Philipp von Hutten. Ratifica los atribuidos a Alfinger y Federmann, que da por bastante bien argumentados en obras anteriores. Su interés principal está en la figura del obispo Rodrigo de Bastidas como protector de los caquetíos, y en la defensa de la “excelente nación caquetía”, considerada por él como “la mejor raza indígena”, por haber conseguido ser libres, al punto que los blancos escogían entre ellas sus concubinas e incluso esposas.
Partiendo de una matriz positivista que se revela en los calificativos aplicados a la población indígena: inermes, miserables, débiles, infelices; la aproximación de Arcaya en su obra es la propia de un hombre de su tiempo: de un pensador positivista, preocupado por distinguir las jerarquías habidas en suelo coriano, reconociendo a la fusión de razas como base de la sociedad venezolana, la influencia del medio sobre los hombres y la implícita necesidad del progreso, responsabilidad de los sectores de vanguardia, que vendrían a ser los descendientes de blancos europeos. Emulando a Comte, la jerarquía implícita en el texto de Arcaya vendría a ser: blancos puros, mestizos –en particular los habidos de blancos con caquetíos-, indios caquetíos, indios de la serranía, zambos habidos de negros con caquetíos, zambos habidos de negros con indios ajaguas y jirajaras, y negros puros.
Contrasta la explicación de Arcaya con la postura del ensayista, historiador y político Rufino Blanco Fombona, cuya obra El conquistador español del siglo XVI, publicada en 1921 y también anclada en el positivismo, describe a los conquistadores como aventureros, desvalidos y audaces en busca de fortuna, que representaban en su pobreza la democracia y la fuerza del pueblo. En ellos se conjugaban “ignorancia, fanatismo, crueldad y carencia de sentido histórico” (Blanco, 1993: 267). El conquistador español resume los componentes del “genio de la raza” española: “La sed de oro, su propia impulsividad, la herencia nacional de sangre combativa, ambición de imperio, necesidad psicológica de dominar en aquellos que nacieron dominadores, y la emulación de igualar, cuando no superar, empresas heroicas y fortuna de otros guerreros, convierten a los primeros conquistadores de América en héroes legendarios” (Blanco, 1993: 308). Y allí incluye a los alemanes, pese a no ser hispanos.
Con posterioridad a la obra de Arcaya y a los análisis soportados en las diversas corrientes del positivismo, se han pronunciado autores no sólo venezolano sino también de otros países. Después de la Segunda Guerra Mundial el contenido de las obras se vio enriquecido al haber mayor preocupación por el acceso a fuentes primarias de documentación. Esto permitió precisar fechas, aclarar la participación de ciertos personajes, dilucidar o complejizar muchas controversias y puntos oscuros. Pero en términos generales, y con mayor o menor énfasis, la leyenda anti alemana y la imagen de “Juan el bueno” persisten en obras mayores o menores, tanto por su extensión como por su profundidad, siendo ejemplo de ello los aportes de Germán Arciniegas (Colombia), Juan Friede (Colombia), Pedro Manuel Arcaya (Venezuela), Guillermo Morón (Venezuela), Isaac Pardo (Venezuela) y Demetrio Ramos (España).
Una excepción es la obra de Juan Friede Los Welser en la conquista de Venezuela (1961). Con marcado interés en rescatar en forma positiva la presencia alemana en la Provincia de Venezuela, la obra de Friede recorre el periodo Welser detallando la intervención de cada uno de los principales personajes. Un balance de esta importante obra, que se soporta en una impresionante revisión de fuentes primarias, no puede dejar de reconocer sus valiosos aportes al conjunto de la literatura sobre el tema. Sin embargo, es palpable la búsqueda de una defensa que se convierte en la cara opuesta del clásico discurso anti alemán, con lo cual pierde fuerza el análisis. Así, es evidente cómo el autor enfatiza su estudio sobre las figuras más agredidas por la historiografía, como Alfinger y Federmann, mientras que el capítulo dedicado a Philipp von Hutten pierde fuerza, siendo ostensible la pobreza de información y reflexión; quizás porque al ser esta la individualidad más favorecida a lo largo del cuerpo de obras referidas a los Welser le pareciera innecesario ahondar en la misma.
En la actualidad, el siglo XVI venezolano ha sido insertado a través del discurso oficial en el contexto de la resistencia indígena y el rechazo al “viejo” imperialismo europeo y el “nuevo” imperialismo estadounidense. Un nacionalismo de fuerte connotación étnica atraviesa la interpretación histórica y el discurso ha evolucionado hacia un nuevo plano, donde queda cuestionada por igual la actuación de todo los conquistadores y exaltada la imagen de la población aborigen. No hay aún en circulación textos especializados sobre la materia a partir de esta matriz discursiva, como tampoco textos escolares, así lo reconocen funcionarios del gobierno8. La información debe buscarse en fuentes hemerográficas impresas y digitales, páginas webs y similares.
Lo cierto es que desde fines de los años noventa del pasado siglo “se plantea una reorientación del proyecto nacional, sustentado, entre otras cosas, por una nueva visión de la campaña independentista y la invocación a un momento aún más recóndito alusivo a la resistencia indígena”. Esto se expresa en la atención a ciertos personajes y sus monumentos: Bolívar, Josefa Camejo, Ezequiel Zamora, Guaicaipuro… mientras se estigmatizan otros, como Colón, José Antonio Páez y Juan Crisóstomo Falcón; y ha generado lo que Suazo denomina el “asedio” a una parte de la escultura monumental en base a su significación ideológica, una de cuyas explicaciones es “una suerte de "iconoclacia programada", destinada a la destrucción de la imaginería del pasado” o simplemente “las estatuas como "objeto de canalización de la violencia colectiva", sirviendo como receptáculo físico de la violencia” (Suazo, 2005).
El discurso anti europeo ha quedado centrado en la figura de Cristóbal Colón como primer responsable del genocidio en América. En el año 2002 se suprimió el llamado Día de la Raza –como se reconocía en los calendarios oficiales- por el Día de la Resistencia Indígena. El 11 de octubre del 2003 el presidente Hugo Chávez afirmó que “Cristóbal Colón fue la punta de lanza de la invasión y del genocidio de todos los pueblos” y que los conquistadores “fueron peores que Hitler”9. Al año siguiente aporrea.org, página electrónica oficialista, lanzó una convocatoria para el derribo de la estatua de Colón ubicada en Caracas10, bajo la consigna de la “fiesta de la afro-indígena-resistencia”. Cumplido el hecho, fue llevada la pieza al Teatro Teresa Carreño para ser presentada al presidente de la república, siendo colgada cabeza abajo en uno de los árboles frente al teatro. De la misma manera, publicó con posterioridad que “Al igual que la estatua de Saddam en Bagdad, este 12 de octubre de 2004, en Caracas la del tirano Colón también cayó”11. En marzo de 2009 fue retirada la última estatua de Colón de la ciudad de Caracas, el presidente Chávez volvió a hablar del genocidio propiciado por Colón.12
La visual de la presencia alemana como leyenda negra se hace ahora extensiva a Juan de Ampiés, que había sido intocable y representaba los valores de la hispanidad. Los artículos monográficos de aporrea.org muestran la nueva interpretación del siglo XVI venezolano: “Juan de Ampies [sic], primer español en Tierra Firme, el [sic] y sus sesenta hombres, fueron saqueadores, ladrones y esclavistas. Lo que atenúa los desmanes de Ampíes [sic] es la presencia de Ambrosio Alfínger, su sucesor. La maldad de este hombre es tal que, a su lado, el fundador de Coro parece un misionero”, “Espira, el Demente. El 6 de febrero de 1535 llega a Coro el nuevo gobernador, Jorge de Espira, a quien llamaran [sic] el Demente. A excepción de la fatalidad que acompaña a este hombre a lo largo de su vida, no hay mayores variantes respecto a crueldad y matanzas”, “Nicolás de Federmann, el cruelísimo lugarteniente de Alfínger, que por no detenerse a desatar la cadena donde llevaba los indios cautivos les cortaba la cabeza. La figura del joven gobernador es una de las más sanguinarias y crueles que recuerda la historia de América”13. El papel de los personajes, cuando no se extrapola a lo sanguinario, se minimiza y diluye en el discurso: “Alfinger realmente no se sentía un conquistador, o sea, como el que viene a posesionarse de tierras vírgenes i [sic] supuestamente ricas, sino como un “comisionado” de los banqueros de su país, para explorar lo ya descubierto por otros, buscar riquezas i [sic] pagarse las deudas contraída [sic] por el imperio español”14. “Hay una historia medio agüevoneada que dice que tal día como el 8 de setiembre fue fundada la ciudad de Maracaibo. A alguien se le ocurrió que el Meisser Ambroius Ehinger, mejor conocido como Ambrosio Alfínger, fundó alguna verga ese día, hace tantos años como 479. Lo cierto
es que la leyenda cuenta que fue en 1529. Ambrosio nació en Alemania en los albores del siglo XVI y siempre me he preguntado si el sector de Cabimas llamado Ambrosio le debe tal toponimia al mardito [sic] Alfínger. Era banquero, cosa que habla muy mal de él por cierto”15. Se retoman, aquí y allá, calificativos y epítetos de la leyenda negra anti alemana ya vertidos por otros historiadores.
La misma tendencia se encuentra para otras figuras españolas de la época, como Juan Rodríguez Suárez, fundador de la ciudad de Mérida; Pedro Maldonado, quien refundó la ciudad de Maracaibo; y Diego de Losada, reconocido como fundador de Caracas el 25 de julio de 1567, fecha que las autoridades oficiales quieren sustituir por la del 19 de abril de 1810, día en que los mantuanos criollos se rebelaron contra el poder francés que había destronado a Fernando VII, iniciándose con ello el movimiento de independencia. Se argumenta que: “La fundación de Caracas fue un proceso colectivo y, por ende, no puede atribuirse al español Diego de Lozada, tradicionalmente conocido como su creador, ni tampoco reconocerse el 25 de julio de 1567 como su fecha de nacimiento”16. La postura oficialista se orienta a cuestionar todo el proceso fundacional venezolano: “¿Por qué se empeñan en celebrar unas supuestas fundaciones de nuestras ciudades? Por qué se insiste en reproducir mentiras históricas que magnifican hasta el ridículo el eurocentrismo? ¿Por qué seguimos clavándonos en el pecho el puñal neocolonial como en un autodestructivo y eterno despecho?”17

A manera de conclusión

Nuestra historia del siglo XVI pareciera ser una disciplina destinada a producir ensayos siempre unilaterales. Quienes se han ocupado de ella han abundado en los extremos: desde la glorificación de los conquistadores, imaginándolos como héroes griegos y al siglo XVI una epopeya; hasta el anverso, que describe el proceso descalificando a conquistadores y conquistados. Y estas posturas no son gratuitas, sino producto de intereses que se han expresado y expresan a través de los historiadores, lo que lleva a que unos resulten descalificados por otros.
El abordaje de la presencia Welser pasa en forma obligada por conocer cómo la historiografía ha recogido la actuación de estos alemanes en nuestra tierra. Pero bajo la circunstancia ya descrita, se torna casi imposible de aprehender. Y no es porque falte información, por el contrario, la diversa y extrapolada información existente, que durante siglos ha corrido alimentando a uno y otro autor, ha creado una especie de círculo vicioso en el que es más fácil ver a quien escribe que a aquellos sobre quienes se escribe. De esta forma y ante la tupida red de valores que se encuentran en la historiografía dedicada a los Welser, sería factible, inclusive, no hablar de una presencia Welser, sino de varias y diversas presencias impregnadas, cada una, de un sistema de valores específico.
La condena del otro –los tudescos- siempre resulta una defensa más que menos evidente del autor y su grupo de interés. Cuando se habla del otro cada autor en realidad habla de sí mismo y precisa su propia actuación o su ubicación a posteriori con respecto a los sucesos acontecidos. El intento es, finalmente, destruir al otro. La historia se nos convierte así en un infinito juego de espejos, de imágenes que se reproducen en el otro, amplificándose y deformándose una a la otra, y los Welser en el medio de la historiografía, sin –a fin de cuentas- haber sido el objetivo real.
Es el momento de hacer una labor de introspección. Ya en el mismo siglo XVI hubo figuras como Michel de Montaigne, quien se cuestionó qué tan pertinente era tachar de bárbaro al canibalismo como acto de comer carne de hombre muerto, cuando en la civilizada Europa se sometía a suplicios y tormentos cuerpos llenos de vida, y se justificaban excesos en las nuevas tierras bajo el argumento de la piedad y la religión. (1987)
Nos corresponde, como historiadores del presente, buscar, reconocer y no ocultar las determinaciones que explican la actuación Welser en suelo venezolano en el siglo XVI. Para encontrarlas, es necesario reconocer que la historia es interpretativa, que existen valores que caracterizan cada época, valores de los cuales se extraen los principios del conocimiento histórico. Que nuestras fuentes iniciales son resultado de un sistema de valores, y que es nuestra labor reconocer la idiosincrasia del historiador, su contexto social, sus intereses políticos, religiosos e incluso personales.
Reconocer lo anterior hará posible advertir el peligroso camino por el que ha transitado ese duro combate entre anti welserianos y los que, con el mismo sentido pero en dirección opuesta, avivan la leyenda negra anti española. Tan acríticos unos como otros.
Evitemos caer en la eterna trampa de hablar de nosotros creyendo que hablamos de otros.




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Amor y mujer: esponsales y dotes judías en el Coro del siglo XIX


Artículo en co-autoría con Isidoro Aizenberg
Publicado en la Revista Montalbán. Nº 42.I nstituto de Investigaciones Históricas. Universidad Católica Andrés Bello. Caracas. Noviembre 2008.
Introducción
El estudio de la comunidad sefardita coriana ha sido visto esencialmente a través del tamiz de la historia económica, política y social. En esta ocasión, dentro del amplio campo temático de la historia de género, un conjunto de documentos ubicados en el Archivo Histórico del Estado Falcón-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, analizados a partir de la complejidad del discurso sobre el sentimiento amoroso y el matrimonio por amor, nos aproximan a una nueva lectura que es, entre líneas, la lectura del cambio de valores que sobre esta materia penetró la sociedad venezolana; y en este caso es advertido para el caso específico de la ciudad de Coro y la comunidad judía sefardita que en ella radicó a partir de los años veinte del siglo XIX.
Como en el caso de las libertades de esclavos en la jurisdicción de Coro1 se hace el abordaje a partir de destacar los denominados documentos-clave, aquellos cuya atipicidad en medio de la norma permiten detectar los cambios de mentalidad que, en materia de amor y matrimonio, se operaban en hombres y mujeres del convulsivo siglo XIX venezolano. Estos documentos son dos escrituras esponsalicias y cinco cartas dotales – la primera data del año 1835 y la última de 1866, es decir, una trayectoria de 31 años-; siendo la totalidad de documentos prematrimoniales ubicados para la comunidad judía sefardí en el archivo coriano. Buscando enriquecer el tema del amor y las relaciones asimétricas de género dialogan con otros similares del colectivo católico, que recorren los siglos XVII al XIX y que al sumárseles enriquecen tanto el tema como el escenario de transición de mentalidades.
La tesis para este artículo es que, si bien en materia de amor y matrimonio las circunstancias de la mujer judía radicada en Coro fueron similares y apegadas a las mismas prohibiciones y licencias que en torno al tema tenían las mujeres criollas; algunas parejas rompieron esta tendencia y sus actos, plasmados en documentos públicos, nos dejan ver los cambios que en materia de amor y mujer asomaban a partir de sus singularidades; siendo además de interés para el caso de los sefarditas corianos los elementos de cambio cultural que se advierten en los textos.
Para efectos de su abordaje los documentos se analizaron desde sus aspectos legales, culturales y rituales en el marco de lo que fue la Venezuela del siglo XIX; un país inestable políticamente, con un marco jurídico inacabado y una sociedad en profunda transformación.
1. Esponsales y dotes en la jurisprudencia venezolana del siglo XIX
La primera precisión es que la Venezuela republicana convivió, hasta muy avanzado el siglo XIX, con el marco legal heredado de la colonia. 1867 fue el año clave que vio por vez primera un código civil sancionado y estable, ya que el anterior, de 1862, tuvo una vigencia inferior a un año2.
El resultado de esta circunstancia fue el uso continuado de reales cédulas, decretos, ordenanzas y otros; así como las leyes contenidas en la Recopilación de Indias, la Ley de las Siete Partidas y las Constituciones Sinodales del Obispado de Venezuela y Santiago de León de Caracas, entre muchos otros de mayor o menor rango. En materia de matrimonio, se siguió utilizando aunque muy disminuida, si nos atenemos a la documentación que ha llegado hasta el presente, la secuencia esponsales-dote-matrimonio.
En general, los documentos de esponsales –del verbo latino spondeo, que significa prometer- derivan de la antigua tradición, tanto judía como cristiana, de dividir la ceremonia matrimonial en dos fases. En la primera –los esponsales- las familias pactaban el enlace de dos de sus miembros a través de un compromiso formal que quedaba por escrito en la escritura esponsalicia; en la segunda –la boda- se daba paso a la cohabitación.
Como institución jurídica europea proceden de tres vertientes: el derecho romano, donde no era obligatorio; el derecho germánico, relacionada históricamente con el matrimonio por compra de la mujer; y el derecho canónico, que establecía sanciones para quien incumpliera los esponsales. Convertidos en un acto legal, tenían consecuencias jurídicas de tanto peso como las de un matrimonio.
En Venezuela, colonia española, regía el proceso del matrimonio por el derecho canónico, establecido y regulado a través del Concilio de Trento en 1563, normas que comenzaron a aplicarse en América progresivamente, a través de los sínodos que se realizaron en las distintas regiones americanas. Por los menos hasta el 1600 en América se siguieron los cánones previos al Concilio tridentino. A partir de Trento se exigió la forma canónica (la declaración formal de consentimiento ante el párroco y dos testigos) para que el matrimonio fuera considerado jurídicamente válido. En el ritual cristiano existían además los esponsales, por los cuales la pareja y sus padres consentían en la unión, ceremonia que incluía el intercambio de anillos y la entrega de la dote. El acto de esponsales incluía testigos y un documento que daba fe del mismo. Desde Trento, tendrá lugar en la monarquía hispánica la convergencia en fines e intereses de la legislación canónica y la civil respecto al matrimonio; bajo esta convergencia los esponsales, si bien eran contratos civiles con perfil propio, tenían una normativa eclesiástica que incluía sanciones por su incumplimiento, y un peso social atado a lo religioso. Por su parte, las Constituciones Sinodales del Obispado de Venezuela los consideraban el equivalente a un compromiso que tomaba cuerpo bajo un contrato civil de obligatorio cumplimiento por ambas partes, a menos que una causa de peso justificara lo contrario. Sin embargo, su valor era tal que no requería necesariamente un documento, dado el valor de la palabra. Las Constituciones Sinodales lo distinguían claramente del matrimonio, ya que este era un acto sacramental, y aquel un contrato3
Los esponsales católicos destacaban, ante todo, la virginidad de la mujer; de allí que su ruptura implicara tanto como poner en entredicho la honestidad de la novia; tal vez el mayor estigma que podía recaer sobre una mujer, ocasionando reacciones legales como las de María Dolores Bello, quien en 1787, en Coro, denunció civilmente a Josef de la Natividad Urdaneta por “haberme robado mi integridad con palabra de casamiento”4.
Al respecto de los esponsales judíos, en las comunidades judías ashkenazíes originarias del este europeo se practicó desde la Edad Media una ceremonia llamada en hebreo tenaím; condiciones. En el marco de una festiva reunión familiar, se firmaba un documento fijándose los términos de la dote y la fecha del matrimonio. Pero contrariamente a la ketubá (contrato de boda judío), donde regían ciertos términos universalmente aceptados y practicados por todos los judíos, no puede decirse lo mismo acerca del documento de tenaím. Este fue un texto que se escribió según las necesidades del lugar y las circunstancias. Hasta hoy en día es costumbre en los círculos judíos más practicantes, que una vez que la pareja está decidida a fijar una fecha para la boda se reúna la familia para presenciar la firma del tenaím.
Pero en materia de esponsales es un hecho que las comunidades sefardíes nunca instituyeron la costumbre de los tenaím. De allí que los contratos de compromiso corianos adquieren una medida de curiosidad y un valor histórico y cultural que va más allá de su contenido, siendo un indicador de cómo la comunidad sefardita coriana asumió ritos propios del catolicismo pero donde encontraban valores morales que les eran coincidentes, por ejemplo la virginidad de la mujer; y que, además, les permitían determinados aseguramientos legales y sociales que eran de su interés. Las escrituras esponsalicias revelan y refuerzan la condición disminuida de la mujer, condición inevitable de la prevalencia del paterfamilias.
Similares esponsales a los utilizados por los sefarditas de Coro se encuentran también entre los judíos de Santo Domingo. En Curazao se utilizó el documento holandés –aún vigente- denominado ondertrouw, que venía a ser un pre registro donde la pareja informaba a la autoridad de su intención de contraer matrimonio, incluyendo la fecha pautada5. En general, puede concluirse en que, siguiendo las costumbres de los países de la diáspora, los sefarditas emplearon estos documentos, figuras de promesa de matrimonio de diferente peso legal y social según el país en particular.
La eliminación de los esponsales formó parte del proceso de laicización del Estado venezolano y su jurisprudencia. Fueron excluidos del código civil de 1862. En el título III, artículo 1 se explicitó: “La ley no reconoce esponsales, o sea la promesa de matrimonio mutuamente aceptada. Ningún tribunal civil o eclesiástico admite demanda sobre ellos, ni para pedir que se lleve a efecto el matrimonio, ni para reclamar indemnización de perjuicios”6. El código civil de 1867 ratificó la medida. El decreto ley sobre esponsales y matrimonio civil de 1783 reconoció nuevamente los esponsales, siempre que constaran en escritura pública o carteles. Sin embargo, sólo el matrimonio civil generaba efectos civiles y la acreditación del estatus de casado, por tanto, ninguno de los comprometidos podía exigir prebendas del estado civil de casado ni hacer reclamos asimilables a dicho estado civil; sólo el acta matrimonial debidamente extendida por la autoridad permitía reclamos a la pareja. De esta forma, el valor económico y social de los esponsales quedó notoriamente disminuido77.
En materia de dotes, tanto entre judíos como entre católicos, la carta dotal era un acuerdo financiero. Como institución, su origen retrotrae a tiempos bíblicos –hacia el fin del tercer milenio a.C-, a las tribus semitas de lengua hebrea cuya economía se sustentaba en diversas actividades, entre ellas la ganadería y el comercio; y cuya religiosidad avanzaba hacia un monoteísmo iniciado con el acuerdo entre Dios y Abraham y renovado por Moisés. En el marco de una religiosidad de corte patriarcal, acorde con una sociedad patrilineal, la dote era un aspecto fundamental tanto en la estrategia que el paterfamilias utilizaba para orientar los matrimonios como en las transacciones que, en estas tribus, daban flujo por una parte a la riqueza social producida; permitía además exhibir el estatus de la familia y reafirmaba el control del marido sobre la mujer, productora de la riqueza más apreciada: los hijos, que aseguraban la prosecución de la filiación patrilineal. Recuérdese cómo Jacob trabajó siete años para Labán, pagando en servicios la dote por Raquel. La dote quedó incluida en el cuerpo normativo constituido por la Torá, en fecha tan antigua como el 622 a. C8.
Las cartas dotales fueron muy usuales durante la colonia venezolana, donde su perfil era de documento con valor religioso pero también civil, pues se hacían en presencia de un escribano público. En el caso coriano se evidencia, a partir de los documentos que han llegado al presente y que reposan en el AHEF-UNEFM, que desde familias adineradas hasta de condición mediana se apegaron a esta tradición. Sin embargo, para el siglo XIX habían caído –al parecer- en desuso; cuando menos desaparecen casi por completo como documentos públicos. De hecho, en los tomos donde se ubicaron las cartas dotales que aquí se estudian sólo hay dos cartas más; ello incrementa el valor de las pocas ubicadas. Su presencia se une a la de las escrituras esponsalicias para continuar perfilando el discurso sobre el amor, el matrimonio y la mujer coriana que, atada a este tipo de documentos, mantenía en la sociedad y en la familia una posición subordinada de perfil premoderno. Este mismo decaer del uso del documento dotal durante el siglo XIX se ha encontrado en México, de lo cual podría desprenderse que el escenario general de cambios políticos, económicos, sociales, culturales y de mentalidades en las ex colonias influyeron en el desuso y desaparición de la carta dotal9.
2. Amor conyugal y amor romántico
El estudio de estos documentos hace confluir los temas de la pareja, el amor conyugal y el amor romántico. Los esponsales y cartas dotales que integran este conjunto documental siguen casi todos el espíritu de los siglos coloniales. Pero al ser documentos decimonónicos posteriores al periodo colonial, en plena ebullición de un orden republicano y burgués, es preciso enmarcarlos en su relación con el pensamiento ilustrado que orientó las ideas de independencia. La Ilustración se soportó sobre la asimetría en las relaciones de género, y las profundas transformaciones políticas, económicas y sociales que le acompañaron no tuvieron su correlato en el plano de la familia y el matrimonio. El impulso que recibió el amor romántico desde el siglo XVIII no incidió en una modificación radical de la dinámica matrimonial; en este sentido, la modernidad se mostró ambivalente y la mujer, más allá de conquistar la opción de enamorarse con antelación al matrimonio, no logró ningún otro avance una vez logrado el estatus de esposa. La mujer judía tuvo acceso –con diversos matices según la procedencia y tipo de religiosidad- a la serie de reformas que avanzaron a lo largo del siglo XIX en Europa y los Estados Unidos a partir de los procesos de secularización, la emancipación de las comunidades judías y el movimiento de Reforma –con sus orígenes en la Alemania del siglo XIX- al seno del judaísmo; pero persistiendo en su gran mayoría las restricciones en materia de acceso a la educación y manteniéndose la preparación para el matrimonio en base a criterios de familia y grupo. En todo caso, la mujer sefardita coriana habría sido influenciada por el movimiento reformista, que dio pie en 1864 a la división de la comunidad curazoleña en ortodoxos portugueses y reformistas de rito estadounidense, al que pertenecieron los radicados en Coro; pero esta influencia del reformismo no parece haber ido más allá de matices educativos que se desplegaron en su participación en las sociedades culturales y de beneficencia de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en la ciudad de Coro.
En materia de familia, judíos españoles del medioevo y cristianos mantenían una concepción similar. Aún más; es el cristianismo quien hereda la concepción de familia del judaísmo y todo lo relativo a la moral familiar y sus consecuencias sociales. Las similitudes en esta materia pueden entenderse a partir del hecho de que hebraísmo y cristianismo tienen un mismo origen: el judaísmo polivalente de la época de Jesús, cuando no existía un judaísmo oficial sino tantos judaísmos como escuelas (fariseos, esenios, saduceos…).
En esta familia medieval el amor, la sexualidad y todas las conductas vinculadas a la formación de las parejas como el cortejo, la coquetería, la moda y en general el comportamiento de género están debidamente codificadas por la autoridad religiosa. Es una familia heterosexual, monógama y patriarcal, núcleo de la sociedad. En ella a las mujeres corresponde la domesticidad, el ámbito privado –las disposiciones rabínicas del medioevo establecían que mujeres, niños y débiles mentales estaban incapacitados para gestionar los asuntos públicos-10, y la práctica de la normativa religiosa por el grupo familiar: “La vida familiar giraba en torno a las mujeres de la casa. En las familias modestas trabajaban y se ocupaban del hogar y los hijos, mientras que entre la elite dirigente podían equipararse a las nobles damas cristianas. Las grandes familias judías vivían en la Corte y formaban la clase dirigente de las aljamas gracias a su poder económico e influencia con los monarcas, sobre todo en los siglos XIII y XIV; los Caballería, Benveniste, Santángel, Orabuena o Abravanel formaban con sus familias una casta aristocrática y privilegiada, rodeada en ocasiones de su propia corte”11.
La misma dinámica se encuentra cinco siglos después, como se lee en este texto que rescata lo que era la educación de la mujer judía en Salónica: “Kuando se trata de transmeter tradisiones folklorikas sefaradis, se ve ke la influensa i el poder viene de las madres, en sus okupasion de mantener la vida i salud de miembros de sus famiya. La madre sefaradi ambezava a las ijas las konsejas, los konsejos, las kantigas, komidas i kuras para ser novia komplida. Eya tambien era la ke transmetia todas las reglas por mantener las varias fiestas relijozas. Algunas mujeres tenian el poder i la saveduria de kuras; mi madre era una de estas, i su ermana grande era komadre y kurandera. Estas informasiones se davan de la kuna asta la hupa sin edukasion formal (…) Esto, endjunto kon los artes de mirar kaza, kuzir, gizar, ets. era todo lo ke se keria para ser una ija sefaradia komplida en akeyos tiempos”12.
De esta familia y de esta mujer se esperaba la estabilidad social, económica y del grupo; transmisora de valores de generación en generación en orden a los principios religiosos, por tanto con profundo sentido teológico. Dentro de esta familia el paterfamilias era quien determinaba las estrategias de alianza desde los esponsales, ya que el matrimonio, como parte de esas estrategias: “… comprometía todo el futuro de la explotación familiar, era la ocasión de una transacción económica de la más alta importancia, contribuía a reafirmar la jerarquía social y la posición de la familia, era asunto de todo el grupo más que del individuo. Era la familia la que se casaba y uno se casaba con una familia”13.
En el caso coriano, desde el siglo XVIII se encuentran documentos que, sin lugar a dudas, dejan ver la intención de ciertas parejas por construir destinos matrimoniales que rompían con los criterios premodernos de la adscripción social como condicionante para la vida conyugal; y que son el precedente de las parejas judías que en el siglo XIX también procedieron a expresarse con mayor o menor intensidad fuera de los criterios premodernos. Los casos más emblemáticos en el colectivo católico son el de Rosa Garcés –de la elite criolla- y Pedro la Rua, quienes habiendo contraído esponsales enfrentaron entre 1793 y 1794 un juicio de disenso introducido por el hermano de Rosa, opuesto al matrimonio en función de la disparidad social entre su hermana y el pretendiente; litigio que llegó hasta la Real Audiencia de Caracas, quien lo declaró sin lugar. Entre el conjunto de documentos que dan forma a este juicio destaca una carta sin fecha escrita por Rosa a Pedro, donde el amor romántico se deja ver en la intensidad de su despedida: “Y con esto adiós, mi dueño, adiós mi alma, adiós todo mi consuelo, pues después de dios no tengo otro que tú y al mismo pido te guarde (…) de tu más fina y amantísima esposa. Rosa Garcés”14. El segundo es el caso de Leopoldo Tellería y Begoña Chirinos, quienes en 1815 contrajeron matrimonio con la oposición del paterfamilias, dada la calidad de parda de la novia. Las habilidades legales de Leopoldo hicieron inútil el disenso introducido por su padre, don Diego de Jesús Tellería, de la elite coriana, quien sólo logró que “semejante matrimonio” se declarara clandestino, por haber sido contraído sin su conocimiento ni autorización. Finalmente, Leopoldo fue desheredado por su padre en 181615.
Asumimos que la escritura esponsalicia de Isaac Abenum Delima Junior y Sara Cohen Henríquez (1835)16, y la suscrita por Isaac Moreno Henríquez en 184117, pueden ser igualmente enmarcadas en el espíritu de aquellos documentos que permiten advertir cambios en las mentalidades en materia de relaciones de pareja, como se expondrá a continuación.
3. Escrituras esponsalicias
Dos escrituras esponsalicias se encuentran en este conjunto documental: la de Isaac Abenum Delima Junior y Sara Cohen Henríquez (1835) y la de Isaac Moreno Henríquez y Sarah Maduro (1841); siendo además los documentos más antiguos. El primero de estos documentos se suscribe a poco más de diez años de radicarse los primeros judíos curazoleños en Coro. Es extraordinario tanto entre los documentos corianos como entre otros miles de documentos judíos a través del mundo con similar contenido. Este contrato menciona el lugar donde se ejecuta, la fecha, los nombres de los novios y sus edades, y afirman ser todos naturales de Curazao. Hasta aquí se siguen las formalidades, pero inmediatamente después hay elementos que rebasan el protocolo y datos no coincidentes con valores y usos de los sefarditas. El primero es que se aparta de los intereses clásicos de este tipo de documentos (acuerdo de dote, elección de la pareja por los padres) y se asemeja mucho más a una estricta promesa –sancionada legalmente- de contraer matrimonio a futuro, promesa que parte –en este documento- de un acto volitivo de las partes –aunque ella explicita que tiene el consentimiento de sus padres- y no obedece a presiones externas de ninguna índole, ya que como asienta en el documento: “de su libre y espontánea voluntad, otorgan que prometen y se dan mutuamente su fe y palabra de casarse”. La Srta. Cohen Henríquez recibió autorización de sus padres para contraer esponsales: “ha obtenido expreso consentimiento de sus padres residentes en Curazao, según los otorgantes, y los testigos presenciales lo afirman”.
Lo segundo es que el documento deja en claro que es un amor mutuo, que ha surgido en ambos siendo solteros: “juntos de mancomún dijeron que para vincular y radicar honesta e indisolublemente el sumo amor que se profesan decidieron contraer vínculos de esponsales” y que están dispuestos a hacer de ese sentimiento un vínculo para toda la vida, pero que ese amor puede ser dañado por factores exógenos, los cuales se eliminan por la vía de los esponsales para “evitar los riesgos a que están expuestos, y las infaustas consecuencias que pueden resultar en detrimento de sus conciencias, y ofensa a la sociedad, y a Dios todopoderoso”. La confesión de amor mutuo que hacen los novios y el reconocimiento de riesgos e “infaustas consecuencias” a evitar, pareciera aludir a las relaciones sexuales prematrimoniales. Surgen las preguntas: ¿por qué tuvieron que expresar estos sentimientos más bien íntimos en un contrato de compromiso oficial? ¿Por qué no dejar sentado que querían contraer matrimonio en una fecha futura y terminar allí? La respuesta puede estar en un cambio de mentalidades que ya había alcanzado el reconocimiento social suficiente y necesario como para que permitir a la pareja expresar públicamente un sentimiento amoroso prematrimonial y que la autoridad aceptara dicha expresión amorosa como fundamento para unos esponsales.
Todo indica que hay un sentimiento amoroso prematrimonial reconocido por la pareja, pero también los temores tradicionales en la materia: temor a ellos mismos, a la sociedad y a dios; temores que puede fundamentarse, por ejemplo, en el hecho de ser una pareja muy joven, una mujer aparentemente sola (no estaban sus padres, y sabemos que tenía un hermano, llamado Moisés, el cual no figura como testigo de los esponsales) en una ciudad que –finalmente- le era extraña, un medio cultural muy distinto al de su país de origen, entre otros elementos. Cuenta este documento con suficientes indicadores de una nueva forma de pensar en materia de sentimiento amoroso, que sugiere la lenta pero segura penetración de nuevas ideas y actitudes al respecto del amor, aunque se mantiene en el respeto a la regla homogénica y endogámica característica de los sefarditas curazoleños y corianos, la cual se perdería en Coro con el avanzar el siglo XIX y su proceso de cambio cultural.
El tercer y último elemento es un gesto particular: los novios, Isaac y Sara, “para mayor estabilidad se dan sus manos derechas”, gesto usual en las sociedades occidentales pero que nunca es requisito en las ceremonias religiosas judías, y que en este caso tal vez obedeció a una solicitud de la autoridad civil, de los testigos no sefarditas, o incluso al seguimiento protocolar de una costumbre del país de residencia, la cual no entraba en conflicto con su carga cultural. Finalmente, la sustracción total del acto con respecto a la esfera religiosa, cuando se asienta que “se someten a los Sres. Jueces de esa ciudad” y que “renuncian todas las leyes, fueros y derechos que haya a su favor”. Es factible que en ausencia de una autoridad judía, no existió otra alternativa para dar fuerza y eventualmente hacer valer el documento que someterlo a la autoridad civil. Llama incluso la atención que de los tres testigos del acto sólo uno, David Hoheb, fuera de la comunidad judía coriana.
El segundo documento revela que –como en Curazao- también se dieron entre los judíos de Coro las relaciones sexuales prematrimoniales, lo cual podría relacionarse con cambios de mentalidad en las jóvenes parejas. La clásica obra de Emmanuel y Emmanuel relata, con un toque que borda en el humor, que muchas veces los jóvenes sefarditas curazoleños “en un momento de debilidad, sucumbían al poder abrumador del los calores tropicales”. Tan grave fue el problema para la comunidad curazoleña, que en la segunda mitad del siglo XVIII se resolvió que esos casos las autoridades religiosas cortarían cualquier lazo entre la pareja y la comunidad. Si eventualmente esta pareja decidiera contraer matrimonio, el hahám o rabino de la comunidad no oficiaría en la ceremonia y ni siquiera podría ser un firmante como testigo de la ketuba18.
En la escritura esponsalicia suscrita por Isaac Moreno Henríquez en 1841, este reconoce que ha dejado “grávida y ofendida de mi persona” a la señorita Sarah Maduro, joven de 19 años, violándose con ello uno de los principios religiosos más estimados y uno de los convencionalismos sociales más caros al perfil femenino premoderno; el de evadir las relaciones sexuales hasta después de la boda, conservándose la virginidad. Ya en el siglo XIII el rabino Yoná Girondí en su libro Puertas del Arrepentimiento recordaba que: “nuestros maestros, de bendita memoria, decretaron que la novia comprometida pero sin haber recibido aún las bendiciones le estaba prohibida a su esposo, al igual que si fuera su mujer y estuviera menstruante”19.
La escritura no contó con la participación de Sarah, siendo suscrita entre Isaac y el padre de la joven. En un tono totalmente opuesto al anterior, acá no se habla de amor, sino “de la mayor estimación que le profeso”, lo cual nos recuerda a esa “pasión domesticada” de la que habla Jean-Louis Flandrin20. En esta ocasión el matrimonio acordado no es producto de una decisión libremente decidida por la pareja, sino un contrato entre un padre tal vez más ofendido que su hija y un yerno que no ha respondido a las normas consagradas en la materia. Un contrato consecuencia de una circunstancia extraordinaria: un embarazo, para el cual la única alternativa es un matrimonio que, por causas que desconocemos, no podía realizarse de inmediato; obligando a tomar medidas adicionales que aseguraran el desenlace esperado en el marco de lo socialmente sancionado, tratando de recrear un acuerdo entre familias –en este caso entre los varones más cercanamente involucrados en el hecho- por encima de lo que pareciera haber sido una decisión de pareja.
Lo interesante es que el hecho permite jugar con la hipótesis de una pareja que procedió a romper las barreras establecidas teniendo relaciones sexuales sin necesitar del vínculo conyugal, lo cual se aproxima al nuevo concepto del amor. Un caso en que se completó la tríada amor-acoplamiento-procreación. ¿Fue rebeldía? ¿Fue el engaño de un seductor? ¿Fue una forma de que se autorizara un matrimonio que no contaba con el beneplácito familiar? ¿Acaso producto de la ausencia de casamentero? Hasta ahora es imposible saberlo; pero sí que, finalmente, el matrimonio tuvo lugar el 13 de agosto de 184121, apenas 21 días después de la escritura de esponsales. Deben haber sido días difíciles para los involucrados en este drama social-familiar, de cuyo carácter estigmatizante da cuenta el hecho de que no se hayan firmado los esponsales en Coro mismo, sino en la localidad de San Luis, en la sierra coriana, muy lejos del núcleo de conflicto; quizás para evitar una situación ya difícil tanto para la pareja como para sus familiares. En San Luis tuvieron propiedad los esposos Isaac Abenatar y Johebeth Levi Maduro, de las familias involucradas en este suceso, tal vez ello facilitó su escogencia para hacer el documento. La ketubá quedó registrada en los archivos de la sinagoga de Curazao y hubo descendencia, ya que una biznieta y un biznieto de esta pareja residen en la ciudad de Coro.
En el plano legal, este documento es excepcional por dos elementos; primero, su contenido revela que esta es una escritura esponsalicia que se sobrepone o suma a otra anterior –cosa inédita en materia de esponsales-, ya que Isaac “expone que tiene contraído matrimonio a futuro con Sarah Maduro”, y a esta promesa de matrimonio le suma –dada la gravedad del caso- un “testimonio de seguridad” que consiste en “afirmar mi compromiso” y por ello “debo casarme con ella como le he ofrecido y es de mi obligación”. Así, esta pareja queda atada por dos escrituras de esponsales (lamentablemente, la primera no ha podido ser ubicada). Obviando las formalidades legales y reforzando su carácter excepcional, el documento no cuenta ni con la presencia ni con la anuencia de la novia; es un documento suscrito entre el paterfamilias y el responsable por la reputación ofendida.
En segundo lugar y para hacerlo aún más singular, el contrato se ve reforzado cuando el joven Isaac Moreno acepta someterse al contenido de la ley de 10 de abril de 1834 sobre libertad de contratos, la cual permitía pactar que se rematasen los bienes del deudor por lo que se ofreciera, pero además, el acreedor podía ser licitador en la subasta, accediendo con facilidad a los bienes de aquel. Esta ley no fue hecha teniendo como objetivo actos como unos esponsales, sino las operaciones de índole netamente mercantil. En este caso, se infiere que el padre de Sarah forzó la aplicación de una ley que, con todo, era tan amplia como para ser aplicada a cualquier tipo de contrato. Siendo la escritura esponsalicia un contrato de orden civil, se ajustaba al artículo 2 de dicha ley, el cual rezaba: “En todos los demás contratos, así como en el interés que en ellos se estipule, cualquiera que sea, también se ejecutará estrictamente la voluntad de los contratantes”22. Quedaba Isaac, entonces, completamente en manos del acuerdo pactado con el padre de Sarah, quien además comprometió a su hija a efectuar el enlace.
La presencia de estos esponsales, aunque ajenos a la tradición sefardita, no debe extrañar. Podrían explicarse como situaciones extraordinarias, donde ambas mujeres se exponían al estigma social al incurrir o poder incurrir en actos no admisibles en el contexto de la Venezuela de entonces, y de los valores morales coincidentes en ambos casos para católicos y sefarditas, ya que los dos grupos rechazaban la vida de mujer sin respaldo social de un varón, circunstancia que Sara Cohen Henríquez resolvió a partir de su compromiso; y las relaciones prematrimoniales y el embarazo sin matrimonio –caso Sarah Maduro-. Debe entenderse que en el vacío legal que hubo entre 1830-1863, no quedaron en Venezuela más que las Constituciones Sinodales como parámetro para orientar todo lo concerniente a los enlaces matrimoniales, incluyendo esponsales, ya que Venezuela seguía rigiéndose por las leyes hispanas. Lo que hizo la comunidad sefardita fue utilizar un acto que les era conocido y que practicaron en un espacio geo-histórico particular, obviando el marco católico y asumiéndolo desde su valor como contrato civil de obligatorio cumplimiento.
Aunque excepcionales, documentos como los mencionados –tanto judíos como católicos- hacen viable la hipótesis de que en la escogencia de pareja Venezuela vivía, desde las postrimerías del periodo colonial, cambios orientados en el sentido del amor romántico. En el caso específico de la comunidad judía, se afianza la conclusión de Kaplan para los sefarditas de Ámsterdam a fines del siglo XVIII, raíz de los judíos curazoleños y corianos: “Los fundamentos de la moral tradicional se habían quebrado y los jóvenes obraban de acuerdo a un nuevo código de valores, que legitimaba el vínculo erótico prematrimonial y otorgaba importancia al amor romántico como base del vínculo nupcial”23, coincide en esto con Yalom, quien afirma: “Cualesquiera fueran las causas, durante el siglo XIX se consolidó la gradual emancipación de los jóvenes respecto de sus padres y también la primacía del amor en la pareja”24. Y es que debe considerarse que desde el último cuarto del siglo XVIII el matrimonio occidental moderno, sustentado en el amor de la pareja y ajeno cada vez más a acuerdos de familia o grupo, había hecho su aparición, estando consolidado ya en la primera mitad del siglo XIX. Es factible inferir que, en el caso coriano, algo similar ocurría, y que de ello son un atisbo los casos Garcés-la Rua, Tellería-Chirinos, Abenum Delima-Cohen Henríquez y Moreno-Levy Maduro. A estos documentos puede agregarse, para el caso judío, el matrimonio de Jacobo Curiel, hijo de Joseph Curiel, considerado cabeza de la migración sefardita desde Curazao hacia Coro, con una joven católica del poblado de Carora (estado Lara). Jacobo procedió al bautismo, siendo considerado por su padre como perjuro, lo que ocasionó su distanciamiento. La memoria oral lo rescata así: “Jacobo se va a trabajar a Carora, él se fue. Y se enamoró y se casa con una católica. Y él para casar tuvo que bautizarse. Tiempo después Jacobo sabe que papá Joseph está grave, muriéndose [Joseph Curiel falleció el 3 de agosto de 1886, a los 90 años de edad], y él viene a verlo. Entonces pasó cada uno de los otros hijos, y le dicen: ahí está Jacobo. Y él dice: yo no tengo un hijo llamado Jacobo”25.
4. Las cartas dotales
Para el lector contemporáneo, el amor que se profesa una joven pareja y un contrato que especifica términos financieros no parecen armonizar. Sin embargo, esta fue justamente la intención de las cartas dotales encontradas, cuya laicidad, sin embargo, se aviene en forma parcial con raíces bíblicas e interpretaciones de los maestros talmúdicos: una familia que intenta llevar una existencia estable no podrá hacerlo a menos que se asegure una base económica que la pueda sustentar. Por ello, para casarse era necesario reunir un capital; ese capital era la dote, de ella dependía la estabilidad de la mujer, por ejemplo, en caso de una viudez o quiebra del esposo en sus actividades económicas. Pero, además, la dote tenía otras facetas: permitía la transmisión de un derecho de dominio del paterfamilias al esposo; bajo su figura profecticia, hacía ostensible el poder del paterfamilias, así como las diferencias sociales. De hecho, ya en la España sefardí: “Mejor que otro indicador, a través de las sumas negociadas nos damos cuenta de que la judía distaba de ser una sociedad de iguales, unida por el mismo credo y con una misma y vigorosa voz ante las amenazas exteriores. Por el contrario, las aljamas vieron nacer en su seno insalvables diferencias económicas que se trasladaron permanentemente al terreno del enfrentamiento político y la opresión fiscal. Pero acaso fue en el terreno simbólico y de los signos donde la disparidad de fortunas se hizo más ostensible. Mientras que las más pobres se casaban con dotes mezquinas y en tristes ceremonias, a las ricas les esperaba el lujo y el boato, la ostentación de vestidos caros y de preciosas joyas, los músicos que amenizaban espléndidos banquetes y entretenían a los copiosos invitados”26.
El documento fechado el 4 de mayo 1849 es la carta dotal de Abigail Henríquez, oriunda de Aruba27, e incluye dos tipos de dote: la llamada dote romana o castellana, que era aportada por la mujer, y la propter nuptias, que era dada por el marido a su esposa. Ambas aparecen en las Partidas de Alfonso X el Sabio; Ley 1a, título XI, partida IV. El documento indica el monto y desglose de los bienes que se comprometía Abigail a entregar a su novio “por dote y caudal suyo propio”, “para ayudar a empezar las cargas matrimoniales”, y cuya administración y disposición de lo producido quedaba bajo responsabilidad del marido, destinados al gasto familiar, constituyéndose así una masa patrimonial para beneficio del matrimonio. La dote aportada por Abigail era una mezcla de dote mobiliaria y dineraria, que incluía tres esclavas pero donde el mayor monto estaba en el efectivo, circunstancia que se hizo usual en las áreas urbanas y que no debe extrañar en el caso de una comunidad dedicada al comercio.
Por su parte Jacob Naar, el novio, hizo a Abigail una donación “por aumento de dote”. Las donaciones propter nuptias se hacían apelando a valores esencialmente femeninos que se destacaban en el documento, y que pueden resumirse en la virginidad de la mujer. Jacob se afianzó en la “virtud, honestidad y loables prendas de que está exhornada [Abigail]”. Otros documentos del mismo archivo también reúnen ambas dotes, pero sólo mencionamos dos, con casi 150 años de distancia pero apegados al mismo patrón: el fechado en Dabajuro el 17 de noviembre de 1708, por el cual Juan Nicolás Melián aportó 500 pesos a su futura esposa María de la Concepción Romero “por su virginidad y limpieza y por honra del matrimonio”28, y el de fecha 17 de diciembre de 1850, donde Dolores Hernández dota a Inés Morian de 500 pesos “en atención al buen comportamiento y demás prendas que adornan a mi citada esposa”29.
La virginidad es un valor que se mantiene tanto en la religiosidad y sociedad judía como en las diversas denominaciones cristianas. Los esponsales y cartas dotales ubicadas son un claro indicador de la vigencia de esta calidad para la mujer; y con certeza podemos afirmar que, en general, hombres y mujeres compartían el apego y respeto por esta institución. La palabra betulá (virgen), se usa hasta hoy en las ketubot (plural de ketubá). Los documentos nos dicen una y otra vez que la mujer debía llegar virgen al matrimonio, y que era una precondición irrenunciable.
Pero retomando el tema de la dote, es interesante el hecho de que la donación de Jacob fue superior a la dote de Abigail, lo cual puede indicar bien un mayor estatus económico del novio, o el loable esfuerzo de un hombre por demostrar su solvencia y capacidades ante la familia de la novia. Finalmente, el total de ambas sumas se convertía en intocable, retornando a manos de Abigail en caso que el matrimonio llegase a disolverse. El monto de esta dote y donación, 7300 pesos, era una suma elevada para la época, señal de familias muy bien posicionadas económicamente. La dote “por aumento” evidentemente favorecía a Abigail en su nuevo estado civil y la protegía de las contingencias que el futuro deparara al patrimonio conyugal en función de ser bienes inalienables, que debían conservarse para sostener las cargas matrimoniales expresadas en el documento; lo que no siempre ocurrió y que ejemplificamos con el arrepentido Joseph Martínez Estrella, quien en su testamento de 1710 confiesa que dilapidó los bienes de su mujer “sin provecho para la carga dotal, por lo cual pide perdón”, solicitando a sus albaceas que en primera instancia repararan su error por “ser en descargo de mi conciencia, por habérselo disipado como llevo dicho”30.
Diez meses después de haberse firmado el compromiso entre Jacob y Abigail, se ubica otra escritura de dote similar, esta vez entre David L. Penha y Rebeca Henríquez. Según todas las referencias allí citadas, Rebeca es hermana de Abigail y David manifestó ser “de estado soltero, mayor que expresó ser de treinta y un años y que por si propio se gobierna”. El monto total de la dote aportada por Rebeca es igual al de su hermana, con la diferencia de no incluir esclavos, lo cual fue compensado aumentando la cantidad de dinero en efectivo. Por otra parte, en esta ocasión el novio no aportó dote propter nuptias.
Llama la atención que en estas dos cartas dotales no se sigue la estructura usual por la cual es un ascendiente o representante (A) quien a nombre de la novia (B) entrega al novio (C) la dote, misma que regresaría bien a A o B en caso de disolución del matrimonio. En estos documentos los padres de ambos novios están identificados para efectos de enfatizar el origen legítimo de sus hijos, y de manera menos normativa cada novia, en forma directa “promete llevar diferentes bienes, muebles y dinero, y entregarlos al otorgante por dote y caudal suyo propio para ayudar a empezar las cargas matrimoniales con tal que formalice a su favor la correspondiente escritura”, a lo cual ambos novios acceden. Igualmente, en ambos casos ellos renuncian a la protección de Las Siete Partidas en materia del avalúo que fue hecho a la dote; esto como un voto de confianza en el acto y para dar mayor seguridad sobre el monto del patrimonio dotal a sus respectivas futuras esposas.
Finalizan ambas cartas dotales asentando que ante la posible disolución del matrimonio, “por cualquiera de los motivos prescritos por nuestra religión”, la suma sería entregada a la mujer “o a quien su acción tenga”. Esta es una frase curiosa ya que las bases para un divorcio de acuerdo a la religión judía están claramente definidas, y los novios están al tanto de cuáles son. En este caso, el documento transcribió una fórmula común para las cartas dotales venezolanas desde la época colonial, donde el novio se compromete a regresarla con frases de este tipo: “incontinenti que el matrimonio se disuelva por cualquiera de los motivos prescritos por derecho, y a ello quiero ser apremiado por todo rigor”, tal como se escribió en la carta dotal de Inés Morian en el año 185031. En los casos de Abigail y Rebeca el derecho fue sustituido por la religión y se remarca la factible situación de dependencia en que podía mantenerse una mujer, incluso una vez separada de su esposo, pasando a la subordinación de otra persona que podría actuar legalmente a su nombre.
En las tres últimas cartas dotales ubicadas son los ascendientes –padre o madre- quienes entregan las dotes en forma directa a sus hijas y resultan, en comparación a otras, unos textos muy simplificados en su estructura y contenido, probablemente relacionado con el desuso progresivo del documento dotal. En 1861 Josías López Henríquez declara que ante el próximo matrimonio de su hija Rachel con Isaac Abinun Senior, “y atendiendo a las virtudes a que es acreedora le otorgo la presente carta de dote por la cantidad de tres mil pesos, la cual pongo en sus manos en este mismo acto para que la goce sin dependencia ni intervención mía ni de ninguna otra persona, y disponga de ella a su arbitrio como de cosa suya propia adquirida en justo y legítimo título32. Una vez más, el valor social de la castidad femenina se convierte en argumento legal para legitimar un acto. Tres años y medio después, el 4 de agosto de 1863, es Abigail, “viuda de Josías L. Henríquez” quien hace entrega de una dote montante a 2000 pesos, anticipando la próxima boda de su hija Sara, hermana de Rachel, con Isaac López Henríquez33.
En esta segunda carta dotal no se apela a la virtud femenina como argumento legal, pero se reitera la asimetría de género cuando Sara expone: “Mas por mi sexo y posición social, yo no puedo adelantar ni conservar con seguridad la expresada suma como lo hará mi presunto esposo Señor Isaac López Henríquez, desde ahora la pongo en sus manos para que la tenga en su poder con el derecho y con las obligaciones que las leyes de este país dan e imponen a los maridos que toman a su cargo las dotes adventicias o profecticias de sus esposas”. Las dotes adventicias y profecticias son una institución del pueblo hebreo, que al igual que la figura del paterfamilias, pasó al derecho romano. Las adventicias provienen de la madre, los abuelos maternos o de extraños, las profecticias sólo del paterfamilias o de un ascendiente paterno de la mujer.
Sara hace expresa manifestación de su posición disminuida en función de un estatus adscrito: el sexo, y un estatus adquirido: la condición social, que en este caso dicen con claridad que una mujer judía de clase media no estaba capacitada para la administración de dinero. En este sentido, la mujer judía coriana tampoco se distinguía de la mujer católica, no digamos venezolana. Los documentos coloniales incluyen la explicitación de la díada sexo-posición social, o simplemente el sexo, como limitante para las mujeres, y esta díada se mantuvo a lo largo del siglo XIX; por ello, no es de extrañar que la expresión utilizada por Sara de Josías L. Henríquez siga el espíritu de documentos corianos de la colonia, como el de Marina Félix de León pidiendo en 1679 la asignación de tutor para los bienes de sus hijos menores “por ser mujer viuda y sola”, el de la viuda de Gabriel Molina en 1703 pidiendo lo mismo por ser “una pobre mujer viuda y no puedo administrar los bienes que le han tocado a mis hijos menores”34, y el de 1794, por el cual María de la Soledad Borges y María Ana de Guirola, madre e hija respectivamente, explicitan que esta última no puede fungir como curadora de sus hijos: “y no pudiendo administrar sus bienes con la exactitud, vigilancia y esmero que corresponde para su conservación y aumento, por la calidad de su sexo, opuesto siempre a semejantes funciones” solicitaron a la autoridad el nombramiento de un tutor35.
Finalmente, el documento de dote donde Isaac López Henríquez -viudo de Sarah López Henríquez- asegura para su hija la suma dotal de su madre, mil pesos, toda vez que se encuentra por contraer nuevo matrimonio; es singular en el conjunto dotal porque no argumenta la boda inminente de su hija, sino la suya propia. En este caso se anticipa la entrega de la dote para dejar ese capital completamente separado de la nueva alianza matrimonial y sus implicaciones económicas36.
El recorrido por estas cartas dotales permite hacer seguimiento a la degradación del documento a lo largo de un corto periodo; se puede ver desde la tradicional estructura del texto, con la heterogeneidad de la dote y toda la parafernalia en torno a la mujer y los valores femeninos que la hacían acreedora a la misma; hasta la brevedad del documento centrado en el traspaso de un capital estrictamente dinerario. La tendencia en ellos, sin embargo, es remarcar el perfil del paterfamilias, y en su ausencia de otro varón, como único responsable de los aspectos financieros, colocando a la mujer fuera de la esfera laboral, dándole lo que Yalom denomina “El sello distintivo de una dama (…) no tenía que trabajar para vivir”37.
Conclusiones
El recorrido documental permite ejemplificar en documentos de espíritu premoderno tres expresiones de la idea moderna del amor: 1) la transgresión de la norma homogénica, 2) el reconocimiento público del deseo mutuo y 3) la unión del amor y el erotismo a partir de la atracción física. Las parejas expresan su amor y a la vez sus temores en materia religiosa y social; expresan su amor y a la vez exaltan los valores más acendrados de la premodernidad y de los cuales la modernidad no se desprendió, como la castidad femenina, que una y otra vez destaca como valor social-religioso y económico.
El amor moderno, afirma Octavio Paz, es obstáculo y transgresión38. Isaac Abenum Delima Jr. y Sara Cohen Henríquez, en 1835, se reconocen públicamente en el amor, con lo cual dan un paso hacia adelante, pero firman esponsales para evitar la transgresión. Isaac Moreno y Sarah Maduro van un paso más allá y transgreden el orden al violar una regla: la castidad, e irrespetar una institución: el matrimonio; todo lo cual será reparado por el paterfamilias en un acuerdo entre hombres, formalidad que culmina con una boda donde, por encima de lo sucedido, se afirma la virginidad de Sarah, “doncella honesta”39. Por el contrario, las cartas dotales dan cuenta de una mujer plenamente apegada a los valores de la tradición, destacando la virginidad explicitada por Jacob Naar y David L. Penha en la frase “y en atención a la virtud, honestidad y loables prendas de que está exornada mi futura esposa”, y por Josías López Henríquez con respecto a su hija Raquel. La virginidad comprometía no sólo a la mujer sino también a su núcleo familiar, por ello su salvaguarda se iniciaba desde antes de la cohabitación, dejándose ver en la escritura esponsalicia y en la carta dotal como valor destacado de la mujer comprometida, y que podía al extremo agregar valor económico a la alianza matrimonial, de lo cual son ejemplos las dotes propter nuptias.
Los documentos públicos asociados al matrimonio hablan de un proceso en curso donde se advierten los cambios que se daban en materia de sentimiento amoroso. Parejas que dejaban ver su atracción pasional, mujeres en la transición de la premodernidad a la modernidad, avanzando entre sus propias contradicciones mientras Venezuela se transformaba en todos los órdenes; modificando su escala de valores. El avance que representan estas parejas y estas mujeres está en su explicitación del sentimiento amoroso, que forma parte de una nueva idea del amor; explicitación que permite hacer visible la atracción y la pasión.
En estas parejas el amor es elección y desafío: Rosa y Pedro, Leopoldo y Begoña son claras muestras de ruptura en la elite coriana con el uso de la norma homogénica en las alianzas matrimoniales. Para la comunidad judía, el caso más representativo –por ser uno de los primeros y ser hijo del líder de la migración- es el de Jacobo Curiel. Isaac Abenum de Lima y Sara Cohen, Isaac Moreno y Sarah Maduro, aun respetando la norma homogénica y la endogamia grupal, externaron sentimientos que formaban parte de los tabúes premodernos. Tod@s, de una u otra forma, dejaron ver en los documentos que en ell@s el amor era, como escribió Octavio Paz, “un destino libremente escogido”40. Y más allá, en el caso Moreno-Maduro encontramos el desafío y la transgresión de que nos habla Paz al reflexionar los elementos del amor moderno.
En particular y respecto a la comunidad sefardita coriana, la imagen de una mujer judía cerrada en su grupo se diluye y pierde, para dar paso a otra que, más allá de las singularidades sociales, religiosas y culturales propias de su colectivo de origen, coincide con la criolla al ser arropadas por los valores sobre el amor comunes al mundo occidental que, en aquellos tiempos, se desplegaron para ser común denominador en sus vidas individuales.
Pese a estos hallazgos de interés para las primeras cinco décadas de la migración, los documentos sólo permiten afirmar que el amor romántico fue excepcional entre las judías corianas, mientras que sí prosperó hacia el último cuarto del siglo XIX –fuera como matrimonio o vida consensual- entre mujeres gentiles y hombres sefarditas, convirtiéndose este fenómeno en un elemento decisivo que ayuda a explicar el cambio cultural del grupo.
En el caso de la mujer judía coriana la tendencia desde el último cuarto del siglo XIX fue a la soltería, resultante de la merma demográfica de varones en el grupo curazoleño-coriano, la opción abierta a los varones judíos de Coro para enlazar con mujeres gentiles, y el peso de todas las tradiciones que controlaban su vida, destacando la endogamia grupal, que le impidió escoger libremente su pareja, y que no pudo ser continuada bajo el escenario demográfico planteado.
SIGLAS Y REFERENCIAS
A.G.N, DYM Archivo General de la Nación, Disensos y Matrimonios.
A.G.N, SIJ Archivo General de la Nación, Sección Interior y Justicia.
A.H.E.F-UNEFM, SIP Archivo Histórico del Estado Falcón-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, Sección Instrumentos Públicos.
A.H.E.F-UNEFM, ST Archivo Histórico del Estado Falcón-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, Sección Testamentarías.
ARCHIVOS
AGN-Sección Disensos y Matrimonios (DYM), Tomo XXV (1793-1794).
AGN, Sección Interior y Justicia (SIJ), Tomo XCI (1834).
AHEF-UNEFM, Sección de Instrumentos Públicos (SIP), Tomo II (1708-1710), Tomo XLII (1786-1788), Tomo XLV (1793-1795), Tomo LIII (1815-1816), Tomo LIV (1817-1818), Tomo LXIII (1840-1842), Tomo LXV (1847-1850), Tomo LXVIII (1858-1862), Tomo LXIX (1863-1865), Tomo LXX (1866-1869).
AHEF-UNEFM, Sección Testamentarías (ST), Caja 1, Testamentarías de Diego de Nava y Ávila y de Gabriel Molina; Caja 2, Testamentaría de Joseph Martínez Estrella; Caja 58, Testamentaría de don Joseph Francisco Garcés.
FUENTES PRIMARIAS IMPRESAS
- BAÑOS Y SOTOMAYOR, Diego de. 1848. Constituciones Sinodales del Obispado de Venezuela y Santiago de León de Caracas. Caracas: Reimpresión por Juan Carmen Martel, p. 486.
- La Codificación de Páez. 1974. Caracas: Edición BANH. Col. Fuentes para la Historia Republicana de Venezuela, tomo I, p. 444.
FUENTES SECUNDARIAS
- Alalque, Daisy. 2004. “La saveduria de la mujer en la tradición sefaradi folklorika”. En: Magén Escudo. Nº 131, pp. 36-38.
- De Lima, Blanca. 2004. “Libertades en la jurisdicción de Coro: 1750-1850”. En: Revista de Historia Mañongo. Vol. XII, Nº 23, pp. 79-96.
- Emmanuel, Isaac. y Suzanne Emmanuel. 1970. History of the Jews of the Netherlands Antilles. USA: American Jewish Archives, tomo I, p. 1165.
- Flandrin, Jean Louis. 1985. La Moral Sexual en Occidente. Barcelona: Juan Granica Ediciones, p. 418.
- García-Oliver, Ferran. “Mujeres de Sefarad”. En: Isabel Morant (Dir.) 2005. Historia de las Mujeres en España y América Latina. Madrid: Edit. Cátedra, tomo I, p. 859.
- Johnson, Paul. 1991. La Historia de los Judíos. Caracas: Javier Vergara Editor-Alfadil Ediciones, p. 655.
- Kaplan, Yosef. 1996. Judíos Nuevos en Ámsterdam. Estudio sobre la Historia Social e Intelectual del Judaísmo Sefardí en el Siglo XVII. España: Edit. Gedisa, p. 191.
- Parra-Aranguren, Guillermo. 1981 “La celebración del matrimonio conforme al Derecho Internacional privado Venezolano”. En: Rev. del Colegio de Abogados del Distrito Federal. N° 144, pp. 64-94.
- Paz, Octavio. 2003. La Llama Doble. Amor y Erotismo. México: Seix Barral, p. 223.
- Pellicer, Luis. “El amor y el interés. Matrimonio y familia en Venezuela en siglo XVIII”. En: Dora Dávila (Coord.). 2004. Historia, Género y Familia en Iberoamérica (Siglos XVI al XX). Caracas: Edición UCAB-Fundación Honrad Adenauer, p. 375.
- Verdooner, Dave y Harmen Snel. 1992. Trouwen in Mokum, Ondertrouw in Ámsterdam 1598-1811. La Haya: Uitgeverij Warray, tomo I, p. 316.
- Yalom, Marilyn. 2003. Historia de la Esposa. España: Ediciones Salamandra, p. 506.
FUENTES ELECTRÓNICAS
- Sanchiz, Javier. La Dote entre la Nobleza Novohispana. En:
- Segalen, Martine.1992. Apuntes sobre Antropología Histórica de la Familia. En:
- La cultura judía en los reinos cristianos.
FUENTES ORALES
- Entrevista al Dr. Salomón Domínguez, nieto de José Curiel Abenatar, de la comunidad sefardita de Coro. Coro, 05-05-2000.
NOTAS
1 De Lima, 2004.
2 Parra-Aranguren, 1981.
3 Constituciones Sinodales del Obispado de Venezuela y Santiago de León de Caracas, 1848.
4 AHEF-UNEFM, SIP, T. XLII, f. 203v-204.
5 Verdooner y Snel, 1992.
6 La Codificación de Páez, Tomo I, 1974, 12.
7 Parra-Aranguren, 1981.
8 Johnson, 1991, Capítulo 1.
10 García-Oliver, 2005, 502-503.
11 La cultura judía en los reinos cristianos,
12 Alalque, 2004, 36.
14 AGN-DYM, T. XXV, f. 23v; AHEF-UNEFM, ST, Caja 58.
15 Pellicer, 2004, 138-139; AHEF-UNEFM, SIP, T. LIII.
16 AHEF-UNEFM, SIP, T. LIV, f. 189-190.
17 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXIII, f. 145v-146v.
18 Emmanuel y Emmanuel, Tomo I, 1970, 269.
19 García-Oliver, 2005, 505.
20 Flandrin, 1985, 98.
21 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXIII, f. 222v-223.
22 AGN, SIJ, Tomo XCI, f. 267-268v.
23 Kaplan, 1996, 133.
2424 Yalom, 2003, 208.
25 Entrevista al Dr. Salomón Domínguez, nieto de José Curiel Abenatar, de la comunidad sefardita de Coro. Coro, 05-05-2000.
26 García-Oliver, 2005, 505.
27 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXV, f. 221-222v.
28 AHEF-UNEFM, SIP, T. II, f. 72-73v.
29 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXV, f. 334v.
30 AHEF-UNEFM, ST, Caja 2.
31 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXV, f. 334v.
32 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXVIII, f. 267v.
33 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXIX, f. 72-72v.
34 AHEF-UNEFM, ST, Caja 1.
35 AHEF-UNEFM, SIP, T. XLV, f. 102-102v.
36 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXX, f. 58-58v.
37 Yalom, 2003, 213.
38 Paz, 2003, 119.
39 AHEF-UNEFM, SIP, T. LXIII, f. 222v.
40 Paz, 2003, 38.

viernes 26 de diciembre de 2008

Poblamiento rural falconiano de fines del siglo XIX y oleadas migratorias hacia los campos petroleros durante la primera mitad del siglo XX


Conferencia dictada en el curso Historia y Geografía del Poblamiento de Venezuela. Universidad Católica Andrés Bello.

Maestría en Historia de Venezuela.

Noviembre del 2007

Prof. Dra. Blanca De Lima

Centro de Investigaciones Históricas Pedro Manuel Arcaya

UNEFM. Coro.

INTRODUCCIÓN

Hablar de la historia del poblamiento rural falconiano es hablar de migraciones, pobreza, agricultura, ganadería, comercio y petróleo. Es hablar de un estado que forma parte de una región –la centro occidental-, caracterizada por la dispar fortaleza de los estados que la integran, constituyéndose Lara en el estado-eje, centralizador de los grandes procesos administrativos y receptor de migrantes de los estados vecinos. Pero es hablar también de un estado heterogéneo y polarizado en términos de su poblamiento.

En esta disertación recorreremos los distintos planos geográficos del estado Falcón, recreando la historia de su dinámica poblacional a partir del área rural y el impacto del petróleo.

Se me ha pedido no rebasar la primera mitad del siglo XX; sin embargo, el pasado no cesa de arrastrarme hacia el presente. Así, pues, pido disculpas por las disgresiones que sobre la actualidad escapen en este texto. Sirvan para no olvidar que los historiadores nos movemos siempre en sentido bidireccional: del pasado al presente y del presente al pasado.

CONCLUSIONES PARA INICIAR

El territorio del hoy estado Falcón ha sido, históricamente, un área de baja población, con un crecimiento inferior al nacional. Baste decir que para 1873 contaba con el 25% de la población de la región centro occidental teniendo 99.920 habitantes, y 108 años después, en 1981, el porcentaje era de 22,1% cuando la población era de 503.896 personas[1]. Para el último cuarto del siglo XIX Falcón y su capital no presentaban –a diferencia de otros estados- un incremento poblacional a tono con las aspiraciones de progreso de la época. Era un poblamiento esencialmente rural y altamente disperso en toda la geografía del estado. El primer censo nacional (1873) apoya esta afirmación. Contaba Coro –como excepción- con una población de 8172 habitantes y el estado con un total de 99.920, distribuidos en diez departamentos: Acosta, Buchivacoa, Churuguara, Colina, Coro, Democracia, Falcón, Petit, Riera y Zamora.

La visualización de estos departamentos revela un escaso poblamiento –entre 11.000 y 15.000 habitantes por departamento- en el eje sur-norte, constituido por los departamentos Petit (zona serrana), Coro (sede de la capital del estado) y Falcón (península de Paraguaná); flanqueado por dos polos de similar comportamiento: Zamora al este y Buchivacoa al oeste.

El otro 50% del estado presentaba cifras aún más bajas, destacando el despoblamiento de la costa oriental desde Capadare hasta Tucacas y por el sur hasta los límites mismos del estado, donde un único Departamento, el Acosta, constituido por los distritos Capadare, Carorita, Jacura, San Juan, San Francisco, Tocuyo y Tucacas, tenía escasamente 8847 habitantes. Esta inmensa área –que abarca casi en su totalidad los llamados valles fluvio marinos del estado- ha tenido como característica histórica el despoblamiento; ocasionado por sus densas zonas selváticas –hoy desaparecidas- la insalubridad de un entorno húmedo y caluroso, propicio a enfermedades epidémicas que desde la época colonial diezmaron la escasa población esclava, los pocos centros poblados y la ausencia de vías de comunicación terrestre; situación que, sin embargo, ha cambiado dramática y negativamente desde hace unos treinta años, y que por sí sola ameritaría una disertación especial a partir del hecho de que los cinco poblados más importantes de la zona (Tucacas, Yaracal, Chichiriviche, Boca de Aroa y Palmasola) han incrementado en el lapso 1971-2001 su población el triple y hasta ocho veces.

Para 1892, de 22 poblados ubicados en el eje costero, 14 no llegaban a 500 habitantes, uno superaba escasamente los 500, cuatro rebasaban los 1000 (Capatárida, Dabajuro, Tucacas y San Miguel del Tocuyo), dos los 2000 (La Vela de Coro y Cumarebo), y Coro alcanzaba los 8752. El interior del estado se encontraba igualmente despoblado.[2]

En el estado Falcón, a diferencia de otras entidades nacionales, la acumulación de excedentes producto de la economía agroexportadora no estimuló el crecimiento demográfico, a esto debe agregarse las epidemias, hambrunas y eventos climáticos críticos –como la atroz sequía del año 1912 y la del año 1926-. El proceso de acumulación de capitales derivado del comercio de exportación con el exterior, el cual caracterizó a la economía coriana desde el siglo XIX y hasta los años 20 del siglo XX, no revirtió sus beneficios sobre la zona, la cual conservó el poblamiento rural disperso que desde la época colonial se había dado. Al llegar el patrón exportador de hidrocarburos, a la inicial reconfiguración demográfica con migraciones intra y extra estado le siguió –al agotarse los campos- la emigración, y Falcón se configuró en forma progresiva como una entidad expulsora de población hasta el censo 1971, unida a una marcada ruralidad que siguiendo los criterios censales apenas en 1971 llegó a menos del 50%. Aún hoy, en todo el estado se puede hablar de entornos urbanos ruralizados si nos atenemos a la calidad de la vivienda, servicios públicos, infraestructura médico-sanitaria, vías de penetración y otros elementos.

La sierra coriana

En la postindependencia coriana surgió, sobre la base del poblamiento espontáneo del sur serrano, lo que llama Cunill la nueva frontera agrícola del café: Los espacios vacíos meridionales comienzan a ser más densamente ocupados y se avanza hacia la cordillera de Buena Vista y sierra de Churuguara, formándose en estas comarcas un próspero paisaje de haciendas cafetaleras y el surgimiento de nuevas villas y pueblos, muchos de ellos antiguos poblados ayamanes, jirajaras y gayones, como Churuguara, que quedó favorecida por su ubicación sobre el camino Coro-Barquisimeto, Mapararí y Bucaral[3].

El último cuarto del siglo XIX presenta ya consolidado el paisaje demográfico de la sierra coriana, que ha sido poblada en su área más sureña durante la primera mitad y presenta una miríada de pequeños poblados altamente dispersos en las sierras y serranías, dedicados al cultivo del café, la caña de azúcar y otros productos agrícolas. La mayor parte de esta población era negra o mestiza, resultante del esclavismo colonial, pero también había descendientes del antiguo estado llano y migrantes de origen italiano y árabe, provenientes del desaparecido imperio otomano. Apellidos árabes como Abraham, Bohana, Sarquis, Elies, Eljuri, Saher, Jatem y Jatar, entre otros; e italianos como Faraco, Gonnella, Cardosi y Magrini se ubican tanto en documentos públicos como en la correspondencia privada y comercial del Fondo Senior. No hay hasta la fecha ninguna aproximación histórica hacia estas migraciones.

Encontramos pequeños propietarios de tierras resultantes de la redistribución habida tras la guerra Federal, campesinos pisatarios, peones, arrieros y pequeños comerciantes que dependían de las grandes casas importadoras-exportadoras ubicadas en la ciudad de Coro.

Para 1873 el departamento Petit, corazón de la sierra coriana, integrado por los distritos Cabure, Curimagua, Pecaya, San Luis y Soledad; era el tercero más poblado del estado, con 13.786 habitantes y 2147 casas. Por el contrario Churuguara, el otro departamento serrano, presentaba una dinámica poblacional a la baja, con escasos 6759 habitantes y apenas 1002 casas.

Diez años después, el censo 1881 comienza a mostrar comportamientos negativos en la dinámica poblacional, al presentar cinco de los diez distritos serranos un balance negativo de crecimiento de su población con respecto al primer censo nacional. Situación particularmente llamativa por cuanto la merma comenzaba por poblados de primer rango, como San Luis y Cabure –con una pérdida superior al 10%-, y Churuguara como caso especial, con más de la mitad de su población, bajando de 5330 a 2105 habitantes.

No hay estudios para detectar el porqué de esta merma demográfica, ignorándose si fue producto de migraciones hacia zonas de mayor fortaleza económica intra o extra estado, de mortalidades asociadas a epidemias u otra causa. No encontramos en el plano económico una causa de peso, toda vez que el lapso 1873-1881 fue de expansión de la actividad cafetalera en esa zona con consolidación de la exportación del grano hacia Curazao por el puerto de La Vela, y no hubo desórdenes políticos ni naturales –como plagas, lluvias o sequías intensas- que propiciaran la emigración. Otra posible explicación es una deficiente recopilación del dato censal, bien en el primero o en el segundo censo. Los especialistas afirman que el primer censo se organizó y ejecutó sin pautas profesionales, que probablemente hubo improvisación, pero en el segundo censo también se observan «comportamientos erráticos» en ciertas cifras[4]; así que es posible que alguno de los dos esté la explicación a esta aparente pérdida demográfica en la serranía falconiana.

Lo cierto es que para el tercer censo de población (1891) la situación se había revertido en su totalidad, presentando los poblados dentro de la nueva división político-administrativa (distrito-municipio-pueblo-vecindario-caserío-sitio-hato) un comportamiento positivo, con Churuguara triplicando su población, que alcanzó los 6481 habitantes; y San Luis incrementando la suya en 1661 pobladores, casi un 50% con respecto al censo anterior.

Este aparente renacimiento demográfico del área serrana se dio en el apogeo del cultivo del café, con 1283 plantíos de ese fruto, 975 plantíos de caña y 135 trapiches entre los dos distritos; además de ubicarse en el distrito Churuguara una empresa de corte de madera.

Para fines del siglo XIX todos los poblados serranos presentaban un balance poblacional favorable. Por el occidente, el impacto sobre el piedemonte de la sierra de San Luis favoreció a Pecaya y Pedregal, pequeños poblados que combinaban la ganadería de caprinos con la agricultura de riego. Desde Purureche y Agua Larga se dieron poblamiento aún más al sur: Maica, Suruy, El Reloj, Mamón, El Buco y otros. La sierra de Churuguara con sus pueblos, caseríos y cafetales destacó como productora de café, ubicándose el pueblo de Churuguara como la segunda población del estado para 1891.

Tras el profundo lapsus censal de 35 años –no se incluye el censo de 1920 por estar severamente cuestionado- el censo nacional de 1926 es indicativo del desplome demográfico que experimentaba la sierra falconiana, ya impactada por la crisis del café y el severo estancamiento general de la actividad agro-exportadora. Los municipios San Luis y Churuguara retrocedieron a 2443 y 4455 habitantes respectivamente, lo que implicó una pérdida para San Luis de más de la mitad de su población, y para Churuguara de un tercio. La sierra coriana no logró recuperarse del cambio de economía agro-exportadora a exportadora de hidrocarburos; persistiendo hasta la actualidad un poblamiento rural o ruralizado, altamente disperso, con tendencias a migraciones intra estado desde el sur-este hacia la costa oriental falconiana y desde San Luis y Churuguara hacia el estado Lara.

El occidente falconiano

La franja de unos 40 kilómetros de ancho que integra la llanura litoral del occidente falconiano tuvo durante el periodo agroexportador vocación para la ganadería menor, particularmente la caprina. Para el último cuarto del siglo XIX estaba representada por dos departamentos: Buchivacoa, con siete distritos: Capatárida, Zazárida, Dabajuro, San José de Seque, Borojó, Casigua y San Félix; y Democracia, con seis distritos: Pedregal, Purureche, Urumaco, Agua Clara, Abaria y Piedra Grande.

El poblamiento del occidente del estado se soportó en los originales pueblos indígenas caquetíos ubicados en la zona, y que el poder colonial convirtió en pueblos de doctrina. Escasos fueron los pueblos de blancos, uno de ellos Casigua, al extremo occidental del estado. La crónica de Guillermo Sievers, quien recorrió esta zona en el año 1892, describe una serie de pequeños poblados que llamó «lugarejos ganaderos», en su mayoría dedicados a la cría bien de chivos, ovejas, burros, mulas y/o caballos; algunos, como Capatárida, con exportación de cueros y pieles. Esta ganadería se acompañaba de sembradíos de autoconsumo con yuca y maíz «por doquier los productos más importantes de la agricultura», a la par de auyama, guisantes, caraotas, melón y algodón, entre otros productos.

Era una zona poblada por descendientes de indígenas, blancos del antiguo estado llano, mestizos y nuevamente una pequeña cuota de inmigrantes de origen italiano y árabes; todos dedicados a las mismas actividades del área serrana. Contrastaba para el primer censo nacional la fortaleza del Departamento Buchivacoa, con 12.563 habitantes; mientras que Democracia apenas alcanzaba los 9744. Esta es una situación histórica, en función de que los poblados de Buchivacoa, más cercanos al mar, han presentado siempre mayor población, han fungido como receptores intermitentes de migrantes, tenían para la época mayores opciones económicas normadas y no normadas y, en términos de comunicación, estaban cercanos o sobre el camino real hacia Maracaibo.

El desglose de la población de ambos departamento arroja un escenario de escasa población, viviendo en muy pequeños poblados, sometida al rigor de prolongados veranos, escasez de agua y clima semi desértico. Capatárida, el más poblado para el periodo agroexportador, apenas alcanzaba los 1620 moradores para 1891. Lo usual eran poblados como Borojó, con 226 habitantes; San Félix, con 350; o Urumaco, con 429. Esta situación demográfica se mantuvo hasta que, como dice una tradicional canción falconiana «mene y tierra se juntaron en ubérrimo panal»… y todo cambió.

Para 1920, iniciándose en Falcón las exploraciones y explotaciones de hidrocarburos, ya había concesiones petroleras en los distritos Colina y Democracia. Pero fue hasta 1922 que se inició la explotación petrolera en forma comercial, ubicándose en El Mene de Mauroa, municipio San Félix del distrito Buchivacoa, el primer campo de este tipo. Al sobrevenir el hallazgo de petróleo en la zona limítrofe Falcón-Zulia, todos los proyectos carreteros en curso o en diseño se alteraron de manera definitiva. El trazado de la nueva vía terrestre hacia Los Puertos de Altagracia cambio drástica y radicalmente, marcando el comienzo de la destrucción de parte de la red de veredas y caminos ubicados al occidente del estado, cuyo eje sobre el plano costero era el antiguo camino real, y que por siglos fue la principal área de enlace con los espacios larenses del valle de Carora. Casigua, el más importante poblado occidental en la colonia y profundamente enlazado a la dinámica de los arreos, quedó fuera del nuevo trazado. Lo mismo ocurrió con Capatárida, Urumaco y Mitare, antes ubicados sobre la ruta del camino real pero relegados en la nueva ruta occidental. La carretera Coro-Maracaibo, obedeciendo a los nuevos criterios económicos, se alejó de la costa y del camino real que bordeaba el mar, y se enrumbó hacia Dabajuro y Mene de Mauroa.

El campo de El Mene de Mauroa, explotado por la British Controlled Oilfields, estaba situado en el entonces municipio San Félix, próximo al estado Zulia; de ahí que el petróleo saliera por un pequeño oleoducto hasta el lago de Maracaibo. La fuerza económica que el petróleo dio a Mene de Mauroa y la presión demográfica sobre la zona dio cuerpo en forma progresiva a lo que hoy es el municipio autónomo Mauroa. Su explosivo crecimiento demográfico asociado a la explotación petrolera llevó al municipio de 855 habitantes en 1920 a 2613 en 1926. De ser sólo un punto en el distrito Buchivacoa pasó a ser capital de municipio San Félix el 12 de enero de 1928, decretándose la construcción de su casa municipal en 1939[5].

La dinámica económica del municipio se alteró en su totalidad. Las discusiones entre la British, los agricultores y la Junta Comunal del municipio San Félix por las amplias concesiones de tierras a la petrolera, mismas que restaban libertad a la autoridad municipal en materia de ornato y ensanche del pueblo y afectaban derechos de los productores agropecuarios, y que resultaban siempre en dictámenes a favor del capital extranjero, permiten ver el declive de la actividad agrícola en Falcón, en reflujo ante el ímpetu del capital petrolero y el desinterés del Estado por el sector agropecuario. Opacada, la economía agropecuaria de la zona aprendió a convivir con la industria del petróleo.

Paralela a esta actividad petrolera en el occidente del estado, hacia el oriente se inició la explotación del campo Mene de Acosta, distrito Silva, en 1929; y en 1931 el campo Cumarebo, distrito Zamora, en la costa centro-norte del estado. El campo Mene de Acosta no tuvo el éxito esperado y la producción fue suspendida en 1937; mientras que Cumarebo, aunque con baja producción, siguió activo hasta los años cincuenta[6].

De interés para este tema no es el impacto que tuvieron estos campos en la economía de la nación –muy marginal respecto al lago de Maracaibo-, ni la cortedad de su producción, que en conjunto sólo alcanzó el segundo lugar nacional en 1930, detrás del estado Zulia[7]. La actividad extractiva petrolera en Falcón nunca tuvo importancia decisiva, y se diluye en el cúmulo de expectativas que en el conjunto del país generó el inicio de la economía monoexportadora de hidrocarburos. Más importante fue y sigue siendo, en una segunda etapa, su capacidad como centro refinador y de embarque para exportación. Lo esencial a rescatar es que en su corta o dilatada actividad, la actividad extractiva generó cambios definitivos en la geografía, comunicaciones, demografía y el perfil económico del estado y su región de influencia.

Nos interesa enfatizar aquí el aspecto demográfico. La memoria oral es contundente. Los más viejos de hoy cuentan cómo entre las sequías, la merma del comercio agroexportador y el empuje del petróleo las zonas rurales se fueron despoblando y los antes arrieros, campesinos o pequeños comerciantes en cuestión de meses tornaban en obreros, albañiles o choferes. El campo falconiano se descapitalizó en términos demográficos y económicos, el estado dio la espalda al agro y concentró sus intereses en una primera etapa en la extracción y embarque, y en una segunda en la refinación del petróleo.

La dinámica poblacional del estado quedó sujeta en su totalidad al juego del petróleo, pudiendo distinguirse dos grandes etapas: una primera entre 1920-1936, que podríamos calificar de expansión, con un máximo de crecimiento relativo de 39.3% en el año 1926[8]; y entre 1936-1981 otra de contracción, resultante de una emigración que mermó el crecimiento poblacional, quedando Falcón con una tasa media anual de 1,9%, cuando la tasa nacional era de 3,1%. En este sentido coincido con Guevara y de Guevara cuando indican que: «Estas cifras son indicativas de las grandes migraciones que se han producido desde el Estado Falcón a otros estados de la región Centrooccidental y diferentes regiones del país»[9]. De hecho, el estado nunca ha vuelto a repetir una cifra de crecimiento como la del año 1926.

La península de Paraguaná

Por el norte, buscando las escasas fuentes de agua y teniendo como puerto oriental a Adícora y occidental a Los Taques, diversos poblados de la península de Paraguaná presentaban la misma vocación ganadera del occidente del estado; una ganadería diversificada llevada bajo severas condiciones ambientales (escasas precipitaciones y alta evaporación) que suplía las necesidades locales y de las vecinas Antillas Holandesas. Esta ganadería se combinaba con la agricultura de temporal y la pesca, almacenándose el agua en rudimentarios tanques como única manera de combatir la sequía. Hatos y hatillos formaron parte del paisaje peninsular por siglos, así como escasos poblados –algunos de ellos antiguos pueblos de indios- y pequeños puertos al oriente y occidente que soportaban el contrabando de importación-exportación. Una población escasa, altamente dispersa, suficiente para adelantar una economía de autoconsumo bajo condiciones climáticas extremosas.

La totalidad de la península paraguanera se unificaba en el Departamento Falcón, constituido por ocho distritos: Buena Vista, Pueblo Nuevo, Jadacaquiva, Santa Ana, Moruy, Baraibed, González y Miranda. Era el segundo departamento más poblado para el censo 1873, con 13.912 habitantes, que subieron a 15.049 para el censo 1881. Un departamento que desde la postindependencia recibía migrantes de las cercanas Antillas Holandesas, así como una fuerte población flotante oriunda de las mismas islas, y que se revela no sólo en los apellidos, sino en datos de interés como los 159 holandeses y 26 protestantes censados en el distrito Falcón para 1891.

Nuevamente se repite, en términos sociales, la presencia de una cuota de población indígena proveniente de antiguos pueblos de doctrina, mestizos y, en este caso particular, holandeses; todos teniendo como eje económico fundamental el comercio normado, el contrabando tanto de exportación como de importación, acompañados de las actividades agropecuarias y de pesca antes mencionadas.

El poblamiento rural y altamente disperso de Paraguaná no sufrió cambios sino hasta los años 20 del siglo XX, cuando se inicia en esa península un proceso que la apartó por completo de su secular dinámica poblacional y del esquema demográfico del resto del estado. Imposibilitado el lago de Maracaibo para embarcar el petróleo por su bajo calado, se construyeron en Paraguaná diversos muelles destinados a ensanchar el radio de acción de la explotación petrolera zuliana y falconiana, esta última iniciada hacia 1918. Se autorizan así, en el curso de 1923, la construcción de los muelles de Cardón, Amuay, Punta Gorda y Las Piedras, con sus obras accesorias. Punta Cardón y Amuay, mirando hacia el golfo de Venezuela con sus aguas profundas, fueron rápidamente habilitados como puntos de embarque para el petróleo marabino, primero a través de pequeños tanqueros que trasvasaban el producto a otros más grandes; este petróleo era refinado en Curazao, Aruba y New Jersey (EUA). En 1948 entró en servicio el oleoducto Ulé (Zulia)-Amuay, y en los años cincuenta el oleoducto Palmarejo (Zulia)-Punta Cardón. De forma progresiva la pesca, la cría de chivos, el cultivo del maní, ajonjolí y mijo, la cosecha del dividive (Caesalpinia coriaria) y otras actividades del periodo agroexportador fueron abandonados por la población, sumida en la dinámica del petróleo.

Paraguaná se conformó como polo de atracción demográfica sobre el eje petrolero, generando un mercado local fuerte y pasando gradualmente a convertirse en el punto más atractivo, económicamente, del Estado. Las actividades tradicionales prácticamente desaparecieron.[10]

El despoblamiento de las áreas rurales de la península de Paraguaná es posterior a la década de 1950, tras los oleoductos y la creación del complejo refinador Paraguaná, por ello no los distraigo con este punto en particular, que formaría parte junto a la costa oriental del estado del boom demográfico de la segunda mitad del siglo XX para Falcón.

Termino este repaso a Paraguaná con un párrafo de la carta que José Quezada, personaje de Alí Brett Martínez en su obra «Suriquiva Mar Afuera», dirigiera a Juan Vicente Gómez para denunciar los abusos de la compañía petrolera, y que nos retrata en la literatura el violento cambio que vivió Paraguaná:

«Como conozco su patriotismo me he tomado la libertad de dirigirle esta carta con el fin de imponerlo de algunas cosas que vienen ocurriendo aquí desde la llegada de la Willing Petroleum Company. En Suriquiva hasta los mismos trabajadores reportados por la Willing están siendo desalojados de las cuevas que habían heredado de sus antepasados indígenas que poblaron estas playas. La escasa vegetación ha sido arrasada por las máquinas petroleras. Está desapareciendo hasta el paisaje de cujíes y urupagüitas. En las explanadas donde antes relinchaba el chivo frente a su corral y se encamaba el conejo, lucen ahora casas blancas de madera con techos verdes. Todo está cambiando y hasta nuestro viento ha empezado ya a secar ropa norteamericana. Ella se esponja en los tendederos de la Compañía como para mantener la presencia de los jefes petroleros en el bombacho de sus pantalones. Los americanos están desviando a nuestros pescadores hacia la captura de especies marinas que jamás habían sido comerciales en estas costas. La gente de la playa sube todos los días al Campamento con sartas de langostas. El lenguado, llamado antes tapaculo, nunca se comió en Suriquiva. Ahora es uno de los platos favoritos de los americanos, por eso la gente quiere dedicarse exclusivamente a la pesca de langostas y lenguados, en vez de la lisa, el jurel y el carite, pescados de gran utilidad comercial. Aquí está llegando gente de todas partes, especialmente de Margarita. No estamos contra los que vienen a ganarse la vida con su trabajo, pero si nos preocupa que los nativos estén abandonando sus canoas para irse a la Compañía entusiasmados por los cinco bolívares que les pagan. Ya el chivo no retoza en sus majadas y la guarura está siendo sustituida por el pito petrolero»[11].

Balance general

Falcón, su capital y sus puertos no se consolidaron como polos de atracción demográfica durante el último cuarto del siglo XIX debido, entre otros aspectos, a la relativamente pobre producción del estado y el peso del estado Lara, punto nodal hacia el sur entre el centro y el extremo occidental que avanzó a un ritmo muy superior a los estados vecinos. Bien valdría la pena un estudio para dilucidar las diferencias entre el impacto del comercio legal y el contrabando de exportación e importación hacia las islas holandesas vecinas. Los puertos corianos, en lo esencial, destacaron como puertos asociados al contrabando, herencia recibida del periodo colonial. Estaba y Alvarado lo resumen de esta manera: «La reorientación de la funcionalidad del incipiente sistema liderizado por Barquisimeto, tuvo efectos negativos sobre el antiguo papel de Coro, y su puerto La Vela, como centro de intercambio comercial de la región con el exterior. A pesar de su importancia como enclave financiero del Banco de Venezuela, Coro, entre 1891 y 1920, reduce su población de 8752 habitantes a 7760 y La Vela, que sostiene unos 2560 habitantes, en 1910 era un pequeño puerto, cuyas exportaciones no representaban sino el 1% del total nacional. En su defecto, en Falcón proliferan numerosos embarcaderos menores aptos para el cabotaje y el contrabando, actividades que propician un poblamiento rural muy disperso»[12].

El petróleo tampoco logró la pujanza demográfica durante la primera mitad del siglo XX porque el impacto de las explotaciones petroleras no se mantuvo en el tiempo, decayendo los distritos donde estas se ubicaron en pocas décadas. De 215.140 habitantes en 1936 (6.39% del total de población del país), el estado subió a 232.644 para 1941 (6.04% del total de población del país), lo cual indica un crecimiento por debajo del nacional pese a haber iniciado actividades petroleras desde 1920.

En términos generales el estado vio decrecer su población, que al decaer los campos falconianos activos entre los años 20 y 30 optó por la migración hacia el Zulia o el centro del país. Igualmente decayó la importancia de su principal puerto (La Vela), sustituido por Amuay y Las Piedras como puertos petroleros, y Guaranao como puerto aduanero. Escasamente hasta el censo de 1970 el estado presentó mayor población urbana que rural, con un 54.8%. Desde entonces y hasta hoy el estado se mantiene como emisor de población hacia estados vecinos y el centro del país.

Como dato de actualidad e interés, las migraciones ya han ocasionado que cuatro municipios del estado presenten envejecimiento demográfico por emigración, ellos son Bolívar, Píritu, Sucre y Tocópero. Bolívar y Sucre son nuevos municipios pertenecientes al plano de la sierra, Píritu y Tocópero son desagregaciones del desaparecido distrito Zamora, capital Cumarebo. Por su parte, la parte oriental de la sierra presenta signos de envejecimiento poblacional ocasionado por recurrentes oleadas migratorias hacia la costa oriental y el estado Lara.

FUENTES

PRIMARIAS

Archivo Histórico de Falcón-UNEFM, Actas Asamblea Legislativa del Estado Falcón (AAL) 1925-1929.

Archivo Histórico de Falcón-UNEFM, Memorias del Secretario General de Gobierno (MSGOB) 1939.

Ministerio de Fomento (1882). Memorias del Ministerio de Fomento 1881. Tomo II. Caracas, Imprenta de La Opinión Nacional.

Ministerio de Fomento (1950). VIII Censo General de Población. Estados Falcón y Guárico.

Sievers, Guillermo, «Coro y Barquisimeto». En: Humanidades. Mérida, Tomo I, Nº 2, abril-junio de 1959.

BIBLIOGRÁFICAS

- Bolívar, Pedro (1994). Población y sociedad en la Venezuela del siglo XX. Caracas, Edición Fondo Editorial Tropykos/FACES-UCV.

Brett, Alí (1978). Suriquiva mar afuera. Caracas, Ediciones Adaro.

- Cunill, Pedro (1999). Geografía del poblamiento venezolano en el siglo XIX, Tomo II. Caracas, Edición Comisión Presidencial V Centenario/FHE-UCV.

- De Lima, Blanca (1996). The Coro and La Vela Railroad and Improvement Company (1897-1938). Coro, edición UNEFM.

- Estaba, Rosa y Alvarado, Ivonne (1985). Geografía de los paisajes urbanos e industriales de Venezuela. Caracas, Ariel-Seix Barral Venezolana.

- Guevara, César y de Guevara, Catherine (1983). Geografía de la región centro-occidental. Caracas, Ariel-Seix Barral Venezolana.

- OCEI (1993). El Censo 90 en Falcón. Caracas, edición OCEI.



[1] César Guevara y Catherine de Guevara. Geografía de la región centro-occidental, p. 79.

OCEI. El Censo 90 en Falcón, p. XIII.

[2] Sievers, Guillermo. Coro y Barquisimeto. Revista Humanidades, ULA.

[3] Pedro Cunill, Geografía del poblamiento venezolano en el siglo XIX, 1999, Tomo II, p. 1356.

[4] Miguel Bolívar Chollett. Población y sociedad en la Venezuela del siglo XX, cap. 1.

[5] AHF-UNEFM, Actas Asamblea Legislativa del Estado Falcón (AAL) 1925-1929, p. 124; AHF-UNEFM, Memorias del Secretario General de Gobierno (MSGOB) 1939, p. 72-73.

[6] Ministerio de Fomento. VIII Censo General de Población. Estados Falcón y Guárico, p. XIX.

[7] Idem.

[8] OCEI, Ob. Cit., p. XIII.

[9] César Guevara y Catherine de Guevara. Ob. Cit., p. 79.

[10] De Lima, Blanca. The Coro and La Vela Railroad and Improvement Co. 1897-1938, pp. 45-48.

[11] Ali Brett. Suriquiva mar afuera, pp. 53-54.

[12] Rosa Estaba y Ivonne Alvarado. Geografía de los paisajes urbanos e industriales de Venezuela, p. 115.

lunes 31 de marzo de 2008

El negocio exportador de pieles en la región coriana


Ponencia presentada en:
IV Jornadas de Investigación Históricas en Homenaje a Don Mariano Picón Salas
Universidad Central de Venezuela
Facultad de Humanidades y Educación-Instituto de Estudios Hispanoamericanos-Escuela de Historia
Caracas, Venezuela
07-09 de noviembre del 2001



El contexto geográfico

La franja de unos 40 kilómetros de ancho que integra la llanura litoral del occidente falconiano tuvo desde la época colonial vocación para la ganadería menor, particularmente la caprina. Se realizaba sobre la base de la raza criolla, animales de talla baja, con deficiencias nutricionales, alta incidencia parasitaria, sin patrón definido de color y sometidos al pastoreo extenso. Una pléyade de pequeños rebaños de 30-50 animales que acompañaban a los también pequeños poblados dispersos en este plano costero, sometidos a las duras condiciones de los veranos extremosos, pero también la presencia de hatos con rebaños de consideración. Animales habituados al consumo de la vegetación local de espinares y bosques deciduos xerofíticos de dividive (Caesalpinia coriaria), cují (Prosopis juliflora) y otros, cuyas hojas y frutos eran solución alternativa en una región deficiente en pastos. En las prolongadas sequías, el ganado era trasladado al piedemonte serrano, en busca de pastos naturales no agredidos por la falta de agua.

Por el norte, buscando las escasas fuentes de agua y teniendo como puerto oriental a Adícora y occidental a Los Taques, diversos poblados y hatos de la península de Paraguaná repitieron la dinámica ganadera de la costa occidental. Similares condiciones de vegetación y clima, escasas precipitaciones y alta evaporación, predominancia de espinares y plantas xerófitas aprovechados por el ganado como alimento. Una tradición ganadera diversificada que venía desde la colonia había dado vida económica a la península, mencionada por Depons como suplidora de carne para las Antillas Holandesas por vía del contrabando de exportación, y por diversos documentos como región de ganadería diversificada (vacuno, ovino, caprino, caballar y mular), llevada con éxito bajo severas condiciones ambientales. Por el sur, la ruta de las pieles remontó las serranías y penetró a profundidad el valle de Carora y en menor medida el de Barquisimeto. Depresiones con similares características de clima, pluviosidad y vegetación; igualmente sembradas de rebaños de ganado caprino, cuya piel era curtida desde la época colonial con el dividive local y trabajada artesanalmente, produciéndose aperos para bestias, botas, zapatos y otros objetos para el comercio local y regiones aledañas.

La exportación de pieles de caprino no era novedad a fines del siglo XIX. La prensa local registró la intensidad e interés en ese ramo de exportación a través de diversos insertos que informaban precios y describían el comportamiento del mercado estadounidense, en particular el de New York. Ejemplo de esto es la reseña sobre la quiebra del Mechanic´s N. Bank de Newark (New York) en 1881, del cual se dijo eran acreedoras casi todas las firmas comisionistas que recibían pieles de Curazao y Venezuela, bajando las exportaciones de 10 a 6 millones de pesos[1]. Si nos atenemos a la memoria periodística local en 1884 se comentaba, al respecto de negociaciones con pieles hacia los Estados Unidos: «hace más de 40 años que existe ese negocio»[2]. Esto remite a los años cuarenta, quizás treinta, del siglo XIX.

En su ruta hacia el exterior las pieles se hicieron acompañar por la especulación, las guerras y guerrillas, los conflictos diplomáticos, la hambruna, la sequía y otros imponderables. No hubo en su trasunto héroes ni gestas. Sólo hombres empecinados, hombres empobrecidos, pequeños criadores atados a tecnologías atrasadas y sometidos a las imposiciones del comerciante exportador. Hatos, hatillos y pueblos perdidos en el horizonte pre petrolero de una región que nunca pudo convertir la actividad pecuaria en torno a los caprinos en decidido motor de su crecimiento.

Los actores del negocio exportador

Los comerciantes exportadores corianos fueron, durante décadas, un pequeño grupo asentado en la ciudad de Coro, del cual formaban parte firmas y nombres como Salomón López Fonseca, Abraham Senior, Constantino Petit, Isaac A. Senior e hijo, entre otros. Se fueron agregando, con el avance del siglo XX, dos o tres firmas más –entre ellas Boccardo & Co., que aperturó sucursal para venta de calzado y compra de pieles en 1907, y Andrés Levy en 1910 para venta de mercancías secas y compra de pieles de chivo[3]- y que no alteraron en lo fundamental la correlación de fuerzas entre los exportadores locales. Más importante fue la acción y competencia de los exportadores larenses, específicamente barquisimetanos o con sucursales en Barquisimeto –entre ellos Eduardo Lindheimer & Ca., Blohm & Co., Braschi e hijos.

Los intermediarios-criadores se ubicaban generalmente en los pueblos de importancia, por ejemplo Adícora, Pedregal y Churuguara; y hacia Lara en Siquisique, Baragua y Carora. Acompañándolos apareció en el panorama de las pieles un nuevo actor: el agente intermediario de casas estadounidenses que recorría los puntos de su interés adquiriendo bien las pieles o los animales en pie, causando a su paso y en más de una ocasión verdaderos desastres al alterar la estructura de precios vigente, para desesperación de los exportadores locales y sus socios en el exterior.

En este entramado de actores sociales los perdedores fueron los pequeños criadores, incapaces de ajustarse a las transformaciones que vivió Venezuela en su último cuarto de siglo XIX. La caída de la oligarquía resultante de la guerra Federal trajo cambios violentos iniciados por Zamora y Falcón y usufructuados por Guzmán Blanco. La República había terminado de tomar cuerpo y en el plano económico se impuso la palabra inversión. Sin embargo, los hombres relacionados con la cría de caprinos durante el último cuarto del siglo XIX y hasta su desaparición como renglón de exportación la mantuvieron como una actividad productiva ajena a cualquier concepto de acumulación de capitales, donde el término inversión estaba ausente. Se evidenciaba la baja inversión de dinero, tecnología y trabajo. No había cuidado genético ni sistema alguno de selección en los animales, siendo destinada esencialmente a la subsistencia familiar. La pobreza marcó a la explotación del ganado caprino. Todo ello se tradujo en la imposibilidad para los criadores de imprimir velocidad a la reproducción del ciclo del capital, pues como ya se explicó la explotación era primitiva. La resultante de ser el último y más débil eslabón de la cadena era la de siempre: sufría con mayor fuerza las crisis de mercado, la inestabilidad política y los rigores del extremoso clima del plano costero falconiano. El criador quedó hipotecado a la comercialización de un producto que se vio sometido a nuevas fuerzas económicas que exigían una nueva mentalidad, además de la inestabilidad política interna e incluso los devenires de la política interior y exterior estadounidense; y una vez alcanzado el «orden y progreso» gomecista, le esperaba la dura prueba de la crisis climática del año 1912, la primera guerra mundial, la crisis internacional de 1920-1921 y el comienzo del fin del patrón agroexportador como soporte de la economía venezolana.

Es concluyente que los soportes empleados por los criadores de chivos para aproximarse al mercado los mantuvieron en la periferia de las nuevas relaciones de poder que surgieron en la post guerra Federal y que tuvieron un nuevo centro de gravedad: la inversión. Fueron incapaces de asumir las nuevas formas de generación de riqueza, de propiedad y de poder. Fueron incapaces de rebasar la subsistencia y pasar a la acumulación de capital. No pudieron dar a su explotación la vitalidad económica que exigieron los nuevos tiempos, quedando atados a relaciones que evocaban comportamientos atrasados del capital.


El mercado de pieles en Nueva York

La industria estadounidense de la curtiembre demandaba grandes cantidades de pieles de toda clase, destinadas a su ávido mercado interno. Nueva York era el puerto receptor de los envíos. La exportación se realizaba bajo dos modalidades: el contrato y las consignaciones. Las operaciones por contrato fueron las más comunes. Por ellas el exportador se comprometía a enviar en un lapso determinado una cantidad también determinada de pieles, que debían corresponderse a los promedios de calidad manejados por el mercado y que llevaban un precio asegurado. Muchas veces el contrato garantizaba el precio ante las bajas imprevistas, protegiendo así las pieles en camino o en almacén. En caso contrario el vendedor tenía la opción de deshacer el convenio. Bajo la modalidad de consignación el comisionado retenía un porcentaje por comisión, las pieles eran pagadas al precio vigente en el momento de su colocación, fuera que quedaran almacenadas, se vendieran por selección o al barrer, sistema que consistía en vender lotes cerrados, sin selección de pieles, a cambio de lo cual el precio era mucho menor; como ventaja tenía el que permitía manejar mayor cantidad de pieles y hacer envíos más grandes y frecuentes. El ritmo de aceleración del circuito comercial venía a compensar la aparente desventaja del sacrificio en el precio. Se trataba, simplemente, de imprimir la máxima velocidad a la reproducción del ciclo del capital. Sin embargo, las ventas al barrer tenían sus momentos. Generalmente se asociaban a falta o insuficiencia de pieles en los compradores, que una vez surtidos sus depósitos y pasada la emergencia preferían el sistema de compra por selección.

Inicialmente las operaciones se hicieron por pacas cerradas y por docenas, pero desde los años ochenta los importadores estadounidenses impusieron las pacas escogidas, estableciendo una clasificación de tres clases sobre una base que combinaba el peso de la piel y sus características externas. Las pieles de primera pesaban entre ¾ y dos libras, el pelo era brillante, la piel no tenía cortadas ni agujeros en el centro, y cuando mucho dos cortadas o agujeros en los bordes; la parte interior estaba limpia, sin manchas de humedad o sudor. Las pieles de segunda pesaban entre 2 y 3 libras y conservaban las mismas características de presentación que las de primera. Las pieles de tercera incluían todas las rechazadas[4]. Una paca de exportación pesaba en promedio 92 kilos, una docena debía pesar poco menos de 11 kilos. Los sistema de venta por convenio y por selección implicaban que las pieles fueran examinadas a su llegada por un especialista que dictaminaba el porcentaje de pieles de primera, segunda y tercera y hacía comentarios generales al lote, en lo que era un seguimiento constante al exportador y permitía, incluso, introducir modificaciones a la venta convenida y emitir recomendaciones específicas.

Al mercado neoyorquino llegaban pieles de muchos puntos: las de Rusia, India y El Cabo competían con las suramericanas. De América latina entraban pieles de México, Brasil, Colombia y Argentina -que enviaba pieles de res-. El Caribe se hacía presente con pieles remitidas desde Haití, Curazao, Aruba, Bonaire y Venezuela, desde donde se enviaban pieles procedentes de Maracaibo, Coro, Barquisimeto, Puerto Cabello, La Guaira, Guanta, Carúpano y Ciudad Bolívar[5].

La mayoría de los problemas para hacer competitivas las pieles corianas resultaban de un deficiente manejo del desuello del animal y la defectuosa salazón de las pieles. Pese a que Falcón y Lara eran grandes productores de pieles, era evidente que los procesos de salado y curtiembre –cuando se daba- dejaban mucho que desear. A esto se unía el almacenamiento, que encarecía el costo del producto al implicar inversión adicional en gastos de almacenaje y el riesgo del calor, que desmejoraba las pieles depositadas, sobre todo si no habían sido adecuadamente tratadas con algún producto que evitara la corrupción.

La primera década del siglo fue estable para los precios de las pieles, que en promedio se mantuvieron alrededor del medio dólar por docena. La prensa coriana estimulaba la cría de cabras: «La exportación de pieles de cabra ha alcanzado grande incremento, siendo el mercado de New York el principal para la América Meridional. Las fábricas de calzado hacen enormes demandas del artículo, por medio de agentes que van de república en república comprando los cueros o los animales vivos»[6].

El siglo se inició con la competencia que desde Barquisimeto hicieron varias casas comerciales, en especial la firma Eduardo Lindheimer & Co., quien comenzó a captar la producción de Carora, Baragua y Siquisique. A esto se agregó la Revolución libertadora y el bloqueo imperialista de 1902. Se impuso la dificultad para realizar transacciones con pieles, pues los eventos bélicos hacían inseguros los caminos y destrozaban los establecimientos comerciales. Los precios se abatieron por momentos debido a los trastornos políticos y la dificultad para sacar las pieles, pues el peligro de intercepción y pérdida estaba a la orden del día. El ferrocarril a Tucacas bloqueado, el ferrocarril La Vela-Coro sufrió la quema de su puente principal, quedando inutilizado. Pero la agresividad del mercado salió a relucir apenas repuestas las condiciones mínimas de comercialización. Para mediados de 1903 los caminos hacia el interior se abrieron nuevamente y Maracaibo invadió el occidente ofertando por las pieles corianas[7].

Los intermediarios presionaron al alza buscando en forma acelerada captar clientes. La competencia era con todos los hierros. Los barquisimetanos colocaban, avisó Boulton, Bliss & Dallet, lotes con altísimos porcentajes de primeras, empujando al alza los precios de las pieles barquisimetanas en Nueva York. Fue un mal cierre de año ese de 1903, con elevada competencia interna y el anuncio desde Nueva York del probable retiro del principal comprador de pieles corianas que tenía Boulton, Bliss & Dallet[8]. Debido a ello, las pieles corianas también viajaron en esos años hacia Europa, trasbordadas a vapores alemanes de línea Hamburguesa Americana.

Fue un lapso muy reñido para las pieles, en el cual los comerciantes hicieron sobre esfuerzos para colocar lotes en el mercado exportador, ya que la Revolución libertadora mermó las recuas y ello dificultó sacar el producto hacia los puertos, además del deterioro que implicó el prolongado almacenamiento en condiciones climáticas adversas al buen cuido y conservación de las pieles: calor, humedad y deficiente desinfección que acortaban la vida del producto. Curazao, que entonces formaba con Coro una unidad económica, resultó muy afectada por la Libertadora y el bloqueo. Para 1905 había crisis en la isla: casas comerciales cerrando, ventas deprimidas, casi nulo movimiento marítimo.

El segundo quinquenio vertió sobre los criadores dos períodos de sequía: 1905 y 1908. El plano costero una vez más se vio afectado. Bajo las condiciones normales del verano las pieles se tornan livianas, en las sequías prolongadas el producto sufre severa afectación que agudiza la merma de su peso. Estas pieles no eran apetecible en el mercado internacional. No faltaron quienes procedieron incluso al sacrificio de cabritos para aumentar las pacas, pero estas pieles, excesivamente pequeñas, casi no tenían valor. La competencia no cesó en toda la década. Blohm & Co. de Barquisimeto penetró Baragua hacia 1906. Maracaibo tampoco cesó en su avance, dando las mismas condiciones y precios de Barquisimeto en Carora. Lindheimer recibía pieles de una libra, garantizaba el precio en caso de baja y pagaba la diferencia en caso de alza. Algunos vendedores llegaron al extremo de recoger las pieles ya entregadas para depósito en Coro. A esto se sumaba el sustancial descenso del costo de los arreos en las rutas Carora-Barquisimeto y Baragua-Barquisimeto.

A la competencia se unió la dificultad de los criadores para cumplir los requisitos de exportación. La piel coriana con dificultad daba el peso de libra y media que el mercado internacional exigía, y los productores apelaban al truco usual de recargarlas de sal para alcanzar el peso, además de que la sal ayudaba a ocultar imperfecciones. Pero la piel arrojaba sal primero en el tránsito, y luego en Coro al ser sacudida y raspada para remover el exceso y posibles sustancias gomosas que, mezcladas con la sal, agregaban peso al producto. El resultado era siempre en desfavor de quien vendía, hiciera lo que hiciera. Para el vendedor, el cambio de sistema fue equivalente a una brusca caída en los precios, pero no tardó en resignarse a los designios del mercado internacional.

En la segunda década, dos acontecimientos marcaron el negocio de las pieles: la crisis ambiental de 1912 en el plano costero coriano y la primera guerra mundial. Año 1912 en la región coriana. Paraguaná reportó en enero: «Ya estarán ustedes al corriente de la situación apremiante porque ha atravesado la península en este último semestre, y que continúa aún sin declinar. Tenemos buena existencia de mercancía sin esperanzas de venderla por los momentos porque la cosecha está totalmente perdida, los rebaños inútiles por la escasez de pasto en la sabana...»[9]; desde la sierra informaron en febrero: «... las labranzas de maíz y pira que era lo mejor que podía verse este año, abandonadas a merced de la multitud de langosta que nos azotó la primera siembra y la mejor que era la segunda siembra, la concluyó el saltón»[10].

Cierre del año 1912. Desde Cumarebo escribieron en octubre: «Ciertamente que con las lluvias muy pronto se habrían animado los negocios de por acá, pero últimamente nos ha invadido la langosta y se teme la pérdida de una parte de la cosecha»[11]; el 24 de noviembre de 1912 los documentos dejaron asentado: «En Piedra Grande, Pecaya, Cieneguita y aquí no he podido vender (...) y todavía muere gente de hambre»[12].

1913. El balance llegó desde el corazón mismo de la sierra falconiana: «en este lugar donde habito se han perdido cuatro cosechas a consecuencia de los veranos y la langosta»[13].

La producción de pieles se abatió, exterminados los rebaños por la sequía. Las cosechas se perdieron en manos del verano y la langosta. Los pequeños productores e intermediarios de todos los puntos del plano costero y la sierra entraron en situación de mora al no poder honrar sus compromisos. La merma de pieles se reflejó en las exportaciones, llegando a Nueva York progresivamente menos cantidad de pacas. Se hizo lento y dificultoso el cumplimiento de los contratos adquiridos. Pesaba la presión pausada, cortés y permanente de las casas estadounidenses sobre los exportadores. El desaliento de los dueños de goletas se unió al de los comerciantes estadounidenses: «Siento mucho saber que, por lo pronto, queda poca esperanza de conseguir lotes de pieles para la remontada; esta noticia es por cierto muy mala»[14].

Mal acababa el verano desolador cuando llegó la desoladora Gran Guerra. La estrechez repercutió en la industria del calzado y aparecieron las mezclas de pieles con lona o gabardina, abriéndose paso el calzado a dos tonos. La ropa deportiva hizo su nicho en el vestir del día a día y con ella salieron al mercado los primeros «silenciosos», llamados Keds, en 1917. El imperio de la piel sobre el calzado se fisuraba[15].

Las cifras nacionales de exportación entre 1914-1916 se desconocen. De alguna manera la guerra impidió llevar un registro confiable. Pero la región coriana continuó su comercio con el mercado estadounidense. Los precios de las pieles venían desde 1911 en deslizamiento progresivo y tocaron piso en enero de 1916, cuando el producto coriano se cotizó en 31 cts. A partir de allí hubo un año de estabilidad, con mercado firme como promedio y precios que quizás se vieron favorecidos por especulaciones bursátiles asociadas al invierno. La guerra no parecía tocar a los Estados Unidos, el precio de las pieles continuó su ascenso hasta rebasar los 80 cts. Parecía que la crisis europea potenciaba la prosperidad del hijo de Albión.

El ingreso de Estados Unidos a la guerra en abril de 1917 puso fin al auge de precios. En menos de un año retrocedieron para posicionarse alrededor del medio dólar. De manera estrepitosa, entre abril y septiembre los precios se desplomaron en un 50%. Los exportadores corianos libraron sus propias guerras: contra el ántrax y el desplome de precios en 1917, y en 1918 contra la circular Nº 58 del Consejo de Curtidores, institución estadounidense que intervino en ese momento para regular el proceso importador de pieles. La guerra generó cambios tendentes a controlar los mercados con mano férrea en momentos difíciles, quizás buscando un punto de equilibrio al aplicar criterios de austeridad, centrando la producción y el gasto en la industria bélica. Los precios de las pieles venían a la baja desde abril de 1917. Tal vez con miras a estabilizarlos, el Comité del Consejo de Curtidores recomendó en abril de 1918 a la Oficina Comercial de Guerra fijar precios para los productos derivados de pieles, basándose en el comportamiento del mercado en ese mes. Es posible que con esta medida el cartel neoyorquino de las pieles buscara una salida a la nueva situación del mercado, tratando de poner fin a la baja de precios. Nadie podría pagar más ni menos que el precio fijado.

La referida Circular Nº 58 prohibió la importación de cueros de res, pieles, suela, etc.; revocando las licencias de importación de estos artículos para embarques posteriores al 15 de junio de 1918[16]. El gobierno estadounidense sólo dio entrada a pieles de res, quizás destinadas a fabricar botas de guerra. De nada sirvieron las protestas de la Asociación Nacional de Importadores de Cueros de Res y Pieles sobre tal embargo, el Gobierno Nacional sólo atendería los casos que involucraran pérdidas para ciudadanos estadounidenses. Fue evidente cómo se protegían los intereses del cartel en detrimento del importador directo, que quedó atado de manos mientras el cartel lograba su objetivo: detener la baja de precios, que quedaron congelados durante el tiempo que duró la prohibición, manteniéndose en medio dólar entre mayo y diciembre de 1918. El resultado del ingreso estadounidense a la guerra y las medidas extraordinarias para defender el precio de las pieles fue la caída de las exportaciones nacionales, que entre 1917-1918 llegaron a cifras jamás vistas durante el siglo.

La firma del armisticio que puso fin a la primera conflagración mundial, en noviembre de 1918, reactivó de inmediato el mercado de las pieles en Nueva York. La barrera del medio dólar se quebró. Para la navidad de 1918 las pieles se colocaron a 53 cts., en año nuevo alcanzaron los 55 cts. Un vertiginoso ascenso en 1919 llevó a las pieles por encima de un dólar en el furor de la recién terminada guerra mundial. Las cifras de exportación se dispararon y Venezuela exportó casi cuatro veces más pieles que en 1918. El frenesí duró cerca de año y medio. Como nunca, la barrera del dólar se superó y se alcanzaron precios tan altos como 1,20 dólares entre noviembre y diciembre de 1919. Se trataba de reanudar operaciones y recuperar el tiempo perdido. Los precios del artículo no parecían alcanzar un techo pese a los intentos de los compradores por controlar el mercado[17]. Era previsible una reacción de descenso luego de tanta apoteosis post bélica... y eso fue lo que pasó.

Fue una dura etapa la de los años veinte. Como el café, las pieles iban de salida. Todo parecía confabularse en contra del que hubiera sido desde la Colonia productivo negocio: las fuerzas de la naturaleza, la economía mundial y la nacional, la tecnología del calzado y la moda misma.

Y mientras transcurrían los años locos en el norte, en Venezuela reventó el pozo Los Barrosos-2 lanzando al aire 16 mil metros cúbicos diarios de petróleo y anunciando con su chorro la estructuración de la industria petrolera y la retracción de una economía agroexportadora que, por demás, iba de salida por su propio pie. Una vez más quedó al descubierto la rigidez de la oferta de las pieles corianas, sometidas las oscilaciones extremas de un nuevo verano que asoló la región entre 1919-1921, seguido de un lluvioso invierno, todo ello mermando volúmenes y trayendo la consabida morosidad.

La febrilidad del fin de guerra cedió paso lentamente. La espiral ascendente de las pieles, las fantásticas cotizaciones culminaron y con la primavera de 1920 se inició un agudo descenso que nada detuvo, quizás provocado por exceso de existencias y presión por vender: en seis meses perdieron un dólar, y al finalizar 1920 valían casi un 80% menos que a comienzos del año. A lo anterior se unió la depresión mundial, corta pero profunda, que al generar caída de precios y contracción de demanda implicó menos importaciones. Los países industrializados habían alcanzado niveles tecnológicos que provocaron sobreproducción en el agro. A excedente agrícola baja de precios, menos importaciones.

La circunstancia llevó al ahogo, cuando no a la quiebra, a más de un comerciante en la región coriana. Todo se ofrecía y todo se exigía, de todo se pedía: animales, hatos, haciendas, quintas, moratorias, fraccionamiento de deuda, arreglo extrajudicial... Nunca volvieron los precios a ser iguales. Se mantuvieron toda la década alrededor de los 30 centavos de dólar. La región acompañó esta dinámica con períodos alternos de lluvias intensas y de sequía que restaron fuerza al negocio. Mientras Lenin salía de la escena política y nacía la URSS, en Falcón se entronizaba un agudo invierno. En el último quinquenio de los años veinte se vivió la agresión climática de veranos particularmente duros, especialmente en la península de Paraguaná, afectando los rebaños.

Ante un mercado desanimado, que no salía de la depresión, los importadores tendieron a almacenar las pieles, esperando la aproximación del otoño para ver si la demanda invernal resucitaba los precios. Pero en octubre de 1926, pese a la cercanía del frío, los compradores no se interesaban en los lotes almacenados y ya había de 2500 a 3000 pacas, lo que tenía nerviosos a sus dueños[18]. Las pieles almacenadas, que con el tiempo se deshidrataban, perdían precio a la par que acumulaban gastos como acarreo a almacén, almacenaje y seguro contra incendio; mientras los compradores finales esperaban pieles frescas, con mejor margen de negociación. No fue mucho lo que pudo hacerse en lo poco que restó de la década, sacudida violentamente por el crack de 1929.

Enero de 1930 llegó, acentuando la crisis. El trimestre transcurrió sin cambios: «los cueros no tienen valor para la exportación; el cacao está en las mismas condiciones que el café, sino en peores», los detalles de la crisis de las pieles fueron dramáticos: «Nuestros cueros no tienen mercado exterior. La expresión del exportador de cueros con respecto a la situación de ese elemento nuestro de exportación es la de que no hay que pensar siquiera en exportarlo. Cantidades de ellos puestas a remates en Londres por ciertas casas consignatarias no tienen comprador. Las industrias europeas y norteamericanas se abastecen de la producción local»[19]; y una vez más las deficiencias tecnológicas se hicieron sentir: «Los cueros de chivo y venado han padecido las consecuencias de la depreciación de las materias primas, (...) Entre nosotros este producto tiene la agravante, como ya hemos dicho repetidas veces, de su mala preparación»[20]. Para mediados de año se reportaban las pieles como una de las materias primas que guardaba peores condiciones en el mercado mundial: «El mercado exterior para los cueros no existe: la sobreproducción, aunada con la disminución del poder adquisitivo, han hecho nulo ese mercado»[21].

El comercio venezolano desplazó sus esperanzas hacia el invierno, cuando las pieles para calzado comenzaban a ser más solicitadas. En este sentido el mes de junio era un parteaguas que marcaba el lento ascenso de las exportaciones invernales. Pero en 1930 no se dio tal circunstancia: «En estos meses, en otras épocas, los manufactureros extranjeros se proveían de la materia prima en los países productores para atender a las necesidades de la temporada de invierno, pero en este año no se ha efectuado esa acostumbrada operación»[22].

Venezuela, oliendo a capital petrolero, modificó sus relaciones de intercambio al compás del nuevo juego internacional. Las pieles, asaltadas por otros materiales y con el plástico a corta distancia, perdieron terreno. No lograron sostenerse como factor de acumulación de capitales, ya que el oportunismo de los empresarios –verdaderos depredadores de la exportación- les hizo abandonar todo esfuerzo sobre los productos que cesaban de ser atractivos para el exterior, encaminando sus esfuerzos de inversión hacia los que mantenían o generaban interés.

Por otra parte, no se generó en los criadores esfuerzo alguno por trabajar el negocio, aplicando tecnologías que prolongaran su competitividad. El productor criollo, sin control alguno en la selección, continuó con las montas indiscriminadas y el manejo artesanal del salamiento, lo cual convirtió a la piel coriana en un producto poco apetecible, ya que la industria de la curtiembre avanzó hacia mayores grados de exigencia que demandaban locales adecuados y selección genética que garantizara pieles de animales de raza, que facilitaran el curtido y dieran cueros resistentes, suaves y flexibles.

Cercadas por condiciones aciagas que terminaron por sumirlas en un receso profundo que dura hasta el presente, hoy vemos en las zonas de criadores la carne fresca o salada, la leche procesada en algún derivado y las pieles desechadas y en descomposición, sin un nicho regional ni nacional que las active como generadoras de bienestar económico.

NOTAS Y BIBLIOHEMEROGRAFÍA

[1] La Industria, Coro, 1 de diciembre de 1881, p. 1.
[2] La Industria, Coro, 17 de junio de 1884, p. 3.
[3] Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Fondo Senior, caja sin número (1893-1909), Docs. 432 y 190 (En adelante AHC-UNEFM, FS).
[4] La Industria, Coro, 17 de junio de 1884, p. 3; véase también la edición del 4 de julio de 1884, p. 3.
[5] «Informe de mercado de pieles de Bliss, Dallet & Co. [29-07-1910]», AHC-UNEFM, FS, caja 120; «Informe de mercado de pieles de Bliss, Dallet & Co. [15-03-1916]», AHC-UNEFM, FS, caja 161; «Cotizaciones de pieles de Frank C. Cooper [17-11-1919]», AHC-UNEFM, FS, caja 179; «Cotizaciones de pieles de American Trading Co. [26-05-1921]», AHC-UNEFM, FS, caja 188.
[6] El Águila, Coro, 22-03-1904, p. 8.
[7] «Informe sobre el negocio de pieles [6-06-1903]», AHC-UNEFM, FS, caja 52; caja 54, Doc. 27.
[8] «Respuesta de Senior a Boulton, Bliss & Dallet sobre el problema de especulación con pieles [18-12-1903]», AHC-UNEFM, FS, caja 52.
[9] «Carta de Delgado & López sobre el verano en Paraguaná [3-01-1912]». AHC-UNEFM, FS, caja 136.
[10] «Carta de José Benjamín Gutiérrez sobre la plaga de langosta [1-02-1912]», AHC-UNEFM, FS, caja 146.
[11] «Máximo Lugo informa la situación del verano en Cumarebo [29-10-1912]», AHC-UNEFM, FS, caja 137.
[12] «Reporte de Efraim Curiel, agente viajero de la Casa Senior [24-11-1912]» , AHC-UNEFM, FS, caja 139.
[13] «Catalino Torres informa la situación del verano en Aracua [7-09-1913]», AHC-UNEFM, FS, caja 157.
[14] «C. B. de Gorter sobre la baja de exportaciones [3-02-1913]», AHC-UNEFM, FS, caja 146.
[15] Isaac Asimov, Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología, pp. 367, 442, 477, 564, 619 y 620.
«The century in shoes: 1910» en http://centuryinshoes.com/decades/1910/1910_02.html
[16] Toda la correspondencia sobre este problema de la circular Nº 18 se ubica en la caja 173. AHC-UNEFM, FS.
[17] «Bliss, Dallet & Co. informa sobre negocio con pieles de chivo [24-04-1919]», AHC-UNEFM, FS, caja 173; «Informe sobre el mercado de pieles de chivo en New York [22-08-1919]», AHC-UNEFM, FS, caja 179.
[18] «R. Desvernine contesta oferta de Senior sobre pieles [25-10-1926]», AHC-UNEFM, FS, caja 247.
[19] Boletín Cámara de Comercio de Caracas, Año XIX, Nº 196, marzo 1930, pp. 4693-4694 (En adelante BCCC).
[20] BCCC, Año XIX, Nº 197, abril 1930, p. 4724.
[21] BCCC, Año XIX, Nº 199, junio 1930, p. 4778.
[22] BCCC, Año XIX, Nº 205, diciembre 1930, p. 4964.

Treinta años de industrialización en Coro (1880-1910)


Ponencia presentada en:

IX Jornada de Investigación y docencia en la Ciencia de la Historia

Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado

Barquisimeto, estado Lara, Venezuela

25-28 de julio del 2001



Introducción
Pareciera estéril hablar de industrialización en la región coriana, por tradición historiográfica asociada a reducidas actividades de exportación y a la importación soportada en el contrabando. No había habido hasta este aporte aproximación alguna a procesos económicos distintos a aquellos que han contribuido a crear un discurso histórico de menguadas dimensiones sobre su historia económica y social.
La aproximación a los procesos de industrialización que se dieron en la ciudad de Coro, independiente a su éxito o fracaso como proyectos individuales o de clase, permite conocer una historia compleja, donde los planos económicos se sobreponen, pugnan y se contradicen, para generar en su devenir cambios de forma y fondo en la composición social de la región y en los capitales y razones sociales que tuvieron como sede, durante el lapso que ocupa a esta investigación, a la ciudad de Coro.

Los componentes del proceso
El entramado social
La Guerra de independencia y la Guerra federal trastocaron las relaciones productivas en la región coriana. Los grandes apellidos asociados a la plantación serrana y al esclavismo se dispersaron. El surgimiento de una miríada de pequeños propietarios y de nuevos grandes propietarios marcó la región.
Un campo con baja productividad, pobre inversión en capital y recursos técnico-productivos. Una pléyade de pequeños propietarios orgánicamente débiles, sujetos a las condiciones que imponía el comerciante asentado en Coro. Una ciudad más fuerte que el campo, donde había echado raíces un grupo de comerciantes respaldados por sus iguales de Curazao: los sefarditas, descendientes de aquellos que vivieran los motines antijudíos de 1831 y 1855; para fines del siglo XIX en franco proceso de cambio cultural y asimilación a la sociedad venezolana.
Este cambio profundo en la tenencia de la tierra y la recomposición de las clases sociales sentó el germen para la formación del mercado interno y vio transitar, en la ciudad de Coro, el capital comercial a capital industrial y financiero durante el último cuarto del siglo XIX.
La transición del comercio a la industrialización tuvo que superar diversos obstáculos, uno de ellos la liberación de la mano de obra otrora atada al campo. El campo comenzó a alimentar a la ciudad de mano de obra atraído por la agitación comercial del plano costero, esencialmente del eje Coro-La Vela. La población serrana bajó de las áreas donde estuviera circunscrita por siglos; así como población de origen caquetío, venida del occidente del estado. Esta población fue recurso humano que el campo transfirió al sector terciario y a la industria que llegó a formarse en Coro y que ocupa a este trabajo.

El mercado interno
El segundo obstáculo era el mercado interno. Una economía débil, autárquica, no favorecía los intentos de industrialización. La ruptura de la autarquía, la sujeción del pequeño consumidor y del pequeño productor al comerciante importador será clave en la formación de este mercado interno. Una hábil gestión comercial logrará integrar este mercado en la región coriana, mercado que permitió primero la consolidación del capital comercial y luego estimuló el surgimiento del industrial. La superación de este obstáculo abrió el paso a transformaciones cualitativas que hicieron posible que la riqueza acumulada en el comercio de exportación-importación se trasladara al capital industrial. Este proceso ocupó el último cuarto del siglo XIX.
Los comerciantes corianos lograron aglutinar una población que pese a su bajo poder adquisitivo y dispersión, como conjunto integraba un brote de mercado interno necesitado y consumidor de mercaderías cuyos precios publicaba la prensa local ya en 1880[1]. En la región coriana existió un comercio que manejó en gran escala la importación de productos de consumo masivo y logró mantener un estable mercado interno sobre la base de artículos como los textiles económicos y de segunda, herramientas agrícolas, harina, manteca, especias, arroz, cerveza, vino dulce y seco y otros productos que entraban por el puerto de La Vela.

El capitalista y sus inversiones
Será hasta el último cuarto cuando las condiciones básicas mínimas para hacer intentos industriales cristalicen en la capital del estado[2]. Un capitalista industrial surge, emergiendo desde el sector comercial exportador-importador. Es un empresario netamente urbano, sin raíces en el campo; más aún, está ligado a la dinámica comercial de la isla de Curazao, ya que casi todos son de origen sefardita, arraigados en Coro pero con fuertes intereses económicos y familiares en la isla holandesa. Su contacto con el campo se reduce a la compra de productos de alta cotización en el mercado internacional.
Es una nueva generación de capitalistas, descendientes de los primeros judíos asentados en el eje Curazao-Coro, con estrechos contactos en Estados Unidos y Europa, políglotas, con educación europea, con una nueva mentalidad a tono con los nuevos tiempos. Correspondió a sus ascendientes el duro trabajo de abrirse camino en tierra firme, aperturar casas comerciales, enfrentar los conflictos y los motines antijudíos que sacudieran a Coro en 1831 y 1855, hasta el presente sólo analizados desde la óptica étnica o religiosa, pero que requieren una aproximación más compleja e integrada, para comprenderlos también como resultados del violento proceso de acumulación que marcó al grupo sefardita en su arraigo en la región coriana, y del que es ejemplo por excelencia en las referencias documentales el caso de Jeudah Senior. A personajes como Jeudah e Isaac Senior y Manasés Capriles correspondió en lo esencial la primera y más dura etapa, a ellos y a sus descendientes la expansión y diversificación de sus intereses económicos.
A estas mentalidades modernas, afianzadas sobre conceptos como progreso, cultura y civilización; les correspondió en su lógico avance captar en su beneficio las nuevas aunque escasas ventajas y oportunidades que estaban a su alcance para convertir el dinero acumulado por sus padres y abuelos en capital industrial. La magna obra de ingeniería representada por el dique de Caujarao, prolegómeno de este intento industrializador, inaugurado por Juan Crisóstomo Falcón en 1866, permitió a estos industriales utilizar la energía del vapor en diversas empresas. Igualmente, estuvieron a la cabeza en el uso del telégrafo, teléfono, cable, máquinas, materias primas y otras tecnologías foráneas que aplicaron a sus negocios fabriles.

El Estado y el entramado legal
Los textos oficiales expresan una preocupación que no tuvo enlace con el hecho real: la necesidad de crear industrias. En el último cuarto del siglo XIX fue usual en las memorias ministeriales encontrar, bajo el halo mágico de la palabra progreso y todo el discurso que ella contenía, ya no simples alusiones, sino apartados dedicados al tema. Y es interesante detectar como entre 1877 y 1898, es decir en casi un cuarto de siglo, los textos no avanzan un paso en torno al tema, que se resume en dos momentos, cada uno con sus ideas centrales. Un primer momento donde se establece el problema y se plantean acciones a emprender: 1) La industria es elemento de progreso y civilización, 2) Sin apoyo del Estado no hay industria, 3) El Estado debe favorecer y proteger las industrias. Un segundo momento, ya culminando el siglo XIX, que expresa ya no el optimismo del comienzo, sino un problema reiterado y la voluntad de una solución : 1) La industria es la base de la riqueza, 2) La república carece de industrias, 3) La escasa industria no exporta, 4) Hay que favorecer las industrias[3].
¿Qué sucedió? Del guzmancismo al final del castrismo transcurrieron casi cuarenta años, en los que el Estado venezolano manejó un doble y notoriamente sesgado discurso: por un lado argumentando la defensa de la industria nacional, por el otro negándole recursos al sector de fomento y obras públicas[4] y estimulando el asentamiento de monopolios extranjeros.
El Estado venezolano, empeñado en una política de puertas abiertas a un capital extranjero que se dedicó a extraer materias primas y ejecutar obras públicas sin sembrar en Venezuela un céntimo de sus ganancias, se negó a sí mismo y a los potenciales capitalistas industriales, la infraestructura mínima requerida: crédito público, sistema impositivo moderno, protección a la industria ...
Al confinar el Estado la dinámica económica a un expolio extranjero que no se interesaba por la producción de bienes sino por la extracción de materias primas, y al mantener en el rezago al sector agrícola, el país se negó a sí mismo la posibilidad de generar un mercado interno vigoroso, que respaldara los intentos de industrialización. La productividad de la mano de obra era baja, los salarios igual y, además, persistían mecanismos atrasados como la pulpería, que impedía al escaso salario alimentar los esfuerzos industriales.
Con todo, en un país sin circunstancias propicias, Coro logró interesantes brotes industriales que, independiente a su éxito o fracaso, se tornan en puntos de referencia fundamentales para comprender la evolución de la economía capitalista nacional. A tono con los cambios mundiales, el capital comercial coriano intentó cambios importantes que dieron origen a nuevos nombres con peso decisivo en la vida regional; se enlazaron el capital comercial, industrial y bancario; despuntando nuevas fuerzas económicas.



La Compañía Jabonera del Estado Falcón, primera industria coriana
Manasés Capriles Ricardo es el empresario ubicado con mayor antigüedad e interés por el sector industrial, al instalar en 1878 una fábrica de jabones con capacidad para producir 250 cajas diarias, gerenciada por José y Abraham Capriles: la "Compañía Jabonera (limitada) del Estado Falcón". El especialista en el proceso de fabricación fue traído de los Estados Unidos[5]. Las fuentes periodísticas indican que fue la primera fábrica que tuvo el estado Falcón, en aquél entonces Sección Falcón del estado Falcón-Zulia. No tenía competencia y fabricaba jabones amarillo, negro y azul superior. Para el año 1880 anunciaba surtido de jabones y velas esteáricas superiores, lo cual indica una expansión y diversificación tempranas que le permitieron avanzar y captar el mercado interno de la Sección Falcón y plazas del estado Lara para dar origen, posteriormente, a un galpón industrial[6].
Un artículo 1881 la describía como una industria en crecimiento, exhortando a su gerente, el Sr. Capriles, y al encargado de la fábrica, el Sr. Litter, a: "... mejorar la condición de esa industria, puede decirse la única que existe en esta Sección"[7]. El éxito debe haber animado a Manasés Capriles a participar en la Gran Exposición Nacional de Artes e Industrias, que con motivo del centenario del natalicio de Bolívar se inauguró el 2 de agosto de 1883 en el edificio anexo a la Universidad Central[8]. La prensa local reseñó la presencia de la Jabonería Falconiana de M. Capriles, con jabón blanco, azul y amarillo de sebo, además de aceite de tártago; hechos con materia prima nacional[9]. El ascenso prosiguió y para el año siguiente otro artículo, titulado “Progreso Industrial II”, la calificó como: “... una de las mejores que existen en el país, tanto por el capital en ella invertido y el número de elementos de que dispone para la buena elaboración de la especie, como por la organización, método y regularidad observados en los trabajos y en la parte económica del establecimiento”[10].


Manases Capriles: de la jabonería al galpón industrial
Su proceso de capitalización debe haber continuado sin mayores obstáculos, ya que con posterioridad a la fábrica de velas, entre 1883-1884 Capriles inauguró la fábrica de aceites, ofertando desde entonces por la prensa jabones, velas esteáricas y aceite de castor[11]. A éstas siguió una fábrica de tabaco manilla y planchita[12]. Se conformó así en forma progresiva un galpón industrial.
El uso de materia prima nacional marcó a estas fabricas. Por vía de anuncios de prensa, los gerentes de la compañía jabonera captaban vendedores de sebo en rama y de aceite y/o semilla de tártago[13], que se empleaban en la fabricación de jabón[14].
Respaldado por el periódico La Industria, Capriles insertó en este bisemanario durante 1884 artículos que comentaban las propiedades medicinales (laxantes) del aceite de castor elaborado por la Cia. Jabonera, considerándolo superior a otros aceites importados[15]. Por su parte, la "Revista del Mercado", del comerciante y comisionista Salomón López Fonseca, apuntaba que la Cia. Jabonera compraría semilla de ajonjolí para extracción de aceite, lo que constituyó una diversificación dentro del ramo aceites, originalmente limitado al de castor[16]. El resultado fue reseñado por la prensa el mismo año, se comentaba la expansión de los cultivos de tártago en diversas zonas del estado (Distritos Cumarebo, Cabure, Pedregal y faldas de la sierra), estimulados por la fábrica de aceites[17].
El galpón continuó su expansión, al anunciarse a mediados de 1884 la llegada de la maquinaria -importada de los Estados Unidos- para el establecimiento de una fábrica de tabaco hueva, que si bien tuvo registro legal por separado operó en el galpón de la Jabonería[18]. Fue ésta la primera fábrica de su género que se estableció en el país, inaugurándose el primero de agosto de 1884. Contaba con cinco prensas mecánicas, una de las cuales admitía fuerza motriz o de vapor; más de 40 obreros, sala de oficinas, maquinaria, un operador mecánico traído desde New York y capacidad para generar hasta 120 empleos directos destinados a la elaboración manual de tabaco manilla y planchita. Para esta empresa se asoció a Jacobo Myerston, quien fungió como gerente[19]. La fábrica se llamó “El Atalaya” y comenzó operando con asalariados extranjeros que durante el curso de sus contratos entrenarían personal del país, el cual se incorporaría una vez concluido el compromiso contractual con los primeros[20].
Capriles estaba decidido a lograr la fabricación de un tabaco con las mismas características que el importado, utilizando materia prima nacional. Las relaciones de Capriles con las más altas instancias oficiales deben haber estado en su mejor punto para este momento, al lograr la firma de un contrato con el gobierno nacional fechado 5 de agosto de 1884, suscrito entre el Ministerio de Fomento y Capriles. Por medio de este contrato Capriles, sus cesionarios o sucesores, se comprometían a establecer la industria en nueve meses teniendo una exclusividad de 25 años, exención de impuestos para introducir maquinaria y equipos. Capriles debería establecer, donde lo juzgara conveniente, fundos de tabaco propios para el consumo de la empresa[21].
Se desconoce la estructura y el rumbo de esta sociedad Capriles-Myerston. El dato hemerográfico indica operaciones con acciones de la “Fábrica Nacional de Tabaco de Hueva”, como fue el caso de Juan R. y Pedro Blanch, traspasando acciones en 1887, hecho que fue participado al público por el gerente J. Myerston[22]. Con certeza, Manasés Capriles continuó involucrado en contratos referidos a tabaco cuando menos hasta 1893, año en que nuevamente suscribió con el gobierno nacional un contrato que le daba derecho exclusivo durante quince años para establecer una fábrica de tabaco hueva usando tecnología estadounidense, quedando a su vez comprometido a fomentar el cultivo del tabaco en el país pero autorizado para introducir durante los ocho primeros años 20000 kg/año de tabaco Virginia, en lo que venía a representar un viraje con respecto a su intención de 1884 de utilizar sólo materia prima nacional[23].
Convertida ya en un galpón industrial[24], la empresa de Capriles era muestra palpable del avance de la producción capitalista en Venezuela. El galpón contaba con carpinteros, latoneros, jaboneros, peones, carreteros, entre otros asalariados. Casi toda su materia prima era nacional (sebo, soda, aceite de coco, maderas y resinas, por ejemplo). En Coro y Maracaibo se hacían las cajas para embalar. En el mismo Coro los envases de lata. En litografías de Caracas e imprentas corianas se elaboraban las etiquetas y rótulos de los envases [25].
Paralelamente a su galpón industrial, Manasés Capriles comenzó a interesarse por otras inversiones alejadas de la manufactura: las comunicaciones. En 1884 se integró a una promotora que invertiría en el proyecto de ferrocarril LaVela-Coro[26]. Manasés Capriles firmó el que sería el cuarto contrato para el tendido de esta vía férrea el 12 de diciembre de 1892[27]. El 24 de agosto de 1893, desplazando sus intereses del área industrial al área de las comunicaciones, Capriles Ricardo vendió a la firma I. A. Senior e hijo el galpón industrial de su propiedad, al que Senior agregó una tenería que fabricaba suelas y calzado, y aún más tarde un aserradero al vapor[28]. Este aceite de castor y las suelas llegaron a ser colocados en Puerto Cabello y Caracas, compitiendo el castor con el importado de Italia y las suelas con las de las tenerías de Valencia, Puerto Cabello y Caracas[29].
En el año 1898, I. A. Senior e hijo formalizó la venta de este galpón a la firma Senior Hermanos, propiedad de los hermanos Josías y Abraham Senior[30]. Para el año 1904 Senior Hermanos se suscribía como propietaria de la fábrica de los jabones “Estrella” y “Escudo”, y velas, aceite, tenería y aserradero al vapor[31]. En 1905 hubo cambios y la firma Senior Hermanos fue liquidada, quedando el galpón en manos de otro hermano, Morry, quien lo reimpulsó y para 1909-1910 agregaba en su publicidad a los ya conocidos jabones, velas, aceites y suelas, la fábrica de alpargatas superiores blancas y de color[32]. Morry I. Senior lo mantuvo hasta su muerte en 1920, cuando sus sucesores lo ofrecieron en venta[33].

Otros intentos industriales
Se dieron por los mismos años otros intentos de industrias, unas más, otras menos exitosas. Tomas Chapman ha quedado registrado como fabricante de tabaco de mascar en planchas, jabones, vainilla y aloe. Por su parte, Isaac Chapman intentó la fabricación licores finos dulces (crema de vainilla, anicete, Curazao y Socorrito), ron y anisado de Mallorca de clase superior, y jarabes dulces, que fueron llevados también a la Gran Exposición Nacional de Artes e Industrias de 1883[34].
Ya en 1884 existían cuando menos dos fábricas de velas esteáricas en Coro anunciadas en la prensa local, la Jabonería y otra propiedad de Murray R. A. Correa, inaugurada a fines de 1883 con el nombre de “Industria Coriana”[35]. Domingo Peralta insertaba la publicidad de su fábrica de “Tabacos y Cigarrillos La Pureza”, hechos con tabaco de Capadare[36].
El agro también tuvo sus intentos. Así, el 14 de agosto de 1884 se inauguró la máquina de vapor y el molino de viento que Víctor Brigé estableció en la margen izquierda del río Coro, abajo del Paso Real, para extraer agua para riego de sus terrenos, que dedicaría a la agricultura. Fue la primera máquina de vapor que se instaló en Coro y el primer molino de viento construido por artesanos corianos. La importancia de este evento se revela en los personajes que acudieron al acto de inauguración, entre ellos el presidente del estado, el secretario de gobierno y el presidente del concejo municipal[37].
No se sabe de nuevos progresos en la materia sino hasta la última década del siglo XIX. Hacia 1890 Salomón López Fonseca inicia un acelerado avance con su establecimiento industrial velería y jabonería “Santa Ana de Coro” que usaba estearina importada de Amberes[38]. En 1895 se anuncia “La Coriana”, fábrica de pastas italianas de Antenor Delima e hijo[39]. A estas se unió en 1896 la fábrica de velas esteáricas "El Cóndor", de Abraham H. Senior[40]. El mismo López Fonseca agregó a su publicidad en 1896 la fabricación de pastas italianas, y en 1898 los cigarros “La Libertad”, hechos con picadura habanera[41]. Como Manases Capriles, Salomón López Fonseca logró impulsar varias industrias, sus velas esteáricas fueron premiadas en el Concurso Agroindustrial de Caracas, y para 1900 se anunciaba como fabricante de jabón negro de pez, jabón azul, velas esteáricas, cigarros "Libertad" y fideos[42]. En 1906 registró sus marcas de fábrica jabón “Liverpool”, velas esteáricas “Salomón López Fonseca-velas esteáricas” y jabón “Una mano S.L.F. Ca.”[43].
El hielo, artículo de lujo para la época, también tuvo sus intereses en la figura de Isaac López Fonseca, quien manejaba la fábrica “Nevería Coriana” para 1891[44]. La literatura periodística indica que Isaac López Fonseca fue un empresario particularmente emprendedor, primero en introducir a Coro un aparato de destilación continua y en aplicar a las distintas industrias que tuvo la máquina de vapor, un aparato de 15 caballos de fuerza y cinco toneladas de peso que llegó al puerto de La Vela de Coro en diciembre de 1888[45]. Tuvo, inclusive, un proyecto para hacer un viñedo en Coro, y llegó a plantar mil vides; el objetivo era producir vinos y otros derivados de la vid[46].

El imperio de la libre competencia
Estos industriales reprodujeron la competencia agresiva y sin ceder posiciones que caracterizó al capitalismo en su contexto inicial de industrialización, imperio de la libre competencia. No existían controles legales ni regulaciones derivadas de acuerdos entre las partes. Era una actividad comercial presa de febril actividad, donde la cartelización resultaba desconocida y el monopolio, que ya había sentado sus reales en Estados Unidos y Europa, no estaba presente. El único ejemplo ubicado en fuentes primarias que permite visualizar este ambiente es el de las fábricas de velas esteáricas. En el año 1896, tres fabricantes sefarditas: Salomón López Fonseca, Josías L. Senior y Abraham Senior, saturaron el mercado regional causando la violenta caída de los precios y parálisis de las ventas[47]. Josías Senior informaba en Hamburgo a su tío Sigismundo Weil, en una carta fechada 3 de junio de 1896, que había en Coro tres fábricas de velas "... y un mercado muy repartido, con existencias crecidas"[48].
Las cartas de Weil para su sobrino, escritas en el transcurso de 1896, son una sucesión de consejos sobre cómo manejar las diferencias entre empresarios. Ante la situación conflictiva, le sugirió reiteradamente acordar con López Fonseca y con su hermano Abraham un convenio de fabricación y precios fijos de velas, con el fin de mejorar el negocio[49]. En su opinión había demasiado crédito y poca ganancia, por lo cual las tres fábricas debían convenir un precio tanto al contado como a crédito, multando por caja a quien vendiera más barato que lo pactado. Este, decía e insistía, era el camino asumido por los fabricantes alemanes de cemento a raíz de una guerra de precios: cartelizar y multar al que venda más barato[50].

Un nuevo siglo
Los comienzos del siglo XX indican la presencia de la fábrica de cigarros “La Sultana”, propiedad de Julio César Capriles bajo la razón social Capriles & Co[51]. El 1 de agosto de 1901 se constituyó la firma Chumaceiro & Co. al fusionarse el establecimiento de mercancías y víveres propiedad de Jacob M. Chumaceiro y la fábrica de Capriles[52]. Para 1902 Salomón López Fonseca se presentaba como comerciante, comisionista e industrial[53]. Segismundo I. Senior se inició con la fábrica de cigarrillos “El Ideal” en 1904, y en años sucesivos, como se verá, avanzó hacia otros intentos[54].
En 1908 se detecta en prensa la fábrica de jabones de Segismundo I. Senior, especializada en el detergente de ropa "El Incomparable", quien pasó a competir con "El Solicitado", producto de "La Jabonería" de su hermano Morry I. Senior. Segismundo Senior mantuvo varias fábricas que prolongaron por lo menos hasta los años veinte, entre ellas alpargatas, suelas, el jabón –que para 1922 se publicitaba bajo la marca SIS- y los cigarrillos marca “India”, “Mara” y “Occidente”[55].
Se cierra este recuento en 1910, cuando el Directorio Industrial ubicó en Falcón escasas siete industrias manufactureras, con una inversión de 410.000 Bs., ocupando el séptimo lugar nacional en establecimiento y el octavo en inversión[56]. En ese año Isaac A. de Lima -del ramo de farmacia- anunció el envasado de bebidas no espirituosas en el periódico “Agencia Coriana”, presentándose como fabricante de limonadas y aguas gaseosas[57]. La firma J. Boccardo & Ca. insertó en 1910 publicidad sobre su cigarrería "La Especial", que empleaba picadura de hebra de La Habana y del país, y papel de algodón. Al año siguiente, la misma firma promocionó su "Gran fábrica de calzado elaborado a mano"[58]. Todavía, en 1914, se ubica "La Jabonería" de Morry I. Senior, publicitada como "El primer establecimiento fabril del estado Falcón"[59].
Este decaimiento del sector se asocia a la crisis estructural de Venezuela en el periodo 1900-1908, que implicó deterioro político, escasez presupuestaria, agotamiento extremo de las actividades productivas en general, desempleo y empobrecimiento en aumento, deficiente sistema tributario y mermado crecimiento económico, entre otras.

CONCLUSIONES
El intento industrializador llevado a cabo por los capitales sefarditas migrados del comercio tuvo un final no feliz, que pudiera resumirse en esta breve frase: un tardío intento por ingresar al siglo XIX. Y cuando digo ingresar al siglo XIX me refiero a ese del cambio a sociedades con industrias de la entonces tecnología de punta, con cambios radicales en el sector agrícola, con un nuevo marco para el desarrollo social, un nuevo comportamiento demográfico, nuevas formas de vida, nuevos esquemas de pensamiento y acción.
Las rupturas fundamentales, esas que hubieran hecho posible el fraguado de aquel proceso no se lograron. ¿Cómo explicarlo? Puede jugarse con varios planos.
En una primera aproximación, de orden macro, Venezuela pertenecía ayer como hoy a la masa de países sometidos a la férula del capitalismo hegemónico liderado por los Estados Unidos y parte de Europa. La opción de una industria nacional, de capital nacional, fuerte y en expansión sobre su entorno, no contabilizaba en los planes de los monopolios que se cernían sobre Venezuela. Su debilidad estructural la llevaría, finalmente, a acceder a procesos de industrialización ya con el siglo XX en franco avance y bajo un esquema de relaciones de dominio muy particular, donde el paso de la economía agroexportadora a monoexportadora de hidrocarburos trajo como consecuencia la tan deseada industrialización pero no el tan deseado desarrollo.
Pasando al orden regional, la burguesía de origen sefardita que adelantó el proceso en la región coriana resumía a su interior una contradicción: expoliaba el campo utilizando los sistemas tradicionales, manteniendo a su propio mercado interno en condiciones de estancamiento, reprimido en sus potencialidades de crecimiento. No se interesó por una explotación racional del suelo que elevara la productividad, incrementara el poder adquisitivo y robusteciera el mercado interno; se limitó a captar en forma masiva lo que encontró en su entorno, sin interesarse por las formas en que era producido. Así, si bien el capital comercial logró la acumulación necesaria para avanzar hacia intentos industriales, no se dio la consolidación y robustecimiento del mercado interno en los términos que la industria lo requería.
Pero además, los cambios cualitativos que debieron emprenderse y acompañar al intento industrializador no se dieron, ya que el mercado interno no reaccionó como consumidor más allá de productos básicos. La región conservó, en lo esencial, su mismo patrón de poblamiento, el campo conservó su misma dinámica productiva y la ciudad creció, sí, pero débil, incapaz de respaldar el intento de cambio que se gestaba a su interior y que finalmente abortó.
Por otra parte estuvo la actitud del Estado, ambivalente en el discurso, pero muy clara en su ejecución. La ausencia de una política de Estado coherente, secuencial y decidida que permitiera consolidarse a la naciente industria nacional. De nada servía el intento si faltaba el entramado de vías de comunicación para aglutinar ese mercado interno, de nada servía el intento si no había una política de empleo, de nada servía si la demanda del mercado interno era débil, si el país se desangraba entre pugnas políticas intestinas y la transferencia del beneficio en manos del capital extranjero hacia los Estados Unidos y Europa.
Batallando con un entorno adverso, los intentos industriales tanto de Coro como de otras regiones quedaron como esbozo de lo que pudo haber sido pero, definitivamente, no se logró, ya que en general perdieron su impulso y desaparecieron o se mantuvieron en la hipotrofia, como desvanecidas evocaciones de un esfuerzo que se vio inhibido por la inarmónica acción de las distintas fuerzas que eran necesarias para hacerlo avanzar. Se ratificaba así, la específica inserción de Venezuela al capitalismo mundial en calidad de importadora de productos de la industria foránea y dedicada a la monoexportación de productos primarios.


FUENTES
FUENTES PRIMARIAS
Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Fondo Senior. Cajas 2, 4, 6, 10, sin número (1896-1897), sin número (1893-1909), sin número (1902-1903), sin número (1903-1904).
Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Sección Instrumentos Públicos (SIP).

FUENTES IMPRESAS
Documentos oficiales
Leyes y decretos de Venezuela. Tomo 11. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1990.
Leyes y decretos de Venezuela. Tomo 12. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1990.
Leyes y decretos de Venezuela. Tomo 16. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1990.
Leyes y decretos de Venezuela, tomo 29. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1992.
Memorias del Ministerio de Agricultura, Industria y Fomento 1898. Caracas, Tipografía Universal, 1899.
Memorias del Ministerio de Fomento 1877. Caracas, Imprenta Nacional, 1878.
Memorias del Ministerio de Fomento 1892. Caracas, Imprenta y Litografía Nacional, 1894.
Memorias del Ministerio de Obras Públicas 1894, tomo 2. Caracas,

Hemerográficas
Periódicos de Falcón: Agencia Coriana, Auras de Occidente, El Águila, El Anunciador Comercial, El Ciudadano, El Conciliador, El Constitucional, El Delta, El Día, El Federal, El Horizonte, El Nacional, El Obrero, El Semanario, El Trabajo, La Crónica, La Industria, La Juventud, La Península, Lampos Corianos, Médanos y Leyendas, Nardos.

FUENTES SECUNDARIAS
Acosta, Vladimir, Revolución Industrial y Desarrollo Capitalista. Caracas, edición FACES/UCV, 1986.
Estaba, Rosa e Ivonne Alvarado, Geografía de los Paisajes Urbanos e Industriales de Venezuela. Caracas, Ariel-Seix Barral Venezolana, 1985.
Maza Zavala, Domingo, Venezuela una Economía Dependiente. Caracas, Fondo editorial del Instituto Universitario de Tecnología Antonio José de Sucre, 1985.
Moreno, Juan, Monumentos Históricos Nacionales. Caracas, Edición CONAC, Serie Inventarios N° 1, 1998.
Pino Iturrieta, Elías (Comp.), Cipriano Castro y su Época. Caracas, Monte Ávila editores, 1991.
Quintero, Inés (Comp.), Antonio Guzmán Blanco y su Época. Caracas, Monte Ávila editores, 1994.
Rangel, Domingo Alberto, El Proceso del Capitalismo Contemporáneo en Venezuela. Caracas, Edición UCV, 1968.
Vetencourt, Lola, Monopolios contra Venezuela 1870-1914. Caracas, Edición FACES/UCV-Vadell Hnos., 1988.



NOTAS
[1] La Industria. Coro, 22 de julio de 188, p. 1.
[2] Igual sucedió en toda Venezuela, caracterizada en la década de los setenta y ochenta del siglo XIX por la presencia de intentos de industrias en Maracaibo, Caracas, Valencia, Coro, Ciudad Bolívar y Puerto Cabello. Al respecto, léase: Manuel Rodríguez Campos, “Federación, economía y centralismo” en Inés Quintero (Comp.), Antonio Guzmán Blanco y su Época, pp. 84-85.
[3] Estas ideas se extrajeron de: Memorias del Ministerio de Fomento 1877, pp. XXVII-XXIX; Memorias del Ministerio de Agricultura, Industria y Fomento 1898, pp. XX-XXI.
[4] Es emblemático este párrafo de las Memorias del Ministerio de Agricultura, Industria y Fomento 1898:”El Ministerio tiene elaborada sus medidas con el propósito indicado [creación de industrias]; pero la limitada asignación con que le dotasteis en la Ley de Presupuesto del año anterior, corta su iniciativa”, p. XXI.
[5] La Industria. Coro, 17 de julio de 1879, p. 5. Sin embargo, para 1881, un editorial del mismo periódico describía la situación del estado en términos críticos, mencionando como única industria a la “jabonería limitada”. Con todo, debe haberse salvado este momento álgido, ya que la industrialización prosiguió su avance a lo largo de las dos últimas décadas del siglo que terminaba. La Industria. Coro, 28 de julio de 1881.
[6] La Industria. Coro, 15 de julio de 1880, p. 1. Sin embargo, el 18 de julio de 1884 La Industria, en un artículo sobre las fábricas de Coro, indica el año 1882 como el inicio de la fábrica de velas esteáricas de M. Capriles. Tal vez la producción anterior a 1882 no haya resultado de importancia.
[7] La Industria. Coro, 10 de febrero de 1881, p. 2.
[8] El naturalista alemán Adolfo Ernst, entonces director del Museo Nacional, fue designado por Guzmán Blanco para la organización de esta gran exposición. Capriles no llevó muestras de velas a la Gran Exposición de 1883, lo que puede ser indicativo de una producción que aún no alcanzaba los niveles de calidad y/o cantidad por él ambicionados.
[9] La Industria. Coro, 6 de septiembre de 1883, p. 2.
[10] La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2.
[11] La Industria. Coro, 4 de abril de 1884, p. 4; La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2; El Delta. Coro, 27 de noviembre de 1884, p. 3; La Industria. Coro, 4 de marzo de 1886, p. 1.
[12] La Industria. Coro, 9 de septiembre de 1884, p. 2.
[13] Tártago (Ricinus comunis). También conocido como ricino, palma cristi o higuerilla. Planta que vegeta de forma espontánea en climas cálidos o templados y es poco exigente en cuanto a suelos. De su semilla se extrae un aceite que tiene variados usos: medicinal (purgativo), lubrificante de máquinas, en la industria del cuero, en la fabricación de jabones, tintorería, preparación de tintas para imprenta, etc.
[14] La Industria. Coro, 28 de diciembre de 1882, p. 3; La Industria. Coro, 24 de mayo de 1883, p. 1.
[15] La Industria. Coro, 2 de mayo de 1884, p. 2.
[16] La Industria. Coro, 20 de junio de 1884, p. 3.
[17] La Industria. Coro, 22 de julio de 1884, p. 2.
[18] La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2.
[19] La Industria. Coro, 17 de agosto de 1884, p. 2; La Industria. Coro, 9 de septiembre de 1884, p. 2; El Delta. Coro, 27 de noviembre de 1884, p. 3.
[20] La Industria. Coro, 5 de septiembre de 1885 p. 2.
[21] Leyes y decretos de Venezuela, tomo 11, p. 119; La Industria. Coro, 19 de agosto de 1884, p. 2.
[22] La Industria. Coro, 20 de enero de 1887, p. 3.
[23] Memorias del Ministerio de Fomento 1892, pp. 132-133.
[24] El galpón industrial de Capriles Ricardo se ubicaba al sur de la ciudad, teniendo como linderos: al este, el camino del paso real; al oeste, el camino del acueducto; al sur, la huerta de Nicolás M. Gil; y al norte, calle pública. En la actualidad, aún una calle conserva el nombre de Jabonería.
[25] La Industria. Coro, 22 de julio de 1884, p. 2.
La materia prima de las velas, la estearina, era importada. El arqueo de fuentes del archivo comercial de I. A. Senior e hijo ratifica que esta materia prima era traída desde Europa, habiéndose detectado adquisiciones en Amberes y Marsella.
[26] El contrato fue suscrito por Alejandro C. Salcedo el 21 de enero de 1884, logrando aglutinar a diversos personajes y razones sociales bajo un contrato de promoción: Sucesores de J. & J. R. Blanch, Manuel Leyba, Eudoro Iturbe, José L. Fonseca y José María Gil. El negocio incluía además lanchas de vapor para carga y descarga de buques en La Vela. Con un capital numerario de 320 acciones, se estimaban ganancias anuales de cien mil bolívares menos gastos. La Industria. Coro, 21 de octubre de 1884, p. 1.
[27] Memorias MOP 1894, tomo 2, Documentos, pp. 6-8.
[28] Archivo Histórico de Coro-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, Fondo Senior (en adelante AHC-UNEFM, FS), caja 2, Doc. 150; El Conciliador. Coro, 24 de diciembre de 1903, p. 3.
El Fondo Senior permite perfilar esta tenería y fábrica de calzado, que para adquirir sus equipos consultó a las firmas newyorquinas D. A. De Lima & Co. y Neuss, Hesslein & Co. Senior solicitó información o bien hizo pedidos de hormas para calzado, una prensa en base a cilindro, martillo o rueda que sustituyera al vapor; cortes para calzado; catálogos para zapatería y talabarterías, cola y tachuelas para calzado, entre otros. AHC-UNEFM, FS, caja 2, Docs. 159, 160, 169, 172, 181, 196, 202 y 209; Caja 4, Docs. 406, 408, 410 y 412.
[29] AHC-UNEFM, FS, caja 2, Docs. 41, 64 y 444; caja 10, Doc. 360; caja sin número (1896-1897), Docs. 192 y 273.
[30] En los Protocolos del Municipio Miranda del cuarto trimestre de 1898, reposa con fecha 15 de octubre de 1898 el registro de la escritura de venta de I. A. Senior a Senior Hermanos de: “... un edificio construido de adobes y techado de tejas, así como también los establecimientos industriales de belería, javonería, tenería y extracción de aceites con todas sus maquinarias, aparatos, aparejos, tanque y depósitos de mampostería sólida, enseres y demás accesorios pertenencias necesarias para el funcionamiento y ejercicio de dichas industrias,...”. La operación se tasó en 40.000 bs. El documento explicita que desde su compra en 1893 a Manasés Capriles, fue pasada a Senior Hermanos, y que sólo estaban extendiendo la escritura de venta para registrarla como mandaba la ley. AHC-UNEFM, Sección Instrumentos Públicos (SIP).
[31] AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1903-1904); El Águila. Coro, 16 de abril de 1904, p. 4. Sin embargo, quizás por la estrecha unidad de capitales, I. A. Senior e hijo continuó presentándose como propietaria en la prensa local. El Conciliador. Coro, 24 de diciembre de 1903, p. 3.
[32] La Juventud. Coro, 5 de marzo de 1909, p. 4; Nardos. Coro, 11 de marzo de 1910, p. 4.
[33] El Día. Coro, 7 de mayo de 1920, p. 1.
[34] La Industria. Coro, 6 de septiembre de 1883, p. 2.
[35] La Industria. Coro, 4 de abril de 1884, p. 4; La Industria. Coro, 15 de abril de 1884, p. 4; La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2; El Delta. Coro, 22 de noviembre de 1884, p. 4.
[36] La Industria. Coro, 22 de abril de 1884, p. 3.
[37] La Industria. Coro, 19 de agosto de 1884, p. 1.
[38] La Industria. Coro, 15 de octubre de 1890, p. 1; El Federal. Coro, 29 de abril de 1891, p. 1; El Nacional. Coro, 16 de marzo de 1893, p. 4; El Ciudadano. Coro, 10 de julio de 1896, p. 3.
[39] La Península. Pueblo Nuevo de Paraguaná, 30 de noviembre de 1895, p. 4.
[40] La Industria. Coro, 9 de mayo de 1896, p. 3; El Ciudadano. Coro, 10 de julio de 1896, p. 4.
[41] Lampos Corianos. Coro, 27 de mayo de 1896, p. 4; Lampos Corianos. Coro, 13 de abril de 1898, p. 1.
[42] La Crónica. Coro, 1896, año I, mes I, N° 6, p. 2 (fecha mutilada en el original); El Constitucional. Coro, 17 de abril de 1897, p. 4; El Obrero. Coro, 11 de diciembre de 1900, p. 1.
[43] Leyes y decretos de Venezuela, tomo 29, p. 155.
[44] La Industria. Coro, 12 de noviembre de 1891, p. 2; El Federal. Coro, 29 de abril de 1891, p. 3.
[45] El Anunciador Comercial. Coro, 3 de diciembre de 1888, p. 1; 15 de diciembre de 1888, p. 1.
[46] El Obrero. Coro. 2 de marzo de 1901. P. 2; El Anunciador Comercial. Coro, 3 de diciembre de 1888, p. 1.
[47] La correspondencia del Fondo Senior permite advertir algún tipo de diferencias entre los hermanos Abraham y Josías Senior, que condujeron a Abraham hacia el año 1895 a separarse de su familia en lo tocante al ejercicio del comercio; para lo cual estableció su propio negocio y montó una fábrica de velas que entró a competir con la de su hermano. AHC-UNEFM, FS, caja 6, Docs. 109, 119, 228.
[48] AHC- UNEFM, FS, caja 6, Doc. 210.
[49] AHC- UNEFM, FS, caja 6, Doc. 150. Sigismundo Weil era familiar de los Senior. Residía en Hamburgo para fines del pasado siglo y tenía intereses económicos tanto en Europa como en Venezuela (Puerto Cabello). Residió en Coro y Curazao, donde casó con Clara de Abraham Mordechay Senior y Senior, hermana de Isaac A. Senior, fundador de la razón social I. A. Senior. Surtía a I. A. Senior e hijo de materias primas para sus industrias (estearina, cueros patentes, pinturas para pieles, soda caústica ...), le enviaba muestras de productos europeos similares a los manufacturados por Senior y le apoyaba buscando asesoría sobre los problemas técnicos y de adquisición de maquinaria y equipos que se le presentaban. También daba servicios a la fábrica de Abraham Senior. AHC- UNEFM, FS, caja 6, Docs. 172, 177, 182, 195, 210, 211, 225, 228, 240, 243, 295.
[50] AHC- UNEFM, FS, caja 6, Docs. 236 y 256.
[51] El Obrero. Coro, 20 de diciembre de 1900, p. 4.
[52] El Horizonte. Coro, 14 de octubre de 1901, p. 4; AHC- UNEFM, FS, caja sin número (1893-1909), Docs. 296 y 326. El anuncio oficial lo suscribieron Jacob M. Chumaceiro y Julio César Capriles, dando poder general a Ismael Capriles. El 1 de enero de 1903 se anunció la separación del socio Julio César Capriles, quedando Jacob M. Chumaceiro con los activos.
[53] AHC- UNEFM, FS, caja sin número (1902-1903).
[54] El Águila. Coro, 10 de septiembre de 1904, p. 4.
[55] La Juventud. Coro, 18 de enero de 1908, p. 4; Médanos y Leyendas. Coro, 30 de abril de 1922, p. 14; El Semanario. Coro, 29 de agosto de 1922, p. 4.
[56] Estaba, Rosa e Ivonne Alvarado. Geografía de los Paisajes Urbanos e Industriales de Venezuela, Cuadro N° 6.
[57] Agencia Coriana. Coro, 23 de agosto de 1910, p. 1.
[58] Auras de Occidente. Coro, 9 de febrero de 1911, p. 4; El Conciliador. Coro, 22 de abril de 1910, p. 2.
[59] El Día. Coro, 12 de enero de 1914, p. 1.

Cambio cultural y expresiones antisemitas en Coro: año 1900


Ponencia presentada en:
IV Coloquio de Historia Regional y Local Falconiana
UNEFM-Centro de Investigaciones Históricas del Estado Falcón-Ministerio de Educación
Coro, estado Falcón, Venezuela
16-19 de noviembre de 1999


Introducción

Este trabajo de investigación está comprometido tanto con el importante hallazgo de nuevas fuentes primarias sobre el antisemitismo en Coro, como con la memoria oral. Mi más profundo agradecimiento a los informantes, cuyos recuerdos y vivencias –directos e indirectos- han permitido rescatar e hilvanar elementos relativamente recientes –algunos incluso actuales- sobre la aceptación de este grupo por la sociedad coriana y una visión histórica de cómo la comunidad judeo coriana percibió al medio social coriano; además de constatarse el doloroso proceso de pérdida de patrones culturales originales y asimilación a la sociedad venezolana, y el rechazo que soterradamente alimentaron ciertos sectores de la sociedad coriana; elemento que fue manipulado, una vez más, durante el año 1900, generando lo que vendría a ser, hasta el presente, el último brote detectado de intolerancia étnica y religiosa que se dio contra este grupo de inmigrantes.
La base metodológica de este trabajo, que combina y contrasta fuentes primarias, revisión hemerográfica y fuentes orales, ha permitido visualizar a la comunidad judeo coriana en un momento de su devenir y perfila su desintegración como grupo endógeno; todo ello desde una perspectiva interdisciplinaria, que conjuga la historia con la antropología.


El proceso de cambio cultural [1]

A finales del pasado siglo eran ostensibles signos indicativos de un proceso de cambio cultural en el grupo sefardita que llegara a Coro en la tercera década de la misma centuria. Aquel contacto continuo de dos grupos distintos: venezolanos católicos y holandeses sefarditas, había dado lugar a la profundización de una serie de cambios que ya el grupo traía desde su estancia insular.
Como parte del cambio cultural se advertía la presencia de matrimonios mixtos y uniones consensuales entre varones sefarditas y corianas gentiles, pérdida de elementos de la liturgia religiosa, pérdida del idioma religioso y del calendario judío, asimilación de símbolos de la religiosidad católica –como son los ángeles que adornan tumbas en el cementerio judío de Coro-, consumo de carne de cerdo, participación en eventos relacionados con el mantenimiento del culto católico o cuando menos ajenos a la cultura sefardita, como reparación de templos, carnavales, voluntariado católico, entre otros. En pocas palabras, el grupo avanzó cada vez con mayor celeridad hacia una nueva identidad cultural, lo que implicó relaciones profundas y estables con el medio coriano y venezolano en general, que vinieron a ser a su vez una muralla protectora contra el antisemitismo del que se hablará más adelante.
Ya en Curazao, el grupo había dado pasos que le alejaban de los usos y costumbres sefarditas ortodoxos en materia religiosa, idioma y diversas costumbres. El judeo español y el hebreo se habían perdido. A esto se unió el cisma religioso de 1864, que dividió a la comunidad judía curazoleña entre ortodoxos portugueses y reformistas de rito estadounidense.
El judaísmo reformado surgió en los Estados Unidos durante segunda década del s. XIX. Su orientación era liberal y postulaba que el hombre podía conocer mejor a Dios a través de la razón y no del dogma y sus ceremonias. En un intento por facilitar la adaptación de los judíos migrantes a los distintos entornos que les recibían introdujo cambios radicales en la liturgia y todavía más, generó cambios de fondo, al rechazar las leyes de la Torah, el retorno a Sión y asumir como base religiosa un monoteismo ético [2].
Es factible que esta propuesta religiosa haya calado en el ánimo de los sefarditas curazoleños, enlazados por parentesto e intensas relaciones comerciales con sus similares radicados en New York, a través de quienes debe haber llegado la influencia del judaísmo reformado; propuesta que, al final, facilitaba las cosas a una comunidad aislada y con fuertes particularidades en su liturgia, usos y costumbres.
Pequeña y aislada, todo indica que la comunidad judeo coriana vivenció lo que Paul Johnson denomina la “confusión cultural” propia del judaísmo del s. XIX, y que se revelaba en la carencia de un programa y un liderazgo unido [3]. En el caso coriano el judaísmo reformado traído de Curazao, que se suponía vendría a ser un elemento de fortaleza para el grupo, permitiéndole manejar las particularidades derivadas de su aislamiento, funcionó como un elemento más que, sumado a otros, minó la cohesión, identidad y reproducción de patrones culturales propios del grupo sefardita. Los actuales descendientes no practicaron la liturgia hebrea, su fe religiosa quedó reducida a la práctica de valores universales y las tradicionales leyes morales judaicas: “Aquí la única religión era la moral”[4]. Los sefarditas corianos terminaron perdiendo incluso la liturgia reformada y reteniendo sólo lo concerniente a las tradicionales leyes morales judaicas.
La adopción de los criterios del judaísmo reformista y el proceso de cambio cultural se advierten en expresiones como éstas: “Mamá decía que las leyes mosaicas eran leyes sanitaristas que para que el pueblo las pudiera cumplir las volvieron religiosas” [5], “Ellas preparaban siempre algo de cochino. Ellas lo hacían por la integración del mundo” [6], “ (la familia)... no conocía el hebreo, y se había olvidado de la práctica religiosa aún conservando la moral judía” [7].
Y en medio de este panorama de pérdida de identidad cultural y religiosa, la memoria oral de descendientes sefarditas evoca anécdotas de rechazo y temor enmarcadas a fines del pasado siglo y a lo largo del actual, transmitidas por sus consanguíneos inmediatos; como calificativos despectivos: “marrana”, agresiones desde el púlpito: “pérfidos e infieles”, imágenes estereotipadas: “beben sangre de niños”, “tienen rabo de cochino”, “tienen pacto con el demonio”, “deben ser expulsados”, entre otras.
Latente como una voz de alerta, el recuerdo a los sucesos de 1855 ha llegado hasta el presente:“Mamá decía: - Pero qué familia nuestra tan sinvergüenza, los echa Falcón y después vuelven para acá”. Por último, una recomendación, quizás la síntesis más acabada que explicase la causa del histórico rechazo y agresiones al grupo sefardita:“Hay que cuidarse por tres cosas: posición social, posición económica y condición de judía” [8].


Política y partidos: expresiones antijudías en el Coro de 1900
El alzamiento de los Castillo

El anterior proceso de cambio cultural se ubica en un contexto político específico. A fines de pasado siglo e inicios del actual la situación en Falcón, en términos políticos, era inestable. El triunfo de Castro no agotó la violencia de las guerrillas. Tardaría todavía un año más en lograrse el control del área. Correspondió al general Ramón Ayala, designado por Castro como Jefe Civil y Militar del Estado Falcón, la dirección de las maniobras militares para derrotar a los alzados.
En Falcón se levantaron contra Castro los generales Castillo (Carlos, Miguel, Jesús María y Abelardo), todos miembros de una misma familia, de profundo arraigo e influencia en la zona serrana de Churuguara. Otros dos Castillo: Ceferino y Ramón, se inclinaron desde un comienzo por el castrismo.
Fue necesario hacer repetidas operaciones militares para controlar el brote guerrillero. Los Castillo fueron derrotados a comienzos de enero de 1900 en Guasiquí, cerca de Churuguara, por tropas del general Ramón Ayala. Murieron Carlos y Miguel, quedando herido Jesús María [9]. Al descalabro de este alzamiento tomó la iniciativa el general Pilar Medina, quien también fue derrotado. Había además guerrillas en el litoral oriental, según reportaba el general Tellería [10].

Judíos mochistas y xenofobia religiosa

En opinión de Ayala, “el círculo hebreo” de Coro estaba implicado en estos levantamientos, apoyando la causa de “El Mocho” Hernández. Ayala acusó a los empresarios sefarditas ante Castro de fomentar la guerra junto a los judíos de Curazao, abasteciendo a los rebeldes con parque, dinero, ropa, envío de correspondencia y contactos: “Envalentonados con la vasta influencia que ejercen sobre esta sociedad, por ser casi los únicos capitalistas y por el apoyo que mutuamente se prestan, aspiran al dominio político y han creído propicia la época para obtenerlo. Esto le explicará a Usted por qué los hebreos hicieron alzar a los Castillo (...) y por qué alzaron después de Guasiquí a Pilar Medina...” [11].
De su correspondencia se desprende que entre fines de enero y principios de febrero de 1900 hizo arrestar a varios y de manera especial enfiló sus ataques contra Abraham Senior: “La medida de retiro del exequatur y luego la prisión de Senior (Abraham) y su embarque últimamente para Curazao, han sido verdaderos resultados” [12]. Involucró además otros apellidos judíos como Curiel, López Fonseca y De Castro, además de algunos católicos, y sugería a Castro: "Se impone la remisión a Caracas de Gil (José María) y algún otro, y la expulsión de los principales conspiradores hebreos" [13].
Ayala acudió a los lugares comunes de ciertas imágenes estereotipadas que existen acerca del pueblo judío, pero la situación se complicó todavía más al darse la agresión directa por parte de las autoridades eclesiásticas. En “La Revista Católica” del 15 de febrero –órgano de los intereses cristianos del estado, a decir del Pbro. José Dávila y González [14], vicario de la ciudad y acusado en varios volantes de incitar a la violencia contra los judíos-, se insertó un artículo que atacaba en forma directa a la comunidad judeo coriana, mencionando la expulsión de Abraham Senior y afirmando por extensión: “Se dice que pronto seguirán el mismo camino todos los judíos y judías que viven en Coro. Esta medida la aplaudirán todos los católicos, pues ella será la salvación espiritual y material de Coro” [15]. El texto enfrentaba abiertamente a católicos y judíos al incitar la violencia étnica y religiosa: “los católicos deben aplaudir el hecho de que sean arrojados de Coro todos los hebreos” [16].
No es coincidencial que se unieran el ataque político y el religioso, ya había sucedido en 1855. Y aunque hasta ahora no hay pruebas documentales, la inferencia lógica es que el inserto de “La Revista Católica” obedeciera a una estrategia que de común acuerdo desarrollaron algunos sectores de católicos en combinación con el general Ramón Ayala, a los efectos de obtener ventajas de la comprometida situación política en que estaban varios miembros de la comunidad judía coriana.
En Coro persistía, soterrado y esperando un nuevo momento propicio, el oscurantismo religioso, la intolerancia étnica y rivalidades económicas de grupos; todo ello canalizado hacia los sefarditas. Antecedentes de ello han sido recogidos en literatura especializada, como el libro de Isidoro Aizenberg, donde se menciona sin detalles tanto el incidente de 1900 como uno anterior, en 1884, que involucró al presbítero Teolindo A. Navarrete y que fue respondido por Manasés Capriles; así como la actitud de la diócesis barquisimetana a través del sacerdote Macario Yépez, quien hacía prédicas antisemitas y motivaba en ese sentido a los presbíteros destinados a Coro. La memoria oral también ha conservado el recuerdo de las agresiones de Yépez, así como el clima de inseguridad y temor que hasta bien avanzado este siglo causaban los sermones de la semana santa entre miembros del grupo sefardita.
Sobre este terreno de intolerancia subyacente, la coyuntura de la violencia política y las acusaciones del general Ayala vinieron a ser el catalizador que permitió aflorar los prejuicios antijudíos y estimular la discriminación; sólo que en 1900 el posicionamiento de la comunidad era otro debido al proceso de cambio cultural ya abordado y a una serie de alianzas estratégicas que involucraron a comerciantes católicos y, en particular, a la logia masónica Unión Fraternal N° 17. A esta institución, entonces con mucha presencia social, económica y política, pertenecía el grueso del grupo sefardita y numerosos católicos corianos, que mantenían alianzas económicas y se prestaban mutuo apoyo. Los más importantes importadores y exportadores de Coro pertenecían a la logia N° 17 y todos los grandes comerciantes e industriales judíos fueron miembros de la misma [17]. Pero graficará mejor este aserto un ejemplo: de los siete miembros fundadores de la Sociedad de Economías y Préstamos, que fuera la primera gran institución financiera de crédito hipotecario de Falcón, fundada en junio de 1896, todos eran masones y tres eran judíos corianos. Estos personajes fueron Josías L. Senior, Quiterio Henríquez, Elías Curiel, Constantino Petit, Salomón López Fonseca, Herman Leyba y Maximiliano Iturbe [18].
Las investigaciones indican que los judíos curazoleños participaron en la masonería desde mediados del s. XVIII, habiéndose fundado la primera logia alrededor de 1743, al establecerse en Curazao un masón: Daniel Cohen Peixotto [19]. Un sefardita, David Curiel, fue uno de los fundadores de la primera logia de Coro, la “Unión Fraternal N° 44”, en 1856, a un año escaso de haber ocurrido los motines anti judíos, ésta recibió después el nombre de “Unión Fraternal N° 17” [20]. Con posterioridad surgirían otras dos logias –en 1877 y 1878-, siempre con la activa participación de sefarditas corianos [21]. La unidad masónica fue factor de defensa ante un segmento social que hacía 45 años había desatado su última ira xenofóbica, y donde aún, de manera intermitente, se atacaba bien a los judíos o a los masones.
Pero retomando el hilo del conflicto, la reacción de los corianos no se hizo esperar, y al contrario de 1831 y 1855 en esta ocasión predominó una postura de defensa hacia el colectivo sefardita, manifestada en volantes que circularon a partir del 17 de febrero [22]. En uno de ellos, titulado “Protesta” y fechado el día 17, 101 corianos expresaron su total rechazo: “La Revista Católica se ha hecho eco en esta oportunidad de un viejo y extinguido espíritu de intransigencia religiosa, sofocado por las inmortales conquistas de la civilización y del derecho, que consagran la libertad de todos los cultos; ...”. Igualmente, explicitaron su apoyo a Abraham H. Senior y a todos los hebreos residentes en Coro [23]. Las firmas que encabezaban este volante eran las de José María Gil, Cornelio F. Recao, Isaac M. Maduro, J. C. Beaujón y D. A. Hernández. Quizás este volante le valiera a José María Gil que el general Ayala propusiera al presidente Castro su encarcelamiento. Otro volante, éste anónimo y titulado “Cinismo”, tras atacar al presbítero y a sus aliados en términos bastante encendidos, concluía: “Demasiados sacerdotes hay en el Estado Falcón que pueden desempeñar la vicaría de Coro. Por qué pues aceptar españoles carlistas que, lejos de concretarse a sus deberes, vienen a implantar la semilla de la discordia en nuestra sociedad?” [24].
Una carta abierta fechada 18 de febrero y dirigida al Pbro. Dávila y González, suscrita por seis de los más prominentes miembros de la comunidad judeo coriana, reprochaba a éste su intolerancia y sugería que “La Revista Católica ya registraba antecedentes de antisemitismo que ellos habían respondido con “desdeñosa indiferencia”[25].
A esta carta se le agregó, el día 19, otro volante también titulado “Protesta”, éste encabezado por Juan B. Weffer, Lorenzo Alvarez, José Nicolás Iglecia, Emilio Salcedo y Nemencio Morillo. El día 20, quizás aprovechando la simbólica fecha, se dejaron circular tres volantes más, firmados uno por residentes veleños encabezados por M. Iturbe, Polibio Aguirreche, Manuel Partida, Víctor Brigé y Eudoro Iturbe; otro suscrito por la Sociedad San Nicolás y el tercero por un grupo autocalificado de artesanos, encabezado por R. Piña Castro, Esteban Soto, Justiniano Piña, José Gallardo y Eladio Díaz. El resumen de aquellos volantes expresaba una condena a la postura del vicario, protestaban la intolerancia religiosa y se solidarizaban con Abraham Senior [26].
La reacción de los contrarios se plasmó en un volante fechado 21 de febrero. El texto, titulado “Por la religión” y suscrito en forma anónima por “varios corianos”, apoyaba al presbítero Dávila y reprochaba “... que la Coro cristiana se inclina vencida ante la Coro judiaca” [27]. El mismo padre Dávila publicó un texto titulado “Al público”, fechado 24 de febrero. En él se defendió de los ataques y expuso con crudeza su antisemitismo, ubicándose en una postura de extremo rechazo que quizás se explique por su origen español –algunos volantes lo señalan como canario-. Plagado de lugares comunes sobre el estigma del pueblo judío, como pueblo maldito, proscrito, deicida y enemigo de la religión católica, y las clásicas imágenes estereotipadas de avaro, egoista, segregacionista y otras; se complementaba además con especificaciones locales como la de contrabandista. El fulminante texto terminaba diciendo: “Soy sacerdote católico, y por ende enemigo del judío, y no concibo al cristiano que confunde en unos mismos labios la oración religiosa y el beso de Judas” [28].
Se desconoce la existencia de otros volantes, pero con certeza la situación de tensión y agresiones no terminó con la expulsión de Abraham Senior. El 23 de febrero, obviamente manipulando los hechos, Ayala escribió a Castro comentando el tema de los volantes, que según él eran una forma de protesta indirecta contra el gobierno, efectuada tomando como argumento lo que calificó de “pretexto baladí”, y acusaba: “Hojas y más hojas han circulado, costeadas por los hebreos, en las cuales se les prodigan las lisonjas más exageradas, y, particularmente, a Senior,...” [29].
La represión aumentó. El 10 de marzo Ayala reportó la captura el día 5 de varios hernandistas que habían permanecido ocultos desde la derrota de los Castillo: "Pertenecientes todos al gremio hebreo, que goza en este Estado de extensas relaciones, pusieron sus influencias y recursos monetarios al servicio de la revolución, pero con una tenacidad digna de mejor causa” [30].

Independiente a los excesos y estereotipia de Ayala, es muy posible que una parte del grupo sefardita haya sido simpatizante de la causa hernandista, cuyo pensamiento se aproximaba mucho a las ideas políticas que circulaban en los Estados Unidos, centro económico de donde estos comerciantes recibían fuerte influencia y apoyo.
Es factible, dada la ausencia de documentación que en forma directa o indirecta oriente a lo contrario, que el comercio coriano -como tendencia- no haya simpatizado con la causa de Castro. No se ha ubicado una carta del colectivo mercantil que exprese su afecto o felicitaciones a Castro, ni menciones a algo similar. Se ha encontrado correspondencia aislada en este sentido, por ejemplo del sefardita Elías Capriles expresando su adhesión a la causa del castrismo [31].
En su defensa, puede decirse que la correspondencia de otros funcionarios militares y civiles, como el general Arístides Tellería, el administrador de la aduana marítima de La Vela y el cónsul en Curazao –Miguel Bethencourt-, no hacen alusión a movimientos conspirativos de los comerciantes sefarditas curazoleños o corianos, lo cual resulta incongruente, ya que si la conspiración tenía centros en Coro y Curazao, lo lógico es que la correspondencia del cónsul Bethencourt, por ejemplo, informara sobre los movimientos de estos financistas, como sí lo hizo sobre los movimientos de los alzados. La correspondencia de Carlos Benito Figueredo, cónsul en 1901, tampoco arroja datos sobre este particular.
Al no lograr Ayala controlar la situación en Falcón, Castro optó por decretar hacia mediados del año un indulto para aquellos que se acogieran a la paz. El 19 de junio Arístides Tellería le informó que él, Claudio Hermoso Tellería y el general Medina habían firmado el día anterior un convenio de paz con el general José del Pilar Medina: "primer jefe de la revolución en el Estado”. El día 20 el general Agustín Pulgar informó al presidente haber logrado que diversos alzados se acogieran al indulto decretado, entregaron sus armas y se les dio salvoconducto [32].
La situación tendió a normalizarse en lo político y la xenofobia tomó sus cauces soterrados, lo cual permitió cerrar definitivamente este capítulo el 25 de septiembre de 1900, cuando por segunda ocasión el colectivo judío –a través de sus principales representantes- publicó una “Manifestación de gratitud”, afirmando que la efervescencia provocada por la guerra había cesado y agradeciendo la defensa de que habían sido objeto [33].

Conclusiones

A diferencia de ocasiones anteriores, ahora hubo una capacidad de respuesta inmediata del grupo sefardita a estos ataques. La neutralización y evidente éxito ante la agresión política y el rechazo étnico y religioso fue ostensible, y mucho más acabada en términos de su calidad. Esto se explica por diferentes razones, que pueden agruparse en tres grandes aspectos: el primero, de plena integración económica a la región y al país; el segundo, de profundización del proceso de cambio cultural; tercero y último, el pensamiento liberal en boga.
Tocante a la integración económica, a estas alturas del proceso de cambio cultural, con la segunda generación de nacidos en Venezuela, los capitales de estos empresarios habían arraigado en suelo nacional, creando relaciones claves de índole comercial, industrial, financiera y política tanto en Falcón como con otras importantes ciudades del país. Prominentes miembros de la comunidad hebrea desempeñaban roles de importancia en el poder estadal, como David López Fonseca y José Curiel Abenatar; otros, como Manasés Capriles Ricardo y sus hijos, Salomón e Isaac López Fonseca y los hermanos Josías, Jacobo, Abraham y Morry Senior tenían un enorme peso económico a través de grandes inversiones efectuadas en Coro y su región de influencia. Finalmente, en su mayoría detentaban cargos consulares.
En cuanto a la profundización del cambio cultural, la segunda generación nacida en Venezuela dejaba ver una severa fractura con respecto a su herencia étnica y religiosa. La comunidad se enfrentaba, quizás sin saberlo, a la pérdida de su imaginario; es decir, de ese conjunto de significaciones que eran garantes de cohesión grupal y preservación de identidad como un grupo distinto al criollo. Por el contrario, lenta y dolorosamente en algunos casos, se daban rupturas importantes, es el caso de los matrimonios exógenos, que se dieron cada vez más, uniendo por sangre, afectos e intereses a corianos y sefarditas. También estaba otro elemento, subyacente pero igual de efectivo como ruptura: el nacimiento de descendientes de mujeres gentiles y judíos, concebidos fuera de matrimonio pero casi siempre reconocidos ante las autoridades. Esta nueva descendencia era una generación de enlace, criada casi siempre bajo la fe católica pero conciente de su ascendencia hebrea, y vino a representar un soporte que no sólo atenuó sino además neutralizó la xenofobia que aún persistía.
Este aspecto de las uniones y su descendencia es muy importante, pues vino a ser un nuevo elemento de movilidad social en la sociedad coriana, que rompía el círculo de los tradicionales apellidos hispanos a la vez que apuntalaba al grupo en su proceso de cambio cultural. Quizás este factor de movilidad social causó malestar entre ciertos grupos e individuos; pero por otra parte amortiguó los prejuicios y redujo el riesgo de la discriminación.
El otro punto del cambio cultural fue la pérdida de los elementos de fondo y forma relativos a la fe religiosa, y la adopción de otros evidentemente cristianos. Así como se había dado hacía mucho tiempo una pérdida del lenguaje de la fe: el hebreo, y las lenguas madres traídas de la península ibérica; había ahora una pérdida del lenguaje religioso, en la cual fue decisiva la ausencia de autoridad rabínica en Coro; la carencia de una sinagoga como institución destinada a la preservación del culto, sustituida por una sala de oración que al parecer funcionó con poca eficacia, perdiéndose rápidamente los escasos elementos de culto traídos de Curazao. La adopción de nombres católicos, elemento que hibridizaba la identidad personal a cambio de facilitar la inserción en el medio coriano.
En fin, un conjunto de ausencias y pérdidas que gradual y eficazmente minó las bases de identidad del grupo, restándole cada vez más aquellas características que le hacían aparecer como particular y distinto, aproximándolo a una nueva realidad cultural y a una nueva fe religiosa.
Todo lo anterior obligaba al grupo como tal, y a cada individualidad, a reubicarse, profundizando la toma de nuevos valores, usos, costumbres, lenguajes; es decir, los referenciales de orden cultural. Quedaba para 1900, sin embargo, un elemento con valor de estigma que fue manipulado por ciertos católicos y la jerarquía eclesiástica más recalcitrante: el ser judío; pero que ya no tenía el mismo valor de identidad para una comunidad en transición, fracturada y conflictuada en su proceso de cambio cultural.
Por último, hay un nuevo elemento que vino a jugar un papel decisivo en la neutralización y división de la grey católica ante el exhorto a expulsar la comunidad judía: el liberalismo y el pensamiento positivo. Los volantes que contestan al artículo de “La Revista Católica” son clara expresión de nuevos valores: libertad de pensamiento, libertad de culto y rechazo a la intransigencia religiosa y el fanatismo, rechazo al imperialismo hispano y al racismo, exaltación de la civilización y el siglo de las luces, de la justicia, la fraternidad universal y el espíritu democrático.
Era evidente que el proceso de secularización iniciado por Guzmán Blanco daba sus frutos. Los rasgos típicos de la modernidad se imponen en esos volantes, donde se advierte con claridad un dominio secular de la vida social que vino a hacer contrapeso a las tendencias retrógradas expresadas por Ayala y La Revista Católica.
El liberalismo y el pensamiento positivo habían calado de manera profunda en Venezuela. Toda una generación de corianos es influenciada por este pensamiento, que recibió gran impulso bajo el guzmancismo y se consolidó entre el postguzmancismo y el gomecismo [34]. Para el momento en que se manifiesta este nuevo rechazo al grupo judío, los nuevos esquemas de pensamiento, amplios, alejados del dogmatismo, afines a todo lo que se identificara con el progreso, la tecnología, la cultura, las bellas artes; es decir, la civilización en el más puro sentido eurocéntrico, habían calado hondo en un sector de la sociedad coriana, y tenían su expresión visible en el actuar de sociedades culturales como la “Armonía” y la “Alegría”, en el empuje titánico de capitales judeo corianos por concretar –como lo hicieron para el año 1897- el ferrocarril La Vela-Coro, en el florecimiento de diversas industrias radicadas en Coro y, ahora, en la reacción de rechazo de una parte del colectivo coriano al ataque verbal hacia los inmigrados hebreos.
Sin lugar a dudas, entre 1855 y 1900 muchas cosas habían cambiado, y ya no existían las condiciones que permitieran, como en el siglo anterior, las explosiones de furia xenofóbica. Habían cambiado la economía, la sociedad y el pensamiento filosófico; los valores asociados a ese pensamiento habían penetrado en la población generando una nueva representación del mismo colectivo que hubieran atacado hacía 45 años. Pero también ese colectivo, los sefarditas, había cambiado. La transformación de su identidad mediante procesos de hibridación que les fueron integrando a la sociedad venezolana dio pertinencia a una defensa que demostró a las autoridades la nueva realidad de una sociedad, una ciudad y una región que habían asimilado a ese colectivo como propio. Terminado el conflicto, los sefarditas corianos habían dado un paso más, un gigantesco paso, en su camino de no retorno a sus orígenes y la adopción de una nueva cultura y fe religiosa.



BIBLIOGRAFÍA

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[1] Se entenderá por cambio cultural el proceso de modificaciones subsecuentes en los patrones culturales originales de uno o más grupos, resultado del contacto continuo y de primera mano de individuos de culturas diferentes.
[2] Paul Johnson, La historia de los judíos. Caracas, Javier Vergara-Alfadil, 1991, pp. 338 y ss.
[3] Paul Johnson, Ob. cit., p. 346.
[4] Entrevista a Thelma Henríquez (hija de padres serfarditas), Coro, 6-04-1999. (En adelante Entrevista a T. H.).
[5] Idem.
[6] Entrevista a Débora Capriles (hija de padre sefardita), Coro, 23-03-1999 (En adelante Entrevista a D. C.). La Dra. Capriles proporcionó valiosa información sobre los hábitos de sus tías-abuelas y abuela paterna, que permiten visualizar lo que tal vez haya sido un último intento de preservación de la identidad grupal y religiosa del grupo serfardita.
[7] Entrevista a informante confidencial., Coro, 23-03-1999.
[8] Entrevista a T. H., Coro, 6-04-1999.
[9] Boletín del Archivo Histórico de Miraflores Nº 71, pp. 216, 220, 223 (En adelante BAHM).
[10] Idem, p. 310.
[11] BAHM. Nº 72, mayo-junio 1972, p. 13; N° 32, septiembre-octubre 1964, pp. 37-39.
[12] BAHM N° 72, mayo-junio 1972, p. 13.
[13] BAHM Nº 32, p. 39.
[14] “Carta pública del Pbro. José Dávila y González sobre el judaísmo. 24-02-1900”, Archivo personal del Sr. César Maduro (En adelante ACM). Se consultó el único libro de gobierno de catedral que pudo ubicarse en el Archivo Arquidiocesano de Coro, y que incluye el lapso 1871-1933, pero no se consiguió información sobre el Pbro. Dávila y González.
[15] “Carta pública de varios comerciantes judíos al Pbro. José Dávila y González (18-02-1900)”.
“Volante titulado Protesta, suscrito por residentes de La Vela apoyando a la comunidad judeo coriana en febrero de 1900” , ACM.
[16] “Volante anónimo titulado Cinismo, distribuido durante los incidentes antijudíos de febrero de 1900”. ACM.
[17] Ver los cuadros logiales de los años 1883, 1890 y 1899, que reposan en la logia “Unión Fraternal N° 17” de Coro; así como la revista Unidad Masónica, Coro, año 1, N° 1, abril de 1956, pp. 13-18.
[18] Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Poderes y asuntos de comercio, segundo trimestre 1896, folios 14-16.
[19] Günter Böhm, Manuel De Lima fundador de la masonería chilena. Santiago, edición Universidad de Chile, 1979, p. 35.
[20] “Datos históricos de la Unión Fraternal” en Unidad Masónica, Coro, año 1, N° 1, abril de 1956, p. 12.
Un interesante documento: el diploma grado 3 de la Unión Fraternal N° 44, otorgado en 1858 a David Curiel “nativo de Coro” y de 30 años, es indicativo de la participación de la primera generación de sefarditas corianos en las logias corianas. David Curiel era hijo de Joseph Curiel, considerado uno de los “patriarcas” de la migración sefardita hacia Coro. “Diploma grado 3. Unión Fraternal N° 44, a David Curiel. 1858”, Logia Unión Fraternal N° 17, Coro.
[21] Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Fondo Senior. Cuaderno de la logia Unión Fraternal N° 24, f. 3.
“Datos históricos de la Unión Fraternal” en Unidad Masónica, Coro, año 1, N° 1, abril de 1956, p. 13.
[22] El conjunto documental consta de seis volantes de apoyo a la comunidad judeo-coriana, una carta abierta dirigida por judíos corianos al presbítero involucrado en los sucesos, un volante de apoyo al mismo presbítero, una carta abierta de éste y otra, ya pasados los sucesos, remitida por el gremio hebreo agradeciendo el apoyo brindado; para un total de diez documentos. ACM.
[23] “Volante titulado Protesta, distribuido durante los incidentes antijudíos de febrero de 1900”. ACM.
[24] “Volante titulado Cinismo, distribuido durante los incidente antijudíos de febrero de 1900”. ACM.
[25] “Carta pública al Pbro. José Dávila y González por parte del colectivo hebreo de Coro, en febrero de 1900”. ACM.
[26] “Volantes distribuidos durante los incidentes antijudíos de febrero de 1900”. ACM.
[27] “Volante titulado Por la Religión, distribuido durante los incidentes antijudíos de febrero de 1900”. ACM.
[28] “Texto titulado Al Público, suscrito por el Pbro. José Dávila y González, fechado en Coro, 24 de febrero de 1900”. ACM. Este texto no tiene formato de volante y se desconoce qué publicación lo insertó. Lo recogió el Sr. Salomón Levy Maduro y lo conservó junto a los volantes, adhiriéndolos a un cuaderno.
[29] BAHM N° 32, pp. 37-39.
[30] BAHM N° 73, julio-agosto 1972, p. 52.
[31] BAHM N° 74, sept-dic. 1972, p. 56; BAHM N° 79-82, mayo-dic. 1974, p. 76.
[32] BAHM, Nº 78, pp. 307 y 310.
[33] “Volante titulado Manifestación de gratitud, fechado en Coro, 25 de septiembre de 1900”. ACM. Este volante fue suscrito por Salomón López Fonseca, Josías L. Senior, Isaac López Fonseca, José Curiel Abenatar, José David Curiel, Abraham H. Senior, Abraham S. Capriles y Elías Curiel.
[34] Angel J. Cappelletti, Positivismo y evolucionismo en Venezuela. Caracas, Monte Ávila editores, 1994, cap. 2.