Clío

Temas de historia regional y local

jueves, 10 de septiembre de 2009

Apuntes para una historia de la historia regional del estado Falcón

Texto presentado en el Foro Retos de la Historia Regional en Venezuela.
Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. CIHPMA-AHEF.
Coro, noviembre de 2008.


En este ensayo centro mi interés en esbozar la marcha de la concepción de la historia en el estado Falcón, basándome en lo que ha sido mi práctica como investigadora de esta área, y atendiendo a una frase clave en el texto de Juan José Saldaña: “Los estilos en ciencia revelan el condicionamiento diferenciado a que la ciencia se ve sometida por los hechos sociohistóricos y geográficos” (Saldaña, 1996: 10).
El abordaje de Falcón, permite que, en una escala regional, se visualice lo que ha sido la dinámica nacional de la construcción de nuestra historia, marcada por conveniencias coyunturales y por la presión de un sistema centralista que, a despecho de las regiones, ha impuesto una historia estereotipada, adaptada a cualquier región, manejando a discreción ciertos hechos, obviando otros y enfatizando el culto a los héroes.
El héroe, ese semidiós imaginario y arquetípico que fuera desechado por Aristóteles, transita de los cultos paganos al culto cristiano, reciclado por la iglesia a través de los mártires, santos y profetas, y de los cuales la hagiografía cristiana tiene miles de ejemplos (González, 2000); es retomado por la historia romántico-positivista del siglo XIX, teniendo su mayor fundamentación teórica en la serie de conferencias dictadas por Thomas Carlyle en 1840. El héroe llega a la historia patria venezolana para encarnar en sucesivos momentos a lo largo de los periodos republicanos los valores de la libertad, la igualdad social, la independencia de las metrópolis coloniales y la lucha antiimperialista. Se instala desde entonces y hasta el presente para apuntalar una historia lineal y milenarista, estructurada, como dice Abbagnano, según un plan perfecto e infalible, que da pie a individuos perfectos e infalibles –los héroes-, quienes harán posible dicho plan: el héroe hace la historia (Abbagnano, 1987).
Bajo la sombra del culto a los héroes, el quehacer del historiador en Venezuela ha estado marcado por un problema antropológico e incluso político: el de la identidad. A las regiones se les ha negado el derecho de explicar cómo y por qué se forma parte de ese todo llamado Venezuela, y en qué medida, aun participando de él, se tiene una especificidad que debe ser rescatada, explicada y comprendida. Se trata de pasar de la historia universal a las historias regionales y locales, de los grandes hombres a la complejidad de los actores sociales y al colectivo como entidad presente en el movimiento histórico. Se trata, como contrapropuesta, de que la nueva investigación histórica aporte los elementos que permitan la construcción de una historia para que el colectivo regional comprenda su participación en ese todo armónico llamado Nación, donde la suma de identidades expresada en matices históricos, giros de lenguaje, culinaria, usos y costumbres, religiosidad, etc., lleva a un común denominador que es la nacionalidad.
Pero la construcción del discurso histórico en Venezuela ha marchado, pesadamente, sobre la base del singular y no del plural. Se impone LA HISTORIA, se minimizan LAS HISTORIAS, opacándose las expresiones singulares que los procesos tuvieron en una región particular, o abordándolos desde una óptica centralista, que acrecienta a la región capital en detrimento de la provincia. Es interesante, por ejemplo, advertir cómo los textos escolares destacan reiteradamente a la Provincia de Caracas como la más rica de Venezuela, siendo que sucesivos cambios geohistóricos –olvidados a conveniencia del análisis- tendieron a reducir esta provincia progresivamente, perdiendo los territorios más poblados y de mayor producción, como Carabobo (1822), Aragua y Guárico (1848). Esta gran historia arranca cuando, recién constituida Venezuela como nación independiente, tuvo que estructurar un relato histórico que le permitiera distinguirse del antiguo colonizador, ubicándose en el conjunto de naciones sin lugar a confusión. Oviedo y Baños, Rafael María Baralt y Arístides Rojas son expresiones de aquella naciente historia en la Venezuela independiente.
Oviedo y Baños fue publicado por primera vez en Venezuela en 1824. Rafael María Baralt, junto a Codazzi, dieron empuje a la historia y geografías encargadas por el Estado venezolano. Todos ellos giran en torno a la necesidad de gestar una identidad venezolana, nutriéndose sus obras de las crónicas coloniales que, como vasos comunicantes, alimentaron durante el siglo XIX todo intento historiador en Venezuela. De prosa apasionada y encendido venezolanismo, Baralt acrecentará el clímax logrado por Oviedo y Baños, su principal fuente documental, lo cual repercutirá en forma directa sobre sus análisis e interpretaciones.
Centrada en el culto a los héroes y la exaltación de ciertos sucesos, que se tornaron en hitos de la identidad nacional, la historia falconiana quedó marcada y reducida a unos cuentos temas, agotados sobre sí mismos al carecerse o no comprenderse la necesaria aproximación a fuentes primarias y, más grave aún, exacerbándose una pugna centro-provincia y generándose en el colectivo falconiano una autoimagen y autoestima histórica contradictoria. Es así como la problemática –nunca clausurada- de la fundación de Coro, la presencia alemana en el siglo XVI, el movimiento de José Leonardo Chirino, la actitud autonomista de la provincia de Coro en la guerra de independencia y su tardía incorporación a este movimiento, la guerra Federal, la improductividad de Falcón en la época agroexportadora, su aislamiento con respecto al país y al mundo y el tema del contrabando, se han convertido en los momentos cúlmenes de la participación de Falcón en la historia venezolana, o en características geográficas y económicas que son una especie de plomo en el ala, porque alteran totalmente el relato histórico. De impacto más regional son la desaparición de la diócesis de Coro, los motines antijudíos de 1831 y 1855, así como la historia de la educación y las sociedades culturales de fines del siglo XIX. Más recientemente se ha incorporado el culto a la bandera y a Miranda, así como el culto a falconianos pro-independentistas, habiendo sido tocados por el dedo de la historia oficial Josefa Camejo y el obispo Mariano de Talavera y Garcés.
El falconiano, en términos históricos, gira entre dos polos opuestos creados por la historia oficial: uno que le identifica con el origen de la nación por haber sido Coro primera capital, primer obispado y suelo que viera la primera misa, haberse dado un movimiento de negros independentistas, haberse enarbolado por primera vez la bandera y haberse iniciado en Coro la guerra Federal. Como contraparte, carga con la culpa de una posible fundación alemana, haberle negado apoyo a Francisco de Miranda en 1806, haberse negado a incorporarse desde temprano al movimiento de independencia y haberse mostrado indiferente al paso de Bolívar; además del estigma estructural de haber sido una región pobre, aislada, extremadamente cálida, árida e improductiva; mala para producir riqueza pero buena para armar revueltas armadas e introducir contrabando. Realmente, para el falconiano lego en lides históricas, esta polarización implica un panorama de identidad histórica, regional y nacional de profundo conflicto.
Tras la elaboración de un corpus histórico nacional surgió la preocupación por las historias regionales. Para el caso del estado Falcón, Pedro Manuel Arcaya, coriano (1874-1958), es el primer gran historiador de la región. Abogado, diplomático, político, historiador y lingüista. Personaje plurifacético, ejemplo clásico de la gran concentración de conocimiento propia de las élites provinciales venezolanas del pasado siglo. De su pluma emergieron los primeros estudios llamados científicos, soportados en un pensamiento típicamente positivista. El pensamiento positivista marcó el análisis histórico venezolano. De la mano de Arcaya, Gil Fortoul, Vallenilla Lanz y otros autores, se gestó toda una visión social e histórica de Venezuela, donde aspectos como el mestizaje representaban un problema, llegándose a visualizar un velado racismo en algunos autores. Por otra parte, la reflexión positivista fue pilar político del “orden y progreso” gomecista (Cappelletti, 1994).
Arcaya es figura cimera de la interpretación positivista sociohistórica en la historia regional venezolana. De entre los pensadores positivistas ninguno, como él, demostró a través de sus obras la preocupación por los temas de su terruño. Ninguno, como él, produjo la cantidad de estudios referidos a historia regional. Sus primeros textos datan de fines del siglo XIX, se corresponden con un pensamiento positivista joven, con manifestaciones de antiimperialismo, que al madurar transitó al conservadurismo, el cual se deja advertir en sus ensayos publicados desde el año 1906 en El Cojo Ilustrado, y que en 1917 fueron compilados en Madrid bajo el título Estudios de sociología venezolana. Arcaya estudió la historia prehispánica falconiana, la lingüística caquetía, las clases sociales en la época colonial, los apellidos corianos de origen hispano, la insurrección de negros de la serranía coriana en 1875, la guerra federal, entre muchos otros temas de historia regional falconiana. Tal vez su obra más ambiciosa fue la Historia del Estado Falcón, de la cual sólo alcanzó a terminar y publicar el primer tomo, en el año 1919. Como temas conexos escribió, entre otros, sus Memorias y un trabajo que, finalizando el gomecismo, hizo el balance –claro está que, positivo- de aquella dictadura.
Su obra histórica, dispersa en libros y prensa, otra inédita, expresa su interés y preocupación por rescatar y explicar el pasado de su estado natal. Preocupaba en particular, a Arcaya, dar prestancia a la calidad de la población aborigen de Falcón: los caquetíos. A partir de una sutil pero decidida apología de este pueblo, Arcaya derivaba un mestizaje particularmente benéfico, del cual resultaba una población criolla racialmente, digámoslo así, bastante aceptable, ya que predominaba la unión de indígenas y blancos.
La obra de Arcaya es monumental, tanto por su amplitud temática como por los lapsos que abarca. De ella puede afirmarse, sin dudar, que emana la matriz que orientará los gustos e intereses de historiadores locales posteriores. La pluma de Arcaya marca hasta el presente el quehacer histórico en Falcón. Sin embargo, otros historiadores de la época centraron su interés en algún tema particular de la historia falconiana. Destaco el caso de Jules Humbert a comienzos del siglo XX y su obra La Ocupación Alemana de Venezuela en el Siglo XVI, reactivación de la leyenda negra antialemana heredada del periodo colonial y puesta al día exactamente en momentos que el expansionismo alemán coqueteaba con ideas como la anexión de la isla de Margarita para, posteriormente, encabezar el bloqueo de puertos venezolanos en 1902. También está la obra del abogado Salvador De Lima Salcedo, titulada Geografía del Estado Falcón. Astronómica, Física, Histórica y Política; publicada en 1906 y que mereció la sanción oficial del ejecutivo del estado como texto para estudios escolares a comienzos del pasado siglo.
Corto empuje tuvo este impulso concentrado en la figura de Arcaya. La investigación histórica de corte científico positivista nació y murió con Arcaya, siendo sustituida por la efemérides, la crónica y textos menores que aún hoy abundan en la producción literaria del estado. El aparato escolar que emergió tras el fin de la dictadura gomecista impulsó la gran historia, la historia patria. Durante seis décadas (1920-1970), la investigación histórica falconiana avanzó sobre el reciclaje puntual de la obra de Arcaya y otros autores menores, sin el recurso a fuentes primarias. La obsesión temática se revela obra tras obra: de la fundación a los Welser, de José Leonardo a la guerra federal, ritornelo inacabable, ideas intocables, conclusiones pontificadas. Historiadores atados al oficialismo, temor a lo sacralizado. Vino a reforzar esta historia oficializada la creación, en 1952, durante la dictadura perezjimenista, del Centro de Historia del Estado Falcón; institución del Estado que se abocó a la exaltación de los temas tradicionales y a la generación de un núcleo de historiadores no profesionales que improntó durante décadas la marcha de la investigación histórica regional y local.
Como hecho aislado debe citarse el interés en la historia prehispánica apoyada en el uso de técnicas arqueológicas, que tuvo su momento cimero en los estudios de José María Cruxent e Irving Rouse, cuya obra Arqueología de Venezuela (1963), es el primero de una serie de aportes de impacto mundial. En la actualidad y para el caso falconiano, sólo José Oliver, portorriqueño radicado en Inglaterra; y la investigación arqueológica –ya concluida- del Proyecto Interconexión Centro Oriente Occidente (Proyecto ICO, de PDVSA), han continuado desarrollando esta línea de investigación.
La ruptura de esta inercia que sometió la actividad histórica a una erosión profunda se inició en los años setenta del siglo XX, asociada al desarrollo mundial de la historia social contemporánea y la necesidad de grupos marginales al poder por encontrar su pasado. Va de la mano de la profesionalización de los estudios de historia a nivel superior en toda Venezuela, y de un lento proceso de descentralización política y administrativa que hoy se enfrenta, de nueva cuenta, a presiones centralistas. Tocó entonces a las regiones venezolanas la hora de definirse y reconocerse. Los historiadores de nuevo cuño comenzaron a abordar nuevos temas, como la historia de la arquitectura, la historia de la iglesia y la historia de la guerrilla; o los mismos desde nuevas ópticas, imponiéndose el reabordaje de la historia regional. La historia regional falconiana no construyó héroes, por el contrario, encontró motivaciones humanas en algunos de estos personajes; y además hizo surgir nuevos nombres, nuevos actores sociales, nuevos paisajes... así, la historia regional falconiana ha ido develando la especificidad geohistórica de nuestra región, retando las imágenes tradicionales. Publicaciones periódicas como la revista Tierra Firme, se convirtieron en tribuna arbitrada para estos historiadores. En materia de libros surgieron textos que sacaron a la luz nuevos temas. Coloco a guisa de ejemplos la obra del rabino Isidoro Aizenberg titulada La Comunidad Judía de Coro 1824-1900 (1983), donde centró su atención en la historia de los migrantes sefardíes curazoleños, elaborando el primer estudio que cubrió el decurso de este grupo desde su llegada hasta el comienzo del siglo XX; y el libro del historiador Carlos González Antillas y Tierra Firme. Historia de la Influencia de Curazao en la Arquitectura Antigua de Venezuela (1990)
No tardaría en darse el enfrentamiento, y la historia oficial también buscó una actualización y reforzamiento de sus tesis sobre estudios basados en fuentes primarias. Es así como se encargó a Demetrio Ramos, para su presentación pública en 1978, con motivo de los 450 años de fundación de Coro, el libro La Fundación de Venezuela. Ampiés y Coro: una Singularidad Histórica, obra sobre la fundación de la ciudad, buscándose una sanción de prestigio a la tesis de Ampiés fundador. La conclusión de Ramos sobre una doble fundación y el automático realce de la figura execrada de Ambrosio Alfinger, desilusionó a más de un miembro del Centro de Historia del Estado Falcón.
Pero en términos generales, en el caso de Falcón ha predominado el silencio aplastante hacia los aportes generados por estos historiadores, hecho que se refleja en su ausencia de los pensum de estudios de la educación básica y media, que siguen alimentándose sobre las añejas interpretaciones. El empuje de la investigación en historia regional en Falcón no ha logrado pasar de una primera etapa, donde el historiador con su trabajo aporta los elementos específicos del pasado de una región, visualizándola en su devenir geohistórico. La participación de los informantes orales es decisiva en esta etapa, así como el rescate de las fuentes escritas regionales. Pero la segunda etapa, donde ese relato histórico se difunde, se adapta a los diferentes niveles educativos y grupos sociales para que el colectivo tenga así las puertas abiertas para recuperar su pasado, para sentirse presente en una historia distinta, arraigada en su contexto cultural; esa etapa no se ha alcanzado.
A falta de textos locales diseñados específicamente para cubrir las necesidades de nuestros niños y jóvenes en materia de historia, ya que por ley el 20% de los contenidos en esta área de conocimiento deberían ser sobre historia regional y local, los docentes acostumbran a utilizar el superado libro de consulta de Oscar Beaujón Historia del Estado Falcón, con lo cual se refuerzan todos los vicios y limitantes de la historia oficial-central. Esta obra fue uno de los productos del intento de oficializar la historia regional a partir de una colección de historia de los estados editada por la Presidencia de la República en los años ochenta del pasado siglo, y destinada a complementar la enseñanza de la historia, según resolución N° 623 del Ministerio de Educación, fechada 9-10-1979. El libro sigue el patrón tradicional en base a la división cronológica por siglos y el énfasis en los héroes. A partir del movimiento federal se diluye en una especie de historia de la educación y de la cultura, omitiendo en su totalidad aspecto como el cambio demográfico, social y político, la historia económica, el bloqueo de 1902, la revolución libertadora y las dictaduras del s. XX.
Adviértase, pues, como el concepto de historia ha oscilado, para el caso falconiano –espejo de la investigación histórica nacional- entre dos polos dicotómicos que han entendido la actividad de historiar desde ángulos totalmente diferentes, que se soportan en contextos específicos y atienden a necesidades del momento y a grupos de poder. Por un lado la historia oficial, la gran historia, ajena a la consulta de fuentes primarias durante largo tiempo, sesgados sus análisis para atender a demandas de identidad nacional y de predominio y control de la región capital sobre la provincia. Por otro lado la historia regional, que ha implicado el avance del conocimiento en busca de lo nuevo, de rupturas epistemológicas y presiones culturales y políticas que retan las concepciones ortodoxas.
La labor de los historiadores regionales ha sido y es posible porque no hay una historia, sino historias; y así como es legítima una historia nacional sobre la base de los comunes denominadores de una población y su espacio geohistórico, también es legítimo rescatar la historia en función de explicar las singulares expresiones que los sucesos tuvieron en una región particular. Es una necesidad imperiosa del colectivo de las regiones, no siempre considerada ni advertida por quienes gerencian la educación y la investigación histórica. Es una necesidad que permite ubicarnos en el conjunto nacional sin lugar a confusión; porque, como dice Ghalioun en su hermoso texto Liberación de la Historia: «... para poder sobrevivir, un pueblo tiene que reconocerse y conocer su puesto en el tiempo y en el espacio, para no quedar excluido en forma definitiva, con la amenaza consiguiente de la aniquilación y desaparición. Se plantea entonces el arduo problema de definir la propia historia, tanto la que se manifiesta a través de un plan determinado del tiempo como la que se expresa por las conquistas materiales y morales de la sociedad» (Burhan Ghalioun, 1984: 331).
La historia regional y local es nuestra historia más cercana, la que espera por nosotros antes que el papel se desintegre y los informantes se mueran; cuyo rescate permitirá vernos, reflexionarnos y perfilar nuestra identidad cultural como regiones. Comprendiendo lo que fuimos, sabiendo lo que de ello pervive en lo que somos, podremos proyectar y avanzar tanto hacia el futuro de nuestro más pequeño terruño como hacia el de la Nación que nos integra al mundo. El diálogo entre las regiones será más fluido y la consistencia de un proyecto nacional tendrá mejor futuro.
BIBLIOGRAFÍA
Abbagnano, Nicola (1987). Diccionario de Filosofía. México, FCE.
Cappelletti, Ángel (1994). Positivismo y Evolucionismo en Venezuela. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana.
Ghalioun, Burhan (1984). “Liberación de la historia”, en UNESCO, Historia y Diversidad de las Culturas. España, Ediciones del Serbal-UNESCO, pp. 332-347.
González, Rafael (2000). “El culto a los mártires y santos en la cultura cristiana”, en Kalakoricos, Nº 5, pp. 161-186. Documento en línea disponible en:
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=192201 (05-11-2001).
Saldaña, Juan José (1996). “Teatro científico americano. Geografía y cultura en la historiografía latinoamericana de la ciencia”, en Juan José Saldaña (Coord.), Historia Social de las Ciencias en América Latina. México, UNAM/Porrúa editores, pp. 7-41.

Alemanes en la provincia de Venezuela durante el siglo XVI

Ponencia presentada en el 53 Congreso Internacional de Americanistas. Ciudad de México. Julio de 2009.


Introducción

Al escribir sobre la historia de Coro del siglo XVI, pero en particular sobre la actuación de la casa comercial Welser en esta tierra, se quiera o no, se está tomando posición entre dos ópticas divergentes; la que ha tenido mayor uso en el análisis histórico, asociada a la leyenda negra alemana, y otra minoritaria y favorable, trabajada por historiadores modernos como Juan Friede. Los matices intermedios son producto de la constante revisión de estas dos visiones.
Se impone la necesidad de problematizar, en tanto historiar, ambas posturas, producto de intereses que se han expresado y expresan a través de los historiadores; posturas que han alimentado por siglos el debate -entre nosotros- sobre lo que fuimos en nuestro origen más lejano. En suma, al acércanos a la historia del siglo XVI en Coro debemos elegir, y esta elección no puede seguir teniendo como trasfondo el apego irrestricto a visiones extrapoladas, pues ambas nos mutilan. Tenemos, por el contrario, que acceder a nuestro origen conociendo a los protagonistas que se enfrentaron, en ocasiones a muerte, pero sin olvidar que ambas posiciones son -por igual- parte de nuestro primer legado, y que aún subsisten entre nosotros, así les queramos volver la espalda.

La terra incognita

Cuando los europeos llegaron a América, terra incógnita, creyeron estar en el corazón mismo de Asia. Asia, la tierra de los bárbaros, sus enemigos históricos. Todos los siglos de su memoria se volcaron hacia los pueblos amerindios, que fueron vistos como parte de los misteriosos imperios orientales. La conquista, pues, tuvo en la mente del colectivo europeo una justificación histórica, soportada en una errónea geografía y el ancestral miedo a los enemigos naturales. Una serie de códigos y representaciones colectivas, no el reduccionismo moral, es lo que nos explica la actuación de aquellos invasores.
Pero ¿a quiénes conquistaron los europeos? ¿Quiénes integraban el otro polo de esta historia? En el caso venezolano la mayoría de las huellas se han perdido. En el territorio que hoy ocupan los estados Falcón Lara, Yaracuy y las estribaciones andinas habitaban pueblos sedentarios, dueños de una avanzada agricultura. Para los siglos XIII y XIV el área estaba ocupada principalmente por arahuacos o caquetíos, jirajaras y ayamanes. Los caquetíos cubrían un amplio radio que iba desde la costa norte hasta el Orinoco. Los radicados en el norte del territorio, en el litoral, ostentaban un desarrollo cultural superior al mismo pueblo caquetío asentado en los llanos que se extienden entre el Apure y el Casanare, y de aquellos que habitaban las márgenes del Orinoco y las estribaciones andinas.
Acerca de los caquetíos asentados alrededor de Coro, podemos decir que eran dueños de una agricultura avanzada, intensiva y con sistemas de riego, y para cuando arribaron los conquistadores eran plenamente sedentarios. Sabemos que extendieron sus redes comerciales hasta muy al sur, siguiendo las cuencas del Turbio y el Yaracuy; y que conocieron el valor del dinero en forma de perlas, cacao, algodón, cuentas de nácar y otros objetos (Strauss, 1993, De Lima, 1997). Esta información, sin embargo, poco nos permite saber de sus mentalidades, de las principales ideas que conformaban su particular cosmogonía, los ritos de su vida cotidiana. Dentro de este universo de imprecisiones, sólo parece posible asegurar que la imagen que de los indios tenían los propios indios difería de la imagen que de ellos se formaron los conquistadores, y que ésta es ajena a la que pudiéramos elaborar hoy en día.
En la mente del hombre europeo, intensamente alimentada por la mitología clásica, nuestro agricultores sedentarios, nuestra geografía, flora y fauna dieron origen a las más extrañas criaturas y paisajes, sólo comprensibles en el marco del siglo XVI: tierras tórridas en cuyo extremo sur no podían habitar animales debido al gran calor que se desprendía, donde quizás estuviera el paraíso en un lugar tan alto que llegaría al globo de la Luna, donde las noches serían iguales a los días y habría ríos donde recoger el oro con simples redes, y podrían encontrarse seres de orejas tan largas que se arrastran por el suelo, o que se alimentan del olor de las flores y frutas, salvajes tan altos como tres varas, o tan pequeños como un codo de altura. Seres sin lengua, con un solo ojo, con hocico de perro que comían hombres (Gil, Tomo I, 1992). Al respecto de Coro, quedó comprendida en la mítica región que, resultante de las falsas ideas geográficas de la época, suponían que junto con la península de la Goajira y el lago de Maracaibo escondían la vía más corta para llegar al mar del Sur, mágica ruta que permitía alcanzar las islas de la especiería, cuyo comercio era una vieja ilusión en la mente de más de un rey y más de un banquero de la época. Suficiente geografía para aventurarse en América. Había pues, razones de peso para que los fernandistas, los Welser y muchos otros se empeñaran en señorear cada palmo de esta tierra; para que se intentara –como se hizo- en forma recurrente explorar el occidente, siempre el occidente, buscando el secreto del lago de Maracaibo: el acceso al sur, al Pacífico. Desde Santa Marta y desde Coro, las penetraciones se hicieron más desesperadas en forma progresiva a medida que avanzó el siglo XVI, por la angustiosa ilusión de poder enmarcada en ansias y privaciones, injusticias y delirios a las que se agregó, en el caso coriano, la ávida y ruda competencia de los alemanes.

La casa Welser

La palabra clave es Renacimiento, periodo en el que artes, ciencias, descubrimientos, valores morales y materiales se revolucionan. Los banqueros jugaron un papel decisivo en este momento. Su poder era inmenso, tanto como el de un Estado, mas sin sus atributos. Su perfil era similar al de un embajador en cuanto a estatus, influencia e injerencia en materia política. Los Médicis en Italia, los Fugger y los Welser en Alemania, son ejemplo de esto. De sus arcas saldrán magnas iglesias y palacios adornados con obras de arte acunadas por mecenazgos. En sus palacios dormirán reyes, emperadores, papas y cardenales durante sus trayectos europeos.
La ciudad de Augsburgo y el año 1498 marcan el inicio de las actividades de Antón Welser, hijo de una familia de comerciantes con antecedentes tan remotos como el año 1240. Funda una casa comercial que heredarán sus hijos Bartolomeo y Antón, quienes en 1525 iniciaron operaciones comerciales con América; dedicados a la explotación de minas de plata, comercio de manufacturas textiles flamencas, lana inglesa y productos orientales. Su éxito financiero pronto los llevó a Portugal, Venecia y otros puntos de Europa. Donde hay comercio están los Welser, toda feria llama su presencia, sus agentes se despliegan en busca de negocios con pimienta, azafrán, marfil, sedas, metales...
Al comenzar la zaga americana, Lisboa y Sevilla desplazan a los Países Bajos y las ciudades italianas como corazones de la actividad comercial. Hasta Sevilla llegarán los Welser y otros banqueros y comerciantes con sus nuevas tácticas comerciales y financieras, germen de nuevas mentalidades, de nuevas formas económicas, de un capitalismo que avanzaba inexorable: “... la Península Ibérica se convirtió en lugar privilegiado de los nuevos fenómenos económicos que se estaban operando en el mundo, y no nos puede extrañar que fuera precisamente en ella donde se produjeran los primeros desarrollos de un pensamiento económico moderno” (Abellán, 1992: 185).
Ayer como hoy, la política y el comercio se dan la mano. De las arcas Welser salió buena parte del dinero que hizo posible la elección de Carlos V de Alemania como emperador del sacro imperio románico germánico de occidente. Pero todo tiene sus motivos. Fugger y Welser, banqueros genoveses y toscanos llegados a Castilla, todos deseaban acceder hacia África y América, hacia las nuevas tierras que formaban parte del legado que Isabel de Castilla dejara a su nieto. Tenían un elemento a su favor: España carecía de una hacienda unificada y de un núcleo de banqueros y empresarios que llevaran adelante la magna empresa de planear una economía imperial. Y ellos estaban allí, ante una España que intentaba convertir a Sevilla en centro comercial de primer rango, e incapaz de impedir que el resto de Europa se hiciera con las riquezas en metálico que América proporcionaba.
El emperador había de retribuir con largueza a los Welser su participación en la esfera política. De ellos dice Germán Arciniegas: “Nacieron más para el comercio que para las finanzas. Se adaptan mejor a la modalidad española, y son menos cautos, más inquietos que sus consocios” (1990: 191). Desde Augsburgo sus agentes penetran todas las plazas españolas de interés. Desde España se expandirán hasta muy lejos, hasta Santo Domingo y Nueva España, donde participarán en negocios mineros; en la expedición que penetra el sur y descubre el Río de la Plata, participando con la dotación de una nave. Pero su mayor éxito será, en 1528, la adjudicación de la gobernación de Venezuela, lo cual los ponía -a su buen ver y calcular- en la ruta directa al mar del Sur, por tanto en el control de las islas de las especias, por tanto en el dominio de su comercio con Europa. Ese será el cometido que traerá en el bolsillo Ambrosius Alfinger, y que desatará la pugna entre hispanos y tudescos por el control del occidente venezolano y colombiano, desde Coro hasta el Meta, desde Santa Marta hasta Bogotá.
El sueño y la ambición asomaron su faz de monopolio. Carlos V tenía que pagar sus deudas. Pero también se disfrazaron -el sueño y la ambición- de buenos propósitos: pacificar y poblar desde el cabo de la Vela, pasando por el golfo de Venezuela y el cabo de San Román, hasta el golfo de Maracapana; fundar dos pueblos de 300 pobladores cada uno, levantar tres fortalezas, llevar mineros para las consabidas actividades extractivas, y hasta curas para el cuidado del alma. Para 1531 su poder sobre la tierra firme se amplió, quedando autorizados para nombrar autoridades en forma directa. La ruta al mar del Sur se despejaba cada vez más. Alfinger escribió en 1530, acerca del lago de Maracaibo: “y se piensa que la dicha laguna toca en la Mar del Sur por muchas legítimas razones” (Gil, 1989: 43).

La pugna de poderes

Si reflexionar la presencia Welser en Venezuela impone de entrada comprender la representación colectiva del mundo en el siglo XVI; no es menos importante esbozar el contexto político y económico que permitió a la casa tudesca llegar a las Indias. Una justa perspectiva histórica hace necesario precisar los dos polos que determinaron la actuación alemana en esta gobernación. En primer lugar, todo cuanto acometieron los conquistadores lo hicieron como consecuencia de las pugnas que se verificaban en la corte española; pugnas crecientemente mediadas por la burocracia real aposentada en las Antillas, pero que siempre tuvieron su origen y destino en la corte misma. El otro polo básico es que la finalidad última, la ilusión que animaba a los exploradores –como a los banqueros y sus agentes- estaba en lo profundo del Pacífico, en las islas ricas en especias y otros tesoros que la mitología les atribuía.
Todo cuanto aconteció en Coro entre 1529 y 1546, fueron hazañas y fechorías realizadas con la mirada puesta en lugares míticos y lejanos; ya fueran aquéllas todavía inalcanzables islas, ya fuera el Meta o la Casa del Sol, objetivo manifiesto de las últimas incursiones comandadas por los gobernadores alemanes. En todo caso, los tudescos siempre consideraron a Coro y su entorno como tierra de paso.
Esto explica en buena parte la conducta de los conquistadores: todos tenían prisa por cumplir y sobrevivir ante sus iguales. La lucha era contra los otros exploradores, también europeos, que zarpaban de todos los puertos de Europa y el Caribe en busca de las mismas ilusiones que ellos, ilusiones que cada pequeño ejército guardaba en secreto y que, sin embargo, eran repetidas a media voz por miles de voces anónimas. Así, los años del gobierno alemán en Venezuela fueron la zaga de una lucha entre europeos, y ésta no se reducía a los conflictos entre alemanes e hispanos; el ambiente en que se movían estaba electrizado por pugnas sordas y soterradas, o abiertas y publicitadas, entre lusitanos y castellanos, así como entre flamencos e hispanos. Los ingleses y franceses se debatían contra el naciente imperio español, pero sin olvidar jamás su proverbial antagonismo. Los que en un momento eran aliados se preparaban para la guerra entre sí. Los piratas eran auspiciados por gobiernos aparentemente amigos, pero enemigos en realidad, y tenían como finalidad confesa fracturar el difuso proyecto económico ideado por los españoles. El mismo papa fungió como un supremo juez más pendiente del cálculo político y su conveniencia que de la salvación de las almas, no digamos ya de los conquistados, puesto que en un principio se dudó que la tuvieran, sino de aquellos que en el nombre de su iglesia organizaron uno de los mayores, sino el mayor, genocidio que la historia moderna recuerda.
Pero la conquista no fue sólo el enfrentamiento –en el Nuevo Mundo- de europeos contra europeos atropellándose por llegar primero al mítico lugar donde los aguardaba el oro y la especiería. También fue una guerra religiosa. Una doble guerra religiosa. La conquista es la crónica de la violencia desatada entre reformistas y contrarreformistas, en este cisma está inscrita la historia del odio que se profesaban entre sí católicos y luteranos, pero sobre todo, es la historia del ensañamiento de los cristianos contra lo pagano, cualquiera fuera el signo de los cristianos y de los paganos mismos. Finalmente, ésta fue una guerra contra los hombres que habitaban esta tierra y que osaron defenderla.

Los cronistas como problema histórico

Esbocemos ahora los principales elementos que impregnan el pensamiento de los principales cronistas, pues de esto depende que seamos capaces de imaginar el mundo que ellos vieron, saber lo que perseguían, y asombrarnos con sus ancestrales miedos. Y es que el tema de la presencia Welser ha de valorar, obviamente, la conducta de los alemanes, y esto nos lleva, de manera inexorable, a valorar a quienes los valoraron; a valorar a los cronistas primero, y a los principales historiadores que sobre sus hombros han continuado la formulación de lo que fueron aquellos tiempos.
Los cronistas españoles –sujetos de su tiempo- estuvieron influidos por el ambiente hostil hacia la Alemania luterana. Carlos V se propuso conservar tanto la unidad religiosa europea como la unidad política del sacro imperio. Fue un doble fracaso. La paz de Augsburgo sólo se logró a cambio de la libertad religiosa a los estados disidentes del catolicismo. Alemania se separó del imperio de Carlos V desde 1555 y pasó a constituir uno de los principales focos de esa disidencia. Por ello, todos los cronistas dan muestras de su hostilidad ante los extranjeros. Expondremos las posturas de los más sobresalientes en los siglos XVI y XVII, que permite ver el avance de la posición anti alemana y su repercusión sobre el análisis histórico de la casa Welser.
Una precisión. Al aproximarnos a la obra de estos autores, debemos considerar la rivalidad que se desarrolló entre los historiadores franciscanos y los historiadores cortesanos, especialmente con Antonio de Herrera. Durante la segunda mitad del siglo XVI normar la conquista fue la divisa. Pero para esto se hacía necesario, por vez primera, elaborar un sistema ordenador que tuviera como referencia cierta el conocimiento exhaustivo del Nuevo Mundo. El nuevo orden sólo podría surgir del conocimiento ordenado, lo cual exigía elaborar relaciones geográficas y rescatar los antecedentes históricos. En este contexto surge el cargo de cosmógrafo-cronista, creado con las ordenanzas de 1571, cuyas funciones incluían informar al Consejo de Indias sobre lo que otros escribieran, determinando su veracidad o falsedad, con lo cual nació, para el Nuevo Mundo, el viejo censor de siempre.
Salvo Las Casas, que denunció por igual a hispanos y alemanes en los excesos que advertía en su actuación con respecto a los aborígenes, el resto de los cronistas procedió, en mayor o menor medida, a disminuir la responsabilidad de los españoles e incluso a victimizarlos, macrodimensionando los flancos débiles de la administración alemana.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez es el primero que trata del gobierno alemán en Venezuela. Fue vecino de Santo Domingo, en aquel entonces el centro político y económico del Nuevo Mundo. Recopilaba con avidez cuanta noticia llegaba del continente. Conoció personalmente a Federmann, Spira y a otros de los hombres que participaron en Venezuela. En su obra exterioriza su aversión cuando dice que le preocupan: “tantas diferencias y gentes y naciones, de extrañas condiciones, como a estas Indias han venido y por ellas andan” (Friede, 1961: 14), y le complace que el obispo de Bastidas, una vez asumidas sus funciones, aumente el número de católicos y corrija a sus feligreses. Esta actitud anti alemana se intensificará durante la segunda mitad del siglo, cuando Alemania se separó del imperio. Sin embargo, la actitud de Fernández de Oviedo era ambivalente, pues por otra parte apreciaba los esfuerzos de los Welser al introducir y vender artículos indispensables que de otra manera no hubiera sido posible conseguir, dadas las dificultades económicas inherentes a la conquista.
Antonio de Herrera fue cosmógrafo oficial, un historiador de la segunda mitad del XVI que nunca estuvo en América. Asume también una actitud hostil a los alemanes, postura que se explica no sólo por su posición oficial, sino porque se basa en los documentos oficiales del Archivo del Consejo de Indias, casi todos imbuidos de adversión hacia Alemania. Sus fuentes fueron algunas cédulas reales, varias cartas del obispo Bastidas y los informes del licenciado Tolosa al Consejo de Indias, con las actas del proceso que este último le siguió a Carvajal por la muerte de von Hutten.
Fray Pedro de Aguado, de la orden franciscana, escribió su obra cuando la separación se había consumado, cuando la militancia provocada por la contrarreforma llegó a su cenit, y cuando el censor oficial ya se imponía, lo cual le llevó a oponerse a esta censura institucional ejercida por la crónica oficial. Sus informantes fueron descendientes de conquistadores o antiguos conquistadores que habían estado en Venezuela. La crónica de Aguado, quien no participó en el proceso de conquista, está imbuida de un espíritu pro-indígena, lo cual ocasionó en consecuencia su condena decidida, como hombre y como fraile, a las prácticas de los conquistadores, sosteniendo una postura similar a fray Bartolomé de las Casas. Pero, además, se revela un profundo nacionalismo hispano, que no perdonó la participación tudesca en el proceso americano.
Juan de Castellanos pertenece a la generación que vivió la conquista. Publicó las primeras partes de las Elegías en 1589. Nunca estuvo en Venezuela, pero actuó como soldado en varios puntos del Caribe, como en el cabo de La Vela y Santa Marta, donde estuvo de 1536 a 1551. Escribió su obra en Tunja, Nuevo Reino de Granada, hacia la segunda mitad del XVI, en medio de una general actitud hostil a los alemanes. Las Elegías son una obra de excepción, ante la cual debe asumirse una postura mesurada, pues el carácter épico de las mismas conduce a la exaltación de los personajes involucrados. Las proezas vividas en las Indias, lo diferente de este cielo y de esta tierra, y aún maravilloso de lo nuevo, renovaron el interés por contar aquellas hazañas inauditas, que por su merecida fama, sólo equivalente a la narrada por los libros de caballería, debían ser conservadas en el mundo de los vivos. Esto se trasluce en las Elegías cuando Castellanos exalta el valor y la bizarría de cuanto capitán -e incluso simples soldados- recordó o de los que tuvo noticia. En las Elegías todos son héroes: indígenas, españoles y tudescos. Hasta la alevosía de Carvajal se magnifica. Todas las batallas son épicas, todas las muertes acrecientan. El lascasianismo se trueca aquí en una pugna entre casi iguales: europeos y nativos equilibran en arrojo, valor y ansias de victoria.
La obra de fray Pedro Simón, cronista de principios del siglo XVII que también enfrentó la censura oficial, se basa en el texto de Aguado, cuyo manuscrito tuvo en sus manos. Simón viajó a través de Venezuela entre 1612 y 1613. Pasó por Coro, recorriendo el camino de Borburata hasta La Fría, vía Trujillo. Le dolía la posibilidad de que su historia se perdiera. Lo atribulaba la imposibilidad de editar en Nueva Granada, pero antes de morir vio impresa parte de su obra. Magnificó los datos proporcionados por su antecesor, exacerbando el sesgo del análisis. Simón es un historiador que ya no estuvo comprometido con los hechos, no fue protagonista de la historia que narró. Para Simón la historia no es ya ejemplo de bizarría ni canto de gloria, sino el duro recuento de lo que se fue. Al joven franciscano lo mueve la necesidad de evitar el olvido. En este sentido, fue la raíz de las nuevas generaciones que habrían de saber lo que hicieron y fueron sus antepasados. En Simón cuentan los hechos y no la fama.
Por último, aparece José de Oviedo y Baños, quien escribió a fines del XVII. Acaudalado hombre de negocios y partícipe de la administración colonial. A diferencia de cronistas anteriores, logró la publicación pronta de su Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Alimentada su obra por Aguado, Herrera y Simón, es inocultable su rechazo y hostilidad hacia la participación alemana en Venezuela. Su obra, quizás más que ninguna otra, ha alimentado la historiografía venezolana, contribuyendo a la construcción y reforzamiento de la leyenda negra de la participación alemana en tierra firme.

Los personajes y los hechos

La historia venezolana y latinoamericana en general, oficial o no, retomó la herencia cronicaria colonial. Son las “tropelías y crímenes” de Arcaya en su Historia del estado Falcón, los “empingorotados banqueros” del colombiano Germán Arciniegas, la “manada de fieras” de Ignacio Silva Montañes, los “por cierto luteranos” de Francisco Maldonado; estos dos últimos publicados por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
Aproximémonos a cada personaje para contrastar los discursos en el tiempo.

Juan “el bueno” y Ambrosio “el malo”

Las figuras del factor Juan de Ampiés y el gobernador alemán Ambrosius Alfinger son ejemplos de la típica reformulación histórica que va transformando los hechos en un mito. La deformación ha ido de la mano del manejo dicotómico de la pareja Ampiés-Alfinger.
En los cronistas había, esencialmente, el rechazo español a toda injerencia extranjera en las Indias; este rechazo gesta la progresiva exaltación de Ampiés, quien representará el ideal de una política de conquista sustentada en la pacificación. La historia venezolana, necesitada de liberar primero a Venezuela y después a Coro de lo que pareciera ser un pecado original: la fundación de derecho alemana y un primer gobernador alemán; ha exaltado aún más a Juan de Ampiés, identificado como un indigenista de buen corazón, a quien Rafael María Baralt, el primer gran historiador de la Venezuela republicana, imaginó seguidor de plan lascasiano, “sujeto de discreción y buen entendimiento” (Baralt, 1960: 192). Tras Baralt, se suceden durante el siglo XX los calificativos a favor: honrado, serio, leal, hombre de bien, trabajador, sacrificado…”1. Surgió para la historia oficial la leyenda de un Juan “el Bueno”, como le bautizó en 1955 el historiador Isaac Pardo (1988: 99)2.
La habilidad de Ampiés para relacionarse con los aborígenes y sus aspiraciones de beneficio personal, todavía consideradas en la obra de Oviedo y Baños, evolucionaron hacia una bonhomía y un paternalismo impregnados por el pensamiento positivista, imagen que comenzó con Baralt y siguió el primer historiador regional falconiano; Pedro Manuel Arcaya. Ampiés encarna hasta el presente las ideas de orden y progreso sustentadas en una planificación social (protección, fundación de colonias) encaminada a lograr el avance de la población indígena. El factor ejemplifica las inclinaciones más nobles y los sentimientos más generosos, propios de una civilización desarrollada.
Como contraste está la figura de Ambrosius Alfinger, quien marcó la provincia de Venezuela con su presencia desde 1529 hasta 1533, realizando la primera exploración del occidente venezolano durante diez meses, entre 1529 y 1530. Personaje polémico, fue nombrado por real cédula gobernador y capitán general. Su figura ha ido acumulando calificativos que van desde buena persona, prudente, sagaz, eminente, discreto, cortés, valiente y cabal; hasta insensato, feroz, codicioso, rudo, tirano, criminal, esclavista y hacedor de estragos, duro, cruel entre los crueles.
La figura de Alfinger carga con una serie de acusaciones, veladas o explícitas, que se resumen a continuación:
1. El nada honroso mérito, ante los ojos hispanos y después ante la Venezuela republicana, de haber sido quien diera estatus jurídico a Coro mediante su fundación, al tener las credenciales de gobernador. Este acto es totalmente rechazado por la historia venezolana, donde el mérito se da en exclusiva a Juan de Ampiés3. Alfinger representa el dominio extranjero que tanto combatió el nacionalismo fernandista, pero que allí estaba, como germen, en los matrimonios de sus hijos. Llega cubriendo todos los requisitos legales exigidos por la corona española; por tanto, carece de soporte la añeja acusación de invasor que se le ha dado, si se le considera desde el estricto punto de vista legal. Pero desde el ángulo político y para el siglo XVI, era sin dudas un intruso para el grupo cortesano prohispano, a quien daba lo mismo que hubiera una capitulación de por medio.
La historia republicana asumió el rechazo a los germánicos trasvasándolo del nacionalismo hispano al nacionalismo latinoamericano asociado a posturas antieuropeas. Los Welser, y Alfinger como su cimero representante, han tenido entonces la función histórica de canalizar buena parte de nuestra identidad nacional y de nuestro rechazo al expansionismo extranjero, o más específicamente, al europeo.
2. Haber enfrentado a Juan de Ampiés, quien se encontraba en desventaja política por ser defensor de los intereses fernandistas en tierra firme, y haberlo expulsado de la ciudad de Coro. El enfrentamiento entre estos hombres fue, políticamente hablando, el principio de la pugna en la tierra firme venezolana, entre las fuerzas que habían perdido el poder y las que lo asaltaban. Ampiés, representante del rey Fernando pero sin nombramiento de gobernador ni facultades para dar estatus jurídico a Coro, llegó a acuerdos de paz con el cacique Manaure que le permitieron consolidar su presencia en tierra firme para avanzar en la ruta al mar del Sur. Pero Alfinger, obligado e interesado en hacer cumplir el derecho de exclusividad que le daba la capitulación Welser, procedió a expulsarlo. El libro de Oscar Beaujón Historia del Estado Falcón, producto del intento de oficializar la historia regional a partir de una colección de historia de los estados editada por la Presidencia de la República en los años ochenta del pasado siglo, y destinada a complementar la enseñanza de la historia, dice textualmente: “… todo lo que no logró evitar que, el alemán Alfinger, violando las más elementales reglas de cortesía e invocando sutiles motivos de celos, desplazando violentamente al Factor Ampíes, reduciéndolo a prisión y expulsándolo, después de hacer firmar por la fuerza, un documento de compromiso a no regresar nunca más al territorio de su mando” (Beaujón,1982: 97).
3. Su desinterés por Coro como asentamiento, que siempre fue utilizada como lugar de paso en la búsqueda del mar del Sur, dando con ello argumentos para la crítica tanto a los cronistas como a los historiadores republicanos. Las Elegías de Juan de Castellanos dan una muy temprana imagen de esta acusación: Por ser entonces tanta la demencia/que indios no tenían en estima/y nadie procuraba permanencia/sino coger el oro de por cima (Castellanos, 1987: 174). El interés de los conquistadores se centraba en levantar poblados lo más próximos al fabuloso estrecho que conectaría con el mar del Sur, y eso indicaba siempre hacia el oeste. Los intentos fundacionales de Maracaibo y de Ulma se ubican en este contexto. Coro tenía una hacienda pública tan pobre que no podía cubrir sus gastos y pagar los sueldos. Los oficiales reales cobraron siete años después de sus nombramientos, y se mantenían con préstamos dados por los Welser. En el lapso 1529-1538 la corona no vio beneficio alguno, tampoco los Welser, y no se hicieron obras públicas4. La ciudad era poco apta para actividades agrícolas debido a la escasez de agua dulce, y estaba alejada del estrecho al mar del Sur. Su carácter era prácticamente flotante, pues todos llegaban pensando en dejarla, hasta quien fuera su primer obispo; Rodrigo de Bastidas. A Coro lo mantuvo en pie el estar ubicada en una zona de indios de paz, su carácter de obispado, el ser el único punto poblado en la provincia de Venezuela y contar con una estructura legal.
El abandono de Coro y en general de la provincia de Venezuela por Alfinger, en aras de la búsqueda del mar del Sur, quedaron resumidos en este párrafo de Oviedo y Baños: “… pues conociendo sus soldados que no llevaban intención de poblar en nada de lo que conquistasen (…) pues sólo había de tener de utilidad lo que cojiesen de encuentro; sin que los detuviese la piedad, ni los atajase la compasión, como furias desatadas, talaron y destruyeron amenísimas provincias, y deleitosos países…” (Oviedo y Baños, 2004: 34).
Ha sido vigorosa en particular la polémica entre los hispánicos y alemanistas sobre la segunda expedición de Alfinger (1531-1533). Su paso por el valle de Upar y Tamalameque y el encuentro con los pacabueyes están improntados por sucesos que han sido descritos con mayor o menor prolijidad por los autores, acrecentándose con el paso de los siglos. El último defensor de la figura de Alfinger sobre este particular es el colombiano Juan Friede, quien tras revisión documental argumentó: “Aunque no dudamos que ambas tropas [hispanos y españoles] no tratasen a los indios con guantes de seda, hay que convenir que la sanguinaria expedición por el Valledupar al mando de Alfinger es un mito que arraigó en la historiografía americana por varias razones: Valledupar, al igual que Cabo de la Vela, eran territorios fronterizos, disputados durante algún tiempo por las gobernaciones de Santa Marta y de Venezuela. Desde el punto de vista de los de Santa Marta, los venezolanos, al entrar al Valledupar, violaron un territorio perteneciente a ellos (…) Cuando Juan de Castellanos, cuya crónica es la fuente de estas noticias, recorría regiones pertenecientes a Santa Marta –el futuro cronista nunca pisó tierras venezolanas-, quedó impresionado por la versión «santamarteña» del incidente. A Castellanos copiaron después Fray Pedro Simón, Oviedo y Baños y otros; pero ninguna alusión sobre las crueldades cometidas por Alfinger y los venezolanos y en el Valledupar encontramos en las obras de cronistas más antiguos: Gonzalo Fernández de Oviedo y Fray Pedro Aguado” (Friede, 1961: 196). En resumen: los desmanes atribuidos a Alfinger fueron producto de una confusión, y habían sido cometidos en realidad por los conquistadores hispanos de Santa Martha.
La misma muerte de Alfinger muestra lo polémico de su figura. Si Castellanos en sus Elegías habla de que: todos mostraron tiernos sentimientos/y no faltaron ojos lacrimosos (Castellanos, 1987: 206); y para Aguado: “murió como buen cristiano, ordenada su ánima y sus cosas: murió pobre y bien quisto de la gente” (Aguado, 1987: 96); ya en Oviedo y Baños la evolución historiográfica habla de que: “… la muerte puso término a la bárbara crueldad de aquel tirano…” (Oviedo y Baños, 2004: 44). Contrastan en el siglo XX las expresiones de dos historiadores colombianos sobre este suceso. Friede tiene una expresión favorable al decir: “Así acaba la vida de un valiente capitán, primer gobernador de Venezuela” (Friede, 1961: 209). Pero Germán Arciniegas hizo la narración más mordaz y tuvo la frase más lapidaria al respecto, imbuido en el clima anti alemán de los años cuarenta del siglo XX, época en que salió la primera edición: “Micer Ambrosio ha muerto. El valle todo está estremecido de su muerte. Su alma suele rondar en las noches de luna, y espanta a los campesinos temerosos (…) Sería muy difícil precisar quiénes están más contentos con la muerte de Ambrosio Ehinger: si los indios o los españoles. Oprimidos unos y otros por este hombre duro y cruel, sueñan ahora en que el rey de España no envíe más gentes de su raza a la conquista de América” (Arciniegas, 1990: 241 y 243).
4. El representar la sombra luterana que denunciaba la iglesia católica, y es que para el momento de la presencia alemana, una lucha cubría a Europa y llegó al Nuevo Mundo: la lucha entre reformistas y contrarreformistas. Más que una acusación con soportes, el luteranismo fue la eterna sombra de los teutones llegados a Coro. Al epíteto de invasor se le sumó el de luterano para consolidar la imagen a ser atacada. El estigma de la herejía y el luteranismo se cernió sobre la gobernación alemana, sin pruebas contundentes y con sólo un caso registrado, el de Juan Flamenco, bajo la gobernación de Alfinger, remitido por el obispo Bastidas al inquisidor general en Puerto Rico.
Hasta el siglo XX llegan las afirmaciones explícitas y directas, generalizadas, pues no se concretan en consecuencias adversas para la corona española, sobre el luteranismo Welser, que se encuentran en la obra de monseñor Francisco Armando Maldonado Seis primeros obispos de la iglesia venezolana en la época hispánica, y que carecen del rigor documental que las avale. En su libro se expresa reiteradamente a lo largo de la introducción y el primer capítulo, como un estigma, la fe luterana de los gobernadores alemanes, lo cual sesga el contenido del análisis de este autor.
Entre todas, esta es la acusación que menor fuerza ha conservado en el tiempo, ya que poco interés se ha mostrado en ahondarla.

Nikolaus Federmann y Georg Hohermuth o de Spira: las ansias de poder no compartidas

La historiografía presenta a los alemanes en Venezuela como una unidad monolítica. Sin embargo, tal unidad distaba mucho de lo real; y es interesante conocer las diferencias que había entre ellos, cada uno un individuo con deseos personales, aspiraciones propias, ansias de poder no compartidas.
Así, Ambrosius Alfinger se enfrentó a Nikolaus Federmann ejerciendo la misma autoridad que con Ampiés. Federmann sale de expedición en septiembre de 1530 aprovechando la ausencia del gobernador Alfinger, quien había partido hacia Santo Domingo. Toma una ruta distinta y se adentra en los llanos venezolanos, retornando en 1531 para encontrar un Alfinger alterado, quien ordenó su detención, juicio y destierro por cuatro años; sacándolo en lo inmediato de la escena welseriana. Parte Alfinger en su segunda expedición y muere en el curso de la misma, retornando los restos de sus huestes a finales de 1533. Este episodio da pie a una serie de reclamos por parte de los hispanos ubicados en Coro, y que son un capítulo más en la larga pugna hispano-alemana sobre las prometedoras tierras venezolanas y el camino al mar del Sur5. Los colonos exigían reducir el poder de la casa alemana, cuyas rígidas disposiciones habían limitado los desplazamientos de la población e impedido el reparto de encomiendas. No es gratuito que una de las reclamaciones de 1533 fuera el incluir al valle de Upar en la Gobernación de Venezuela, pues este era considerado vía segura hacia el otro mar y hacia las riquezas de tierra adentro. El accionar de los colonos logra cercenar, de momento, la aspiración de Federmann a la gobernación. Hábilmente, el desterrado Federmann escribe y publica en Europa su Historia Indiana, abonando con ello el terreno para su causa ante los Welser. Logra poner el viento a su favor y cuando llega a España la noticia del deceso de Alfinger, en 1534, ya no hay obstáculos en su camino. Sin embargo, la designación de Federmann como gobernador es bloqueada por los fernandistas, siendo nombrado gobernador Jorge Hohermuth o de Spira, quien quizás por desconocido y, gracias a ello, tener una figura sin desgaste ante el Consejo de Indias, la Audiencia de Santo Domingo y los mismos colonos, accede al cargo.
A Coro llegan, en febrero de 1535, Spira, Philipp von Hutten y Federmann, ya sin Alfinger en el camino. Federmann, sin embargo, no cejará en sus aspiraciones. Se sabe el favorito de los Welser. Para él, es sólo cuestión de acatar por un tiempo al superior. El nombramiento llegó ese mismo año, pero le fue ocultado por sus enemigos. Federmann emprendió expedición en 1536 desconociendo su título de gobernador. Spira había partido con von Hutten el año anterior y volvió en 1538. Federmann llega al valle de Bogotá a comienzos de 1539, allí se encuentra con Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Benalcázar. Firma un acuerdo con Jiménez de Quesada que le garantiza derechos y privilegios, partiendo hacia Europa para negociar ante la corte. Entra una vez más en conflicto con la casa Welser y muere en 1541, mientras litiga en Madrid. Spira tendrá entonces una nueva oportunidad pero morirá en 1540, mientras preparaba en Coro una nueva salida, ahora hacia el país aurífero del sur.
Historiadores como fray Pedro Aguado hablan de un consenso Spira-Federmann mediado por los Welser, quienes habrían argumentado que ambos podían actuar por separado y a su voluntad, pues Venezuela era muy grande y hacerlo así sería provechoso para la gobernación, negando alguna discordia Spira-Federmann (Aguado, 1987: 114). Fray Pedro Simón habla de un acuerdo entre ambos alemanes, por el cual cada uno tomaría su camino en busca de su mejor suerte (Simón, 1987: 230-231). Por su parte, Baralt explicita la rivalidad entre ambos personajes, en particular el malestar de Spira ante las actuaciones de Federmann y los anhelos de este de “descubrir y conquistar sin sujeción a nadie” (Baralt, 1960: 206).
Federmann representa un giro en el abordaje de la presencia alemana. Con él se pierde el consenso y aparecen dos posiciones radicalmente opuestas en torno a los individuos, que no en torno a la actuación general de los Welser. Tolosa lo tilda de “mal hombre” y autores como Humbert y Silva Montañes tienen para él calificativos como malhechor, ambicioso y pérfido, genio perverso, sin escrúpulos y de insaciable codicia, para quien los indios sólo fueron animales de presa (Humbert, 1983; Silva, 1983, Tomo II). En el extremo opuesto están Oviedo y Baños, que le califica “ … de una naturaleza afable, conversación cariñosa, corazón muy piadoso, y ánimo reposado; …” (Oviedo y Baños, 2004: 50); y Juan Friede, quien lo registra como un héroe, joven inquieto y ambicioso, maestro en astucia, de arrojo y valor personal ejemplares, hábil y perspicaz, cauto y prudente, serio y equilibrado, buen caudillo y compañero; cuyos cambios de actitud son argumentados como producto de estar “desvinculado de su ambiente natural, su bella y apacible patria” (Friede, 1961: cap XVII).
En una apretada síntesis apologética, Federmann queda descrito como un capitán admirable y excelente, sagaz y diligente (Castellanos); afable con liberalidad y apacible con agrado, de muy singulares prendas (Aguado, Oviedo y Baños); un hombre que lucha, sufre, avanza cautelosamente, oprime con mano firme (Arciniegas). En resumen, según Pardo “… el ejemplar humano más interesante de la gobernación de los alemanes” (Pardo, 1988: 117).
Abordado con muchísima menos meticulosidad por los historiadores, la presencia de Spira posee un menor perfil, pero no queda exenta del estigma. Los incidentes del empalamiento ordenado en las cercanías del río Apure, el incendio causado en una casa con más de 100 indios y el arrojar aborígenes a los perros se incluyen entre sus acusaciones. Dentro de su dicotomía figuran, por lado, calificativos como buen gobernante, gentilhombre y buen cristiano, limosnero y caritativo con los soldados, prudente y virtuoso, templado y de buena condición, honrado y de trato afable con los indios; a la par de loco furioso, criminal, despótico y cruel con sus soldados. Y de su muerte, para proseguir la polaridad, hay distintas versiones: quien lo da por muerto entre el rechazo y el olvido, como fray Pedro Simón; quien reseña en forma escueta el suceso, casos de Humbert y Friede; y quien lo da por sepultado con diversos grados de pena y honores en el templo, colocado en su tumba un epitafio en latín, versión que comparten Castellanos, Arcaya, Silva y Beaujón.

Philipp von Hutten: nobleza y conquista

La muerte de Spira y la desaparición de Federmann del escenario coriano dan paso a una figura que produce en todos los historiadores –sin excepción- un consenso favorable: es Philipp von Hutten.
De origen noble y temperamento aventurero, marchó con Spira y narró en su Diario aquella exploración. Aliado del obispo Rodrigo de Bastidas, recibió de este los favores y el apoyo que ya hubieran querido otros gobernadores alemanes. Contagiado por los relatos de los Pecadores de Sedeño6, que había escuchado estando en Carora bajo las órdenes de Spira, von Hutten emprendió la partida el 14 de agosto de 1541, con 150 hombres, convencido de que sabe por adelantado a dónde dirigirse y confiado al tener en su grupo a veteranos como Pedro de Limpias. Una expedición que duró cuatro años y de la que no regresó.
Rodeada de un aura cabelleresca por todos los que le han abordado, la figura de Philipp von Hutten, quien durante cuatro años recorrió el poniente de la Provincia de Venezuela, recibe de la historia una benevolente aproximación; estrechamente relacionada con varios elementos: su abolengo, su juventud y sus escritos, que revelan una parte intimista, desconocida en los otros alemanes; y por último su trágica muerte a manos del hispano Juan de Carvajal.
El origen noble de von Hutten marca de entrada a todos los que se aproximan a su figura. Quizás sólo Friede minimiza este aspecto, cuando habla de von Hutten como uno “… de aquellos nobles segundones que en el siglo XVI ya no encontraban un lugar propicio en Europa para vivir de acuerdo a su posición social” (Friede, 1961: 375). Desde los primeros cronistas se destaca a von Hutten como un conquistador que compensaba su joven edad –adolescente le llama Castellanos en sus Elegías, como brioso mancebo lo cita Aguado en el siglo XVI, fuente que toma Baralt para convertirlo, además, en un mancebo ardiente y valeroso- con un aventurerismo y una ambición romántica.
En términos generales, los historiadores manejan el origen noble de von Hutten como raíz de una actuación considerada fuera de lo común. Así, a la nobleza se le unen la prudencia, el agradecimiento, la sencillez de corazón, la moderación, sensibilidad, ternura, dulzura y amorosidad, que sumadas a un “carácter novelesco y aventurero”, como dice Humbert, configuran un personaje de novela de caballería, descrito en forma impecable en esta frase de Oviedo y Baños: “… sólo movió su moderación la guerra, cuando no halló otro remedio para conseguir la paz” (Oviedo y Baños, 2004: 139-140). En von Hutten, entonces, a la ambición de la fortuna se sobrepone, en todo caso, la ambición del honor, la gloria y la defensa de su nobleza. Aguado destaca estos rasgos al narrar un enfrentamiento entre von Hutten y un indio: “Mas no queriendo haber esta victoria con fama de tirano o traidor, por no macular su persona y linaje, dejando con la vida a su contrario, cabalgó en su caballo,…” (Aguado, 1987: 275).
Y a configurar esta imagen caballeresca contribuyen su Diario y sus Cartas, estas últimas conocidas a finales del siglo XVIII, donde puede advertirse una faceta familiar que humaniza a este conquistador, y recurrentes expresiones que la alimentan: “Os ruego medéis a menudo noticias, pues es un gran consuelo para nosotros, pobres exilados, recibir una carta de la patria”, “… os encomiendo la protección de mis padres y hermanos y escribidles a menudo una cartica consoladora”, “Te ruego cuides bien de nuestra fiel madre y la consueles siempre de mi larga ausencia,…”7.
El consenso historiador minimiza u obvia los excesos cometidos en sus expediciones, suaviza todo defecto. Baralt denomina a la expedición de von Hutten “extranjeros de paz” (1960: 212), Arciniegas lo considera el más político de todos los conquistadores alemanes, Humbert –abiertamente anti alemán- hace excepción de von Hutten y contrasta su imagen con la de los “militares desenfrenados y ambiciosos sin conciencia que hemos encontrado…” (1983: 93).
Y cuando a estos rasgos se le une su trágico final a manos alevosas de un hispano que ha pasado a la historia por haber cometido excesos tales que secaron hasta la ceiba en la que fuera ahorcado, queda completado un cuadro trágico que hace de von Hutten el idílico conquistador lleno de virtudes pero de trágico destino. Ayuda a esto, además, el hecho de que las crónicas sobre la única salida liderada por von Hutten carecen de las cruentas narraciones que sí abundan en otras salidas tudescas, como los actos de antropofagia y los saqueos a pueblos aborígenes; encontrándose un conquistador que avanza sobre la base del trueque, que trata de conversar con los aborígenes disminuyendo así la hostilidad de estos.
En von Hutten hay una doble magnificación: de su figura como individuo y de las dificultades de su prolongada expedición, donde el hambre, las enfermedades y los cambios de planes adquieren una dimensión no alcanzada por sus predecesores, y plasmadas en expresiones de gran vigor, tales como: “sin detenerse en el camino más de lo que les era forzoso en los rigores de los inviernos”, “Porque los bríos del animoso mancebo Felipe de Utre no se habían agotado” (Simón), “los continuados trabajos, enfermedades y muertes, “teatro de miserias”, “hospital de desdichas” (Oviedo y Baños), “…corría aquí y allí deslumbrado en busca del Dorado misterioso” (Baralt), “deambulando como hipnotizados por la vastedad de la llanura”, “sonámbulos que giran dentro del círculo vicioso de un sueño dorado” (Arciniegas).
Pasa así von Hutten a la historia como el conquistador que retornó sin riquezas y a encontrar la muerte en forma vil luego de cuatro años de expedición, lo cual invita a concluir –como Oviedo y Baños- en que “Ningún capitán de cuantos militaron en las Indias ensangrentó menos la espada,…” (2004: 139), quizás la estrategia menos indicada para buscar el éxito en tierra firme.

El balance

Cuando se hace un balance de la presencia alemana en la Provincia de Venezuela, ni la caballerosidad de von Hutten, ni el caudillismo de Federmann, ni las dotes como gobernante de Spira logran sobreponerse a la imagen inicial heredada de Alfinger, que termina por improntar en mayor o menor grado toda la historiografía sobre la actuación de los alemanes en el siglo XVI venezolano, y que puede resumirse en esta frase de Silva: “Alfinger, uno de los más insignes malhechores que hayan pisado tierra americana” (Tomo II, 1983: 96).
Como conjunto, la presencia alemana carga hasta el presente cuando menos con el estigma de una maldición que enloqueció a sus gobernadores, llevándolos por derroteros de fracaso que hundieron a la provincia en la desolación y a los españoles en la frustración del éxito que nunca llegó. Pero más allá de maldiciones la actuación alemana ha sido una coartada que a lo largo de la historia venezolana ha servido a un grupo u otro para deslastrar cuotas de responsabilidad, para exaltar la nacionalidad y la hispanidad o, como bajo la actual concepción de la historia oficial, para exaltar el indigenismo en oposición al imperialismo europeo.
La primera gran matriz anti alemana se encuentra en fray Bartolomé de Las Casas, quien centró sus acusaciones en la esclavitud y etnocidio practicado por todos: españoles y tudescos, pero que también ataca individualidades, como es el caso de Alfinger. Las Casas era una sui géneris combinación de preocupación por el hombre y preocupación por la fe que no pudo vencer a sus fuerzas oponentes, pero que dejó en sus obras las b ases que, tomadas por otros actores del drama –en tanto que lo presenciaron- y más allá por los que a la distancia accedieron a su información, evolucionaron hacia una cada vez más rígida imagen e interpretación de la presencia Welser en la Provincia de Venezuela.
La segunda matriz proviene de la corte española, donde el partido hispano focalizó sus ataques hacia aspectos administrativos; de ahí los juicios de residencia. No se trataba tanto de denunciar un etnocidio y un saqueo que eran moralmente válidos para la mayoría de los burócratas reales –aunque no estaban ausentes en las acusaciones-, pero en todo caso se enfatizaba la defensa de los intereses del emperador y de los hispanos que habían ido a buscar fortuna a la Provincia de Venezuela.
De la matriz lascasiana pro indígena y de la matriz burocrática pro hispana surgirá una fusión que impregnará toda la historiografía referida a la presencia alemana en la Provincia de Venezuela, conformándose la llamada leyenda negra anti alemana que llega hasta la actualidad. Esta base se matiza en cada autor según sus particulares intereses e influencias filosóficas. Pasamos del exultante Juan de Castellanos al preocupado Fernández de Oviedo, a un fray Pedro de Aguado que ya hace acusaciones explícitas contra los gobernadores alemanes, acusaciones que se potencian en el cronista oficial Antonio de Herrera; y tras él un fray Pedro Simón que marca aún más distancia, desapareciendo en su totalidad cualquier rasgo en positivo sobre los alemanes. Un siglo después, José de Oviedo y Baños, considerado por algunos el primer gran historiador de Venezuela, lleva al clímax el sentimiento colonial anti alemán. Pero además, en Oviedo y Baños las acusaciones se concentran en la figura de Ambrosio Alfinger, quien queda en evidente desventaja ante los otros conquistadores tudescos. Para Alfinger se destinan las expresiones de mayor censura. Como contraste, las figuras de Federmann, Spira y von Hutten salen casi indemnes.
La Venezuela independiente absorbe la pesada herencia del anti alemanismo hispano. Oviedo y Baños fue publicado por primera vez en Venezuela en el año 1824. La gesta de una identidad venezolana hizo funcionar a estas crónicas como vasos comunicantes que alimentaron a Rafael María Baralt al escribir su Resumen de la historia de Venezuela (1841). De prosa apasionada y encendido venezolanismo, Baralt acrecentará el clímax logrado por Oviedo y Baños, su principal fuente documental, lo cual repercutirá en forma directa, por ejemplo, sobre las figuras de Alfinger y von Hutten, sobre quienes centrará su atención; olvidando prácticamente a Federmann y Spira como descripciones individuales.
Pero además, y dando un paso adelante, Baralt emprende el rescate de la imagen de América, rechazando la estrategia europea de envilecerla para acrecentar sus actos; y defendiendo en forma vigorosa a su población indígena, rechaza por igual el elogio exagerado y la injuria. En este sentido, la obra de Baralt se opone a enciclopedistas como Buffon, De Paw y Raynal, quienes describieron a América como un continente sin historia, lleno de pueblos incultos y dispersos, de habitantes débiles y cobardes; una quimera que ilusionó a los europeos pero que justificaba la acción colonizadora. También es pertinente acotar que –por primera vez en la historiografía venezolana- se ataca la figura del emperador Carlos V, exento hasta ahora de responsabilidades, a quien acusa de estar: “… muy ocupado en sus guerras y negociaciones europeas, para prestar a los asuntos del Nuevo Mundo una atención constante” (1960: 191), con lo cual la responsabilidad Welser comienza a ser compartida por el emperador alemán.
A comienzos del siglo XX refuerza este discurso la obra de Jules Humbert La ocupación alemana de Venezuela en el siglo XVI, que desde su mismo título revela lo que será su contenido: un ataque frontal contra el siempre amenazante expansionismo alemán. De hecho, durante la última década del siglo XIX Alemania no había cesado de alimentar un patriotismo exacerbado, del que no estaban exentos los deseos de coloniaje. No eran un secreto las aspiraciones germánicas sobre la isla de Margarita para convertirla en base naval, contrapesando así el control estadounidense sobre el proyectado canal interoceánico que habría de hacerse en Panamá o Nicaragua. Sobre estos planes expansionistas hablaban abiertamente la prensa de los Estados Unidos e inclusive la alemana. Comenzando el siglo XX se tiene el bloqueo que sufrieron varios puertos venezolanos, bloqueo que contó con la participación decisiva del gobierno alemán. La obra de Humbert reactiva la leyenda negra anti alemana heredada de la colonia; y cuenta con toda la exacerbación nacionalista que se requería en aquel momento para enfrentar la agresión alemana, que insinuaba derechos sobre territorio venezolano contando en sus antecedentes la presencia Welser, como lo muestran estos versos fechados hacia 1885 y presentados por Friede: “Allí luchó Ambrosio, con el valor de un suabo/aunque sin saber su significado,/por la causa alemana… un héroe olvidado./Pero donde su lanza tocó la tierra/ y su pecho valeroso pereció desangrado,/allí nació un derecho alemán al Nuevo Mundo” (1961: 567).
La virulencia de Humbert desaparece en la obra de Pedro Manuel Arcaya Historia del estado Falcón, publicada en 1919, quien retoma los causes naturales de la visión anti alemana y donde se siente el peso del pensamiento positivista. Es un párrafo antológico el referido a la psicología de los conquistadores, donde Arcaya argumenta cómo las rudas características medio ambientales y la débil resistencia encontrada en los indígenas: “oscurecieron las dotes brillantes que aquellos hombres habrían podido desarrollar en otro medio”. Fracasan, según Arcaya, porque faltó la férrea disciplina europea, las verdaderas batallas (Arcaya, 1977: 116-117). Un fracaso relacionado con la pérdida de velocidad en la evolución debido a que las favorables condiciones naturales de aquellos europeos no se correspondieron con el medio en que hubieron de desarrollarse.
Arcaya no se preocupa tanto por enfatizar los excesos alemanes, tampoco distingue en forma particular a Philipp von Hutten. Ratifica los atribuidos a Alfinger y Federmann, que da por bastante bien argumentados en obras anteriores. Su interés principal está en la figura del obispo Rodrigo de Bastidas como protector de los caquetíos, y en la defensa de la “excelente nación caquetía”, considerada por él como “la mejor raza indígena”, por haber conseguido ser libres, al punto que los blancos escogían entre ellas sus concubinas e incluso esposas.
Partiendo de una matriz positivista que se revela en los calificativos aplicados a la población indígena: inermes, miserables, débiles, infelices; la aproximación de Arcaya en su obra es la propia de un hombre de su tiempo: de un pensador positivista, preocupado por distinguir las jerarquías habidas en suelo coriano, reconociendo a la fusión de razas como base de la sociedad venezolana, la influencia del medio sobre los hombres y la implícita necesidad del progreso, responsabilidad de los sectores de vanguardia, que vendrían a ser los descendientes de blancos europeos. Emulando a Comte, la jerarquía implícita en el texto de Arcaya vendría a ser: blancos puros, mestizos –en particular los habidos de blancos con caquetíos-, indios caquetíos, indios de la serranía, zambos habidos de negros con caquetíos, zambos habidos de negros con indios ajaguas y jirajaras, y negros puros.
Contrasta la explicación de Arcaya con la postura del ensayista, historiador y político Rufino Blanco Fombona, cuya obra El conquistador español del siglo XVI, publicada en 1921 y también anclada en el positivismo, describe a los conquistadores como aventureros, desvalidos y audaces en busca de fortuna, que representaban en su pobreza la democracia y la fuerza del pueblo. En ellos se conjugaban “ignorancia, fanatismo, crueldad y carencia de sentido histórico” (Blanco, 1993: 267). El conquistador español resume los componentes del “genio de la raza” española: “La sed de oro, su propia impulsividad, la herencia nacional de sangre combativa, ambición de imperio, necesidad psicológica de dominar en aquellos que nacieron dominadores, y la emulación de igualar, cuando no superar, empresas heroicas y fortuna de otros guerreros, convierten a los primeros conquistadores de América en héroes legendarios” (Blanco, 1993: 308). Y allí incluye a los alemanes, pese a no ser hispanos.
Con posterioridad a la obra de Arcaya y a los análisis soportados en las diversas corrientes del positivismo, se han pronunciado autores no sólo venezolano sino también de otros países. Después de la Segunda Guerra Mundial el contenido de las obras se vio enriquecido al haber mayor preocupación por el acceso a fuentes primarias de documentación. Esto permitió precisar fechas, aclarar la participación de ciertos personajes, dilucidar o complejizar muchas controversias y puntos oscuros. Pero en términos generales, y con mayor o menor énfasis, la leyenda anti alemana y la imagen de “Juan el bueno” persisten en obras mayores o menores, tanto por su extensión como por su profundidad, siendo ejemplo de ello los aportes de Germán Arciniegas (Colombia), Juan Friede (Colombia), Pedro Manuel Arcaya (Venezuela), Guillermo Morón (Venezuela), Isaac Pardo (Venezuela) y Demetrio Ramos (España).
Una excepción es la obra de Juan Friede Los Welser en la conquista de Venezuela (1961). Con marcado interés en rescatar en forma positiva la presencia alemana en la Provincia de Venezuela, la obra de Friede recorre el periodo Welser detallando la intervención de cada uno de los principales personajes. Un balance de esta importante obra, que se soporta en una impresionante revisión de fuentes primarias, no puede dejar de reconocer sus valiosos aportes al conjunto de la literatura sobre el tema. Sin embargo, es palpable la búsqueda de una defensa que se convierte en la cara opuesta del clásico discurso anti alemán, con lo cual pierde fuerza el análisis. Así, es evidente cómo el autor enfatiza su estudio sobre las figuras más agredidas por la historiografía, como Alfinger y Federmann, mientras que el capítulo dedicado a Philipp von Hutten pierde fuerza, siendo ostensible la pobreza de información y reflexión; quizás porque al ser esta la individualidad más favorecida a lo largo del cuerpo de obras referidas a los Welser le pareciera innecesario ahondar en la misma.
En la actualidad, el siglo XVI venezolano ha sido insertado a través del discurso oficial en el contexto de la resistencia indígena y el rechazo al “viejo” imperialismo europeo y el “nuevo” imperialismo estadounidense. Un nacionalismo de fuerte connotación étnica atraviesa la interpretación histórica y el discurso ha evolucionado hacia un nuevo plano, donde queda cuestionada por igual la actuación de todo los conquistadores y exaltada la imagen de la población aborigen. No hay aún en circulación textos especializados sobre la materia a partir de esta matriz discursiva, como tampoco textos escolares, así lo reconocen funcionarios del gobierno8. La información debe buscarse en fuentes hemerográficas impresas y digitales, páginas webs y similares.
Lo cierto es que desde fines de los años noventa del pasado siglo “se plantea una reorientación del proyecto nacional, sustentado, entre otras cosas, por una nueva visión de la campaña independentista y la invocación a un momento aún más recóndito alusivo a la resistencia indígena”. Esto se expresa en la atención a ciertos personajes y sus monumentos: Bolívar, Josefa Camejo, Ezequiel Zamora, Guaicaipuro… mientras se estigmatizan otros, como Colón, José Antonio Páez y Juan Crisóstomo Falcón; y ha generado lo que Suazo denomina el “asedio” a una parte de la escultura monumental en base a su significación ideológica, una de cuyas explicaciones es “una suerte de "iconoclacia programada", destinada a la destrucción de la imaginería del pasado” o simplemente “las estatuas como "objeto de canalización de la violencia colectiva", sirviendo como receptáculo físico de la violencia” (Suazo, 2005).
El discurso anti europeo ha quedado centrado en la figura de Cristóbal Colón como primer responsable del genocidio en América. En el año 2002 se suprimió el llamado Día de la Raza –como se reconocía en los calendarios oficiales- por el Día de la Resistencia Indígena. El 11 de octubre del 2003 el presidente Hugo Chávez afirmó que “Cristóbal Colón fue la punta de lanza de la invasión y del genocidio de todos los pueblos” y que los conquistadores “fueron peores que Hitler”9. Al año siguiente aporrea.org, página electrónica oficialista, lanzó una convocatoria para el derribo de la estatua de Colón ubicada en Caracas10, bajo la consigna de la “fiesta de la afro-indígena-resistencia”. Cumplido el hecho, fue llevada la pieza al Teatro Teresa Carreño para ser presentada al presidente de la república, siendo colgada cabeza abajo en uno de los árboles frente al teatro. De la misma manera, publicó con posterioridad que “Al igual que la estatua de Saddam en Bagdad, este 12 de octubre de 2004, en Caracas la del tirano Colón también cayó”11. En marzo de 2009 fue retirada la última estatua de Colón de la ciudad de Caracas, el presidente Chávez volvió a hablar del genocidio propiciado por Colón.12
La visual de la presencia alemana como leyenda negra se hace ahora extensiva a Juan de Ampiés, que había sido intocable y representaba los valores de la hispanidad. Los artículos monográficos de aporrea.org muestran la nueva interpretación del siglo XVI venezolano: “Juan de Ampies [sic], primer español en Tierra Firme, el [sic] y sus sesenta hombres, fueron saqueadores, ladrones y esclavistas. Lo que atenúa los desmanes de Ampíes [sic] es la presencia de Ambrosio Alfínger, su sucesor. La maldad de este hombre es tal que, a su lado, el fundador de Coro parece un misionero”, “Espira, el Demente. El 6 de febrero de 1535 llega a Coro el nuevo gobernador, Jorge de Espira, a quien llamaran [sic] el Demente. A excepción de la fatalidad que acompaña a este hombre a lo largo de su vida, no hay mayores variantes respecto a crueldad y matanzas”, “Nicolás de Federmann, el cruelísimo lugarteniente de Alfínger, que por no detenerse a desatar la cadena donde llevaba los indios cautivos les cortaba la cabeza. La figura del joven gobernador es una de las más sanguinarias y crueles que recuerda la historia de América”13. El papel de los personajes, cuando no se extrapola a lo sanguinario, se minimiza y diluye en el discurso: “Alfinger realmente no se sentía un conquistador, o sea, como el que viene a posesionarse de tierras vírgenes i [sic] supuestamente ricas, sino como un “comisionado” de los banqueros de su país, para explorar lo ya descubierto por otros, buscar riquezas i [sic] pagarse las deudas contraída [sic] por el imperio español”14. “Hay una historia medio agüevoneada que dice que tal día como el 8 de setiembre fue fundada la ciudad de Maracaibo. A alguien se le ocurrió que el Meisser Ambroius Ehinger, mejor conocido como Ambrosio Alfínger, fundó alguna verga ese día, hace tantos años como 479. Lo cierto
es que la leyenda cuenta que fue en 1529. Ambrosio nació en Alemania en los albores del siglo XVI y siempre me he preguntado si el sector de Cabimas llamado Ambrosio le debe tal toponimia al mardito [sic] Alfínger. Era banquero, cosa que habla muy mal de él por cierto”15. Se retoman, aquí y allá, calificativos y epítetos de la leyenda negra anti alemana ya vertidos por otros historiadores.
La misma tendencia se encuentra para otras figuras españolas de la época, como Juan Rodríguez Suárez, fundador de la ciudad de Mérida; Pedro Maldonado, quien refundó la ciudad de Maracaibo; y Diego de Losada, reconocido como fundador de Caracas el 25 de julio de 1567, fecha que las autoridades oficiales quieren sustituir por la del 19 de abril de 1810, día en que los mantuanos criollos se rebelaron contra el poder francés que había destronado a Fernando VII, iniciándose con ello el movimiento de independencia. Se argumenta que: “La fundación de Caracas fue un proceso colectivo y, por ende, no puede atribuirse al español Diego de Lozada, tradicionalmente conocido como su creador, ni tampoco reconocerse el 25 de julio de 1567 como su fecha de nacimiento”16. La postura oficialista se orienta a cuestionar todo el proceso fundacional venezolano: “¿Por qué se empeñan en celebrar unas supuestas fundaciones de nuestras ciudades? Por qué se insiste en reproducir mentiras históricas que magnifican hasta el ridículo el eurocentrismo? ¿Por qué seguimos clavándonos en el pecho el puñal neocolonial como en un autodestructivo y eterno despecho?”17

A manera de conclusión

Nuestra historia del siglo XVI pareciera ser una disciplina destinada a producir ensayos siempre unilaterales. Quienes se han ocupado de ella han abundado en los extremos: desde la glorificación de los conquistadores, imaginándolos como héroes griegos y al siglo XVI una epopeya; hasta el anverso, que describe el proceso descalificando a conquistadores y conquistados. Y estas posturas no son gratuitas, sino producto de intereses que se han expresado y expresan a través de los historiadores, lo que lleva a que unos resulten descalificados por otros.
El abordaje de la presencia Welser pasa en forma obligada por conocer cómo la historiografía ha recogido la actuación de estos alemanes en nuestra tierra. Pero bajo la circunstancia ya descrita, se torna casi imposible de aprehender. Y no es porque falte información, por el contrario, la diversa y extrapolada información existente, que durante siglos ha corrido alimentando a uno y otro autor, ha creado una especie de círculo vicioso en el que es más fácil ver a quien escribe que a aquellos sobre quienes se escribe. De esta forma y ante la tupida red de valores que se encuentran en la historiografía dedicada a los Welser, sería factible, inclusive, no hablar de una presencia Welser, sino de varias y diversas presencias impregnadas, cada una, de un sistema de valores específico.
La condena del otro –los tudescos- siempre resulta una defensa más que menos evidente del autor y su grupo de interés. Cuando se habla del otro cada autor en realidad habla de sí mismo y precisa su propia actuación o su ubicación a posteriori con respecto a los sucesos acontecidos. El intento es, finalmente, destruir al otro. La historia se nos convierte así en un infinito juego de espejos, de imágenes que se reproducen en el otro, amplificándose y deformándose una a la otra, y los Welser en el medio de la historiografía, sin –a fin de cuentas- haber sido el objetivo real.
Es el momento de hacer una labor de introspección. Ya en el mismo siglo XVI hubo figuras como Michel de Montaigne, quien se cuestionó qué tan pertinente era tachar de bárbaro al canibalismo como acto de comer carne de hombre muerto, cuando en la civilizada Europa se sometía a suplicios y tormentos cuerpos llenos de vida, y se justificaban excesos en las nuevas tierras bajo el argumento de la piedad y la religión. (1987)
Nos corresponde, como historiadores del presente, buscar, reconocer y no ocultar las determinaciones que explican la actuación Welser en suelo venezolano en el siglo XVI. Para encontrarlas, es necesario reconocer que la historia es interpretativa, que existen valores que caracterizan cada época, valores de los cuales se extraen los principios del conocimiento histórico. Que nuestras fuentes iniciales son resultado de un sistema de valores, y que es nuestra labor reconocer la idiosincrasia del historiador, su contexto social, sus intereses políticos, religiosos e incluso personales.
Reconocer lo anterior hará posible advertir el peligroso camino por el que ha transitado ese duro combate entre anti welserianos y los que, con el mismo sentido pero en dirección opuesta, avivan la leyenda negra anti española. Tan acríticos unos como otros.
Evitemos caer en la eterna trampa de hablar de nosotros creyendo que hablamos de otros.




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