Clío

Temas de historia regional y local

lunes, 7 de febrero de 2011

El legado de una comunidad: los sefarditas de Coro


 

David López  Fonseca Curiel

 EL LEGADO DE UNA COMUNIDAD: LOS SEFARDITAS DE CORO


Prof.  Blanca De Lima
Ponencia presentada en la IX Semana Sefardí. Asociación Israelita de Venezuela-Centro de Estudios Sefardíes de Caracas. Junio 2001.
Publicada en: Revista Maguén-Escudo. Revista trimestral de la Asociación Israelita de Venezuela y del Centro de Estudios Sefardíes de Caracas. Segunda Época. Nº 120. Julio-septiembre 2001. Pp. 25-42.


La historia es, desde un ángulo, el arte de descubrir hechos históricos. Y aunque su imagen sea un tanto borrosa, un tanto imperfecta, nos permite develar y arrancar del olvido procesos, eventos y personajes que como conjunto nos dan memoria e identidad.
Hablar de legado es hablar de memoria, por tanto, es sumergirse en el terreno de la historia para seleccionar qué eventos, qué personajes ameritan ser evocados como portadores de ese legado, que se expresa en las más variadas formas y planos. Durante el siglo XIX y parte del siglo XX, la comunidad sefardita  que radicó en la ciudad de Coro dejó profunda huella a lo largo de su tránsito, y mientras operaba su gradual y doloroso proceso de pérdida de imaginario colectivo y cambio cultural. Desde sus primeros integrantes, hasta las generaciones de transición en el precitado cambio cultural y sus descendientes, este grupo marcó la vida política, económica, intelectual y en general en todas las áreas que fueron de su competencia. Una extensa región geohistórica que incluye el conjunta Falcón-Lara no puede comprenderse sin visualizar el devenir de este colectivo.
Hoy y aquí rescataré para la memoria histórica algunos de esos personajes y eventos, contextualizándolos en el momento que les tocó vivir, para lograr una aproximación integral y compleja a ese legado, que dejó huella en Falcón y más allá de su región de influencia.

David López-Fonseca Curiel

            Abogado y político por excelencia, liberal ilustrado influenciado por el positivismo spenceriano, defensor del liberalismo y el individualismo. Su vida recorre un extenso periplo que abarca la historia moderna de Venezuela. Nació en 1844, faltando todavía un año para que España reconociera la independencia venezolana. 
Le correspondió vivir más de la mitad de su vida en un siglo donde se impusieron en el mundo nuevas relaciones de poder con un nuevo centro de gravedad: la inversión, donde Venezuela vio la revolución de su estructura social, al caer el poder de la iglesia católica, de los terratenientes y de los comuneros. Fue el último cuarto de este siglo XIX de una vitalidad económica sin precedentes en Venezuela, con sus repercusiones en las artes, la ciencia y la vida social. Todo ello lo vivió este personaje.
Su línea de pensamiento perfila con nitidez a un liberal fuertemente orientado hacia la reflexión política, sin por ello descuidar lo social y económico. En sus escritos –publicados en la prensa coriana- se visualiza a la Ilustración en su tendencia moderna, donde la palabra libertad tuvo una nueva definición: el hombre es libre, garante y responsable de su propio orden.
            En sus 77 años de existencia, David López-Fonseca participó como político en la serie de gobiernos que se sucedieron desde la Revolución azul hasta el gomecismo. Su liberalismo tiene tres grandes vertientes: la política, la económica y la intelectual.
Con respecto a lo político, dio apoyo irrestricto al estado nacional liberal como modelo ideal para alcanzar el más alto grado de evolución política: la república democrática. De la revolución francesa tomó los principios de libertad, igualdad y fraternidad. De Jefferson el federalismo, la tolerancia religiosa y el antiesclavismo. En David López-Fonseca el liberalismo se asocia de manera íntima a la federación, la democracia y la libertad; de ahí su apasionada defensa del movimiento federal y de la constitución que de él resultara, entendiéndolo como un evento en el cual el pueblo “... consagró con su sangre, como dogma inconcuso, los principios más avanzados del liberalismo, en nuestra CARTA fundamental”[1]. En su concepto, la guerra de independencia había traído la libertad, y la guerra federal había terminado con los remanentes que quedaban de la época colonial.
En materia económica, su liberalismo asoció los conceptos de propiedad, trabajo e individuo. Fue un hombre de ideas progresistas, asociadas al capitalismo que se expandía con lentitud pero firmeza en su región y en el país; propuso un cambio radical en la tenencia de la tierra, enfrentando a los remanentes conservadores que mantenían relaciones económicas ancladas en la medianería, el arrendamiento y el endeudamiento crónico. Y es que la Guerra de independencia y la Guerra federal trastocaron las relaciones productivas en la región coriana. Los grandes apellidos asociados a la plantación serrana y al esclavismo se dispersaron. El surgimiento de una miríada de pequeños propietarios, medianeros y arrendatarios y de nuevos grandes propietarios marcó la región coriana. Un campo con baja productividad, pobre inversión en capital y recursos técnico-productivos. 
Con este panorama de por medio, David López-Fonseca planteó la necesidad de hacer propietarios a los otrora esclavos, a los pequeños arrendadores, a los medianeros; “hombres libres, esclavizados por su ignorancia” les llamó[2], convencido como estaba de que el principio de la propiedad, unido al trabajo independiente, motorizarían un cambio radical en la economía y la sociedad de su tiempo, haciéndola avanzar hacia una mayor democracia; ideas que se resumen en este párrafo: “Amamos el trabajo porque es ejecutoria de nobleza, pergamino que no destruyen los insectos, y porque dignifica al hombre, haciéndole cumplir con el deber de comer el pan amasado con el sudor de su frente”[3].  Era la fuerza modernizante del pensamiento liberal-positivo en la Venezuela del guzmancismo, donde el peso estaba en la palabra progreso y no en la palabra orden.
El siguiente párrafo deja ver con claridad la idea de progreso económico en David López-Fonseca, donde se sumaban de manera armónica el componente demográfico –en aquella época considerado fuente de civilización y riqueza económica-, la industria urbana, el agro modernizado y un aparato jurídico a tono con las nuevas propuestas: “Tráiganse inmigraciones a Coro; establézcanse bancos que suministren fondos para las empresas industriales; estimúlense a los criadores a mejorar las razas de las especies de animales que existen en sus pampas; desvincúlense tantos terrenos improductivos hoy  (...) y así, poco a poco, podrá crecer y desarrollarse la riqueza particular y en consecuencia la pública”[4]
El liberalismo intelectual de David López-Fonseca es intrínseco a su condición de migrante, a su pertenencia a una minoría étnica y religiosa que había vivido picos de intolerancia durante los sucesos de 1831 y 1855, y que en forma permanente debía luchar contra ella. De allí su tono de tolerancia, cuyo único límite eran los ataques provenientes de los remanentes de poder colonial, los por él llamados “oligarcas”, con quienes era implacable. De allí su manejo de la igualdad con un fuerte componente étnico-social más que económico. La república era, para este político, garante de la igualdad, y así se resume en este párrafo de su pluma: “En este país republicano, donde el camino de las aspiraciones está abierto a todas las inteligencias, a todos los gremios sociales, sin distinción de clases ni de origen”[5]. Se advierte así un enlace entre los conceptos de república-igualdad-libertad, que tan bien venía a las minorías étnicas y religiosas como lo era el grupo sefardita coriano. Finalmente, y como punto de enlace entre lo político, lo social y lo intelectual, David López-Fonseca entendió y argumentó la necesidad de llevar la educación a las grandes masas, convencido de que un pueblo educado era el mejor soporte para la democracia.
Fue el suyo un pensamiento que entendió el liberalismo como avance, como evolución política, como progreso económico y como igualador social. Es interesante advertir como se suman en su ideario el individualismo desbordante del siglo XIX, y que encerró en su frase “cada uno es hijo de sus propias obras”[6], y por la otra su idea de una sociedad de igualdad, igualdad entendida como la potencialidad de todos a aspirar y lograr, y que llevó a sus oponentes a acusarlo de comunista, causando encendidas polémicas que han quedado plasmadas en las fuentes hemerográficas[7], independientemente al hecho de que el liberalismo de López-Fonseca nada tenía que ver con la propuesta política de Marx y sí mucho con su participación en la masonería, que en Venezuela fue venero para el desarrollo de las ideas liberales. David López-Fonseca participó hacia 1877 en la logia Unión Fraternal N° 24 y posteriormente en la N° 17, de la cual recibió un reconocimiento en el año 1913[8].
A lo largo de su vida política se identificó con gobiernos claves de tendencia liberal. En sus primeros años con el guzmancismo, criticando en su momento, por ejemplo, el intento desestabilizador de Linares Alcántara en   1878[9]. Posteriormente con la causa liberal restauradora de Cipriano Castro[10]. Su carrera política recorrió todos los escaños, fogueándose en sus años de juventud como integrante de juntas de fomento, para en su treintena iniciarse como concejal, juez y llegar a diputado principal a la asamblea legislativa del estado Falcón y secretario general de gobierno. Le tocó participar en forma directa en la estructuración del gran estado Falcón-Zulia en el año 1880, y ya en su quinta década de vida repitió cargos de diputación y juez, a los que sumó no menos de otros cuatro cargos de orden político y judicial, alcanzando en 1894 el nombramiento como ministro principal de la corte suprema de justicia del estado Falcón y desenvolviéndose durante una década en este cargo, simultáneamente a otras responsabilidades derivadas de su trayectoria política. Se registra en el Colegio de Abogados en el año 1899 y hasta el final de su vida ejercerá, en lo esencial, altos cargos en el poder judicial del estado, incluyendo el de procurador en el año 1920.
Quedan siempre, como en todo pensador liberal, las interrogantes sin respuesta que esperan por un estudio más a fondo de los escritos de David López-Fonseca ¿cómo concilió el ejercicio de la libertad y el de la igualdad?, ¿cómo armonizó los intereses individuales y del pueblo, la libre empresa y el proteccionismo, la tolerancia y el anticlericalismo? ¿cómo explicó el fracaso del proyecto liberal? ¿cómo evolucionó su pensamiento político hacia la madurez de su vida? Quizás algunas de estas preguntas nunca tengan respuesta, pero lo cierto es que un breve balance de los textos de David López-Fonseca nos enfrenta, una vez más, a las contradicciones propias del pensamiento liberal, que finalmente dieron pie a su superación como proyecto político.

Los industriales del siglo XIX
           
El cambio profundo en la tenencia de la tierra y la recomposición de las clases sociales sentó el germen para la formación del mercado interno y vio transitar, en la ciudad de Coro, el capital comercial a capital industrial y financiero durante el último cuarto del siglo XIX, cuando cristalizaron las condiciones básicas para hacer intentos industriales en la capital del estado Falcón[11]. Un capitalista industrial surgió, emergiendo desde el sector comercial exportador-importador. Era un empresario netamente urbano, sin raíces en el campo; más aún, estaba ligado a la dinámica comercial de la isla de Curazao, ya que casi todos eran de origen sefardita curazoleño, arraigados en Coro pero con fuertes intereses económicos y familiares en la isla holandesa. 
Era una nueva generación de capitalistas, descendientes de los primeros judíos asentados en el eje Curazao-Coro, con estrechos contactos en Estados Unidos y Europa, políglotas, con educación europea, con una nueva mentalidad a tono con los nuevos tiempos. Correspondió a sus ascendientes el duro trabajo de abrirse camino en tierra firme, fundar casas comerciales, enfrentar los conflictos y los motines antijudíos que sacudieran a Coro en 1831 y 1855, hasta el presente sólo analizados desde la óptica étnica o religiosa, pero que requieren una aproximación más compleja e integrada, para comprenderlos también como resultados del violento proceso de acumulación que marcó al grupo sefardita en su arraigo en la región coriana, y del que es ejemplo por excelencia en las referencias documentales el caso de Jeudah Senior. A personajes como Jeudah e Isaac Senior y Manasés Capriles correspondió en lo esencial la primera y más dura etapa, a ellos y a sus descendientes la expansión y diversificación de sus intereses económicos.
A estas mentalidades modernas, afianzadas sobre conceptos como progreso, cultura y civilización; les correspondió en su lógico avance captar en su beneficio las nuevas aunque escasas ventajas y oportunidades que estaban a su alcance para convertir el dinero acumulado por sus padres y abuelos en capital industrial. La magna obra de ingeniería representada por el                           dique de Caujarao, prolegómeno de este intento industrializador, inaugurado por Juan Crisóstomo Falcón en 1866, permitió a estos industriales utilizar la energía del vapor en diversas empresas. Igualmente, estuvieron a la cabeza en el uso del telégrafo, teléfono, cable, máquinas, materias primas y otras tecnologías foráneas que aplicaron a sus negocios fabriles.
 En un país sin circunstancias propicias, Coro logró interesantes brotes industriales que, independiente a su éxito o fracaso, se tornan en puntos de referencia fundamentales para comprender la evolución de la economía capitalista nacional. A tono con los cambios mundiales, el capital comercial coriano intentó cambios importantes que dieron origen a nuevos nombres con peso decisivo en la vida regional; se enlazaron el capital comercial, industrial y bancario; despuntando nuevas fuerzas económicas.

Manases Capriles Ricardo, Isaac A. Senior e hijo y la Compañía Jabonera del Estado Falcón

Manasés Capriles Ricardo es el empresario ubicado con mayor antigüedad e interés por el sector industrial, al instalar en 1878 una fábrica de jabones con capacidad para producir 250 cajas diarias, gerenciada por José y Abraham Capriles: la "Compañía Jabonera (limitada) del Estado Falcón". Las fuentes periodísticas indican que fue la primera fábrica que tuvo el estado Falcón, en aquél entonces Sección Falcón del estado Falcón-Zulia. No tenía competencia y fabricaba jabones amarillo, negro y azul superior. Para el año 1880 anunciaba surtido de jabones y velas esteáricas superiores, lo cual indica una expansión y diversificación tempranas que le permitieron avanzar y captar el mercado interno de la Sección Falcón y plazas del estado Lara [12].
 El éxito debe haber animado a Manasés Capriles a participar en la Gran Exposición Nacional de Artes e Industrias, que con motivo del centenario del natalicio de Bolívar se inauguró el 2 de agosto de 1883 en el edificio anexo a la Universidad Central[13].  Con posterioridad a la fábrica de velas, entre 1883-1884 Capriles inauguró la fábrica de aceites[14].  A éstas siguió una fábrica de tabaco manilla y planchita[15], se conformó así en forma progresiva un galpón industrial.
El galpón continuó su expansión, al anunciarse a mediados de 1884 la llegada de la maquinaria -importada de los Estados Unidos- para el establecimiento de una fábrica de tabaco hueva[16]. Fue ésta la primera fábrica de su género que se estableció en el país, inaugurándose el primero de agosto de 1884. Para esta empresa se asoció a Jacobo Myerston, quien fungió como gerente[17]. La fábrica se llamó “El Atalaya” y comenzó operando con asalariados extranjeros que durante el curso de sus contratos entrenarían personal del país, el cual se incorporaría una vez concluido el compromiso contractual con los primeros[18].
Convertida ya en un galpón industrial[19], la empresa de Capriles era muestra palpable del avance de la producción capitalista en Venezuela. El galpón contaba con carpinteros, latoneros, jaboneros, peones, carreteros, entre otros asalariados. Paralelamente a su galpón industrial, Manasés Capriles comenzó a interesarse por otras inversiones alejadas de la manufactura: las comunicaciones, y el 12 de diciembre de 1892 firmó el que sería el cuarto contrato para tender el ferrocarril La Vela-Coro[20]. El 24 de agosto de 1893, desplazando sus intereses del área industrial al área de las comunicaciones, Capriles Ricardo vendió a la firma Isaac A. Senior e hijo el galpón industrial de su propiedad, al que Senior agregó una tenería que fabricaba suelas y calzado, y aún más tarde un aserradero al vapor[21]
En el año 1898, I. A. Senior e hijo formalizó la venta de este galpón a la firma Senior Hermanos, propiedad de los hermanos Josías y Abraham Senior[22]. En 1905 hubo cambios y la firma Senior Hermanos fue liquidada, quedando el galpón en manos de otro hermano, Morry, quien lo reimpulsó y para 1909-1910 agregó en su publicidad a los ya conocidos jabones, velas, aceites y suelas, la fábrica de alpargatas superiores blancas y de color[23]. Morry I. Senior lo mantuvo hasta su muerte en 1920, cuando sus sucesores lo ofrecieron en venta, adquiriéndolo la firma De Lima Hermanos[24].


Otros industriales sefarditas

Otros comerciantes sefarditas también realizaron intentos industriales. Murray R. A. Correa, inauguró a fines de 1883 su fábrica de velas esteáricas, con el nombre de “Industria Coriana”[25].   Hacia 1890 Salomón López Fonseca inició un acelerado avance con su establecimiento industrial velería y jabonería “Santa Ana de Coro”[26]. A estas se unió en 1896 la fábrica de velas esteáricas "El Cóndor", de Abraham H. Senior[27]. El mismo López Fonseca agregó a su publicidad en 1896 la fabricación de pastas italianas, y en 1898 los cigarros “La Libertad”[28]. Como Manasés Capriles, Salomón López Fonseca logró impulsar varias industrias, sus velas esteáricas fueron premiadas en el Concurso Agroindustrial de Caracas, y para 1900 se anunciaba como fabricante de jabón negro de pez, jabón azul, velas esteáricas, cigarros "Libertad"  y fideos[29]. En 1906 registró sus marcas de fábrica jabón “Liverpool”, velas esteáricas “Salomón López Fonseca-velas esteáricas” y jabón “Una mano S.L.F. Ca.”[30].
El hielo, artículo de lujo para la época, también tuvo sus intereses en la figura de Isaac López Fonseca, quien manejaba la fábrica “Nevería Coriana” para 1891[31]. La literatura periodística indica que Isaac López Fonseca fue un empresario particularmente emprendedor, primero en introducir a Coro un aparato de destilación continua, y en aplicar a las distintas industrias que tuvo la máquina de vapor, un aparato de 15 caballos de fuerza y cinco toneladas de peso que llegó al puerto de La Vela de Coro en diciembre de 1888[32]. Tuvo, inclusive, un proyecto para hacer un viñedo en Coro, y llegó a plantar mil vides con el objetivo de producir vinos y otros derivados[33].
Estos industriales reprodujeron la competencia agresiva y sin ceder posiciones que caracterizó al capitalismo en su contexto inicial de industrialización, imperio de la libre competencia. No existían controles legales ni regulaciones derivadas de acuerdos entre las partes, la cartelización resultaba desconocida y el monopolio no estaba presente. El ejemplo que mejor permite visualizar este ambiente es el de las fábricas de velas esteáricas. En el año 1896, tres fabricantes sefarditas: Salomón López Fonseca, Josías L. Senior y Abraham Senior, saturaron el mercado regional hasta los valles de Carora y Barquisimeto, causando la violenta caída de los precios y parálisis de las ventas[34]. Josías Senior informó del conflicto a su tío Sigismundo Weil, en Hamburgo[35].
Las cartas de Weil para su sobrino, escritas en el transcurso de 1896, son una sucesión de consejos sobre cómo manejar las diferencias entre empresarios. Ante la situación conflictiva, le sugirió reiteradamente acordar con López Fonseca y con su hermano Abraham un convenio de fabricación y precios fijos de velas, con el fin de mejorar el negocio[36]. En su opinión había demasiado crédito y poca ganancia, por lo cual las tres fábricas debían convenir un precio tanto al contado como a crédito, multando por caja a quien vendiera más barato que lo pactado. Este, decía e insistía, era el camino asumido por los fabricantes alemanes de cemento a raíz de una guerra de precios: cartelizar y multar al que vendiera más barato[37].
Los comienzos del siglo XX indican la presencia de la fábrica de cigarros “La Sultana”, propiedad de Julio César Capriles bajo la razón social Capriles & Co[38]. El 1 de agosto de 1901 se constituyó la firma Chumaceiro & Co. al fusionarse el establecimiento de mercancías y víveres propiedad de Jacob M. Chumaceiro y la fábrica de Capriles[39]. Segismundo I. Senior se inició con la fábrica de cigarrillos “El Ideal” en 1904[40]. En 1908 se detecta en prensa la fábrica de jabones de Segismundo I. Senior, especializada en el detergente de ropa "El Incomparable", quien pasó a competir con los productos de "La Jabonería" de su hermano Morry I. Senior[41]. Segismundo  Senior mantuvo varias fábricas que prolongaron por lo menos hasta los años veinte, entre ellas alpargatas, suelas, el jabón –que para 1922 se publicitaba bajo la marca SIS- y los cigarrillos marca “India”, “Mara” y “Occidente”[42].
Se cierra este recuento en 1910. Ese año Isaac A. de Lima -del ramo de farmacia- anunció el envasado de bebidas no espirituosas en el periódico “Agencia Coriana”, presentándose como fabricante de limonadas y aguas gaseosas[43]. A la muerte de Morry I. Senior, en 1920, la firma de Lima Hermanos adquirió el galpón de la Jabonería.
El decaimiento de este intento industrializador se asocia a la crisis estructural de Venezuela en el periodo 1900-1908, que implicó deterioro político, escasez presupuestaria, agotamiento extremo de las actividades productivas en general, desempleo y empobrecimiento en aumento, deficiente sistema tributario y mermado crecimiento económico, entre otras.
Fue, en definitiva y como conjunto, una empresa prometedora  que llevaba en sí misma una contradicción, pues el mismo industrial que miraba el futuro mantenía con el campo una relación soportada en sistemas tradicionales que mantenían el mercado interno en condiciones de estancamiento, reprimido en sus potencialidades de crecimiento. Así, si bien el capital comercial logró la acumulación necesaria para avanzar hacia intentos industriales, no se dio la consolidación y robustecimiento del mercado interno en los términos que la industria lo requería. Por otra parte, la región conservó, en lo esencial, su mismo patrón de poblamiento, el campo conservó su misma dinámica productiva y la ciudad creció, sí, pero débil, incapaz de respaldar el intento de cambio que se gestaba a su interior y que finalmente abortó.
Por otra parte estuvo la actitud del Estado, ambivalente en el discurso, pero muy clara en su ejecución. La ausencia de una política de Estado coherente, secuencial y decidida que permitiera consolidarse a la naciente industria nacional. Batallando con un entorno adverso, los intentos industriales tanto de Coro como de otras regiones quedaron como esbozo de lo que pudo haber sido pero, definitivamente, no se logró, ya que en general perdieron su impulso y desaparecieron o se mantuvieron en la hipotrofia, como desvanecidas evocaciones de un esfuerzo que se vio inhibido por la inarmónica acción de las distintas fuerzas que eran necesarias para hacerlos avanzar. 



La comunidad y su historia: Ángel Maduro Acosta, proto-arqueólogo

             Cuando Venezuela logra su independencia de la corona española, la nación tuvo que estructurar un relato histórico que le permitiera distinguirse del antiguo colonizador, ubicándose en el conjunto de naciones sin lugar a confusión. La obra de Oviedo y Baños, Rafael María Baralt y Arístides Rojas es expresión de aquella naciente ciencia en la Venezuela independiente. Todos ellos giran en torno a la necesidad de gestar una identidad venezolana, nutriéndose sus obras de las crónicas coloniales que, como vasos comunicantes, alimentaron durante el siglo XIX todo intento historiador en Venezuela. Tras la elaboración de este cuerpo histórico nacional surgió la preocupación por las historias regionales. Bajo un ambiente impregnado por el pensamiento positivista, diversos personajes falconianos expresaron su interés por rescatar el conocimiento del pasado falconiano. Inició esta corriente de historiadores autodidactas Pedro Manuel Arcaya, ejemplo clásico de la gran concentración de conocimiento propia de las élites provinciales venezolanas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. La obra de Arcaya es monumental, tanto por su amplitud temática como por los lapsos que abarca, y de ella emanó una matriz que marcó a la mayoría de los historiadores posteriores. El impulso concentrado en la figura de Arcaya, sin embargo, no se mantuvo, y durante el gomecismo la investigación histórica regional fue sustituida por la efemérides, la crónica y textos menores.
            Sin embargo, hay una excepción en esa posterioridad: Ángel Maduro Acosta, siempre presente cuando se trata de abordar el tema de la ciencia de la historia en la historia regional del estado Falcón. En la obra de Maduro se advierte el peso de la influencia de Arcaya –“nuestro gran Arcaya”, escribió en uno de sus textos[44]-en su preocupación por generar una imagen de lo regional falconiano, de rescatar el más profundo pasado. Su pensamiento, típicamente evolucionista y con una peculiar combinación de eurocentrismo y latinoamericanismo, lo llevó constantemente a hacer parangón entre los pueblos indígenas falconianos y las llamadas grandes civilizaciones, como los aztecas y egipcios; a aplicar a la historia de nuestros aborígenes la periodización característica de Europa, llegando a hablar inclusive del “Renacimiento indígena” en materia de cerámica, a comparar el arte prehispánico con el prehistórico de Europa[45]. De la pluma del particular análisis histórico de Maduro Acosta la indígena achagua se compara a la diosa egipcia Isis y a la griega Venus; y surge una interpretación llamativa de algunos elementos del arte y la lengua indígena donde se dan la mano elementos de diversas y alejadas culturas. Es, pues, Maduro Acosta, un eco tardío del positivismo que Arcaya vertiera sobre la investigación histórica regional en Falcón, pero con variantes muy particulares en los aspectos interpretativos, y con una intención antropológica como no se advierte en ningún autor anterior.
            Ángel Maduro nació el 18 de marzo de 1889 y murió el 23 de mayo de 1975. Fue hijo de Salomón Levy-Maduro Vaz, de la comunidad sefardita de Coro. Es un ejemplo típico de primera generación de católicos descendientes de sefarditas, donde se advierte el particular proceso de cambio cultural que vivenció esta comunidad. Muerta su madre al nacer, fue criado por sus abuelos David Levy-Maduro y Betsy Vaz Capriles de Levy-Maduro, ambos judíos practicantes que junto a su hijo Salomón –también practicante e incluso oficiante religioso durante parte de su vida- decidieron educar a Ángel bajo la fe católica, respetando el ascendiente materno[46]. Así, Maduro Acosta creció en un mundo dual y transicional, donde se mezclaron dos religiones, dos educaciones y dos culturas; hecho éste que le marcó para siempre.
Egresó como bachiller de filosofía en 1912, estudios que cursó en el Colegio Federal de Coro bajo la dirección de otro sefardita que dejó huella, el Dr. José Curiel Abenatar. Heredó de su padre la profesión de odontólogo, pero desarrolló a lo largo de su vida un intenso interés por la prehistoria falconiana, e incluyó el amplio espectro antropológico que contiene a la lingüística, la antropología física, la etnología y la arqueología, enlazándolos a su vez con la historia. Su obra es pequeña en extensión, pero lo suficientemente significativa para revelarlo como un historiador nato. Sus excavaciones arqueológicas tuvieron como precedentes las del Dr. Félix M. Beaujón y las del Dr. Francisco Tamayo, de las cuales resultaron dos importantes colecciones de piezas caquetías, a las que se vino a sumar la labor de Ángel Maduro, lo cual permite considerarlo, junto al Dr. Oscar Beaujón, como los protoarqueólogos de Falcón, antecesores directos de la obra que después desarrollaron José María Cruxent e Irving Rouse.
Antropólogo intuitivo, arqueólogo aficionado, la obra de Maduro Acosta permite ver el uso de técnicas clásicas de la ciencia del hombre, tales como la recopilación de información mediante la oralidad, el uso del cuaderno de campo, las visitas a los sitios de interés y, claro está, las excavaciones arqueológicas, hechas al calor de la emoción exploradora y sin emplear técnicas especializadas; pese a lo cual llegó a reunir una de las dos más grandes colecciones prehispánicas del estado Falcón, un hermoso conjunto de 545 piezas entre cráneos, cerámica y lítica que su viuda, Tecia Ferrer de Maduro, donara a la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda el 21 de enero de 1983[47].
De una particular combinación de intereses biomédicos e históricos, surgió en Ángel Maduro la afición al estudio de cráneos prehispánicos, buscando en ellos respuestas a incógnitas sobre el fenotipo de los indígenas que habitaron lo que hoy es Falcón. De sus informantes orales recogió una colección de vocablos indígenas a los que abordó con ánimo estudioso desde la etimología. Igualmente, es valioso su hallazgo de leyendas indígenas y su interés por la espeleología, que le llevó a encontrar una serie de petroglifos en diversas cuevas falconianas, de lo cual derivaron dos trabajos: “Petroglifos de Coro” y “Estudio sobre la cueva de Chipare”.
Su carrera como historiador y arqueólogo lo condujo a participar en la creación del Centro de Historia del Estado Falcón en el año 1952, siendo miembro fundador de esta institución; así como miembro principal de la Junta Protectora y Conservadora del Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación en Falcón, desde el año 1961 hasta su muerte.
El legado del Dr. Ángel Maduro Acosta se encuentra hoy, parcialmente, donado a instituciones universitarias; pero su familia aún conserva un conjunto documental y de objetos de alto valor histórico heredados tanto de él como de su abuelo, cuyo estudio ayudará a comprender y completar, algún día, en forma más integral y compleja, el pensamiento de este proto-arqueólogo y el proceso de cambio cultural que vivió la comunidad sefardita de Coro.

Derrotando a la viruela: Darío Curiel Sánchez

Nació Darío Curiel Sánchez dos veces en su vida: la primera en Coro, el 23 de diciembre de 1907, como hijo del médico José Curiel Abenatar y de María Sánchez Atienza, aquél sefardita y ésta gentil. Nace nuevamente en 1956, cuando Venezuela erradicó la viruela, tomada de la mano y guiada por la impecable gerencia de este epidemiólogo y sanitarista.
            ¿Qué era Venezuela y qué era Falcón cuando Darío Curiel era un niño, un joven? Un país con casi 90% de analfabetas, donde imperaban la gastroenteritis, la bilharzia, la viruela, la malaria y otras enfermedades transmisibles asociadas a la pobreza. Una Venezuela que vivió la peste bubónica en 1908, la fiebre amarilla en 1912, la viruela en el año 15, el paludismo en 1915-1916[48]. Quizás haya tenido recuerdos de la tragedia ambiental y humana que viviera su terruño siendo él apenas un niño de cinco años, cuando, en 1912, llegó a su punto más alto una prolongada sequía de casi dos años, y la cual desató la masiva migración de paraguaneros hacia el resto del estado, muriendo cientos de personas de hambre, sed y enfermedades asociadas. Era apenas un jovencito de 11 años cuando vivió la  pandemia de influenza o gripe española, violenta epidemia traída del exterior y que hizo estragos en diversos puntos del plano costero, incluyendo a Coro. Trece años tendría cuando, una vez más, en 1921, la viruela adquirió carácter epidémico en su ciudad. Quizás recuerdos transmitidos, sus vivencias personales y la imagen de su padre –que fuera un destacado médico y educador, fallecido prematuramente en 1910- forjaran en él la vocación médica y, en especial, el afán sanitarista. Lo cierto es que, con el recuerdo fresco de la última epidemia de viruela, partió hacia Caracas en 1923 para cursar estudios de medicina.
La muerte de Juan Vicente Gómez renovó las estructuras políticas del país, y como en cascada, el resto de las estructuras siguieron el cambio. Apenas muere el dictador, egresó Darío Curiel como perito en salud pública (1937) y doctor en salud pública (1938) por la Universidad de John Hopkins, en los Estados Unidos. En 1936 se crea el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. Ese mismo año surge la Dirección de Malariología, y en 1938 Darío Curiel se incorporó al recién creado Ministerio, donde fundó la División de Epidemiología y Estadística Vital[49]. Venezuela vivió durante aquellas décadas una serie de cambios económicos, demográficos y sociales que exigieron a la par el desarrollo impetuoso pero organizado del sector salud. Por ello, en 1942, el plan quinquenal de obras públicas incluyó entre sus programas prioritarios el de saneamiento, que se dio la mano con la nueva ley de hidrocarburos de 1943 y la de reforma agraria de 1945, entre otros avances jurídicos. En medio de un clima de tranquilidad pública y democratización crecientes, impulsados por los gobiernos de López Contreras e Isaías Medina Angarita, Darío Curiel y el equipo de sanitaristas avocados al control de enfermedades transmisibles y al manejo estadístico de la morbilidad nacional; avanzaron en una labor que mejoró sensiblemente las condiciones de vida y salubridad a nivel nacional.
El equipo gerenciado por Darío Curiel logró enrumbar lo que vendría a ser, 20 años después, el Departamento de Demografía y Epidemiología. Estructuró, dio coherencia a la dispersa información que existía sobre mortalidad y morbilidad, logrando así que el país tuviera, por primera vez en su historia, información confiable sobre componentes demográficos fundamentales relativos al movimiento natural de la población. A partir de la acción de la División de Epidemiología y Estadística Vital, con sus actividades de supervisión y asesoramiento a las oficinas locales de sanidad (medicaturas rurales, centros de salud, unidades sanitarias), de la elaboración de pautas de control para enfermedades transmisibles no incluidas en la labor de otras divisiones, de la vigilancia del estado endemoepidémico del país, del desarrollo de campañas de vacunación nacionales; logra el Dr. Curiel incidir en la amortiguación de las fuertes fluctuaciones que presentaba en Venezuela el indicador mortalidad. La tendencia a largo plazo, tras el esfuerzo sostenido del equipo, fue la baja general de los niveles de mortalidad. Los focos epidémicos de la Venezuela de comienzos de siglo comenzaron a ceder y reducirse. Fue una lucha nacional y sistemática, donde se unió al esfuerzo de la División de Epidemiología y Estadística Vital el accionar de otros equipos de trabajo, donde participaron sanitaristas de alto nivel como los Dres. Arnoldo Gabaldón, Jacinto Convit, Pastor Oropeza y José Ignacio Baldó; y cuyos resultados fueron la extensión de las campañas de vacunación, el uso generalizado de insecticidas, el desarrollo de la educación en el área de higiene. Todo ello transformó de manera radical las condiciones de vida y las posibilidades de supervivencia de la población venezolana.
Pero de entre todas las enfermedades con las que tuvo que batallar, una se convirtió en su preocupación fundamental: la viruela. Enfermedad que causaba en Venezuela, para el segundo quinquenio de los años cuarenta, un promedio de 8410 casos anuales[50], con altas cifras de morbilidad y mortalidad, amén de la incapacidad y mutilaciones de muchos sobrevivientes. Un flagelo para el cual el organismo indígena no estaba preparado, y que al desatarse en América diezmó a la población nativa.
Conciente de que este flagelo, y otros igual de importantes, como el paludismo, dependían más de las condiciones sanitarias del momento, que de la herencia o la historia particular del individuo, es decir, que las condiciones exógenas privaban sobre las endógenas, diseñó una política de largo aliento destinada a llevar hasta el último rincón de Venezuela la vacuna contra la viruela. Una vacuna eficaz, sí, pero altamente termolábil.
El plan de vacunación diseñado por Darío Curiel y su equipo incluyó una serie de pasos que incluía recorrer dos veces la geografía nacional para inocular a la mayor cantidad de venezolanos. El éxito fue total. Se inoculó al 83% de la población, y a partir de mayo de 1956 Venezuela no volvió a presentar casos de viruela. Darío Curiel logró desterrar a la viruela de nuestro país 23 años antes de que la Organización Mundial de la Salud certificara la erradicación mundial de la enfermedad[51]. Y lo logró por encima de los obstáculos de comunicaciones y transportes, de barreras geográficas, administrativas, educativas y de toda índole. Fue el éxito resultante de una movilización nacional, constante, infatigable, que no se negó sacrificios ni escatimó esfuerzos. Una gerencia adecuada y eficiente, decidida a poner fin a esa enfermedad.
Gracias al accionar del equipo de sanitaristas venezolanos, Darío Curiel incluido entre ellos, el cambio en ciertos indicadores demográficos fue revolucionario. La baja en la mortalidad infantil fue espectacular, disminuyendo en los varones de 219 por mil en 1936 a 99 en 1956, y en las niñas de 199 a 79 por mil en el mismo lapso[52]. La mortalidad general descendió de 17.4 muertes por cada mil habitantes en 1941, a 10.9 en 1950. La esperanza de vida del venezolano se elevó de 41 años en 1936 a más de 50 años en 1950[53]. El descenso profundo del patrón muerte y  el mantenimiento de la natalidad repercutieron fortaleciendo la juventud demográfica que entonces caracterizaba al país. 
Como corolario de la vida pública de este eminente sanitarista, es preciso acotar que su exitosa experiencia lo llevó a participar a fondo en diversas responsabilidades internacionales relacionadas con la Organización Mundial de la Salud y otras instancias. Además, se desempeñó como docente en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de los Andes, y fundó la Sociedad Venezolana de Salud Pública.
A su muerte, el 16 de septiembre de 1983, Darío Curiel había dejado a Venezuela un legado excepcional: una nueva configuración demográfica, un nuevo mapa de la salud, un nuevo ciudadano en cada venezolano que nacía libre del flagelo de la viruela.
            Hoy, cuando aparecen nuevas y desconocidas enfermedades, o vuelven a tomar fuerza las que se creían superadas, en una oleada re-emergente que mancha nuevamente el mapa epidemiológico con el cólera, la malaria, el dengue y la tuberculosis; cobra valor la obra de Darío Curiel como un sanitarista de mérito, que fue capaz, en un país muy joven, apenas aprendiendo a ser sano, de diseñar políticas y programas eficaces en materia de salud.


El último legado de la comunidad sefardita: la colección Alberto Henríquez

            Alberto Henríquez (1919-1990) es una figura emblemática para el estado Falcón. Fue perfil y testigo de una década turbulenta para los corianos, la década de los años sesenta, década en que coinciden el auge de la guerrilla, los movimientos contestatarios mundiales y el inicio de su colección de artes plásticas, que nació con la adquisición de un Jesús Soto. Una colección como el tiempo que la vio nacer: contestataria. Si se buscan palabras para descifrarlo, para retratarlo como ser humano, tres afloran en lo inmediato: rebeldía, reto y desprendimiento.
            Alberto Henríquez, de padre y madre sefarditas, nacido en el momento último del cambio cultural de esta comunidad en Coro, fue un rebelde nato. Un apasionado de las lecturas bíblicas judías y católicas, buscando en ellas respuestas a interrogantes propias de su mundo dual. Un hombre de transición cultural eterna, que vivió buscando respuestas al tema de mesianismo.
Iconoclasta. Cuestionó todos los moldes y patrones de su tiempo, y si viviera los continuaría cuestionando. Fue uno de esos seres que pareciera haber nacido fuera de contexto, fuera de época, adelantado a todo. Por eso su figura fue y sigue siendo fuente de polémica, como lo son todas las figuras que abren brecha. Escogió una opción de vida poco comprendida en su momento, opción que correspondía a una sensibilidad particularmente desarrollada. Y esto se reflejó en sus gustos heterodoxos en materia de arte, en su innato impulso coleccionista, que permitió poco a poco la consolidación de la única y más valiosa colección de artes plásticas que haya tenido el estado Falcón, y una de las más completas de Venezuela.
Alberto Henríquez, hijo de Daniel Cohen-Henríquez y Eliana López-Fonseca, escribió de su colección que su existencia fue obra de la casualidad. La casualidad dio origen a una de las colecciones plásticas más representativas en Venezuela de sus diversas tendencias artísticas y autores, donde si bien predominan la pintura y escultura nacional, se incluyen otros objetos de las más variadas épocas y expresiones del alma venezolana. Así, la colección Alberto Henríquez nos muestra los siglos XIX y XX en la plástica nacional, pero también objetos que nos hablan de la plástica colonial y prehispánica, mobiliario y objetos decorativos de distintas épocas de nuestra historia.
            Sin embargo, yo no creo en esa casualidad de la que escribió Alberto. Por una parte tuvo amigos muy próximos que le orientaron e influyeron en su ánimo a la hora de adquirir ciertas obras, entre ellos su primo, Iván Capriles López, y el pintor Víctor Valera. Pero hay algo más de fondo. Visité en una ocasión su casa, recorrí sus habitaciones, conocí su colección y conversé con él. Como en una especie de pequeña cámara de las maravillas, como si cada objeto encerrara algún mágico poder, Alberto fue reuniendo piezas que sembraron todos los rincones de su casa, en un amasijo artístico, mezcla de todos los siglos, donde se respiraba el placer de la posesión, el placer del adorno, el dilettantismo, la rareza, el rebuscamiento de una personalidad compleja donde se combinaban la ruptura y lo convencional, lo reconocido y lo desconocido, el pasado exaltado y el porvenir que hoy era protesta: un pintor desconocido junto a un Reverón, un tiesto prehispánico junto a un trozo de ferrocarril, una pieza colonial junto a un escultor novel. Su pequeña cámara de tesoros lo proyectaba de inmediato, como una personalidad atormentada donde el sosiego y la agitación convivían. Tal vez no hubo una intención, pero, definitivamente, el azar no es lo que caracteriza a esta colección, que tiene un claro hilo conductor  en su propio personaje. La casualidad, entonces, tiene por nombre Alberto Henríquez.
            De la representatividad de esta colección deja constancia la presencia de obras que abarcan el rigor de la Academia de Bellas Artes, la renovación impulsada por el Círculo de Bellas Artes, la Escuela de Caracas, Los Disidentes, el Taller Libre de Arte, el arte cinético, La Barraca de Maripérez, Presencia 70 y el Círculo del Pez Dorado. Se reúnen así, entre otros, a Francisco Herrera Toro, Emilio Boggio, Manuel Cabré, Tomás Golding, Armando Reverón, Rafael Monasterios, Próspero Martínez, Elisa Elvira Zuloaga, Pedro Ángel González, Pedro Centeno Vallenilla, Pascual Navarro, Mateo Manaure, Carlos González Bogen, Oswaldo Vigas, Omar Carreño, Jacobo Borges, Virgilio Trompiz, Régulo Pérez, Bárbaro Rivas, Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y Alirio Rodríguez.
Y no se puede comprender el significado de esta colección si se olvida que fue el resultado de la actitud contestataria de Alberto Henríquez, contrastando con el conservadurismo y las reticencias de una ciudad pequeña, aparentemente plácida y bucólica, pero donde un grupo de jóvenes intelectuales y artistas desarrollaban las ideas de ruptura que impregnaban el ambiente de aquellos turbulentos años tanto en el orden mundial como nacional, y que tuvieron en Alberto un mecenas, un dador en el más puro sentido del desprendimiento. Porque Alberto dio sin recibir, al calor de una época donde las paredes decían “prohibido prohibir”. Recordemos que en esos años nació en la moderna Latinoamérica la convicción de que la revolución era posible en todos los órdenes, sueño que pronto se transformó en imperativo moral.  Recordemos que fueron años de intensa búsqueda política y artística, de pujantes e innovadores conceptos que invadieron, y modificaron, todos los rincones de la tradición y la geografía. La colección Alberto Henríquez habla por sí misma de un hombre sensible, amante de las artes, mecenas por excelencia para los noveles pintores que, al amparo de El Palmar, recibían la acogida provinciana de un ser que parecía ajeno a aquella pequeña y conservadora ciudad, donde un personaje como Alberto resultaba un tanto extraño, excéntrico en su política de puertas abiertas al arte y a las ideas artísticas y políticas que en esos años sesenta bullían por doquier y estallaban con violencia en la sierra falconiana, al punto que llegó a comentar cómo los guerrilleros pasaban por su propiedad –entonces totalmente alejada de la ciudad-.
Todo esto dio a la colección un sello muy particular, pues unía a los consagrados y a los nuevos rebeldes de la plástica nacional y regional. Esos que no tenían cabida en una Venezuela donde casi no existían galerías de arte ni otros centros para adquirir la obra de noveles artistas nacionales, exceptuando la solitaria Sala de Exposición de la Fundación Mendoza y dos lugares que surgieron a la vida artística nacional en aquellos días: Galería 22 y El Muro, sitios donde Henríquez adquirió parte de su colección.
            Por eso la colección se formó también, o quizás deberíamos decir sobre todo, en los talleres de los artistas, en el trato directo con ellos, en su paso por la quinta El Palmar, sede original de la colección que fue donada por su dueño a la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. En la actualidad, debido a la insuficiencia de espacios en El Palmar, la colección se encuentra parcialmente en depósito, y una selección de la misma está expuesta en el anexo del Museo Diocesano, en el Museo Alberto Henríquez y en el vestíbulo del Teatro Armonía en la ciudad de Coro.
La colección muestra como un ser lúcido, arraigado a la provincia coriana, vio transcurrir los nuevos tiempos desde la vieja ciudad que vio llegar a sus ancestros y donde él veía morir los últimos destellos de su comunidad étnica y religiosa.  En Alberto se reunió y se resumió la herencia cultural sefardita, esa que arrancó en la Sociedad Armonía y que encontró en Alberto Henríquez su último representante. Fue el postrer y más preciado legado que en materia de bellas artes pudo dejar ese colectivo, que, en la figura de Alberto, decía adiós a su peso específico en la escena coriana, una vez completado el proceso de cambio cultural. Fue un último llamado a perpetuar la memoria de sus ascendientes y tornarla para siempre en presente.
            Recuerdo nuevamente mi único encuentro con Alberto en El Palmar. Corrían los años setenta y la colección ya estaba consolidada, pero no dejaba de crecer. En el transcurso de la visita me mostró un hermoso piano, en el cual había incrustado su cédula de identidad, habiéndose dañado el hermoso laqueado del mueble. Asombrada por aquello que consideré excesivo, le pregunté por qué había colocado su cédula ahí. No recuerdo sus palabras textuales, pero la idea era que se supiera que a él se le debía el que ese piano estuviera aún entre nosotros. Hoy comprendo que, tras sus palabras, estaba el grito desesperado de un colectivo que sabía esta a punto de cruzar el umbral de la historia, y no escatimó gestos en su último intento por marcar con su huella la tierra coriana.
           

FUENTES

FUENTES PRIMARIAS
1.- Documentación de archivo
Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Fondo Senior. Cajas 2, 4, 6, 10, 74, 84, sin número (1896-1897), sin número (1893-1909), sin número (1902-1903), sin número (1903-1904).
Archivo Histórico de Coro-UNEFM, Sección Instrumentos Públicos (SIP).
Archivo personal Sr. César Maduro. Coro.
Archivo personal familia Henríquez López-Fonseca. Coro.

2.- Fuentes orales
Entrevista a Thelma Henríquez López-Fonseca. Coro,  6-04-1999.
Entrevista a Thelma Henríquez López-Fonseca. Coro,  25-08-1999.
Entrevista a César Maduro Ferrer. Coro, 6-04-1999.


FUENTES IMPRESAS
1.- Documentos oficiales
Leyes y decretos de Venezuela. Tomo 11. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1990.
Leyes y decretos de Venezuela. Tomo 12. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1990.
Leyes y decretos de Venezuela. Tomo 16. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1990.
Leyes y decretos de Venezuela, tomo 29. Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie República de Venezuela. Caracas, 1992.
Memorias del Ministerio de Agricultura, Industria y Fomento 1898. Caracas, Tipografía Universal, 1899.
Memorias del Ministerio de Fomento 1877. Caracas, Imprenta Nacional, 1878.
Memorias del Ministerio de Fomento 1892. Caracas, Imprenta y Litografía Nacional, 1894.
Memorias del Ministerio de Obras Públicas 1894, tomo 2.  Caracas,

2.- Fuentes hemerográficas
Periódicos de Falcón: Agencia Coriana, Auras de Occidente, El Águila, El Anunciador Comercial, El Ciudadano, El Conciliador, El Constitucional, El Delta, El Día, El Federal, El Horizonte, El Nacional, El Obrero, El Semanario, El Trabajo, La Crónica, La Industria, La Juventud, La Península, Lampos Corianos, Médanos y Leyendas, Nardos.





FUENTES SECUNDARIAS
Acosta, Vladimir, Revolución Industrial y Desarrollo Capitalista. Caracas, edición FACES/UCV, 1986.
Cappelletti, Ángel, Positivismo y Evolucionismo en Venezuela. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1994.
Chen y Picouet, Dinámica de la población. Caso Venezuela. Caracas, edic.UCAB-ORSTOM, 1979.
Estaba, Rosa e Ivonne Alvarado, Geografía de los Paisajes Urbanos e Industriales de Venezuela. Caracas, Ariel-Seix Barral Venezolana, 1985.
Maduro, Ángel, Prehistoria de Pedregal. Mimeo, s/d, s/f.
Maduro, Ángel, Península de Paraguaná. Mimeo, s/d, s/f.
Maduro, Ángel, Estudio sobre la cueva de Chipare, revista de Cultura del estado Falcón, 1962.
Maza Zavala, Domingo, Venezuela una Economía Dependiente. Caracas, Fondo editorial del Instituto Universitario de Tecnología Antonio José de Sucre, 1985.
Moreno, Juan, Monumentos Históricos Nacionales. Caracas, Edición CONAC, Serie Inventarios N° 1, 1998.
Olavarría, Jorge, Dios y Federación. Caracas, Ediciones Fundación para una Nueva República, 1988.
Osorio, Emilio. Geografía de la población de Venezuela. Caracas, Ariel-Seix Barral Venezolana, 1985.
Osuna, Aníbal, Una biografía del Dr. Darío Curiel. Caracas, s/e, 1987.
Pino Iturrieta, Elías (Comp.), Cipriano Castro y su Época. Caracas, Monte Ávila editores, 1991.
Quintero, Inés (Comp.), Antonio Guzmán Blanco y su Época. Caracas, Monte Ávila editores, 1994.
Rangel, Domingo Alberto, El Proceso del Capitalismo Contemporáneo en Venezuela. Caracas, Edición UCV, 1968. 
Sosa, Arturo, Ensayos sobre el Pensamiento Político Positivista Venezolano. Caracas, Ediciones Centauro, 1985.
Tamayo, Francisco, “Ensayo sobre el Arte Pictórico de los Caquetíos y Gayones”. Separata de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1933.
Touchard, Jean, Historia de las Ideas Políticas. Madrid, Editorial Tecnos, 1974.
UNEFM, Museo El Palmar. España, 1979.
Vetencourt, Lola, Monopolios contra Venezuela 1870-1914. Caracas, Edición FACES/UCV-Vadell Hnos., 1988.
Zamora, Mary , Etiología, epidemiología y clínica de la viruela. En: Germán Yépez Colmenares (Coord.) Historia de la salud en Venezuela. Caracas, Fondo editorial  Tropykos, 1998.


[1] La Industria. Coro, 17 de julio de 1879.
[2] La Industria. Coro, 31 de julio de 1879.
[3] La Industria. Coro, 11 de septiembre de 1879.
[4] La Industria. Coro, 17 de julio de 1879.
[5] La Industria. Coro, 18 de septiembre de 1879.
[6] La Industria. Coro, 18 de septiembre de 1879.
[7] Léanse la serie de cartas cruzadas entre el general Juan Manuel Payares Seijas y David López-Fonseca en el periódico La Industria, de Coro, publicadas durante el segundo semestre de 1879.
[8] Archivo Histórico de Coro-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, Fondo Senior (en adelante AHC-UNEFM, FS), Cuaderno de la logia Unión Fraternal N° 24. Coro, 1877-1879, F. 4.
“Considerando de la logia Unión Fraternal N° 17 a David López-Fonseca, como el más antiguo masón sobreviviente de la logia coriana [15-03-1913]”. Logia Unión Fraternal N° 17, Coro.
[9] La Industria. Coro, 13 de noviembre de 1879.
[10] Boletín del Archivo Histórico de Miraflores N° 91, mayo-junio de 1976, p. 141.
[11] Igual sucedió en toda Venezuela, caracterizada en la década de los setenta y ochenta del siglo XIX por la presencia de intentos de industrias en Maracaibo, Caracas, Valencia, Coro, Ciudad Bolívar y Puerto Cabello. Al respecto, léase: Manuel Rodríguez Campos, “Federación, economía y centralismo” en Inés Quintero (Comp.), Antonio Guzmán Blanco y su Época, pp. 84-85.
[12] La Industria. Coro, 15 de julio de 1880, p. 1. Sin embargo, el 18 de julio de 1884 La Industria, en un artículo sobre las fábricas de Coro, indica el año 1882 como el inicio de la fábrica de velas esteáricas de M. Capriles. Tal vez la producción anterior a 1882 no haya resultado de importancia. 
[13] El naturalista alemán Adolfo Ernst, entonces director del Museo Nacional, fue designado por Guzmán Blanco para la organización de esta gran exposición. Capriles no llevó muestras de velas a la Gran Exposición de 1883, lo que puede ser indicativo de una producción que aún no alcanzaba los niveles de calidad y/o cantidad por él ambicionados.
[14] La Industria. Coro, 4 de abril de 1884, p. 4; La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2; El Delta. Coro, 27 de noviembre de 1884, p. 3; La Industria. Coro, 4 de marzo de 1886, p. 1.
[15] La Industria. Coro, 9 de septiembre de 1884, p. 2.
[16] La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2.
[17] La Industria. Coro, 17 de agosto de 1884, p. 2; La Industria. Coro, 9 de septiembre de 1884, p. 2; El Delta. Coro, 27 de noviembre de 1884, p. 3.
[18] La Industria. Coro, 5 de septiembre de 1885 p. 2.
[19] El galpón industrial de Capriles Ricardo se ubicaba al sur de la ciudad, teniendo como linderos: al este, el camino del paso real; al oeste, el camino del acueducto; al sur, la huerta de Nicolás M. Gil; y al norte, calle pública. En la actualidad, aún una calle conserva el nombre de Jabonería.
[20] Memorias MOP 1894, tomo 2,  Documentos, pp. 6-8.
[21] AHC-UNEFM, FS, caja 2, Doc. 150; El Conciliador. Coro, 24 de diciembre de 1903, p. 3.
El Fondo Senior permite perfilar esta tenería y fábrica de calzado, que para adquirir sus equipos consultó a las firmas newyorquinas D. A. De Lima & Co. y Neuss, Hesslein & Co. Senior solicitó información o bien hizo pedidos de hormas para calzado, una prensa en base a cilindro, martillo o rueda que sustituyera al vapor; cortes para calzado; catálogos para zapatería y talabarterías, cola y tachuelas para calzado, entre otros. AHC-UNEFM, FS, caja 2, Docs. 159, 160, 169, 172, 181, 196, 202 y 209; Caja 4, Docs. 406, 408, 410 y 412.
[22] En los Protocolos del Municipio Miranda del cuarto trimestre de 1898, reposa con fecha 15 de octubre de 1898 el registro de la escritura de venta de I. A. Senior a Senior Hermanos de: “... un edificio construido de adobes y techado de tejas, así como también los establecimientos industriales de belería, javonería, tenería y extracción de aceites con todas sus maquinarias, aparatos, aparejos, tanque y depósitos de mampostería sólida, enseres y demás accesorios pertenencias necesarias para el funcionamiento y ejercicio de dichas industrias,...”. La operación se tasó en 40.000 bs. El documento explicita que desde su compra en 1893 a Manasés Capriles, fue pasada a Senior Hermanos, y que sólo estaban extendiendo la escritura de venta para registrarla como mandaba la ley. AHC-UNEFM, Sección Instrumentos Públicos (SIP).
[23] La Juventud. Coro, 5 de marzo de 1909, p. 4; Nardos. Coro, 11 de marzo de 1910, p. 4.
[24] El Día. Coro, 7 de mayo de 1920, p. 1.
[25] La Industria. Coro, 4 de abril de 1884, p. 4; La Industria. Coro, 15 de abril de 1884, p. 4; La Industria. Coro, 18 de julio de 1884, p. 2; El Delta. Coro, 22 de noviembre de 1884, p. 4.
[26] La Industria. Coro, 15 de octubre de 1890, p. 1; El Federal. Coro, 29 de abril de 1891, p. 1; El Nacional. Coro, 16 de marzo de 1893, p. 4; El Ciudadano. Coro, 10 de julio de 1896, p. 3.
[27] La Industria. Coro, 9 de mayo de 1896, p. 3; El Ciudadano. Coro, 10 de julio de 1896, p. 4.
[28] Lampos Corianos. Coro, 27 de mayo de 1896, p. 4; Lampos Corianos. Coro, 13 de abril de 1898, p. 1.
[29] La Crónica. Coro, 1896, año I, mes I, N° 6, p. 2 (fecha mutilada en el original); El Constitucional. Coro, 17 de abril de 1897, p. 4; El Obrero. Coro, 11 de diciembre de 1900, p. 1.
[30] Leyes y decretos de Venezuela, tomo 29, p. 155.
[31] La Industria. Coro, 12 de noviembre de 1891, p. 2; El Federal. Coro, 29 de abril de 1891, p. 3.
[32] El Anunciador Comercial. Coro, 3 de diciembre de 1888, p. 1; 15 de diciembre de 1888, p. 1.
[33] El Obrero. Coro. 2 de marzo de 1901. P. 2; El Anunciador Comercial. Coro, 3 de diciembre de 1888, p. 1.
[34] La correspondencia del Fondo Senior permite advertir algún tipo de diferencias entre los hermanos Abraham y Josías Senior, que condujeron a Abraham hacia el año 1895 a separarse de su familia en lo tocante al ejercicio del comercio; para lo cual estableció su propio negocio y montó una fábrica de velas que entró a competir con la de su hermano. AHC-UNEFM, FS, caja 6, Docs. 109, 119, 228.
[35] AHC- UNEFM, FS,  caja 6, Doc. 210.
[36] AHC- UNEFM, FS, caja 6, Doc. 150. Sigismundo Weil era familiar de los Senior. Residía en Hamburgo para fines del pasado siglo y tenía intereses económicos tanto en Europa como en Venezuela (Puerto Cabello). Residió en Coro y Curazao, donde casó con Clara de Abraham Mordechay Senior y Senior, hermana de Isaac A. Senior,  fundador de la razón social I. A. Senior. Surtía a I. A. Senior e hijo de materias primas para sus industrias (estearina, cueros patentes, pinturas para pieles, soda caústica ...), le enviaba muestras de productos europeos similares a los manufacturados por Senior y le apoyaba buscando asesoría sobre los problemas técnicos y de adquisición de maquinaria y equipos que se le presentaban. También daba servicios a la fábrica de Abraham Senior. AHC- UNEFM, FS, caja 6, Docs. 172, 177, 182, 195, 210, 211, 225, 228, 240, 243, 295.
[37] AHC- UNEFM, FS, caja 6, Docs. 236 y 256.
[38] El Obrero. Coro, 20 de diciembre de 1900, p. 4.
[39] El Horizonte. Coro, 14 de octubre de 1901, p. 4; AHC- UNEFM, FS, caja sin número (1893-1909), Docs. 296 y 326. El anuncio oficial lo suscribieron Jacob M. Chumaceiro y Julio César Capriles, dando poder general a Ismael Capriles. El 1 de enero de 1903 se anunció la separación del socio Julio César Capriles, quedando Jacob M. Chumaceiro con los activos.
[40] El Águila. Coro, 10 de septiembre de 1904, p. 4.
[41] Para el año 1906, I. A. Senior e hijo recibió cartas desde Caracas enviadas por Tomás A. Navarro. En ellas se le participaba la protección oficial para las siguientes marcas de fábrica producidas por Senior: suela “La Coriana”, velas esteáricas y jabones “El Solicitado”, “Especial para Carora” y “Ultramar”; y estaban en proceso de registro las marcas de jabones “Anauco Coriano” y “El Competidor”. Todos estos productos salían de “La Jabonería”. AHC-UNEFM, FS, caja 84, “Carta de Tomás A. Navarro [7-07-1906]”; AHC-UNEFM, FS, caja 74, “Carta de Tomás A. Navarro [23-06-1906]”.
[42] La Juventud. Coro, 18 de enero de 1908, p. 4; Médanos y Leyendas. Coro, 30 de abril de 1922, p. 14; El Semanario. Coro, 29 de agosto de 1922, p. 4.
[43] Agencia Coriana. Coro, 23 de agosto de 1910, p. 1.
[44] Ángel Maduro, Prehistoria de Pedregal, s/p.
[45] Ángel Maduro, Prehistoria de Pedregal, s/p.
[46] Entrevista a César Maduro. Coro, 6-04-1999.
[47] Acta de donación de la colección bibliográfica y arqueológica del Dr. Ángel G. L. Maduro a la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. Coro, 21-01-1983.
[48] Chen y Picouet, Dinámica de la población. Caso Venezuela, p. 149.
[49] Aníbal Osuna, Una biografía del Dr. Darío Curiel. Caracas, p. 5.
[50] Aníbal Osuna, Ob. Cit., p. 8.
[51] Aníbal Osuna, Ob. Cit., p. 8; Mary Zamora, Etiología, epidemiología y clínica de la viruela, p. 18.
[52] Chen y  Picouet, Ob. Cit., p. 195.
[53] Emilio Osorio, Geografía de la población de Venezuela, p. 123.

Exportaciones corianas: el grano de oro (1875-1935)


Exportaciones corianas: el grano de oro (1875-1935)

Prof. Blanca De Lima
Publicado en Tierra Firme. Revista de Historia y Ciencias Sociales. Caracas, Venezuela. Año 19, Vol. XIX, Nº 74. Pp. 285-300


Caesalpinia coriaria

            El Falcón agroexportador estuvo marcado por la presencia del dividive (Caesalpinia coriaria), árbol de entre tres y diez metros de altura, corazón negro, duro, compacto e incorruptible; tanto que fue usado para hacer ruedas de maquinarias y durmientes de ferrocarril; de albura blanca y gruesa, flores pequeñas blancas o amarillas, muy fragantes y atractivas a las abejas. Pero el encanto que tuvo este árbol, característico de bosques muy secos estaba en su fruto, altamente cotizado en la industria de la curtiembre, consistente en una vaina corta, encurvada o torcida, ligeramente ancha y amarilla que le hizo ganar también el nombre de grano de oro, y en cuyo interior hay semillas que se procesan para su uso en la industria del cuero.

            Los taninos vegetales, abundantes en el fruto del dividive, dieron a este entre los especialistas el nombre de fruto tánico. Los curtientes vegetales fueron y aún son de importancia e interés comercial debido a que al ser absorbidos por las pieles desolladas las transforman en cuero, además de aplicarse en la industria de los tintes, vinícola y otras. Los más cotizados en el lapso que nos ocupa poseían no menos de 30% de taninos, exigiendo los mercados compradores un mínimo de 33% que el fruto venezolano rebasaba con facilidad, alcanzando un 38% e incluso más (Ortiz, H., 1925: 2705).

            Los taninos vegetales han acompañado a la humanidad en su largo camino de vestirse, calzarse y elaborar múltiples objetos. Hasta el siglo XVIII el conocimiento sobre esta materia se transmitió por oralidad. Francia inició el manejo científico del tema cuando Colbert, ministro de Luis XIV, encargó a Des Billetes en 1708 la obra Curtiduría y preparación de los cueros. En el siglo XIX, gracias a los avances en la investigación química aplicada a la industria, surgieron otros curtidos: al aluminio, al cromo y el de sales de hierro, y se registraron una serie de patentes. También comenzó la investigación sobre taninos sintéticos, siendo descubiertos los primeros en el año 1871, aunque no se mostró entonces mayor interés por ellos. Con el tiempo, el curtido al cromo marcó el fin de la hegemonía de los curtientes vegetales; pero a su vez vino a representar una de las más peligrosas fuentes de contaminación ambiental heredada de la revolución industrial, cuya producción de metales pesados aumentó la presencia de éstos en los ecosistemas, siendo que no pueden destruirse y se acumulan en plantas y animales.

El dividive venezolano crece de forma espontánea en el plano costero, desde el Zulia hasta la isla de Margarita. El dividive falconiano provenía de la península de Paraguaná y en menor medida de otros puntos del plano costero árido, como Urumaco y Zazárida hacia el occidente; y La Vela, Cumarebo y Sabanas Altas hacia el poniente. Competía en los mercados extranjeros con otros provenientes de puntos como Río Hacha y Cartagena (Colombia), México y Curazao. Las propiedades del dividive lo hacían preferido por sobre otros curtientes vegetales: «Ningún otro astringente se acerca siquiera a este tan poderoso. La encina róbur y mangle son muy débiles comparados con él y no dan a las pieles ni el color ni la suavidad ni el peso que el dividive» (Apuntes Barquisimeto, 1876: 316).

 La demanda internacional de esta materia prima durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, se relacionó con la expansión de los mercados internos de los países industrializados y el incremento y diversificación de sus niveles de consumo. Falcón aportó, en ese momento, tanto pieles de chivo como el dividive.       

Rastreando al dividive en las fuentes escritas

            Los registros sobre el dividive datan de comienzos de la época colonial, siempre relacionados con el noroccidente del país. Ya en 1579, la Relación geográfica del Tocuyo daba cuenta de la fabricación local de cordobanes y suelas, que eran comerciados incluso con mercaderes procedentes de Cartagena (Altolaguirre y Dovale, 1909: 151). La Relación de Coro y su jurisdicción, escrita en 1768 por Pedro Felipe de Llamas a solicitud del gobernador y capitán general José Solano, menciona a este producto como de uso local y también alude a un comercio de dividive: «El dividive que en la tierra únicamente se aprovecha para las curtiembres de los cueros para suela, y cordovanes, de cuya especie produce mucha el terreno caliente, y en la mayor parte se pierde, hasta ahora que los pobres se han aplicado a recogerlo, por los terrenos y montes inmediatos, para comerciarlo con los mercaderes del puerto de la Guayra, para donde han cargado porción de esta especie» (Altolaguirre y Dovale, 1909: 207). Ese mismo 1768, la Relación de Carora elaborada por José Vicente de Tarbe dejaba constancia del uso que hacían los talabarteros y zapateros caroreños del dividive «para adobar los cordobanes» (Altolaguirre y Dovale, 1909: 173). 

Si bien Venezuela no tuvo una importante industria de curtiembre -su explotación fue más bien artesanal- para comienzos del siglo XIX el valle de Carora mantenía la actividad del aderezo de pieles usando el fruto del dividive como elemento base, aunque con deficiencias,  siendo el soporte de un comercio importante que incluía la exportación: «Los cueros y pieles que aderezan en Carora sirven, la mayor parte de ellas, para hacer botas, zapatos, sillas, frenos, etc., para vender en la misma ciudad. El restante del consumo local se extiende por la provincia, o va a Maracaibo, Cartagena y a la isla de Cuba» (Leandro Miranda en Vila, M., 1966: 223).

En la Venezuela independiente el dividive se hizo de un nicho como producto de exportación, superando su carácter de materia prima de uso local. En orden secuencial, Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos fueron los principales mercados para el producto, que se negoció a través de los puertos de Liverpool, El Havre, Hamburgo, New York y New Orleans. Los años setenta del siglo XIX marcaron el inicio del comercio exterior para el grano de oro. Vila registra en el año fiscal 1876-1877 un egreso de 96 Tm., cifra que ascendió vertiginosamente en años posteriores, promediando anualmente 7639 Tm. De igual forma, Vila registra los mejores momentos de exportación en los periodos 1908-1909, 1912-1913 y 1919-1920. Disentimos sólo en lo que respecta al lapso 1912-1913, apoyándonos en cifras del Boletín del Ministerio de Fomento de enero de 1921, que indican una brusca baja del año once al año doce, baja que se mantuvo hasta el fin de la primera guerra mundial. Se registró entonces el pico de 1919 y desde allí tendió a bajar. Se le ubica por última vez en el año fiscal 1936-1937 con escasas 452 Tm. Para finales de los años treinta ya no representaba un renglón generador de divisas (Vila, M., 1981: 32 y 388; Álamo, F., 1920: 58; BMF, 1921: 157-159).

Junto al café, el dividive representó la diada agrícola de exportación falconiana, que además marcó la actividad económica paraguanera. Maracaibo también fue improntada por este fruto, y ambas regiones participaron en el mercado internacional, como se verá más adelante. Carora no corrió con la misma suerte, no logró convertir al fruto tánico en producto de exportación debido a su lejanía de los puertos, por lo tanto, quedó restringido al uso para la industria local (Apuntes Barquisimeto, 1876: 316).

Pese a que Vila fecha el inicio de exportaciones en 1876, con certeza hubo movimientos en Falcón y Zulia antes de 1875, ya que los Apuntes Estadísticos de Falcón de ese año registran al entonces departamento Falcón como único productor de dividive en el estado: «de que se hace gran comercio», y reseña el comercio de exportación en el lapso 1873-1874, incluyendo al dividive enviado a Curazao con 264 597 kilos. Por su parte, Francisco de Paula Álamo aporta cifras de exportación desde Maracaibo que incluyen el año 1874 (Apuntes Falcón, 1875: 83 y 157; Álamo, F., 1920: 58). Cuando menos desde 1880, la prensa local coriana lo incluía entre los productos de exportación, mencionando también el fruto marabino. Para 1890 la naviera D Roja lo incluía en los productos de exportación de su ruta La Vela de Coro-New York, acompañado del café, cacao, pieles, maderas, aloes y otros; y Manuel Landaeta lo enlistaba junto al guayabo silvestre, el yapo, el cují, el mangle blanco y el curtidor como plantas aplicables a curtimientos (1).  

El producto y su explotación

       Escribió Pedro J. Sierraalta, comerciante paraguanero, intermediario en operaciones con dividive entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, que no había gobierno que organizara la recolección del fruto. Veamos por qué. Había dos formas de manejar la producción del dividive. Una era la recolección en sementeras cercadas; por este sistema se obtenía un producto de clase superior: «grano grande, grueso y lindo color» (2). Siempre era mejor el producto de las sementeras, probablemente en esos casos se cuidaba que los chivos no se comieran el fruto, que se recogiera en buen tiempo y se le diera algún tipo de cuidado a las plantas, como mencionó Pittier cuando escribió: «en muchos lugares se protegen y se cuidan hasta cierto punto los pies que nacen espontáneamente» (Pittier, H., 1971: 236). El otro sistema era la recolección de dividive silvestre, que arrojaba un producto de menor calidad, pero que prevaleció en la región coriana.

Al recolectar, los  interesados tenían como costumbre general mezclar todo tipo de fruto, sin separar calidades: «... se recoge todo y al decir todo allí entra el grano malo o negro y la broza de los bosques, que recolectadores poco escrupulosos introducen como si fuese dividive de buena calidad para su mayor peso, trayendo como consecuencia lógica la disminución en el precio y descalificación en los mercados de Europa y Estados Unidos» (Pittier, H., 1971: 236). Esto quizás tenga su explicación en la escasez de clases superiores, que iban asociadas a algún tipo de cuidado en los dividivales y al momento más alto de la cosecha. Y de la misma manera que se mezclaba el dividive fino con el ordinario, igual se hacía con el dividive de última cosecha y el almacenado, cuya calidad había demeritado, mermado su peso y presentación. Esto se hacía para disminuir pérdidas, pues el producto almacenado perdía precio y era poco cotizado en el mercado: «los Salima compran [dividive] bueno y lo ligan con el malo a razón de una tercera parte y de por mitad el regular» (3). A nivel nacional, una vez recolectado el fruto se consignaba en casas comerciales que lo exportaban o vendían a curtidores nacionales, siendo los principales mercados de consignación, en orden oeste-este: Maracaibo, La Vela, Puerto Cabello, La Guaira, Guanta, Carúpano y Porlamar (Álamo, F., 1920: 58). En Falcón el producto era vendido, según el lugar de extracción,  bien puesto a bordo o en tierra en los puertos de Adícora, Los Taques, Zazárida, La Vela o Cumarebo (4).

            El ensacamiento y embarque del dividive exigía una serie de cuidados. Las mezclas de dividive tenían proporciones estimadas que jugaban a  alcanzar la mejor calidad de la muestra aun no siendo 100% fino, por ello, la pre-clasificación al comprar el intermediario debía ser muy precisa, apartándose el dividive sucio del limpio, el viejo del nuevo, el ordinario del fino, a los efectos de combinar adecuadamente los distintos productos y lograr una homogeneización aceptable al mercado y que dejara la mayor ganancia.

       Al respecto de la cosecha, la información primaria señala que en Paraguaná se cosechaba este grano en forma permanente, aunque cada sitio tenía su propia época de recolección: «... la cosecha aquí es todo el año, dándose en una época aquí [Pueblo Nuevo], otra en Santa Ana y Moruy y otra en Jadacaquiva y Los Taques,...» (5). La primera recolección del año se asociaba a la floración de los dividivales, que ocurría hacia marzo, cuando el negociante esperaba lluvias que permitieran una buena producción.  Si la cantidad de agua excedía levemente lo requerido la producción se afectaba, también si no caía el agua exacta que los árboles necesitaban y en el tiempo preciso de la floración. Bajo tales circunstancias comerciales y naturales, prácticamente se carecía de controles que garantizaran la calidad del producto.

Pero más grave aún fueron los estilos agresivos que llegaron a emplearse para recolectar, y que solían verse en momentos de alta demanda, como ocurrió en el año 1905. Entonces los dividivales eran sometidos a un verdadero saqueo que muy probablemente haya incidido en su disminución, y que consistió en recoger el fruto verde y apaleando el árbol, sin esperar a que cayera (6). La atrasada –y por momentos agresiva- forma de recoger el fruto fue uno de los soportes de clasificación en los mercados internacionales. Así, por su calidad hubo dividive fino, bueno, bueno regular, regular y ordinario. Otras clasificaciones hablaban de dividive ensacado y dividive sano, mojoso y averiado (7). El dividive coriano se desplegaba en las diferentes calidades. Pero es preciso acotar que dada la constante adquisición del producto paraguanero por exportadores de otros puntos del país y de las Antillas holandesas, es seguro que no puede hablarse hoy –como sí se hizo entonces- de dividive coriano, curazoleño o de Maracaibo, pues en realidad los lotes, dependiendo de las circunstancias, pueden haber sido en su totalidad de esos puntos, una mezcla de frutos antillanos y de tierra firme o el producto coriano presentado como curazoleño o marabino (8). 
Del vendedor al agente consignatario

El sistema de adquisición del fruto tánico tenía cuatro personajes: el vendedor, el intermediario, el exportador y el agente consignatario en el puerto extranjero. El vendedor, personaje oculto a los documentos, solía ser dueño de un comercial al detal. Organizaba la recolección del fruto en los montes. Ensacado el producto, era traslado a lomo de bestias a algún punto de concentración para su posterior negociación con el intermediario o su venta directa a la casa comercial.  Este «productor» no tenía mayor compenetración con el rubro que explotaba. Quizás su carácter de recolección, lo imprevisible de las cosechas, la ausencia de propiedad y la inexistencia de una relación de trabajo constante en torno al fruto, se configuraron para hacer de este un negocio de ocasión, con muy baja inversión.

El intermediario era el agente local de alguna firma interesada en el producto. Era el hombre de confianza, un experto en la materia, conocedor de la zona y de los recolectores, con buenas relaciones y capacidad administrativa que le permitía llevar aspectos contables. Se ubicaba en puntos estratégicos de las zonas productoras, trabajando por comisión por compra y embarque, y además tenía otras prebendas, como el que su dividive –porque el rol de intermediario y vendedor se sumaban- le fuera comprado al más alto precio pagado en el momento, y el recibir crédito comercial de la firma.

El exportador que convergía en la zona del dividive falconiano provenía no sólo de Falcón, sino también de Puerto Cabello y Caracas, e incluso Curazao y Aruba. Los comerciantes sefarditas de Curazao mostraron particular interés por el dividive, entre ellos las firmas Moses Maduro, Maduro Jr. & Co., Chumaceiro & Co., Edwards, Henríquez & Co. y Próspero Baiz & Co. (9). A la huella curazoleña deben sumarse los comerciantes nacionales, casas de importancia de Maracaibo, Puerto Cabello y Caracas interesadas en el grano de oro, bien para exportarlo o para la industria local, como Kolster & Co., R. & O. Kolster & Co., Duchari, Federico Groos (Puerto Cabello) y Boccardo & Co. (Caracas). Pero la presencia de estas firmas nacionales nunca tuvo el peso ni la asiduidad que los curazoleños, más bien se reflejó por épocas, dependiendo de la demanda internacional del producto. Finalmente estuvo el exportador local, entre los que se incluyen a Isaac A. Senior e hijo, Salomón López Fonseca, Henríquez & Co., Quiterio Henríquez y  la firma Caribbean Trading Corp., con sede en La Vela de Coro, en la cual tuvo intereses el general León Jurado, su asociado estadounidense Harold G. Foss y Víctor Lovera (10).  

Finalmente está la figura del agente comisionista. Estas firmas se presentaban y ofrecían sus servicios por correspondencia, especificando sus cualidades y reforzando su imagen con datos adicionales como la antigüedad de la casa y las firmas para las cuales trabajaba o había trabajado. En el caso de Isaac A. Senior e hijo se ha detectado recepción de correspondencia enviada por Roberts, Evans & Woodhead (Liverpool, Ing., 1899), A. Wm. Laue, Magdeburg u. Hamburg (Hamburgo, 1908), Selma Mercantile Corporation (New York, 1921), Marais & Cie. (Martinica, 1924) y N. V. Handelmaatschappy «Quebracho» (Holanda, 1925) (11).



 El negocio del dividive y la Casa Senior

Por las fuentes primarias sabemos que distintos comerciantes corianos exportaban dividive hacia finales del siglo XIX, entre ellos Salomón López-Fonseca, Herman Leiva y la firma Guillermo Cook e hijos. Este inciso detalla las operaciones que en torno a este producto realizara Isaac A. Senior e hijo, seguimiento que ha sido posible gracias a la documentación que reposa en el Fondo Senior-Archivo Histórico de Coro (UNEFM)  (12).

El negocio del dividive fue tardío y complementario para la Casa Senior, aunque no por ello menos importante en los lapsos en que se estimuló. El interés de los Senior por este artículo se detecta en la última década del siglo XIX, a través de ofrecimientos del fruto por comerciantes paraguaneros. Es factible inferir que el uso inicial se canalizó hacia la industria de suelas que la firma Senior Hermanos tenía en Coro.

Su agente en Hamburgo, Sigismundo Weil, siempre pendiente de los buenos negocios, le estimulaba a exportar el fruto, animándolo a enviar consignaciones cuando los precios eran favorables. En el transcurso del año 1900 Sigismundo Weil envió correspondencia, indicando que el mercado hamburgués para el grano de oro presentaba oscilaciones. Fuertes arribos del producto y la quiebra de uno de los más importantes compradores lo habían aflojado. Había una fuerte competencia en los diferentes puntos de Venezuela que comerciaban el fruto y, pese a todo, el balance no debe haber sido desfavorable, ya que le sugirió a Senior enviar consignaciones y «extender más este ramo de negocios» (13).
                 Hasta ese año, el interés de la Casa Senior por el  dividive se había centrado en sus necesidades de materia prima y en facilitar negociaciones que con este fruto hacía la firma curazoleña Maduro Jr. & Co. Pero al año siguiente, quizás abriéndose nuevas opciones comerciales, Senior inició exportaciones del fruto tánico. El inductor de este proceso fue el ya mencionado Pedro J. Sierraalta. Al comenzar 1900 avisó a la casa coriana que tenía dividive comprado y puesto en Adícora. Se ofreció además como intermediario cobrando comisión de compra y embarque. Para tornar atractiva su oferta agregó que podía conseguir grandes lotes e informó sobre precios y competencia. Pedía precios para negociar. La respuesta de Senior fue un acto de confesión: «Nosotros no conocemos el negocio de dividive y no tenemos una idea del precio que se pueda pagar. Único medio para entrar en la especulación es pagar el precio que otro paga. Sin hacer la competencia aumentando. Así pues compraríamos uno o dos cargamentos al precio corriente allá puesto a bordo en Adícora y Ud. Nos dirá cuál sería la comisión que Ud. Cobra por tonelada. Caso convenga el negocio y la calidad sea buena, según el resultado podríamos entrar en compra de alguna consideración» (14).

Senior tardó casi un año en reaccionar a las propuestas de Sierraalta, quien durante cada cosecha enviaba cartas desgranando sus conocimientos sobre la materia y ofreciendo dividive que tenía en diversos puntos: Pueblo Nuevo, Adícora y Sabanas Altas (15). Es factible pensar que con la cosecha de marzo de 1901 se haya efectuado algún envío exitoso, pues en mayo  de ese año Senior escribió a Sierraalta: «Como nuestro deseo era hacer un embarque para experimentar prácticamente el resultado y habiéndolo ya conseguido, esperamos recibir correspondiente cuenta venta para seguir en la compra» (16).

Tras el desastroso año 1902 Senior avanzó sobre las exportaciones del grano de oro, haciendo negocios a cuenta mitad con la firma curazoleña Maduro Jr. & Co., con quien a lo largo de 1903 efectuó remisiones a Sigismundo Weil, en Hamburgo, y a New York, dependiendo de qué mercado reaccionaba mejor (17). El intermediario fue Pedro J. Sierraalta, que en su abultada correspondencia seguía muy de cerca los devenires del negocio.

            Para 1904 las miras fueron más ambiciosas. Las operaciones con Maduro Jr. & Co. desaparecieron. Sierraalta y Senior se propusieron crear una extensa red comercial en Paraguaná sobre la base de dos movimientos: la adquisición de una goleta para hacer los envíos a Curazao y el control de Los Taques y Adícora, puntos clave para la captación del grano de oro. No tardarían en avanzar hacia Maracaibo. Con esta división peninsular sobre la base de los principales puertos occidental y oriental, Senior facilitó a sus intermediarios la cobertura de los centros productores del grano de oro y agilizó el traslado del fruto tánico hacia el mar. La península prácticamente quedó dividida en dos grandes áreas: una que enlazó con Los Taques y otra con Adícora.

Para controlar la península, Sierraalta captó a individuos  de confianza, experimentados en la materia, que desde Los Taques y Adícora se dedicaron a acumular la mayor cantidad del grano de oro. Se alquiló una casa en Adícora. Sierraalta, optimista, escribió: «se procuran las relaciones que ya con los buques como con los tenedores de dividive y cueros necesita el negocio, y vendrá la bonanza cogiéndonos ya organizados» (18). Las operaciones del año 1904 tuvieron como enlace europeo a Weil y como agente en Curazao a Edwards, Henríquez & Co., representante de la naviera Hamburg American, a través de los cuales el fruto era enviado a Hamburgo. Para una segura acumulación del grano se suscribían contratos con los vendedores peninsulares, por los cuales se obligaban a entregar determinada cantidad de toneladas en tiempos precisos y puertos especificados, comprometiéndose todas las partes a apoyar las negociaciones por la buena marcha y prosperidad del negocio (19).

1905 fue un año particularmente duro. En su plan de inversión y expansión sobre el dividive los asociados Senior-Sierraalta entraron en negocios con la firma marabina Pinedo & Co., con la que más pronto que tarde hubo problemas por la clasificación y aceptación del fruto y la consignación de los buques. El meollo del asunto estribó en que Pinedo & Co., al enterarse de cambios de precios a la baja en el mercado europeo, se recargaba sobre los envíos procedentes de Coro, a los que castigaba el precio o simplemente no los quería recibir, aun habiendo previo acuerdo (20).

            Pero más dañinas para Senior fueron las prácticas de Próspero Baiz y algunos comerciantes paraguaneros, quienes intercambiaban el fruto, incluso el de menor calidad, por mercancía de contrabando, recibiendo además mejor paga que la ofrecida por la firma coriana. La mercancía contrabandeada y «lavada» por el dividive era vendida en la península a precios más bajos que los del mayor en Coro: «... estos señores [Próspero Baiz, Nicolás Soto y la firma Salima Hermanos] ganan más en su dividive que nosotros, por las circunstancias del cambio por mercancía, que introducen clandestinamente; y sobre las cuales obtienen siempre una utilidad de 20 a 25% líquida, pudiendo vender a precios más ventajosos que los que especulamos legalmente» (21). A lo anterior se sumó la baja del dividive en Hamburgo. Para finalizar, se decretó el cierre de los puertos venezolanos a las embarcaciones de las Antillas holandesas, lo cual obligó a triangular los trasbordos La Vela-Puerto Cabello-Curazao. Sin embargo,  Sierraalta y la Casa Senior siguieron operando alrededor del dividive en los años siguientes.

El accionar agresivo de Baiz y las mejores ofertas de otros compradores presionaron a Senior. La competencia prosiguió en 1906, llegando de los diversos puntos comprometidos en operaciones con el fruto tánico respuestas negativas, excusándose por no poder vender a precios tan bajos como los ofertados por Senior, bien porque pagaban más en la misma Paraguaná o en el occidente del estado, donde la influencia marabina se hacía sentir ofreciendo pagos más altos por el producto puesto en Maracaibo, mientras Senior lo exigía puesto en Curazao pagando menos (22). Y por si no bastara, el verano se anunció con fuerza, afectando la cosecha del dividive. Las cosechas de primavera y verano mermaron, por fortuna llovió para octubre y la de invierno logró salvarse, aunque con fuertes pérdidas causadas por las aguas, que unidas a la fuerte presión de los compradores estimuló el alza de los precios (23).

Para 1907 Paraguaná tuvo excelentes cosechas de dividive. Fue el comienzo de una espiral ascendente para esta materia prima, que duró hasta 1911 y que se reflejó en las cifras de exportación. Senior se continuó moviendo en la península a través de Pedro J. Sierraalta, y en La Vela a través de la agencia comisionista Senior & Brigé. Mantenía su política de preferir las calidades finas y rechazar las malas. Aproximándose la cosecha de otoño, Sierraalta lo estimuló a recordar a sus relacionados las promesas hechas sobre negocios con el grano, que Senior respondió con una carta dirigida a sus clientes (24). La competencia, como siempre, se centraba en quién pagaba los mejores precios; Sierraalta y otros relacionados le informaban a Senior en detalle lo que ofrecía cada competidor, para que sobre esa referencia la firma coriana bajara instrucciones.

1908 inició con buen pie, al lograr la Casa Senior firmar un contrato con Salima Hermanos, que para entonces se había convertido en un negociador de importancia con el grano de oro. Posteriormente firmaría otro con Sierraalta Hermanos. Dichos contratos tenían cláusulas coercitivas, que obligaban al vendedor a recibir el pago en mercancías o cancelar adeudos (25). Psicológicamente, el efecto de la firma de estos contratos debe haber sido benéfico para la casa coriana, pues muchos pequeños vendedores se orientaban a entregar su producto siguiendo la pauta marcada por los más grandes, como estas firmas paraguaneras. Al saberse que Senior les había comprado, los más pequeños deben haberse animado a seguir los pasos de los más experimentados en la materia.

 Pese a un descenso de precios en el inicio de 1908, la situación global debe haber sido favorable, pues ese año y por única vez se registró la venida de veleros europeos para recoger el fruto. Entre mayo y diciembre llegaron cuando menos los veleros daneses Mardor y H. C. Christensen, la barca francesa Saint Laurent y el velero sueco Dag, los cuales fondearon en La Vela, recibieron orden de despacho para alguno de los puertos peninsulares –Adícora y/o Los Taques- donde botaron el lastre y cargaron el dividive, retornando a La Vela para salir hacia Hamburgo. Dado que los puertos peninsulares no estaban habilitados, Senior obtuvo un permiso especial que permitió a estos veleros tomar los cargamentos. Tras estas operaciones de envergadura estuvo Sigismundo Weil, quien recibió las cargas y tramitó los contratos con las agencias navieras (26).

            La bonanza continuó, alcanzándose el record nacional de 9.907.091 kilos en 1911, cifra que ni la efervescencia de 1919 logró superar (27). Los años doce y trece fue para la región coriana de severos problemas climatológicos, veranos prolongados que se sumaron a un mercado europeo inestable. Los reportes de Weil en marzo de 1913 indicaban una paralización en los negocios de artículos curtientes y el arribo de cuando menos ocho cargamentos de Maracaibo y dos de Paraguaná.  A esto se agregó la retracción de los tres más importantes compradores de dividive en Hamburgo, que Weil explicó como una maniobra para abatir los precios (28). Pero la puntilla fue la primera guerra mundial, que depreció por completo el artículo y bloqueó los mercados, disminuyendo la exportación en un 40%: «Cosechas enteras se perdieron porque los gastos eran muy superiores al valor de la especie. El desaliento general cundió y el labriego buscó una nueva fuente de producción y la buscó en el algodón y productos mineros» (Ortiz, H., 1925: 2075; Álamo, F., 1920: 58). Entre 1914 y 1915 las exportaciones continuaron su descenso incluso por debajo de la crítica cifra del año doce, y la situación se mantuvo inestable hasta el final de la guerra.

Pese a las consecuencias de la guerra, Venezuela siguió exportando y a partir de 1918 se dio una recuperación de las cifras, que se vieron impactadas favorablemente  por el final de la conflagración mundial. Para 1918, desde el puerto de La Vela de Coro salieron hacia Curazao 2.073.187 kilos del grano de oro, y hacia los Estados Unidos  un total de 600.000 kilos, lo que representó más del 30% de la producción nacional (BMF, 1920: 59). Sin embargo, la corta y profunda crisis de 1921-1922 minó el mercado, que se reportó en Europa y Estados Unidos débil y flojo, con precios a la baja. Los pequeños comerciantes resintieron rápidamente, tanto la crisis del mercado como el prolongado verano que coincidió con ella (29).

            A medida que avanzaron los años veinte fue disminuyendo la importancia de esa rudimentaria explotación agrícola, patentándose en la gradual indiferencia de los comerciantes hacia el producto y surgiendo otros en el horizonte paraguanero, como lo fue el caso del ajonjolí, que comenzó a acompañar al dividive en los depósitos, y del algodón. La memoria oral evoca: «De Paraguaná lo que venía era dividive y ajonjolí. Se traía por tierra, era una carreterita mala, que los camiones se enterraban en los médanos (...) El dividive salía de varias partes. Chucho Reyes y Zoilo García, de El Hato, mandaban dividive (...) Se enviaba para Maracaibo a Gustavo Zingg., que lo usaba para curtir cueros y luego mandaba la suela. Con dividive componía los cueros. El fuerte de los Zingg eran los cueros» (30). El petróleo también socavó los cimientos: «Los trabajos petrolíferos en donde la obra de mano se está pagando a precios altos, también ha sido una de las principales causas de la poca recolección del dividivi. Los potreros para pastos, los caminos y la desidia han hecho causa común para que la producción del grano de oro se haya reducido notablemente...» (Ortiz, H., 1925: 2075). Con todo, aún Senior recibía propuestas para negociar con productos curtientes. En 1924 se aproximaron franceses de la isla Martinica, interesados en el producto y en el palo de campeche. En 1925 la holandesa N. V. Handelmaatschappÿ «Quebracho» se interesó por el dividive venezolano. Por su parte, los compradores se tornaron más exigentes, exigiendo garantía de que el porcentaje de tanino del producto no fuera menos de 38%. Esto fue el resultado de la aparición en escena de otros taninos, más económicos (31). Ese mismo año la región coriana fue afectada por un riguroso verano, particularmente Paraguaná, por lo cual se afectó el ganado y el dividive mermó; comenzando noviembre aún no se había sembrado en la península (32).

          Todo desplazaba no sólo al dividive, sino a los curtientes vegetales, del sitial que por siglos habían detentado en la industria del cuero. Los avances de la investigación química sobre el curtido al cromo dieron como resultado un procedimiento sencillo y, sobre todo, acelerado para curtir las pieles. De las semanas y meses se pasó a los días. Imaginemos lo que esto representó en la reproducción del ciclo del capital y extraigamos las lógicas consecuencias. Tras el cromo llegaron el aluminio y el circonio, cuyo uso dio por resultados los cueros blancos. También se aceleró el estudio de los taninos sintéticos. A estos avances se agregó la aplicación de la energía eléctrica en la industria del cuero, lo que aceleró la mecanización, mejoró el rendimiento laboral y coadyuvó a disminuir el tiempo de adobo de las pieles. El biodegradable tanino no logró seguir el desesperado ritmo que impuso el vigoroso siglo XX. Tampoco lo lograron otros productos vegetales y animales relacionados con la industria del cuero, como el campeche y la cochinilla, que fueron desplazados por los colorantes sintéticos.

Era el final, pero Próspero Baiz no cejaba. En 1926 I. A. Senior e hijo se hizo con la representación de la  Hamburg American en Coro y La Vela de Coro. El primer vapor que llegó fue fletado por Baiz para cargar un lote de dividive de Adícora para Hamburgo. Para este vapor se consiguió un permiso especial, que le permitió cargar en Adícora sin retornar a La Vela, prosiguiendo con no menos de 200 Ton. del fruto tánico hacia Puerto Barrios (Guatemala) y puntos intermedios, retornando a Curazao para recoger otras 175 Ton. del producto y zarpar hacia Hamburgo, su último destino (33).
             
            La crisis mundial que se estrenó con el crack de 1929 en los Estados Unidos vino a empeorar para 1930 las condiciones para el fruto y en general para todos los productos exportables, que perdieron precio en el mercado. Los comerciantes se limitaban a vender en condiciones seguras y a recoger sus acreencias. No era para menos, la capacidad de consumo había disminuido en los países afectados y los mercados estaban saturados de reservas, producto de una industria que había recobrado su capacidad productiva. El Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas informó al finalizar 1930: «Continúa el mismo estado de depresión que venimos diciendo en estos artículos desde hace muchos meses: no puede esperarse que nuestro movimiento comercial se active en medio de una crisis agrícola, industrial y consiguientemente mercantil en todo el mundo» (34). El informe sobre Coro, fechado 19 de noviembre, describió la completa paralización del mercado regional y el comercio al detal, una situación calificada de «alarmante». Un largo verano azotaba a todos los pueblos, había desempleo y baja del consumo, escaso circulante y carestía de artículos de primera necesidad: «La situación proveniente de este mal estado actual es incalculable, pues hay muchos brazos desocupados y, por la sequía reinante, se completa la falta de trabajo en los campos». El fruto tánico se sumó a este cuadro crítico: «Igualmente el dividive que se exportaba en grandes cantidades y era muy solicitado ha sufrido desde hace poco tiempo una depreciación considerable» (35).

El negocio del dividive persistió hasta cuando menos el fin de operaciones del Ferrocarril La Vela-Coro, en 1938. Todas las tablas de fletes de esta empresa que han sido ubicadas (1897, 1905, 1909, 1930) lo incluyen como producto de exportación. También figura en las tarifas de la aduana de Amuay para productos exportables, en 1928 (36). El dividive vivió el declive y muerte de la economía agroexportadora. Muchos productos aparecieron y desaparecieron en las listas de exportados, el dividive permaneció firme. Su seguimiento permite ver los cambios que se fueron operando en el patrón exportador-importador del estado Falcón y su región de influencia. Lamentablemente, los dividivales tendieron a desaparecer estimulando la desertificación de la península; quizás haya habido una suma de factores, entre los que habría que considerar la comentada sobreexplotación de los árboles, la presencia de ganado cabrío –importante porque se come parte de la cosecha- y alteraciones ecosistémicas.

Hoy, contradictoriamente, la industria petrolera –que emplea taninos sintéticos e importados, de costos elevados y que pierden en poco tiempo su potencial químico- posa su mirada en el dividive y algunas de sus propiedades. De hecho, se usa para dar consistencia a los lodos resultantes de perforaciones petroleras en terrenos de cohesión mínima. Por otra parte, las normativas internacionales exigen a la industria de la curtiembre producir con limpieza, lo cual obliga a tomar medidas para procesar las toneladas de cromos que van a parar ríos, lagos y mares; avanzando la investigación sobre tecnologías de tratamiento de residuos originados en el procesamiento de las pieles, buscando reducir la concentración de cromo en los desagües de las fábricas de cuero y mirando hacia los taninos vegetales. Quizás este sea el comienzo de una nueva época y de un manejo racional de este recurso. Quizás el grano de oro tenga otra oportunidad.

NOTAS
1 La Industria. Coro, 22 de julio de 1880, p. 1; 4 de julio de 1884, p. 3; 5 de septiembre de 1885, p. 1; El Anunciador Comercial. Coro, 23 de noviembre de 1888, p. 1; 15 de marzo de 1889, p. 1; AHC-UNEFM, FS, caja 103, doc. 173; Manuel Landaeta, Ob. cit., t. I, p. 69.
2 “Carta de Pedro Sierraalta sobre el manejo del dividive [14-02-1901]”, AHC-UNEFM, FS, caja N° 38.
3 «Informe sobre negocios con dividive [17-10-1907]», AHC-UNEFM, FS, caja 93.
4 «Carta de Pedro Sierraalta a I. A. Senior e hijo sobre el manejo del dividive [14-02-1901]», AHC-UNEFM, FS, caja N° 38; caja 187, doc. 369.
5 «Informe de Pedro Sierraalta sobre el dividive. [25-03-1904]», AHC-UNEFM, FS, caja N° 44.
6 «Informe de Pedro Sierraalta sobre el dividive. [15-05-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja N° 68.
7 AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1899-1901), docs. 166, 178, 190, 200, 224 y 313; «Weil envía a Senior cuenta venta de dividive [15-11-1908], [1-04-1909]», AHC-UNEFM, FS, caja 110.
8 AHC-UNEFM, FS, caja 6, Doc. 110.  Es poco factible concluir en una alta producción de exportación exclusivamente curazoleña, debido a la superficie de la isla, más viable es pensar en una mezcla de granos.
9 AHC-UNEFM, FS, cajas 6, 44, 74, 93, 157, 187, 247.
10 «Sobre negociación con dividive de Caribbean Trading Corp. [14-10-1925]», AHC-UNEFM, FS, caja 228.
11 AHC-UNEFM, FS, caja 32, Doc. 170; «Se interesan por comprar dividive [24-02-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja 92; «Se interesan por comprar dividive [25-11-1921]», AHC-UNEFM, FS, caja 189; «Se interesan por comprar dividive [21-12-1924]», AHC-UNEFM, FS, caja 249; «Se interesan por comprar dividive [16-10-1925]». AHC-UNEFM, FS, caja 129.
12 La correspondencia del Fondo Senior y los periódicos locales permiten ver con claridad a los involucrados en el negocio del dividive en distintos años.
13 AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1899-1901), Doc. 298.
14 «Pedro Sierraalta ofrece dividive a Senior [21-05-1900]», AHC-UNEFM, FS, caja 38.
15 La caja 38 del Fondo Senior contiene la correspondencia de Sierraalta entre 1900-1901.
16 «Pedro Sierraalta ofrece dividive a Senior [24-05-1901]», AHC-UNEFM, FS, caja 38.
17 Estas operaciones fueron notificadas desde Hamburgo por Sigismundo Weil. La documentación reposa en la caja 110 del Fondo Senior, que contiene operaciones de dividive enviado a Europa durante la primera década del siglo XX; AHC-UNEFM, FS, caja 54, Docs. 156 y 158. Curiosamente, el dividive no fue incluido en el decreto de 5 de enero de 1901, que sí pechó al café y las pieles mediante el llamado impuesto de guerra. Leyes y decretos de Venezuela, t. XXIII, p. 4.
18 «Pedro Sierraalta informa sobre negocios con dividive [22-03-1904]», AHC-UNEFM, FS, caja 44.
19 La caja del Fondo Senior sin número (1905-1912) contiene varios de estos contratos.
20 «Víctor Medina informa sobre dividive rechazado por Pinedo & Co. [1-08-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja 74;  «Informe sobre negocios con dividive [18-09-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja 84.
21 Esta es una de las rarísimas alusiones a contrabando que se ubican en el Fondo Senior. «Pedro Sierraalta informa sobre negocios con dividive [10-08-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja 84.
22 «Alfredo Medina se excusa por no vender dividive a Senior [31-01-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74; «José del Cristo Laguna se excusa por no vender dividive a Senior [23-06-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74.
[1] «Informan sobre dividive y actividades comerciales de Salima Hermanos [5-03-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74.
23 «Alfredo Medina & Ca. informa sobre el negocio del dividive [17-04-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74; «Víctor Medina informa sobre el negocio del dividive [11-06-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74; «Alfredo Medina & Ca. informa sobre el negocio del dividive [28-10-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 84; «Alfredo Medina & Ca. informa sobre el negocio del dividive [15-01-1907]», AHC-UNEFM, FS, caja 84.
24 «Informe sobre negocios con dividive [14-10-1907]», AHC-UNEFM, FS, caja 93. Los relacionados que se citan en este documento son: Augusto Barrios, Adolfo García R., Alfredo Medina, Renato Medina, José Ma. García, Eugenio Cayama, V. Manuel Medina y Eloy Bracho.
25 «Contrato I. A. Senior e hijo-Salima Hermanos para venta de dividive [3-01-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1905-1912); «Contrato I. A. Senior e hijo-Sierraalta Hermanos para venta de dividive [3-02-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1905-1912).
26 «Oficio que autoriza al velero danés H. C. Christensen a tomar carga [30-07-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1905-1912); AHC-UNEFM, FS, caja 103, Doc. 20.
27 Estadística mercantil y marítima del Ministerio de Hacienda en Boletín Ministerio de Fomento, 1921, pp. 157-159.
28 «Weil informa sobre el mercado de dividive en Hamburgo [3-03-1913]», AHC-UNEFM, FS, caja 157; «Weil informa sobre el mercado de dividive en Hamburgo [17-03-1913]», AHC-UNEFM, FS, caja 157.
29 «J. Tomás Ávila avisa cierre de su negocio [20-01-1921]», AHC-UNEFM, FS, caja 183.
30 Entrevista a Victoriano Arión. Coro, 26-12-1998.
31 Los reportes de mercado de R. Desvernine exponen esta nueva exigencia sobre el porcentaje de taninos. AHC-UNEFM, FS, caja 247.
32 BCCC, diciembre 1925, p. 3067.
33 «Confirman a Senior su representación para la Línea Hamburguesa Americana [23-04-1926]», AHC-UNEFM, FS, caja 247; «Contrato Hamburg America Line-Próspero Baiz para enviar un vapor a recoger dividive a Adícora [23-04-1926]», AHC-UNEFM, FS, caja 247.
34 BCCC,  diciembre 1930, p. 4963.
35 BCCC, , diciembre 1930, p. 4966.
36 El Día. Coro, 23 de enero de 1928, p. 4.





BIBLIOGRAFÍA

FUENTES PRIMARIAS

  1. Documentación de archivo

            Biblioteca Nacional-Fondo Arcaya
            Hemeroteca Nacional –Sección microfilmes
            Archivo Histórico de Coro. Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (AHC-UNEFM). Fondo Senior (AHC-UNEFM, FS)

2. Fuentes impresas

2.1 Documentos oficiales

Apuntes estadísticos del estado Barquisimeto. Caracas, Imprenta de La Opinión Nacional, 1876.
Apuntes estadísticos del estado Falcón. Caracas, Imprenta Federal, 1875.
Boletín Ministerio de Fomento (BMF). Año 1, Nº 4, enero 1921.
Leyes y decretos de Venezuela. Caracas, Edición Academia Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, t. XXIII, 1992.


2.2 Recopilaciones documentales

ALTOLAGUIRRE Y DOVALE, Angel (Comp.), Relaciones geográficas de la Gobernación de Venezuela (1767-1768). Madrid, Imprenta de Huérfanos de Administración Militar, 1909.


3.  Fuentes hemerográficas

3.1 Periódicos


Periódicos del estado Falcón que reposan en la Biblioteca Nacional:
El Anunciador Comercial, Coro, 23 de noviembre de 1888.
El Día, Coro, 23 de enero de 1928.
La Industria, Coro, 22 de julio de 1880.

3.2 Revistas

Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas (BCCC), año XIV, Nº 145, diciembre 1925.
Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas (BCCC), año XIX, Nº 205, diciembre 1930.


4. Fuentes orales

Entrevista a Victoriano Arión (86 años. Último presidente de la Casa Senior en Coro). Coro, 26-12-1998.


FUENTES SECUNDARIAS

1. Libros
CARVALLO, G., y HERNÁNDEZ, J. Temas de la Venezuela Agroexportadora. Caracas, Fondo Editorial Tropykos, 1984.

CODAZZI, Agustín, Resumen de la geografía de Venezuela. 1841. Caracas, Ediciones Ministerio de Educación, 1940, t. III.
CORRÊA, M. Pío, Diccionario das plantas uteis do Brasil e da exoticas cultivadas. Río de Janeiro, edición Ministerio da Agricultura, 1931.
DE LIMA, Blanca, The Coro and La Vela Railroad and Improvement Co. (1897-1938). Coro, edición UNEFM, 1996.
LANDAETA, Manuel, Gran recopilación geográfica, estadística e histórica de Venezuela. Caracas, edición BCV, 1963, tomos I y II.
MAZA, Domingo, Venezuela una economía dependiente. Caracas, Fondo editorial del IUTAJS, 1985.
PÉREZ-ARBELÁEZ, Enrique, Plantas útiles de Colombia. Bogotá, Fondo Colombiano de Investigaciones Científicas, 1978.
PITTIER, Henri, Manual de las plantas usuales de Venezuela y su suplemento. Caracas, Edición Fundación Eugenio Mendoza, 1971.
RANGEL, Domingo Alberto, El proceso del capitalismo contemporáneo en Venezuela. Caracas, Edición UCV, 1968.
------------------------------------ Capital y Desarrollo (La Venezuela Agraria). Caracas, Ediciones FACES-UCV, 1974, t. I.
SCHNEE, Ludwig, Plantas comunes de Venezuela. Caracas, edición UCV, 1984.
VILA, Marco A., Aspectos geográficos del estado Falcón. Caracas, edición CVF, 1961.
--------------------- Aspectos geográficos del estado Lara. Caracas, edición CVF, 1966.
--------------------- Plantas de cultivo y de recolección en la geohistoria venezolana. Caracas, edición UCV, 1981.

2. Artículos
ALAMO, Francisco de Paula, «Información o reseña acerca del dividive en Venezuela» en Boletín del Ministerio de Fomento, año 1, Nº 2, 1920.
ORTIZ, Héctor, «El cultivo del dividivi en Venezuela» Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas, segunda época, año XIV, Nº 134, enero 1925.
RODRÍGUEZ, José Ángel, «De la carpintería del historiador» Tierra Firme. Caracas, año XVI, N° 63, junio-septiembre 1998, pp. 593-606.
SIEVERS, Guillermo, «Coro y Barquisimeto» en Humanidades. Mérida, t. I, N° 2, abril-junio de 1959.

3.  Obras de referencia
ASIMOV, Isaac, Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología. Madrid, Alianza Editorial, 1982.

4. Publicaciones en medios electrónicos
Paulo Müller «Curtidos ao tanino vegetal» en
«Curtientes vegetales» en
cueronet.com/tecnica/curtientes vegetales.htm [5-07-2000].
Greenpeace Argentina, «Futuro sin contaminación tóxica» en
Etherington & Roberts, «Dictionary  vegetable tannins bookbinding and the conservation of books» en
www.palimpsest.stanford.edu/don/dt1039.html [1-07-2000].

miércoles, 6 de octubre de 2010

París en Coro.Ver y Creer: la Casa Senior

Publicado en la revista El Desafío de la Historia. Año 3. Nº 21. 2010. Caracas. “París en Coro. Ver y creer”. Así se anunciaba en 1889 la Casa Senior. Eran los tiempos guzmancistas, tiempos buenos para Coro, sus comerciantes e industriales. ¿Qué era Coro en ese entonces? Una muestra regional del empuje del capital comercial e industrial y de su manifestación en el capital financiero. Comerciantes criollos y sefarditas curazoleños, estos llegados en los años de la República de Colombia, se desenvolvían en un entramado que combinaba la importación-exportación más la producción industrial y un germen de inversiones financieras. La Casa Senior era el nombre distintivo de Isaac A. Senior e hijo, que llegaría a ser la más importante firma comercial del estado Falcón desde el último cuarto del siglo XIX hasta el final de los años veinte del siglo pasado, cuando menos. Tuvo su origen en actividades comerciales iniciadas en los años treinta del siglo XIX por la familia Senior, asentados en Coro tras la creación de la República. Abraham, David, Mordechay y Jeudah Senior figuran en distintos documentos relacionados con operaciones en torno a goletas, esclavos, tierras, ganado, exportaciones de pieles de chivo y café, entre otras. Los eventos xenófobos de 1855 desmembraron al núcleo original de la familia Senior radicado en Coro. Algunos retornaron a Curazao para no volver a residir en Venezuela, aunque conservaran los intereses comerciales. Otros, como Isaac, se decidieron por el retorno, en Coro fundó una próspera empresa y una tradición familiar. Pero, ¿quién fue Isaac Senior? Tradición familiar y prosperidad comercial Descendiente de Abraham y Leah Senior, Isaac Senior nació en Curazao, creció en la actividad comercial y se radicó en Coro desde joven, allí se casó en 1861 con Raquel López Henríquez, y tras años de actuación como Isaac A. Senior creó, en 1884, la firma Isaac Senior e hijo. Sus hijos, Josías y Jacobo, nacieron en Coro y se incorporaron al comercio desde edades jóvenes. A la muerte del padre, la combinación del trabajo de los hermanos hizo posible a la firma coriana llegar hasta donde llegó. Soportados en el prestigio y confiabilidad creados por su padre, y apoyados desde Hamburgo por su tío político Sigismundo Weil, Josías y Jacobo expresaron sus respectivos perfiles claramente definidos en la gestión de la firma: Josías, quien casó en 1891 con Sara Álvarez Correa, tenía un particular espíritu emprendedor; arriesgado y ambicioso era el hombre de las relaciones públicas, el rostro de la empresa, quien hacía crecer las redes comerciales; Jacobo manejaba la administración y mantenía en orden contable al interior de la firma. La sinergia de esta relación aseguró el éxito aún en ausencia del fundador. Por décadas la Casa Senior fue más exportadora que importadora. La pequeña tienda priorizaba la exportación de materias primas como las pieles de chivo saladas, el dividive (Caesalpinia coriaria) y el café en grano; y la introducción de textiles, artículos de quincallería y para el trabajo agrícola, entre otros. El empuje que vivió el comercio coriano bajo el guzmancismo, unido a la capacidad empresarial de los hermanos Senior, hizo avanzar a la firma. Potenciaron su capacidad importadora y elevaron cada vez más los estándares de su mercancía, combinando los productos económicos de alto consumo, como los textiles de segunda, artículos de mercería y ornato y alimentos básicos, con otros de mayor sofisticación, como perfumería francesa, cristalería, embutidos y enlatados finos, licores europeos y otros. De todo ello puede hacerse seguimiento en la correspondencia comercial y los libros de contabilidad. Y es que la firma coriana dio impulso a un emergente capitalismo agroexportador e importador que impulsó nuevas relaciones sociales y económicas, nuevas formas de hacer negocios, permitiéndole en forma progresiva avanzar hacia otro tipo de inversiones. Hacia 1889 la situación de la firma coriana era exitosa y estable. La intensidad del negocio importador hizo crecer en forma dramática las firmas relacionadas con la Casa Senior. Extraemos algunos nombres de lo que es en realidad una extensa lista. En Estados Unidos encontramos a Neuss, Hesslein & Co.; en Inglaterra a Jaffé & Sons.; en Francia a Quesnel & Co. En Alemania el centro estaba en Hamburgo, donde se imponía el tío Sigismundo Weil. En España firmas como Palau & Luria. Mecate para mulas y encaje francés Nunca, hasta el tiempo presente, se vio en la ciudad de Coro el equivalente a una tienda por departamentos igual a lo que, en su momento, fue la Casa Senior. Imaginémonos entrar a ella y ver estantes con telas inglesas, encajes franceses y sombreros alemanes; vitrinas con quesos holandeses, champaña francesa y vinos españoles. En otra esquina machetes, pólvora, cuchillería y mecatería inglesa y estadounidense. Calzado inglés, perfumería de París y bisutería de cualquier parte. Revistas de moda estadounidense y europeas, libros especializados y de cultura general. El rostro de esta tienda permitía ver el espectro social de la región, el crecimiento de su mercado interno y la fortaleza de sus comerciantes. En la misma tienda un dependiente podía estar atendiendo a un arriero que compraba mecate para las mulas, mientras otro despachaba un fino encaje francés a alguna señorita de la ciudad. Un escenario como este, mantenido por no menos de cincuenta años, desmiente la trillada afirmación sobre la debilidad del mercado interno venezolano y el énfasis en los artículos de lujo como soporte del crecimiento comercial. Por el contrario, fue el artículo económico el que hizo posible avanzar hacia el artículo de lujo, y entre ambos se generó una unidad estructural. Comercio, industria y finanzas El éxito comercial hizo posible avanzar hacia la inversión industrial. Consolidada la firma, Josías compró en 1893 el galpón industrial de Manasés Capriles Ricardo, otro exitoso inversor curazoleño. Nació entonces Senior Hermanos, el brazo industrial de la familia, en el cual participó otro de los hermanos, Abraham. El galpón -lo más avanzado para su época en Coro- fabricaba velas, jabones de tocador, aceites comestibles y tabaco, producción que se incorporó al circuito comercial de la firma. Pocos años después se avanzó hacia el sector financiero. En 1896 nació la Sociedad de Economía y Préstamos, primera institución de tipo bancario en el estado Falcón. Los periódicos de la época muestran con detalle nombres de inversionistas y número de acciones adquiridas. Josías Senior fue el primer presidente de esta empresa financiera, que inició con un capital de 8800 bolívares, el cual ascendió a 225.000 para 1889 y se mantuvo sin merma después del bloqueo de 1902 y la revolución libertadora. Paralelamente, adquirió acciones del Banco de Venezuela. La crisis que acompañó el comienzo del siglo XX venezolano, con el bloqueo a los puertos y la revolución libertadora, deprimieron a Coro y Curazao. Con todo, la firma tenía una asombrosa capacidad para reaccionar ante las oscilaciones del mercado. Así, si un artículo de exportación fallaba por las inesperadas reacciones de las bolsas estadounidenses o europeas, por conflictos locales o desastres naturales, otro apuntalaba a la firma mientras la mala racha se superaba. Relevo familiar En esos inestables comienzos de siglo Josías comenzó a madurar su proyecto de radicarse en Europa, para buscar nuevos horizontes y preparar a sus hijos en el comercio. En 1908 partió para vivir en Suiza con su familia. Senior Hermanos fue liquidada y Morry, el menor de los hermanos, quedó como único propietario del galpón. Josías permaneció en Isaac A. Senior e hijo como socio en comandita y Jacobo como único socio responsable. Tras la prematura muerte de Josías en 1918, su viuda e hijos regresaron a Coro, los jóvenes Raimundo y Miguel Ángel Senior se incorporaron a la firma. El tío Jacobo se retiró de la actividad comercial en 1923 y será la tercera generación la que determina el futuro de la firma. La Casa Senior superó con éxito la crisis mundial iniciada con el famoso crack de 1929. En el mismo tono emprendedor de su padre, los hermanos Senior avanzaron hacia Barquisimeto, donde se abrió en 1929 una sucursal, las exportaciones se canalizaban ahora por Puerto Cabello. 1930 marcó el comienzo de una nueva etapa; en forma progresiva la inversión de la Casa Senior migró hacia el centro del país, y los descendientes de Josías y Sara se radicaron definitivamente en Caracas, delegando en terceros la gestión de la firma coriana. Los cambios que llevan al cierre La otrora importante tienda por departamentos se fue descapitalizando en la medida que se consolidó la economía petrolera y los productos tradicionales de exportación desaparecieron. Junto a las pieles de chivo, el café y el dividive se fueron también las importaciones vía el puerto de La Vela de Coro. Aquel mundo de contrastes donde se intercambiaban textiles salidos de las manos de obreras inglesas por pieles desolladas por rudas manos campesinas en el semi desierto falconiano, donde un pequeño caficultor esperaba rogando no lloviera mientras en New York una damisela tomaba una humeante taza de café condimentado con granos corianos…, fue sustituido por el intercambio del excremento del diablo. Falcón fue favorecido con un complejo refinador de petróleo pero, irónicamente, nunca ha vuelto a ver los niveles de crecimiento económico que lograra bajo el patrón agroexportador. Consolidada en el centro del país y reducida a su mínima expresión en Coro, la firma coriana cerró sus operaciones legales en los años ochenta del pasado siglo.