Clío

Temas de historia regional y local

domingo, 30 de marzo de 2008

De Coro a Nuestra Señora: la aventura alemana en la tierra firme del siglo XVI


Ensayo publicado en el folleto:
Presencia y actuación de la casa comercial Welser de Augsburgo en la provincia de Venezuela.
Edición de Jürgen Jencquel y Jacob H. Jencquel. Caracas, Venezuela. 2002, pp. 6-36.
Publicado con motivo de la instalación de una réplica del cenotafio de Felipe von Hutten en la Iglesia Catedral de Coro, estado Falcón, Venezuela.


Introducción
Al escribir sobre la historia de Coro del siglo XVI, pero particularmente sobre la actuación de los Welser en esta tierra, se quiera o no, se está tomando posición entre dos ópticas divergentes; la que ha tenido mayor uso en el análisis histórico, asociada a la leyenda negra alemana, y otra minoritaria y favorable, trabajada por historiadores modernos como Juan Friede. Los matices intermedios son producto de la constante revisión de estas dos visiones. El problema de mayor vigencia entre nosotros es problematizar, en tanto historiar, a los cronistas, quienes finalmente han alimentado por siglos el debate -entre nosotros- sobre lo que fuimos en nuestro origen más lejano. En suma, al acércanos a la historia del siglo XVI en Coro debemos elegir, y esta elección no puede seguir teniendo como trasfondo el apego irrestricto a visiones extrapoladas, pues ambas nos mutilan. Tenemos, por el contrario, que acceder a nuestro origen conociendo a los protagonistas que se enfrentaron, en ocasiones a muerte, pero sin olvidar que ambas posiciones son -por igual- parte de nuestro primer legado, y que aún subsisten entre nosotros, así les queramos volver la espalda.

La terra incognita
Cuando los europeos llegaron a América, terra incógnita, creyeron estar en el corazón mismo de Asia. Asia, la tierra de los bárbaros, sus enemigos históricos. Todos los siglos de su memoria se volcaron hacia los pueblos amerindios, que fueron vistos como parte de los misteriosos imperios orientales. La conquista, pues, tuvo en la mente del colectivo europeo una justificación histórica, soportada en una errónea geografía y el ancestral miedo a los enemigos naturales. Una serie de códigos y representaciones colectivas, no el reduccionismo moral, es lo que nos explica la actuación de aquellos invasores.
Pero ¿a quiénes conquistaron los europeos? ¿Quiénes integraban el otro polo de esta historia? En el caso venezolano la mayoría de las huellas se han perdido. En el territorio que hoy ocupan Falcón Lara, Yaracuy y las estribaciones andinas habitaban pueblos sedentarios, dueños de una avanzada agricultura. Para los siglos XIII y XIV el área estaba ocupada principalmente por arahuacos o caquetíos, jirajaras y ayamanes. Los caquetíos cubrían un amplio radio que iba desde la costa norte hasta el Orinoco. Los radicados en el norte del territorio, en el litoral, ostentaban un desarrollo cultural superior al mismo pueblo caquetío asentado en los llanos que se extienden entre el Apure y el Casanare, y de aquellos que habitaban las márgenes del Orinoco y las estribaciones andinas[1].
Acerca de los caquetíos asentados alrededor de Coro, podemos decir que eran dueños de una agricultura avanzada, intensiva y con sistemas de riego, y para cuando arribaron los conquistadores eran plenamente sedentarios. Sabemos que extendieron sus redes comerciales hasta muy al sur, siguiendo las cuencas del Turbio y el Yaracuy; y que conocieron el valor del dinero en forma de perlas, cacao, algodón, cuentas de nácar y otros objetos. Esta información, sin embargo, poco nos permite saber de sus mentalidades, de las principales ideas que conformaban su particular cosmogonía, los ritos de su vida cotidiana. Dentro de este universo de imprecisiones, sólo parece posible asegurar que la imagen que de los indios tenían los propio indios difería de la imagen que de ellos se formaron los conquistadores, y que ésta es ajena a la que pudiéramos elaborar hoy en día.
En la mente del hombre europeo, intensamente alimentada por la mitología clásica, nuestro agricultores sedentarios, nuestra geografía, flora y fauna dieron origen a las más extrañas criaturas y paisajes, sólo comprensibles en el marco del siglo XVI: tierras tórridas en cuyo sur extremo no podían habitar animales debido al gran calor que se desprendía, donde quizás estuviera el paraíso en un lugar tan alto que llegaría al globo de la Luna, donde las noches serían iguales a los días y habría ríos donde recoger el oro con simples redes, y podrían encontrarse seres de orejas tan largas que se arrastran por el suelo, o que se alimentan del olor de las flores y frutas, salvajes tan altos como tres varas, o tan pequeños como un codo de altura. Seres sin lengua, con un solo ojo, con hocico de perro que comían hombres. Al respecto de Coro, quedó comprendida en la mítica región que, resultante de las falsas ideas geográficas de la época, suponían que junto con la península de la Goajira y el lago de Maracaibo escondían la vía más corta para llegar al “mar del Sur”, mágica ruta que permitía alcanzar las islas de la especiería, cuyo comercio era una vieja ilusión en la mente de más de un rey y más de un banquero de la época. Suficiente geografía para aventurarse en América. Había pues, razones de peso para que los fernandistas, los Welser y muchos otros se empeñaran en señorear cada palmo de esta tierra; para que se intentara –como se hizo- en forma recurrente explorar el occidente, siempre el occidente, buscando el secreto del lago de Maracaibo: el acceso al sur, al Pacífico. Desde Santa Marta y desde Coro, las penetraciones se hicieron progresivamente más desesperadas a medida que avanzó el siglo XVI, por la angustiosa ilusión de poder enmarcada en ansias y privaciones, injusticias y delirios a las que se agregó, en el caso coriano, la ávida y ruda competencia de los alemanes.

La casa Welser
La palabra clave es Renacimiento, periodo en el que artes, ciencias, descubrimientos, valores morales y materiales se revolucionan. Los banqueros jugaron un papel decisivo en este momento. Su poder era inmenso, tanto como el de un Estado, mas sin sus atributos. Su perfil era similar al de un embajador en cuanto a status, influencia e ingerencia en materia política. Los Médicis en Italia, los Fugger y los Welser en Alemania , son ejemplo de esto. De sus arcas saldrán magnas iglesias y palacios adornados con obras de arte acunadas por mecenazgos. En sus palacios dormirán reyes, emperadores, papas y cardenales durante sus trayectos europeos.
La ciudad de Augsburgo y el año 1498 marcan el inicio de las actividades de Antón Welser, hijo de una familia de comerciantes con antecedentes tan remotos como el año 1240. Funda una casa comercial que heredarán sus hijos Bartolomeo y Antón, quienes en 1525 iniciaron operaciones comerciales con América; dedicados a la explotación de minas de plata, comercio de manufacturas textiles flamencas, lana inglesa y productos orientales. Su éxito financiero pronto los llevó a Portugal, Venecia y otros puntos de Europa. Donde hay comercio están los Welser, toda feria llama su presencia, sus agentes se despliegan en busca de negocios con pimienta, azafrán, marfil, sedas, metales... .
Al comenzar la zaga americana, Lisboa y Sevilla desplazan a los Países Bajos y las ciudades italianas como corazones de la actividad comercial. Hasta Sevilla llegarán los Welser y otros banqueros y comerciantes con sus nuevas tácticas comerciales y financieras, germen de nuevas mentalidades, de nuevas formas económicas, de un capitalismo que avanzaba inexorable: "... la Península Ibérica se convirtió en lugar privilegiado de los nuevos fenómenos económicos que se estaban operando en el mundo, y no nos puede extrañar que fuera precisamente en ella donde se produjeran los primeros desarrollos de un pensamiento económico moderno".[2]
Ayer como hoy, la política y el comercio se dan la mano. De las arcas Welser salió buena parte del dinero que hizo posible la elección de Carlos V de Alemania como emperador del sacro imperio románico germánico de occidente. Pero todo tiene sus motivos. Fugger y Welser, banqueros genoveses y toscanos llegados a Castilla, todos deseaban acceder hacia África y América, hacia las nuevas tierras que formaban parte del legado que Isabel de Castilla dejara a su nieto. Tenían un elemento a su favor: España carecía de una hacienda unificada y de un núcleo de banqueros y empresarios que llevaran adelante la magna empresa de planear una economía imperial. Y ellos estaban allí, ante una España que intentaba convertir a Sevilla en centro comercial de primer rango, e incapaz de impedir que el resto de Europa se hiciera con las riquezas en metálico que América proporcionaba.
El emperador había de retribuir con largueza a los Welser su participación en la esfera política. De ellos dice el maestro Arciniegas con finura antropológica prestada a la historia: "Nacieron más para el comercio que para las finanzas. Se adaptan mejor a la modalidad española, y son menos cautos, más inquietos que sus consocios".[3] Desde Augsburgo sus agentes penetran todas las plazas españolas de interés. Desde España se expandirán hasta muy lejos, hasta Santo Domingo y Nueva España, donde participarán en negocios mineros; en la expedición que penetra el sur y descubre el Río de la Plata, participando con la dotación de una nave. Pero su mayor éxito será, en 1528, la adjudicación de la gobernación de Venezuela, lo cual los ponía -a su buen ver y calcular- en la ruta directa al mar del Sur, por tanto en el control de las islas de las especias, por tanto en el dominio de su comercio con Europa. Ese será el cometido que traerá en el bolsillo Ambrosio Alfinger, y que desatará la pugna entre hispanos y tudescos por el control del occidente venezolano y colombiano, desde Coro hasta el Meta, desde Santa Marta hasta Bogotá.
El sueño y la ambición asomaron su faz de monopolio. Carlos V tenía que pagar sus deudas. Pero también se disfrazaron -el sueño y la ambición- de buenos propósitos: pacificar y poblar desde el cabo de la Vela, pasando por el golfo de Venezuela y el cabo de San Román, hasta el golfo de Maracapana; fundar dos pueblos de 300 pobladores cada uno, levantar tres fortalezas, llevar mineros para las consabidas actividades extractivas, y hasta curas para el cuidado del alma. Para 1531 su poder sobre la tierra firme se amplió, quedando autorizados para nombrar autoridades en forma directa. La ruta al mar del Sur se despejaba cada vez más. Alfinger escribió en 1530, acerca del lago de Maracaibo: "y se piensa que la dicha laguna toca en la Mar del Sur por muchas legítimas razones".[4]


La pugna de poderes
Si reflexionar la presencia Welser en Venezuela impone de entrada comprender la representación colectiva del mundo en el siglo XVI; no es menos importante esbozar el contexto político y económico que permitió a la casa tudesca llegar a las Indias. Una justa perspectiva histórica hace necesario precisar los dos polos que determinaron la actuación alemana en esta gobernación. En primer lugar, todo cuanto acometieron los conquistadores lo hicieron como consecuencia de las pugnas que se verificaban en la corte española; pugnas crecientemente mediadas por la burocracia real aposentada en las Antillas, ciertamente, pero que siempre tuvieron su origen y destino en la corte misma. El otro polo básico es que la finalidad última, la ilusión que animaba a los intrépidos exploradores –como a los banqueros y sus agentes- estaba en lo profundo del Pacífico, en las islas ricas en especias y otros tesoros que la mitología les atribuía.
Todo cuanto aconteció en Coro entre 1529 y 1546, fueron hazañas y fechorías realizadas con la mirada puesta en lugares míticos y lejanos; ya fueran aquéllas todavía inalcanzables islas, ya fuera el Meta o la Casa del Sol, objetivo manifiesto de las últimas incursiones comandadas por los gobernadores alemanes. En todo caso, los tudescos siempre consideraron a Coro y su entorno como tierra de paso.
Esto explica en buena parte la conducta de los conquistadores y, sobre todo, le confiere a su actuación una razón humana, profundamente humana: todos tenían prisa por cumplir y sobrevivir ante sus iguales. La lucha era contra los otros exploradores, también europeos, que enloquecidos, zarpaban de todos los puertos de Europa y el Caribe en busca de las mismas ilusiones que ellos, ilusiones que cada pequeño ejército guardaba en secreto y que, sin embargo, eran repetidas a media voz por miles de voces anónimas. Así, los años del gobierno alemán en Venezuela fueron la zaga de una terrible lucha entre europeos, y ésta no se reducía a los conflictos entre alemanes e hispanos; el ambiente en que se movían estaba electrizado por pugnas sordas y soterradas, o abiertas y publicitadas, entre lusitanos y castellanos, así como entre flamencos e hispanos. Los ingleses y franceses se debatían contra el naciente imperio español, pero sin olvidar jamás su proverbial antagonismo. Los que en un momento eran aliados se preparaban para la guerra entre sí. Los piratas eran auspiciados por gobiernos aparentemente amigos, pero enemigos en realidad, y tenían como finalidad confesa fracturar el difuso proyecto económico ideado por los españoles. El mismo papa fungió como un supremo juez más pendiente del cálculo político y su conveniencia que de la salvación de las almas, no digamos ya de los conquistados, puesto que en un principio se dudó que la tuvieran, sino de aquellos que en el nombre de su iglesia organizaron uno de los mayores, sino el mayor, genocidio que la historia moderna recuerda.
Pero la conquista no fue únicamente el enfrentamiento –en el Nuevo Mundo- de europeos contra europeos atropellándose por llegar primero al mítico lugar donde los aguardaba el oro y la especiería. También fue una guerra religiosa. Una doble guerra religiosa. La conquista es la crónica de la violencia desatada entre reformistas y contrarreformistas, en este cisma está inscrita la historia del odio que se profesaban mutuamente católicos y luteranos, pero sobre todo, es la historia del ensañamiento de los cristianos contra lo pagano, cualquiera fuera el signo de los cristianos y de los paganos mismos. Finalmente, ésta fue una guerra contra los hombres que habitaban esta tierra y que osaron defenderla.

Los cronistas como problema histórico
Esbocemos ahora los principales elementos que impregnan el pensamiento de los principales cronistas, pues de esto depende que seamos capaces de imaginar el mundo que ellos vieron, saber lo que perseguían, y asombrarnos con sus ancestrales miedos. Y es que el tema de la presencia Welser ha de valorar, obviamente, la conducta de los alemanes, y esto nos lleva, inexorablemente, a valorar a quienes los valoraron; a valorar a los cronistas primero, y a los principales historiadores que sobre sus hombros han continuado la formulación de lo que fueron aquellos tiempos.
Los cronistas españoles –sujetos de su tiempo- estuvieron influidos por el ambiente hostil hacia la Alemania luterana. Carlos V se propuso conservar tanto la unidad religiosa europea como la unidad política del sacro imperio. Fue un doble fracaso. La paz de Augsburgo sólo se logró a cambio de la libertad religiosa a los estados disidentes del catolicismo. Alemania se separó del imperio de Carlos V desde 1555 y pasó a constituir uno de los principales focos de esa disidencia. Por ello, todos los cronistas dan muestras de su hostilidad ante los extranjeros. Expondremos la posturas de los más sobresalientes en los siglos XVI y XVII, que permite ver el avance de la posición anti alemana y su repercusión sobre el análisis histórico de la casa Welser.
Una precisión. Al aproximarnos a la obra de estos autores, debemos considerar la rivalidad que se desarrolló entre los historiadores franciscanos y los historiadores cortesanos, especialmente con Antonio de Herrera. Durante la segunda mitad del siglo XVI normar la conquista fue la divisa. Pero para esto se hacía necesario, por vez primera, elaborar un sistema ordenador que tuviera como referencia cierta el conocimiento exhaustivo del Nuevo Mundo. El nuevo orden sólo podría surgir del conocimiento ordenado, lo cual exigía elaborar relaciones geográficas y rescatar los antecedentes históricos. En este contexto surge el cargo de cosmógrafo-cronista, creado con las ordenanzas de 1571, cuyas funciones incluían informar al Consejo de Indias sobre lo que otros escribieran, determinando su veracidad o falsedad, con lo cual nació, para el Nuevo Mundo, el viejo censor de siempre.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez es el primero que trata del gobierno alemán en Venezuela. Fue vecino de Santo Domingo, en aquel entonces el centro político y económico del Nuevo Mundo. Recopilaba ávidamente cuanta noticia llegaba del continente. Conoció personalmente a Féderman, Spira y a varios de los hombres que participaron en Venezuela. En su obra exterioriza su aversión cuando dice que le preocupan: “tantas diferencias y gentes y naciones, de extrañas condiciones, como a estas Indias han venido y por ellas andan”, y le complace que el obispo de Bastidas, una vez asumidas sus funciones, aumente el número de católicos y corrija sus feligreses. [5] Esta actitud antialemana se intensificará durante la segunda mitad del siglo, cuando Alemania se separó del imperio. Sin embargo, la actitud de Fernández de Oviedo era ambivalente, pues por otra parte apreciaba los esfuerzos de los Welser al introducir y vender artículos indispensables que de otra manera no hubiera sido posible conseguir, dadas las dificultades económicas inherentes a la colonización.
Antonio de Herrera fue cosmógrafo oficial, un historiador de la segunda mitad del XVI que nunca estuvo en América. Asume también una actitud hostil a los alemanes, postura que se explica no sólo por su posición oficial, sino porque se basa en los documentos oficiales del Archivo del Consejo de Indias, casi todos imbuidos de adversión hacia Alemania. Sus fuentes fueron algunas cédulas reales, varias cartas del obispo Bastidas y los informes del licenciado Tolosa al Consejo de Indias, con las actas del proceso que este último le siguió a Carvajal por la muerte de von Hutten.
Fray Pedro de Aguado, de la orden franciscana, escribió su obra cuando la separación se había consumado, cuando la militancia provocada por la contrarreforma llegó a su cenit, y cuando el censor oficial ya se imponía, lo cual le llevó a oponerse a esta censura institucional ejercida por la crónica oficial. Sus informantes fueron descendientes de conquistadores o antiguos conquistadores que habían estado en Venezuela. La crónica de Aguado, quien no participó en el proceso de conquista, está imbuida de un espíritu pro-indígena, lo cual ocasionó en consecuencia su condena decidida, como hombre y como fraile, a las prácticas de los conquistadores, sosteniendo una postura similar a fray Bartolomé de las Casas. Pero, además, se revela un profundo nacionalismo hispano, que no perdonó la participación tudesca en el proceso americano.
Juan de Castellanos pertenece a la generación que vivió la conquista. Publicó las primeras partes de las Elegías en 1589. Nunca estuvo en Venezuela, pero actuó como soldado en varios puntos del Caribe, como en el cabo de La Vela y Santa Marta, donde estuvo de 1536 a 1551. Escribió sus Elegías en Tunja, Nuevo Reino de Granada, hacia la segunda mitad del XVI, en medio de una general actitud hostil a los alemanes. Las Elegías son una obra de excepción, ante la cual debe asumirse una postura mesurada, pues el carácter épico de las mismas conduce a la exaltación de los personajes involucrados. Las proezas vividas en las Indias, lo diferente de este cielo y de esta tierra, y aún maravilloso de lo nuevo, renovaron el interés por contar aquellas hazañas inauditas, que por su merecida fama, sólo equivalente a la narrada por los libros de caballería, debían ser conservadas en el mundo de los vivos. Esto se trasluce en las Elegías cuando Castellanos exalta el valor y la bizarría de cuanto capitán -e incluso simples soldados- recordó o de los que tuvo noticia. En las Elegías todos son héroes: indígenas, españoles y tudescos. Hasta la alevosía de Carvajal se magnifica. Todas las batallas son épicas, todas las muertes acrecientan. El lascasianismo se trueca aquí en una pugna entre casi iguales: europeos y nativos equilibran en arrojo, valor y ansias de victoria. Aunque hermoso, es poco confiable para el análisis histórico.
La obra de fray Pedro Simón, cronista de principios del siglo XVII que también enfrentó la censura oficial, se basa en el texto de Aguado, cuyo manuscrito tuvo en sus manos. Simón viajó a través de Venezuela entre 1612 y 1613. Pasó por Coro, recorriendo el camino de Borburata hasta La Fría, vía Trujillo. Le dolía la posibilidad de que su historia se perdiera. Lo atribulaba la imposibilidad de editar en Nueva Granada, pero antes de morir vio impresa parte de su obra. Magnificó los datos proporcionados por su antecesor, exacerbando el sesgo del análisis. Simón es un historiador que ya no estuvo comprometido con los hechos, no fue protagonista de la historia que narró. Para Simón la historia no es ya ejemplo de bizarría ni canto de gloria, sino el duro recuento de lo que se fue. Al joven franciscano lo mueve la necesidad de evitar el olvido. En este sentido, fue la raíz de las nuevas generaciones que habrían de saber lo que hicieron y fueron sus antepasados. En Simón cuentan los hechos y no la fama.
Por último, aparece José Oviedo y Baños, quien escribió a fines del XVII. Acaudalado hombre de negocios y partícipe de la administración colonial. A diferencia de cronistas anteriores, logró la publicación pronta de su Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Alimentada su obra por Aguado, Herrera y Simón, es inocultable su rechazo y hostilidad hacia la participación alemana en Venezuela. Su obra, quizás más que ninguna otra, ha alimentado la historiografía venezolana, contribuyendo a la construcción y reforzamiento de la leyenda negra de la participación alemana en tierra firme.

El príncipe que inspiró a Maquiavelo
Fernando, el nacionalista. Isabel, la internacionalista que casa a sus hijos con sus aspiraciones europeas. A Isabel con el heredero al trono de Portugal, a Juan y Juana con miembros de la casa de Austria, a Catalina con el príncipe de Gales. El trono no advirtió el peligro que tal política de alianzas podía implicar para su futuro.
Todo indicaba que Felipe el Hermoso accedería al trono español. Fernando y su equipo preveían que el tráfico marino, y por ende la actividad comercial con tierra firme, pasaría de Sevilla a Brujas y Amberes. Este panorama se tornaba aún más sombrío si se consideraba que los Países Bajos poseían una mayor capacidad marítima, industrial y una más vasta experiencia comercial.
Para impedirlo, Fernando urdió un entramado legal que se puso en marcha a través del testamento de Isabel. Él quedaba fuera de juego por su origen aragonés, pero también Felipe y su séquito de flamencos. Pero Felipe iba dispuesto a todo. Entró como rey a España y se negó a sostener conversaciones con su suegro. Don Fernando, sorprendido en la jugada, se refugió en su reino de Nápoles mientras los recién llegados flamencos se apoderaron de buena parte del aparato burocrático y del control de varios oficios, entre ellos la imprenta. Bien lo escribió Arciniegas: "y como humo, polvo, pajas y cenizas se lleva el viento las cláusulas del testamento de la reina Isabel".[6]
La prematura muerte del Hermoso coloca nuevamente a Fernando en la escena. Pero las cartas están echadas. El futuro rey, aún niño, será un tudesco: Carlos, hijo de Felipe y Juana. El maquiavélico se mueve con rapidez, y coloca un equipo que protegerá sus intereses en las remotas costas de la provincia de Venezuela. Diego Colón fue designado gobernador de La Española. Don Diego parte a la aventura con el apoyo de la vieja y pobre nobleza castellana. Miguel de Pasamontes fue enviado como tesorero general de las Indias, Gil González como contador real, Juan de Ampiés fue nombrado por Fernando factor en la isla La Española y en las otras islas, Indias y tierra firme, por título expedido el 19 de mayo de 1511. La inesperada muerte del rey Fernando, en 1516, todo lo altera. Las puertas del nuevo mundo quedan abiertas a la codicia flamenca. Los jerónimos, orden profundamente nacionalista, colocan a Ampiés como protector de los indios no residentes en La Española, con lo cual éste tiene acceso y control a la ruta al mar del Sur. Comienza para Ampiés la pausada lucha por lograr la adjudicación de las llamadas islas inútiles y la costa caquetía. Tal vez pensó que una petición de segundo orden no sería obstaculizada por la codicia flamenca. Quizás calculó que un rey joven, ajeno a España en su crianza, recién llegado y que desconocía el español, más interesado en las corridas de toros que en su pueblo, valía la pena el intento.
Error de cálculo. Los Welser miran hacia el Caribe, hacia la tierra firme: Santa Marta y la costa caquetía.

El pecado original: Juan el Bueno y Ambrosio el Malo
Cuando se habla de la fundación de Coro los historiadores venezolanos parecieran necesitados de borrar un pecado original: la fundación de derecho alemana (1529) y un primer gobernador alemán: Ambrosio Alfinger. Para ello, las crónicas y textos posteriores se han encargado de generar una polaridad en la que destacan dos personajes: Juan el Bueno -como lo bautizara Isaac Pardo-[7] y Ambrosio el Malo, encarnados en Ampiés y Alfinger. Mientras el hispano representa el ideal del conquistador bueno y de una política de conquista sustentada en la pacificación, la figura de Alfinger carga con una serie de acusaciones veladas o explícitas.
Leamos una secuencia de Juan el Bueno:
"sujeto de discreción y buen entendimiento".[8]
"no impulsado por la codicia e inclinado ciertamente a un leal servicio a la corona (...) un carácter y una personalidad, en paralelo con tantos hombres de bien anónimos".[9]
"Era, por lo visto, un vecino trabajador, pero que sacrifica sus bienes en aras de otros ideales y pretensiones mayores".[10]
Las diversas y positivas afirmaciones de los jerónimos sobre el factor se han tomado como fuente segura y fecunda para generar y destacar a Juan el Bueno. Se olvida que los comisarios jerónimos que respaldaban a Ampiés habían sino nombrados por el mismo rey Católico, y estaban totalmente plegados a la burocracia fernandista. En todo caso, sería pertinente explorar la posición de los jerónimos en una España asaltada por los Augsburgos; como también se hace atractiva la visualización de un Ampiés tratando, como inútilmente fue, de preservar sus posiciones y prebendas una vez desmantelado el equipo que don Fernando había logrado insertar en Santo Domingo y su área de influencia; siempre esperanzado en poner los pies en tierra firme y emprender la ruta hacia el mar del Sur, lo cual ya sabemos nunca sucedió.
Ciertamente, Ampiés se relacionó con la población india en distintos términos. Pero recordemos que tras su pacífico avance estaba el pacto con Manaure, quien había prometido la paz en su territorio... lo que no era poca cosa, era –quizás- la paz hasta la orilla misma del mar del Sur. Colocar a Ampiés como un sencillo buen hombre sin aspiraciones de beneficio personal, inclinado per se a las buenas acciones y nobles sentimientos, es negar al político, al diplomático y al nacionalista hispano que, hasta el último momento, trató de consolidar la posición del rey Católico y afianzar sus derechos de aspirante al mar de la India. El simplismo indigenista planteado por Demetrio Ramos tampoco nada tiene que ver con la figura de Ampiés,[11] quien simplemente, de forma por demás atípica para la época, aprovechó una coyuntura política -el pacto con Manaure- para avanzar en el proceso de conquista, el cual, en manos de hispanos o tudescos, de forma inevitable implicaba el despojo a los naturales y la imposición de otra lengua, otro dios y otro rey.
Por su parte, la figura de Alfinger recibe durante los primeros siglos el ataque de todos los frentes: tanto de los burócratas de la corte, como de los defensores a ultranza del catolicismo y del partido indigenista abanderado por Las Casas. Progresivamente, el discurso histórico fue disminuyendo la responsabilidad hispana en el proceso dado en Coro, e incluso a victimizarlos, macrodimensionando los flancos débiles -bastantes, por cierto- de la intervención alemana.
Es en la segunda expedición de Alfinger, iniciada el 9 de junio de 1531 y que verá su muerte a mediados de 1533, donde los historiadores hacen hincapié sobre su figura. Particularmente el paso por el valle de Upar y Tamalameque, y el encuentro con los pecabueyes estarán, ambos, improntados por sucesos que descritos con mayor o menos prolijidad por diversos autores, se han magnificado con el paso de los siglos, a la vez que se disocia a los soldados españoles de la figura de Alfinger. La polémica ha llegado hasta hace pocas décadas. Friede afirma -con sólido apoyo documental- que el aserto sobre los desmanes de Alfinger es producto de una confusión, al imputársele al tudesco los excesos cometidos por los conquistadores hispanos de Santa Marta.[12]
La misma muerte de Alfinger muestra lo polémico de su figura. Si Castellanos en sus Elegías habla de tiernos sentimientos y rostros lacrimosos, y para Aguado murió como buen cristiano, muy pobre y bien querido de su gente; en Oviedo y Baños se habla de la bárbara crueldad del tirano. Quizás Arciniegas haya escrito, entre la literatura más reciente en español, la narración más mordaz y la frase más lapidaria sobre el suceso: "Micer Ambrosio ha muerto. El valle todo está estremecido de su muerte. Su alma suele rondar en las noches de luna, y espanta a los campesinos temerosos"; "Sería muy difícil precisar quiénes están más contentos con la muerte de Ambrosio Ehinger: si los indios o los españoles. Oprimidos unos y otros por este hombre duro y cruel, sueñan ahora en que el rey de España no envíe más gentes de su raza a la conquista de América".[13]

Féderman y Spira o la nueva ambición: del mar del Sur al reino del Meta
Llegar al mar del Sur era asunto de vida o muerte en términos comerciales, y era asunto de vida o muerte en términos de prestigio. Féderman llega a Coro en 1530. Su presencia marcará el inicio de rivalidades intragrupo entre los agentes Welser. No tardará en enfrentarse a Alfinger, quien molesto por la entrada de su subalterno hacia los llanos venezolanos, explorando nuevas rutas hacia el sur impenetrable, le hace aprehender, enjuicia y destierra. Y es que cada quien soñaba con la gloria del descubrimiento, ello no permitía la condescendencia con subordinados que ejercían con tan dinámico celo el mandato ordenado desde Europa.
1533 fue un año crítico. Muere Alfinger sin retornar de su segunda expedición, se presenta un momentáneo vacío de poder y un cúmulo de reclamaciones se elevan hasta el rey en contra de la administración alemana. Los hispanos veían como se alejaban sus posibilidades en la medida que aumentaban las exploraciones de los agentes Welser hacia el occidente: 1529, 1530, 1531. El enfrentamiento fue frontal. Se trataba de sacar del juego a los germanos y asegurar la ruta hacia el mar del Sur, por ello, una de las reclamaciones del año 1533 fue que el valle de Upar debía incluirse en la gobernación de Venezuela, seguros como estaban que formaba parte de la ruta hacia el otro mar. Logran los hispanos la promulgación de dos cédulas (1534 y 1535) que fisuran el monopolio Welser. En este momento llega a Coro el obispo Bastidas.
El triunfo duró poco para los hispanos. Jorge Hohermuth o de Spira, el nuevo gobernador, Féderman y von Hutten llegan a Coro en febrero de 1535. Todo se ha arreglado. Féderman ha logrado reinsertarse y volver a América, Felipe von Hutten también ha llegado. La febrilidad de nuevas riquezas hacia el sur y el mito del reino del Meta seducen a Spira, quien traza para su entrada una ruta de exploración similar a la anterior de Féderman, donde el mar del Sur se desvanece dando lugar al oro de la selva y de los Andes. Hay un aparente consenso entre los tudescos, pero la pugna subsiste. Cada individualidad aspira a la gloria personal, cada miembro del equipo es, a la vez, aliado y enemigo. Féderman juega sus cartas seguro de contar con el respaldo de sus superiores. Obedece a Spira, quien parte en mayo de 1535 a su primera expedición acompañado de von Hutten, en un trayecto que le llevará hasta el sur profundo. Pero antes, ha enviado a Féderman hacia los ostrales recién descubiertos en la Goajira. Féderman obedece a medias y del cabo de La Vela, torciendo el rumbo, se adentrará hacia el valle de Upar. Toma decisiones, divide a su tropa y regresa a Coro, donde sus enemigos no se han quedado de brazos cruzados, y ello incluye al obispo Bastidas, cuya correspondencia llega a sugerir en 1538 un juicio de residencia para Féderman y Pedro de Limpias, acusados de diversos excesos.[14]
Historiadores como fray Pedro Aguado hablan de un consenso Spira-Féderman mediado por los Welser, quienes habrían argumentado que ambos podían actuar por separado y a su voluntad, pues Venezuela era muy grande y hacerlo así sería provechoso para la gobernación.[15] Fray Pedro Simón habla de un acuerdo entre ambos alemanes, por el cual cada uno tomaría su camino en busca de su mejor suerte. Por último, Rafael María Baralt explicita la rivalidad entre ambos personajes.[16] Dados los acontecimientos, no sería de extrañar esto último.
Coro, tierra de paso, ha quedado en el abandono. Spira y Féderman, cada uno por su lado, los dos y sus hombres corriendo ávidamente a alcanzar el oro del Meta. El mar del Sur ha quedado, por pronto, olvidado. Persiguiendo quimeras llegará Féderman hasta el valle de Santa Fe de Bogotá, de allí a España y al fin de sus días en América. Mientras, los Welser pelean en la corte el control del valle de Bogotá. Persiguiendo quimeras retorna Spira a Coro de su primer fracaso en 1538, vuelve a ser gobernador y el sueño continúa: en algún momento encontrará el país aurífero del sur, la Casa del Sol y sus riquezas. La muerte acaba con sus espejismos en 1540.

Los mitos y el último soñador: Felipe von Hutten
Inesperadamente las puertas se abren para Felipe von Hutten, quien en enero de 1540 escribía a su hermano una larga carta. En ella mostraba el nuevo impulso que a su ánimo afloraba tras la noticia de las riquezas descubiertas por Féderman: "que no sólo los que están aquí no piensan en irse, sino que todo Santo Domingo y parte de España están deseosos de venir por aquí".Y la certeza de sus sueños: "ahora sabemos con seguridad dónde debemos buscar y que aquél a quien Dios deja sobrevivir recibirá la recompensa de su trabajo".[17]
Von Hutten no podía volver a Europa con las manos vacías. Había venido a América, según sus propias palabras, a probar fortuna. Habían transcurrido ya cinco años de su llegada y nada tenía que ofrecer, era un asunto de honor: "con qué honra yo, cargado de deudas, volvería a la patria, a vosotros y a nuestros amigos; pues en este momento no llevaría ningún otro botín conmigo". Von Hutten se sabía en la misma carrera que sus predecesores por llegar a las riquezas y tesoros ocultos en la profunda selva o en las tierras frías. No podía permitir que a otros les correspondiera la gloria luego de más de cinco años sin provecho alguno, como escribía en su misiva.[18]
Para el momento de esta carta aún vivía Spira, con quien aspiraba iniciar una nueva entrada. Sus simpatías, sin embargo, habían estado con Férderman, a quien consideraba un hombre muy hábil. Lamentaba no haberlo encontrado cuando Spira le había ordenado alcanzarlo: "... si entonces la suerte no nos hubiese sido desfavorable, estoy seguro de que ahora estaría con el mencionado Federmann en Alemania o España y hubiera llevado conmigo 20.000 pesos como provisión de invierno".[19]
Los mitos estaban en boca de todos, pero aún más, en el ánimo de todos y en la convicción de todos, y se apoderaban de hechos tan reales como la conquista del Perú y de México, donde ficción y realidad se aunaban. Continuaban las expediciones para descubrir el mar del Sur, el reino del Meta y la Casa del Sol. Spira se contagia de todo. De Pedro Limpias, quien llega a Coro contando una y otra vez lo que oyó a Benalcázar y su gente, y dando cuenta de la fortuna que Féderman llevó a Europa. De algunos pecadores de Sedeño que -ahora comandados por Pedro de Reynoso- pasan por Barquisimeto, donde él está instalado como vigía por orden de Spira, y cuentan que marchan hacia el río Meta y la Casa del Sol.
La muerte de Spira lo sorprende en Barquisimeto. Llega su momento. Bastidas asume como gobernador interino y le nombra capitán general finalizando 1540, von Hutten lo participa a su hermano Moriz, obispo de Eishstadt, y comienza a soñar con ser gobernador. Ansioso, prepara su expedición.[20] A como dé lugar desea salir del grupo de los segundones y dar a su familia y apellido un distinto porvenir: "no olvides nuestra pobreza", ha escrito a su hermano Wilhelm, excusando su no retorno y pidiendo que cuide de su madre. [21] Era evidente que su familia presionaba por su retorno, tras largos años de inútiles esfuerzos en América. Quizás un compromiso matrimonial le aguardaba "saldré de aquí aún a tiempo para casarme", "no se preocupe por mí y perdone mi desobediencia".[22]
Sus aspiraciones de gobernador son cercenadas por el interinato de Bastidas y la llegada de Bartolomé Welser. Sin embargo, quedaba la persecución de la gloria y las riquezas, y con la certeza de lograrlo, sabiendo que ya otros habían partido y él debía esperar cuando menos tres meses más, afirmó rotundo en una de sus últimas cartas: "sabemos exactamente dónde están".[23] En agosto de 1541, tras solemne misa y bendición, parten Felipe von Hutten, Bartolomé Welser y 200 hombres -150 a caballo- decididos a todo. Pedro de Limpias es el veterano guía. Seguirán el camino de Spira y llegarán más allá, si es necesario. En total, habrían de pasar cuatro años errando por aquel infinito. Nadie pensó en volver.
La misma ruta. Las mismas penas pero con más hambre. 1542. Llegan a los llanos. Los indios, otrora proveedores de alimentos, ya conocían al invasor y huyen. Raíces y hierbas son alimento mientras el invierno los detiene al pie de los Andes. Hacen campamento en el punto que Spira había llamado de Nuestra Señora, donde se enteran por indios de que ha pasado Hernán Pérez de Quesada. Tras consultas se impone la cautela, sólo al aminorar las lluvias von Hutten ordena levantar el campamento y continuar. Había que seguir a Pérez de Quesada, quien llevaba ruta oeste, y rebasarlo antes de que llegara a las riquezas deseadas. Enero de 1543. Von Hutten, en un vuelco dramático, decide caminar hacia el oriente, exactamente en sentido contrario. Fue cuando la expedición se internó en tierras pantanosas y tremedales, transitando un sureste de jornadas infernales donde pasaron otro invierno. Casi un año después retornaron a Nuestra Señora. Los que todavía podían se aprestaron a continuar la búsqueda.
En esta nueva etapa cruzaron el Guaviare, llegaron a Macatoa, pueblo de indios amistosos. Allí el sueño toma aliento: en cierta cordillera, que en los días claros se avista desde Macatoa, se asientan grandes poblados de gente muy rica, pues tienen minas de oro. Pero son grandes guerreros, son los omeguas, y los indios les advierten de una posible derrota. A von Hutten nada lo detiene. Guiados por un cacique amigo llegan a la frontera misma de los omeguas, en el camino el sueño crece: les hablan de ídolos de oro macizo de tamaño natural, ganados, vasallos, oro, mucho oro en cada pueblo. Decidido a arrollar para conseguirlo, von Hutten y su tropa se vuelcan sobre el poblado. El avance fue victorioso, pero el capitán resulta herido de lanza. Lo salva Diego de Montes, cosmógrafo y hábil cirujano. En su convalescencia, Felipe no puede salir al frente de su ejército. La batalla de quince mil guerreros omeguas contra 39 europeos -de la que tal vez nunca se sepa toda la verdad- se resolvió a favor de estos, apoyados por su escasa caballería, armas de fuego y espadas. Han vencido, pero no hay soportes para consolidar otro avance. La prudencia se impone y von Hutten decide, a comienzos de 1545, retornar a Nuestra Señora, sabiendo que los omeguas han quedado derrotados y que el oro será suyo. Planea invertir 12.000 ducados para fundar cuatro pueblos españoles, que apoyarían nuevas entradas. Piensa traer gente, tropa y armas. Sueña con que volverá al país de los omeguas.
En Nuestra Señora las fuerzas retornan al compás de las narraciones sobre lo ocurrido. Veinte hombres son enviados a Coro para traer refuerzos, mientras el resto avanzaría y esperaría en Barquisimeto. Bartolomé Welser está al mando, acompañado de Pedro de Limpias y Diego de Losada, quienes no perdonan que un joven alemán les haga sombra a ellos, conquistadores viejos. El grupo se divide. La insubordinación se impone. Los sediciosos se dirigen a Maracapana y se enfrentan a cumanagotos hostiles. Se repliegan de nuevo hacia el occidente y llegan a Barquisimeto a comienzos de 1546. Von Hutten no ha llegado. Allí se enteran del Tocuyo, lugar al mando de Juan de Carvajal, apenas fundado en noviembre del año anterior.
El final se aproximaba. Han pasado años y mucho ha sucedido en su ausencia. Bastidas ha partido en forma definitiva a Puerto Rico. Enrique Rembolt, último gobernador alemán, ha muerto. Carvajal ha sido nombrado teniente general y ha falsificado los documentos que le acreditan como gobernador. A von Hutten se le cree muerto en su expedición. El hispano se enfrenta al tudesco, desconoce su autoridad y posteriormente llega a un acuerdo que permitiría a los germanos retornar a Coro. La celada al pie de la sierra coriana, a mediados de 1546, marcará el fin de los sueños omeguas de Felipe von Hutten, quien es asesinado junto a Bartolomé Welser. Para la casa alemana es también el final del sueño americano, quedando suspendidas sus actividades comerciales en este pedazo de mundo.
Tenía 40 años de edad al morir y la historia se encargó de rodearlo de un aura caballeresca. La traición, un toque de nobleza, una juventud truncada, un diario y unas cartas que lo tornaron en un ejemplar atípico de la presencia alemana en la provincia de Venezuela. En von Hutten, a la ambición de la fortuna los historiadores sobreponen la ambición del honor, la gloria y la defensa de su nobleza. Aguado destaca estos rasgos al narrar un enfrentamiento entre von Hutten y un indio: "Mas no queriendo haber esta victoria con fama de tirano o traidor, por no macular su persona y linaje, dejando con vida a su contrario, cabalgó en su caballo,...".[24]
Lo cierto es que, al respecto de von Hutten, se genera un consenso que minimiza u obvia los excesos cometidos en sus expediciones, que suaviza todo defecto. Baralt denomina a esta expedición "extranjeros de paz",[25] Arciniegas lo considera el más político de todos los conquistadores alemanes, Jules Humbert -abiertamente antialemán- hace excepción de Felipe von Hutten, y contrasta su imagen con la de los: "militares desenfrenados y ambiciosos sin conciencia que hemos encontrado".[26]
En von Hutten hay una doble magnificación: de su figura como individuo y de las dificultades de su prolongada expedición, donde el hambre, las enfermedades y los cambios de planes adquieren una dimensión no alcanzada por sus predecesores.

Para concluir
Sincerar el estudio de la presencia Welser en la provincia de Venezuela pasa por cambiar los criterios de aproximación y leer a los distintos autores, considerando sus fuentes filosóficas, políticas y documentales. Pero además, deben tenerse presentes los diversos parámetros y paradigmas que guiaron a aquellos hombres que, entre 1529 y 1546, vivieron aquí hazañas y fechorías con la mirada puesta en lugares míticos y distantes: las tierras de la especiería, el lejano oriente.
Comprendamos a aquellos hombres y aquellos sucesos. Encontremos y precisemos la lógica histórica, política, filosófica, que guió sus actuaciones. Pero no olvidemos el etnocidio, la esclavitud disimulada o evidente, la depredación. Nuestro suelo y nuestros aborígenes abonaron el crecimiento y la expansión de quienes aquí vinieron soñando con encontrar tesoros. Tampoco olvidemos que, más allá del dolor, somos producto de la confluencia de distintos escenarios geográficos y políticos que se dieron cita en nuestro continente. Somos a la vez síntesis y punto de partida. Somos a la vez triunfo y derrota.
El estudio de nuestra historia no debe negar, por tanto, ninguna de las formas europeas que contribuyó a ser lo que hoy somos: una estructura mestiza y cambiante. Reconocer lo anterior hará posible advertir el peligroso camino por el que ha transitado la interpretación de los actos realizados por españoles y tudescos en el Coro del siglo XVI, minada por la falta de crítica y de una visión integral de la época y sus personajes.
Evitemos caer en la trampa.

NOTAS

[1] Acerca de caquetíos, leer:
Sanoja, Mario y Vargas, Irradia. Antiguas formaciones y modos de producción venezolanos. Caracas, Monte Ávila editores, 1992.
Rouse, Irving y Cruxent, José. Arqueología venezolana. Caracas, Edición IVIC, 1963.
[2] Abellán, José Luis. "El pensamiento renacentista en España y América". En: Robles, Laureano (Comp.) Filosofía iberoamericana en la época del Encuentro. España, Editorial Trotta, 1992, p. 185.
[3] Arciniegas, Germán. América, tierra firme y otros ensayos. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1990, p. 191.
[4] Archivo General de Indias, Justicia 990, N° 12. En: Gil, Juan. Mitos y utopías del descubrimiento. Tomo III. España, Alianza Editorial, 1989, p. 43.
[5] Gonzalo Fernández de Oviedo en: Friede, Juan, Los Welser en la conquista de Venezuela. España, Ediciones Edime, 1961, p. 14.
[6] Arciniegas, Ob. cit., p. 164.
[7] Pardo, Isaac. Esta tierra de gracia. Caracas, Monte Ávila Editores, 1988, p. 99.
[8] Baralt, Rafael Ma. Obras completas, tomo I. España, edición LUZ, 1960, p. 192.
[9] Ramos, Demetrio. La fundación de Venezuela. Ampíes y Coro: una singularidad histórica. Valladolid-Coro, Universidad de Valladolid, 1978, pp. 65 y 72.
[10] Morón, Guillermo. Historia de Venezuela, tomo I. Caracas, edición del autor, 1980, p. 305.
[11] Ramos, Demetrio, Ob. cit., p. 263.
[12] Friede, Ob. cit., pp. 194-195.
[13] Arciniegas, Ob. cit., pp. 241 y 243.
[14] Maldonado, Francisco (Comp.). Seis primeros obispos de la iglesia venezolana en la época hispánica. Caracas. Academia Nacional de la Historia, 1973, capítulo I.
[15] Aguado, Pedro de. Recopilación historial de Venezuela. Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1987, p. 114.
[16] Baralt, Rafael María. Obras completas, tomo I. España, Edición LUZ, 1960, p. 206.
[17] Von Hutten, Felipe. "Carta a su hermano (16 de enero de 1540)". En: Gabaldón, Joaquín (Comp.). Descubrimiento y conquista de Venezuela. Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1988, pp. 375-376.
[18] Ibídem, p. 376.
[19] Ibídem, p. 377.
[20] Von Hutten, Felipe. "Carta a su hermano Moriz (12 de diciembre de 1540)". En: Gabaldón, Joaquín (Comp.). Ob. cit., p. 383.
[21] Von Hutten, Felipe. "Carta a su hermano Wilhelm (9 de marzo de 1541)". En: Gabaldón, Joaquín (Comp.). Ob. cit., p. 384.
[22] Von Hutten, Felipe. "Carta a su hermano Moriz (10 de marzo de 1541)". En: Gabaldón, Joaquín (Comp.). Ob. cit., p. 386.
[23] Idem.
[24] Aguado, Ob. cit., p. 143.
[25] Baralt, Ob. cit., p. 212.
[26] Humbert, Jules. La ocupación alemana de Venezuela en el siglo XVI. Período llamado de los Welser (1528-1556). Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1983, p. 93.