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lunes, 7 de febrero de 2011

Exportaciones corianas: el grano de oro (1875-1935)


Exportaciones corianas: el grano de oro (1875-1935)

Prof. Blanca De Lima
Publicado en Tierra Firme. Revista de Historia y Ciencias Sociales. Caracas, Venezuela. Año 19, Vol. XIX, Nº 74. Pp. 285-300


Caesalpinia coriaria

            El Falcón agroexportador estuvo marcado por la presencia del dividive (Caesalpinia coriaria), árbol de entre tres y diez metros de altura, corazón negro, duro, compacto e incorruptible; tanto que fue usado para hacer ruedas de maquinarias y durmientes de ferrocarril; de albura blanca y gruesa, flores pequeñas blancas o amarillas, muy fragantes y atractivas a las abejas. Pero el encanto que tuvo este árbol, característico de bosques muy secos estaba en su fruto, altamente cotizado en la industria de la curtiembre, consistente en una vaina corta, encurvada o torcida, ligeramente ancha y amarilla que le hizo ganar también el nombre de grano de oro, y en cuyo interior hay semillas que se procesan para su uso en la industria del cuero.

            Los taninos vegetales, abundantes en el fruto del dividive, dieron a este entre los especialistas el nombre de fruto tánico. Los curtientes vegetales fueron y aún son de importancia e interés comercial debido a que al ser absorbidos por las pieles desolladas las transforman en cuero, además de aplicarse en la industria de los tintes, vinícola y otras. Los más cotizados en el lapso que nos ocupa poseían no menos de 30% de taninos, exigiendo los mercados compradores un mínimo de 33% que el fruto venezolano rebasaba con facilidad, alcanzando un 38% e incluso más (Ortiz, H., 1925: 2705).

            Los taninos vegetales han acompañado a la humanidad en su largo camino de vestirse, calzarse y elaborar múltiples objetos. Hasta el siglo XVIII el conocimiento sobre esta materia se transmitió por oralidad. Francia inició el manejo científico del tema cuando Colbert, ministro de Luis XIV, encargó a Des Billetes en 1708 la obra Curtiduría y preparación de los cueros. En el siglo XIX, gracias a los avances en la investigación química aplicada a la industria, surgieron otros curtidos: al aluminio, al cromo y el de sales de hierro, y se registraron una serie de patentes. También comenzó la investigación sobre taninos sintéticos, siendo descubiertos los primeros en el año 1871, aunque no se mostró entonces mayor interés por ellos. Con el tiempo, el curtido al cromo marcó el fin de la hegemonía de los curtientes vegetales; pero a su vez vino a representar una de las más peligrosas fuentes de contaminación ambiental heredada de la revolución industrial, cuya producción de metales pesados aumentó la presencia de éstos en los ecosistemas, siendo que no pueden destruirse y se acumulan en plantas y animales.

El dividive venezolano crece de forma espontánea en el plano costero, desde el Zulia hasta la isla de Margarita. El dividive falconiano provenía de la península de Paraguaná y en menor medida de otros puntos del plano costero árido, como Urumaco y Zazárida hacia el occidente; y La Vela, Cumarebo y Sabanas Altas hacia el poniente. Competía en los mercados extranjeros con otros provenientes de puntos como Río Hacha y Cartagena (Colombia), México y Curazao. Las propiedades del dividive lo hacían preferido por sobre otros curtientes vegetales: «Ningún otro astringente se acerca siquiera a este tan poderoso. La encina róbur y mangle son muy débiles comparados con él y no dan a las pieles ni el color ni la suavidad ni el peso que el dividive» (Apuntes Barquisimeto, 1876: 316).

 La demanda internacional de esta materia prima durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, se relacionó con la expansión de los mercados internos de los países industrializados y el incremento y diversificación de sus niveles de consumo. Falcón aportó, en ese momento, tanto pieles de chivo como el dividive.       

Rastreando al dividive en las fuentes escritas

            Los registros sobre el dividive datan de comienzos de la época colonial, siempre relacionados con el noroccidente del país. Ya en 1579, la Relación geográfica del Tocuyo daba cuenta de la fabricación local de cordobanes y suelas, que eran comerciados incluso con mercaderes procedentes de Cartagena (Altolaguirre y Dovale, 1909: 151). La Relación de Coro y su jurisdicción, escrita en 1768 por Pedro Felipe de Llamas a solicitud del gobernador y capitán general José Solano, menciona a este producto como de uso local y también alude a un comercio de dividive: «El dividive que en la tierra únicamente se aprovecha para las curtiembres de los cueros para suela, y cordovanes, de cuya especie produce mucha el terreno caliente, y en la mayor parte se pierde, hasta ahora que los pobres se han aplicado a recogerlo, por los terrenos y montes inmediatos, para comerciarlo con los mercaderes del puerto de la Guayra, para donde han cargado porción de esta especie» (Altolaguirre y Dovale, 1909: 207). Ese mismo 1768, la Relación de Carora elaborada por José Vicente de Tarbe dejaba constancia del uso que hacían los talabarteros y zapateros caroreños del dividive «para adobar los cordobanes» (Altolaguirre y Dovale, 1909: 173). 

Si bien Venezuela no tuvo una importante industria de curtiembre -su explotación fue más bien artesanal- para comienzos del siglo XIX el valle de Carora mantenía la actividad del aderezo de pieles usando el fruto del dividive como elemento base, aunque con deficiencias,  siendo el soporte de un comercio importante que incluía la exportación: «Los cueros y pieles que aderezan en Carora sirven, la mayor parte de ellas, para hacer botas, zapatos, sillas, frenos, etc., para vender en la misma ciudad. El restante del consumo local se extiende por la provincia, o va a Maracaibo, Cartagena y a la isla de Cuba» (Leandro Miranda en Vila, M., 1966: 223).

En la Venezuela independiente el dividive se hizo de un nicho como producto de exportación, superando su carácter de materia prima de uso local. En orden secuencial, Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos fueron los principales mercados para el producto, que se negoció a través de los puertos de Liverpool, El Havre, Hamburgo, New York y New Orleans. Los años setenta del siglo XIX marcaron el inicio del comercio exterior para el grano de oro. Vila registra en el año fiscal 1876-1877 un egreso de 96 Tm., cifra que ascendió vertiginosamente en años posteriores, promediando anualmente 7639 Tm. De igual forma, Vila registra los mejores momentos de exportación en los periodos 1908-1909, 1912-1913 y 1919-1920. Disentimos sólo en lo que respecta al lapso 1912-1913, apoyándonos en cifras del Boletín del Ministerio de Fomento de enero de 1921, que indican una brusca baja del año once al año doce, baja que se mantuvo hasta el fin de la primera guerra mundial. Se registró entonces el pico de 1919 y desde allí tendió a bajar. Se le ubica por última vez en el año fiscal 1936-1937 con escasas 452 Tm. Para finales de los años treinta ya no representaba un renglón generador de divisas (Vila, M., 1981: 32 y 388; Álamo, F., 1920: 58; BMF, 1921: 157-159).

Junto al café, el dividive representó la diada agrícola de exportación falconiana, que además marcó la actividad económica paraguanera. Maracaibo también fue improntada por este fruto, y ambas regiones participaron en el mercado internacional, como se verá más adelante. Carora no corrió con la misma suerte, no logró convertir al fruto tánico en producto de exportación debido a su lejanía de los puertos, por lo tanto, quedó restringido al uso para la industria local (Apuntes Barquisimeto, 1876: 316).

Pese a que Vila fecha el inicio de exportaciones en 1876, con certeza hubo movimientos en Falcón y Zulia antes de 1875, ya que los Apuntes Estadísticos de Falcón de ese año registran al entonces departamento Falcón como único productor de dividive en el estado: «de que se hace gran comercio», y reseña el comercio de exportación en el lapso 1873-1874, incluyendo al dividive enviado a Curazao con 264 597 kilos. Por su parte, Francisco de Paula Álamo aporta cifras de exportación desde Maracaibo que incluyen el año 1874 (Apuntes Falcón, 1875: 83 y 157; Álamo, F., 1920: 58). Cuando menos desde 1880, la prensa local coriana lo incluía entre los productos de exportación, mencionando también el fruto marabino. Para 1890 la naviera D Roja lo incluía en los productos de exportación de su ruta La Vela de Coro-New York, acompañado del café, cacao, pieles, maderas, aloes y otros; y Manuel Landaeta lo enlistaba junto al guayabo silvestre, el yapo, el cují, el mangle blanco y el curtidor como plantas aplicables a curtimientos (1).  

El producto y su explotación

       Escribió Pedro J. Sierraalta, comerciante paraguanero, intermediario en operaciones con dividive entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, que no había gobierno que organizara la recolección del fruto. Veamos por qué. Había dos formas de manejar la producción del dividive. Una era la recolección en sementeras cercadas; por este sistema se obtenía un producto de clase superior: «grano grande, grueso y lindo color» (2). Siempre era mejor el producto de las sementeras, probablemente en esos casos se cuidaba que los chivos no se comieran el fruto, que se recogiera en buen tiempo y se le diera algún tipo de cuidado a las plantas, como mencionó Pittier cuando escribió: «en muchos lugares se protegen y se cuidan hasta cierto punto los pies que nacen espontáneamente» (Pittier, H., 1971: 236). El otro sistema era la recolección de dividive silvestre, que arrojaba un producto de menor calidad, pero que prevaleció en la región coriana.

Al recolectar, los  interesados tenían como costumbre general mezclar todo tipo de fruto, sin separar calidades: «... se recoge todo y al decir todo allí entra el grano malo o negro y la broza de los bosques, que recolectadores poco escrupulosos introducen como si fuese dividive de buena calidad para su mayor peso, trayendo como consecuencia lógica la disminución en el precio y descalificación en los mercados de Europa y Estados Unidos» (Pittier, H., 1971: 236). Esto quizás tenga su explicación en la escasez de clases superiores, que iban asociadas a algún tipo de cuidado en los dividivales y al momento más alto de la cosecha. Y de la misma manera que se mezclaba el dividive fino con el ordinario, igual se hacía con el dividive de última cosecha y el almacenado, cuya calidad había demeritado, mermado su peso y presentación. Esto se hacía para disminuir pérdidas, pues el producto almacenado perdía precio y era poco cotizado en el mercado: «los Salima compran [dividive] bueno y lo ligan con el malo a razón de una tercera parte y de por mitad el regular» (3). A nivel nacional, una vez recolectado el fruto se consignaba en casas comerciales que lo exportaban o vendían a curtidores nacionales, siendo los principales mercados de consignación, en orden oeste-este: Maracaibo, La Vela, Puerto Cabello, La Guaira, Guanta, Carúpano y Porlamar (Álamo, F., 1920: 58). En Falcón el producto era vendido, según el lugar de extracción,  bien puesto a bordo o en tierra en los puertos de Adícora, Los Taques, Zazárida, La Vela o Cumarebo (4).

            El ensacamiento y embarque del dividive exigía una serie de cuidados. Las mezclas de dividive tenían proporciones estimadas que jugaban a  alcanzar la mejor calidad de la muestra aun no siendo 100% fino, por ello, la pre-clasificación al comprar el intermediario debía ser muy precisa, apartándose el dividive sucio del limpio, el viejo del nuevo, el ordinario del fino, a los efectos de combinar adecuadamente los distintos productos y lograr una homogeneización aceptable al mercado y que dejara la mayor ganancia.

       Al respecto de la cosecha, la información primaria señala que en Paraguaná se cosechaba este grano en forma permanente, aunque cada sitio tenía su propia época de recolección: «... la cosecha aquí es todo el año, dándose en una época aquí [Pueblo Nuevo], otra en Santa Ana y Moruy y otra en Jadacaquiva y Los Taques,...» (5). La primera recolección del año se asociaba a la floración de los dividivales, que ocurría hacia marzo, cuando el negociante esperaba lluvias que permitieran una buena producción.  Si la cantidad de agua excedía levemente lo requerido la producción se afectaba, también si no caía el agua exacta que los árboles necesitaban y en el tiempo preciso de la floración. Bajo tales circunstancias comerciales y naturales, prácticamente se carecía de controles que garantizaran la calidad del producto.

Pero más grave aún fueron los estilos agresivos que llegaron a emplearse para recolectar, y que solían verse en momentos de alta demanda, como ocurrió en el año 1905. Entonces los dividivales eran sometidos a un verdadero saqueo que muy probablemente haya incidido en su disminución, y que consistió en recoger el fruto verde y apaleando el árbol, sin esperar a que cayera (6). La atrasada –y por momentos agresiva- forma de recoger el fruto fue uno de los soportes de clasificación en los mercados internacionales. Así, por su calidad hubo dividive fino, bueno, bueno regular, regular y ordinario. Otras clasificaciones hablaban de dividive ensacado y dividive sano, mojoso y averiado (7). El dividive coriano se desplegaba en las diferentes calidades. Pero es preciso acotar que dada la constante adquisición del producto paraguanero por exportadores de otros puntos del país y de las Antillas holandesas, es seguro que no puede hablarse hoy –como sí se hizo entonces- de dividive coriano, curazoleño o de Maracaibo, pues en realidad los lotes, dependiendo de las circunstancias, pueden haber sido en su totalidad de esos puntos, una mezcla de frutos antillanos y de tierra firme o el producto coriano presentado como curazoleño o marabino (8). 
Del vendedor al agente consignatario

El sistema de adquisición del fruto tánico tenía cuatro personajes: el vendedor, el intermediario, el exportador y el agente consignatario en el puerto extranjero. El vendedor, personaje oculto a los documentos, solía ser dueño de un comercial al detal. Organizaba la recolección del fruto en los montes. Ensacado el producto, era traslado a lomo de bestias a algún punto de concentración para su posterior negociación con el intermediario o su venta directa a la casa comercial.  Este «productor» no tenía mayor compenetración con el rubro que explotaba. Quizás su carácter de recolección, lo imprevisible de las cosechas, la ausencia de propiedad y la inexistencia de una relación de trabajo constante en torno al fruto, se configuraron para hacer de este un negocio de ocasión, con muy baja inversión.

El intermediario era el agente local de alguna firma interesada en el producto. Era el hombre de confianza, un experto en la materia, conocedor de la zona y de los recolectores, con buenas relaciones y capacidad administrativa que le permitía llevar aspectos contables. Se ubicaba en puntos estratégicos de las zonas productoras, trabajando por comisión por compra y embarque, y además tenía otras prebendas, como el que su dividive –porque el rol de intermediario y vendedor se sumaban- le fuera comprado al más alto precio pagado en el momento, y el recibir crédito comercial de la firma.

El exportador que convergía en la zona del dividive falconiano provenía no sólo de Falcón, sino también de Puerto Cabello y Caracas, e incluso Curazao y Aruba. Los comerciantes sefarditas de Curazao mostraron particular interés por el dividive, entre ellos las firmas Moses Maduro, Maduro Jr. & Co., Chumaceiro & Co., Edwards, Henríquez & Co. y Próspero Baiz & Co. (9). A la huella curazoleña deben sumarse los comerciantes nacionales, casas de importancia de Maracaibo, Puerto Cabello y Caracas interesadas en el grano de oro, bien para exportarlo o para la industria local, como Kolster & Co., R. & O. Kolster & Co., Duchari, Federico Groos (Puerto Cabello) y Boccardo & Co. (Caracas). Pero la presencia de estas firmas nacionales nunca tuvo el peso ni la asiduidad que los curazoleños, más bien se reflejó por épocas, dependiendo de la demanda internacional del producto. Finalmente estuvo el exportador local, entre los que se incluyen a Isaac A. Senior e hijo, Salomón López Fonseca, Henríquez & Co., Quiterio Henríquez y  la firma Caribbean Trading Corp., con sede en La Vela de Coro, en la cual tuvo intereses el general León Jurado, su asociado estadounidense Harold G. Foss y Víctor Lovera (10).  

Finalmente está la figura del agente comisionista. Estas firmas se presentaban y ofrecían sus servicios por correspondencia, especificando sus cualidades y reforzando su imagen con datos adicionales como la antigüedad de la casa y las firmas para las cuales trabajaba o había trabajado. En el caso de Isaac A. Senior e hijo se ha detectado recepción de correspondencia enviada por Roberts, Evans & Woodhead (Liverpool, Ing., 1899), A. Wm. Laue, Magdeburg u. Hamburg (Hamburgo, 1908), Selma Mercantile Corporation (New York, 1921), Marais & Cie. (Martinica, 1924) y N. V. Handelmaatschappy «Quebracho» (Holanda, 1925) (11).



 El negocio del dividive y la Casa Senior

Por las fuentes primarias sabemos que distintos comerciantes corianos exportaban dividive hacia finales del siglo XIX, entre ellos Salomón López-Fonseca, Herman Leiva y la firma Guillermo Cook e hijos. Este inciso detalla las operaciones que en torno a este producto realizara Isaac A. Senior e hijo, seguimiento que ha sido posible gracias a la documentación que reposa en el Fondo Senior-Archivo Histórico de Coro (UNEFM)  (12).

El negocio del dividive fue tardío y complementario para la Casa Senior, aunque no por ello menos importante en los lapsos en que se estimuló. El interés de los Senior por este artículo se detecta en la última década del siglo XIX, a través de ofrecimientos del fruto por comerciantes paraguaneros. Es factible inferir que el uso inicial se canalizó hacia la industria de suelas que la firma Senior Hermanos tenía en Coro.

Su agente en Hamburgo, Sigismundo Weil, siempre pendiente de los buenos negocios, le estimulaba a exportar el fruto, animándolo a enviar consignaciones cuando los precios eran favorables. En el transcurso del año 1900 Sigismundo Weil envió correspondencia, indicando que el mercado hamburgués para el grano de oro presentaba oscilaciones. Fuertes arribos del producto y la quiebra de uno de los más importantes compradores lo habían aflojado. Había una fuerte competencia en los diferentes puntos de Venezuela que comerciaban el fruto y, pese a todo, el balance no debe haber sido desfavorable, ya que le sugirió a Senior enviar consignaciones y «extender más este ramo de negocios» (13).
                 Hasta ese año, el interés de la Casa Senior por el  dividive se había centrado en sus necesidades de materia prima y en facilitar negociaciones que con este fruto hacía la firma curazoleña Maduro Jr. & Co. Pero al año siguiente, quizás abriéndose nuevas opciones comerciales, Senior inició exportaciones del fruto tánico. El inductor de este proceso fue el ya mencionado Pedro J. Sierraalta. Al comenzar 1900 avisó a la casa coriana que tenía dividive comprado y puesto en Adícora. Se ofreció además como intermediario cobrando comisión de compra y embarque. Para tornar atractiva su oferta agregó que podía conseguir grandes lotes e informó sobre precios y competencia. Pedía precios para negociar. La respuesta de Senior fue un acto de confesión: «Nosotros no conocemos el negocio de dividive y no tenemos una idea del precio que se pueda pagar. Único medio para entrar en la especulación es pagar el precio que otro paga. Sin hacer la competencia aumentando. Así pues compraríamos uno o dos cargamentos al precio corriente allá puesto a bordo en Adícora y Ud. Nos dirá cuál sería la comisión que Ud. Cobra por tonelada. Caso convenga el negocio y la calidad sea buena, según el resultado podríamos entrar en compra de alguna consideración» (14).

Senior tardó casi un año en reaccionar a las propuestas de Sierraalta, quien durante cada cosecha enviaba cartas desgranando sus conocimientos sobre la materia y ofreciendo dividive que tenía en diversos puntos: Pueblo Nuevo, Adícora y Sabanas Altas (15). Es factible pensar que con la cosecha de marzo de 1901 se haya efectuado algún envío exitoso, pues en mayo  de ese año Senior escribió a Sierraalta: «Como nuestro deseo era hacer un embarque para experimentar prácticamente el resultado y habiéndolo ya conseguido, esperamos recibir correspondiente cuenta venta para seguir en la compra» (16).

Tras el desastroso año 1902 Senior avanzó sobre las exportaciones del grano de oro, haciendo negocios a cuenta mitad con la firma curazoleña Maduro Jr. & Co., con quien a lo largo de 1903 efectuó remisiones a Sigismundo Weil, en Hamburgo, y a New York, dependiendo de qué mercado reaccionaba mejor (17). El intermediario fue Pedro J. Sierraalta, que en su abultada correspondencia seguía muy de cerca los devenires del negocio.

            Para 1904 las miras fueron más ambiciosas. Las operaciones con Maduro Jr. & Co. desaparecieron. Sierraalta y Senior se propusieron crear una extensa red comercial en Paraguaná sobre la base de dos movimientos: la adquisición de una goleta para hacer los envíos a Curazao y el control de Los Taques y Adícora, puntos clave para la captación del grano de oro. No tardarían en avanzar hacia Maracaibo. Con esta división peninsular sobre la base de los principales puertos occidental y oriental, Senior facilitó a sus intermediarios la cobertura de los centros productores del grano de oro y agilizó el traslado del fruto tánico hacia el mar. La península prácticamente quedó dividida en dos grandes áreas: una que enlazó con Los Taques y otra con Adícora.

Para controlar la península, Sierraalta captó a individuos  de confianza, experimentados en la materia, que desde Los Taques y Adícora se dedicaron a acumular la mayor cantidad del grano de oro. Se alquiló una casa en Adícora. Sierraalta, optimista, escribió: «se procuran las relaciones que ya con los buques como con los tenedores de dividive y cueros necesita el negocio, y vendrá la bonanza cogiéndonos ya organizados» (18). Las operaciones del año 1904 tuvieron como enlace europeo a Weil y como agente en Curazao a Edwards, Henríquez & Co., representante de la naviera Hamburg American, a través de los cuales el fruto era enviado a Hamburgo. Para una segura acumulación del grano se suscribían contratos con los vendedores peninsulares, por los cuales se obligaban a entregar determinada cantidad de toneladas en tiempos precisos y puertos especificados, comprometiéndose todas las partes a apoyar las negociaciones por la buena marcha y prosperidad del negocio (19).

1905 fue un año particularmente duro. En su plan de inversión y expansión sobre el dividive los asociados Senior-Sierraalta entraron en negocios con la firma marabina Pinedo & Co., con la que más pronto que tarde hubo problemas por la clasificación y aceptación del fruto y la consignación de los buques. El meollo del asunto estribó en que Pinedo & Co., al enterarse de cambios de precios a la baja en el mercado europeo, se recargaba sobre los envíos procedentes de Coro, a los que castigaba el precio o simplemente no los quería recibir, aun habiendo previo acuerdo (20).

            Pero más dañinas para Senior fueron las prácticas de Próspero Baiz y algunos comerciantes paraguaneros, quienes intercambiaban el fruto, incluso el de menor calidad, por mercancía de contrabando, recibiendo además mejor paga que la ofrecida por la firma coriana. La mercancía contrabandeada y «lavada» por el dividive era vendida en la península a precios más bajos que los del mayor en Coro: «... estos señores [Próspero Baiz, Nicolás Soto y la firma Salima Hermanos] ganan más en su dividive que nosotros, por las circunstancias del cambio por mercancía, que introducen clandestinamente; y sobre las cuales obtienen siempre una utilidad de 20 a 25% líquida, pudiendo vender a precios más ventajosos que los que especulamos legalmente» (21). A lo anterior se sumó la baja del dividive en Hamburgo. Para finalizar, se decretó el cierre de los puertos venezolanos a las embarcaciones de las Antillas holandesas, lo cual obligó a triangular los trasbordos La Vela-Puerto Cabello-Curazao. Sin embargo,  Sierraalta y la Casa Senior siguieron operando alrededor del dividive en los años siguientes.

El accionar agresivo de Baiz y las mejores ofertas de otros compradores presionaron a Senior. La competencia prosiguió en 1906, llegando de los diversos puntos comprometidos en operaciones con el fruto tánico respuestas negativas, excusándose por no poder vender a precios tan bajos como los ofertados por Senior, bien porque pagaban más en la misma Paraguaná o en el occidente del estado, donde la influencia marabina se hacía sentir ofreciendo pagos más altos por el producto puesto en Maracaibo, mientras Senior lo exigía puesto en Curazao pagando menos (22). Y por si no bastara, el verano se anunció con fuerza, afectando la cosecha del dividive. Las cosechas de primavera y verano mermaron, por fortuna llovió para octubre y la de invierno logró salvarse, aunque con fuertes pérdidas causadas por las aguas, que unidas a la fuerte presión de los compradores estimuló el alza de los precios (23).

Para 1907 Paraguaná tuvo excelentes cosechas de dividive. Fue el comienzo de una espiral ascendente para esta materia prima, que duró hasta 1911 y que se reflejó en las cifras de exportación. Senior se continuó moviendo en la península a través de Pedro J. Sierraalta, y en La Vela a través de la agencia comisionista Senior & Brigé. Mantenía su política de preferir las calidades finas y rechazar las malas. Aproximándose la cosecha de otoño, Sierraalta lo estimuló a recordar a sus relacionados las promesas hechas sobre negocios con el grano, que Senior respondió con una carta dirigida a sus clientes (24). La competencia, como siempre, se centraba en quién pagaba los mejores precios; Sierraalta y otros relacionados le informaban a Senior en detalle lo que ofrecía cada competidor, para que sobre esa referencia la firma coriana bajara instrucciones.

1908 inició con buen pie, al lograr la Casa Senior firmar un contrato con Salima Hermanos, que para entonces se había convertido en un negociador de importancia con el grano de oro. Posteriormente firmaría otro con Sierraalta Hermanos. Dichos contratos tenían cláusulas coercitivas, que obligaban al vendedor a recibir el pago en mercancías o cancelar adeudos (25). Psicológicamente, el efecto de la firma de estos contratos debe haber sido benéfico para la casa coriana, pues muchos pequeños vendedores se orientaban a entregar su producto siguiendo la pauta marcada por los más grandes, como estas firmas paraguaneras. Al saberse que Senior les había comprado, los más pequeños deben haberse animado a seguir los pasos de los más experimentados en la materia.

 Pese a un descenso de precios en el inicio de 1908, la situación global debe haber sido favorable, pues ese año y por única vez se registró la venida de veleros europeos para recoger el fruto. Entre mayo y diciembre llegaron cuando menos los veleros daneses Mardor y H. C. Christensen, la barca francesa Saint Laurent y el velero sueco Dag, los cuales fondearon en La Vela, recibieron orden de despacho para alguno de los puertos peninsulares –Adícora y/o Los Taques- donde botaron el lastre y cargaron el dividive, retornando a La Vela para salir hacia Hamburgo. Dado que los puertos peninsulares no estaban habilitados, Senior obtuvo un permiso especial que permitió a estos veleros tomar los cargamentos. Tras estas operaciones de envergadura estuvo Sigismundo Weil, quien recibió las cargas y tramitó los contratos con las agencias navieras (26).

            La bonanza continuó, alcanzándose el record nacional de 9.907.091 kilos en 1911, cifra que ni la efervescencia de 1919 logró superar (27). Los años doce y trece fue para la región coriana de severos problemas climatológicos, veranos prolongados que se sumaron a un mercado europeo inestable. Los reportes de Weil en marzo de 1913 indicaban una paralización en los negocios de artículos curtientes y el arribo de cuando menos ocho cargamentos de Maracaibo y dos de Paraguaná.  A esto se agregó la retracción de los tres más importantes compradores de dividive en Hamburgo, que Weil explicó como una maniobra para abatir los precios (28). Pero la puntilla fue la primera guerra mundial, que depreció por completo el artículo y bloqueó los mercados, disminuyendo la exportación en un 40%: «Cosechas enteras se perdieron porque los gastos eran muy superiores al valor de la especie. El desaliento general cundió y el labriego buscó una nueva fuente de producción y la buscó en el algodón y productos mineros» (Ortiz, H., 1925: 2075; Álamo, F., 1920: 58). Entre 1914 y 1915 las exportaciones continuaron su descenso incluso por debajo de la crítica cifra del año doce, y la situación se mantuvo inestable hasta el final de la guerra.

Pese a las consecuencias de la guerra, Venezuela siguió exportando y a partir de 1918 se dio una recuperación de las cifras, que se vieron impactadas favorablemente  por el final de la conflagración mundial. Para 1918, desde el puerto de La Vela de Coro salieron hacia Curazao 2.073.187 kilos del grano de oro, y hacia los Estados Unidos  un total de 600.000 kilos, lo que representó más del 30% de la producción nacional (BMF, 1920: 59). Sin embargo, la corta y profunda crisis de 1921-1922 minó el mercado, que se reportó en Europa y Estados Unidos débil y flojo, con precios a la baja. Los pequeños comerciantes resintieron rápidamente, tanto la crisis del mercado como el prolongado verano que coincidió con ella (29).

            A medida que avanzaron los años veinte fue disminuyendo la importancia de esa rudimentaria explotación agrícola, patentándose en la gradual indiferencia de los comerciantes hacia el producto y surgiendo otros en el horizonte paraguanero, como lo fue el caso del ajonjolí, que comenzó a acompañar al dividive en los depósitos, y del algodón. La memoria oral evoca: «De Paraguaná lo que venía era dividive y ajonjolí. Se traía por tierra, era una carreterita mala, que los camiones se enterraban en los médanos (...) El dividive salía de varias partes. Chucho Reyes y Zoilo García, de El Hato, mandaban dividive (...) Se enviaba para Maracaibo a Gustavo Zingg., que lo usaba para curtir cueros y luego mandaba la suela. Con dividive componía los cueros. El fuerte de los Zingg eran los cueros» (30). El petróleo también socavó los cimientos: «Los trabajos petrolíferos en donde la obra de mano se está pagando a precios altos, también ha sido una de las principales causas de la poca recolección del dividivi. Los potreros para pastos, los caminos y la desidia han hecho causa común para que la producción del grano de oro se haya reducido notablemente...» (Ortiz, H., 1925: 2075). Con todo, aún Senior recibía propuestas para negociar con productos curtientes. En 1924 se aproximaron franceses de la isla Martinica, interesados en el producto y en el palo de campeche. En 1925 la holandesa N. V. Handelmaatschappÿ «Quebracho» se interesó por el dividive venezolano. Por su parte, los compradores se tornaron más exigentes, exigiendo garantía de que el porcentaje de tanino del producto no fuera menos de 38%. Esto fue el resultado de la aparición en escena de otros taninos, más económicos (31). Ese mismo año la región coriana fue afectada por un riguroso verano, particularmente Paraguaná, por lo cual se afectó el ganado y el dividive mermó; comenzando noviembre aún no se había sembrado en la península (32).

          Todo desplazaba no sólo al dividive, sino a los curtientes vegetales, del sitial que por siglos habían detentado en la industria del cuero. Los avances de la investigación química sobre el curtido al cromo dieron como resultado un procedimiento sencillo y, sobre todo, acelerado para curtir las pieles. De las semanas y meses se pasó a los días. Imaginemos lo que esto representó en la reproducción del ciclo del capital y extraigamos las lógicas consecuencias. Tras el cromo llegaron el aluminio y el circonio, cuyo uso dio por resultados los cueros blancos. También se aceleró el estudio de los taninos sintéticos. A estos avances se agregó la aplicación de la energía eléctrica en la industria del cuero, lo que aceleró la mecanización, mejoró el rendimiento laboral y coadyuvó a disminuir el tiempo de adobo de las pieles. El biodegradable tanino no logró seguir el desesperado ritmo que impuso el vigoroso siglo XX. Tampoco lo lograron otros productos vegetales y animales relacionados con la industria del cuero, como el campeche y la cochinilla, que fueron desplazados por los colorantes sintéticos.

Era el final, pero Próspero Baiz no cejaba. En 1926 I. A. Senior e hijo se hizo con la representación de la  Hamburg American en Coro y La Vela de Coro. El primer vapor que llegó fue fletado por Baiz para cargar un lote de dividive de Adícora para Hamburgo. Para este vapor se consiguió un permiso especial, que le permitió cargar en Adícora sin retornar a La Vela, prosiguiendo con no menos de 200 Ton. del fruto tánico hacia Puerto Barrios (Guatemala) y puntos intermedios, retornando a Curazao para recoger otras 175 Ton. del producto y zarpar hacia Hamburgo, su último destino (33).
             
            La crisis mundial que se estrenó con el crack de 1929 en los Estados Unidos vino a empeorar para 1930 las condiciones para el fruto y en general para todos los productos exportables, que perdieron precio en el mercado. Los comerciantes se limitaban a vender en condiciones seguras y a recoger sus acreencias. No era para menos, la capacidad de consumo había disminuido en los países afectados y los mercados estaban saturados de reservas, producto de una industria que había recobrado su capacidad productiva. El Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas informó al finalizar 1930: «Continúa el mismo estado de depresión que venimos diciendo en estos artículos desde hace muchos meses: no puede esperarse que nuestro movimiento comercial se active en medio de una crisis agrícola, industrial y consiguientemente mercantil en todo el mundo» (34). El informe sobre Coro, fechado 19 de noviembre, describió la completa paralización del mercado regional y el comercio al detal, una situación calificada de «alarmante». Un largo verano azotaba a todos los pueblos, había desempleo y baja del consumo, escaso circulante y carestía de artículos de primera necesidad: «La situación proveniente de este mal estado actual es incalculable, pues hay muchos brazos desocupados y, por la sequía reinante, se completa la falta de trabajo en los campos». El fruto tánico se sumó a este cuadro crítico: «Igualmente el dividive que se exportaba en grandes cantidades y era muy solicitado ha sufrido desde hace poco tiempo una depreciación considerable» (35).

El negocio del dividive persistió hasta cuando menos el fin de operaciones del Ferrocarril La Vela-Coro, en 1938. Todas las tablas de fletes de esta empresa que han sido ubicadas (1897, 1905, 1909, 1930) lo incluyen como producto de exportación. También figura en las tarifas de la aduana de Amuay para productos exportables, en 1928 (36). El dividive vivió el declive y muerte de la economía agroexportadora. Muchos productos aparecieron y desaparecieron en las listas de exportados, el dividive permaneció firme. Su seguimiento permite ver los cambios que se fueron operando en el patrón exportador-importador del estado Falcón y su región de influencia. Lamentablemente, los dividivales tendieron a desaparecer estimulando la desertificación de la península; quizás haya habido una suma de factores, entre los que habría que considerar la comentada sobreexplotación de los árboles, la presencia de ganado cabrío –importante porque se come parte de la cosecha- y alteraciones ecosistémicas.

Hoy, contradictoriamente, la industria petrolera –que emplea taninos sintéticos e importados, de costos elevados y que pierden en poco tiempo su potencial químico- posa su mirada en el dividive y algunas de sus propiedades. De hecho, se usa para dar consistencia a los lodos resultantes de perforaciones petroleras en terrenos de cohesión mínima. Por otra parte, las normativas internacionales exigen a la industria de la curtiembre producir con limpieza, lo cual obliga a tomar medidas para procesar las toneladas de cromos que van a parar ríos, lagos y mares; avanzando la investigación sobre tecnologías de tratamiento de residuos originados en el procesamiento de las pieles, buscando reducir la concentración de cromo en los desagües de las fábricas de cuero y mirando hacia los taninos vegetales. Quizás este sea el comienzo de una nueva época y de un manejo racional de este recurso. Quizás el grano de oro tenga otra oportunidad.

NOTAS
1 La Industria. Coro, 22 de julio de 1880, p. 1; 4 de julio de 1884, p. 3; 5 de septiembre de 1885, p. 1; El Anunciador Comercial. Coro, 23 de noviembre de 1888, p. 1; 15 de marzo de 1889, p. 1; AHC-UNEFM, FS, caja 103, doc. 173; Manuel Landaeta, Ob. cit., t. I, p. 69.
2 “Carta de Pedro Sierraalta sobre el manejo del dividive [14-02-1901]”, AHC-UNEFM, FS, caja N° 38.
3 «Informe sobre negocios con dividive [17-10-1907]», AHC-UNEFM, FS, caja 93.
4 «Carta de Pedro Sierraalta a I. A. Senior e hijo sobre el manejo del dividive [14-02-1901]», AHC-UNEFM, FS, caja N° 38; caja 187, doc. 369.
5 «Informe de Pedro Sierraalta sobre el dividive. [25-03-1904]», AHC-UNEFM, FS, caja N° 44.
6 «Informe de Pedro Sierraalta sobre el dividive. [15-05-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja N° 68.
7 AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1899-1901), docs. 166, 178, 190, 200, 224 y 313; «Weil envía a Senior cuenta venta de dividive [15-11-1908], [1-04-1909]», AHC-UNEFM, FS, caja 110.
8 AHC-UNEFM, FS, caja 6, Doc. 110.  Es poco factible concluir en una alta producción de exportación exclusivamente curazoleña, debido a la superficie de la isla, más viable es pensar en una mezcla de granos.
9 AHC-UNEFM, FS, cajas 6, 44, 74, 93, 157, 187, 247.
10 «Sobre negociación con dividive de Caribbean Trading Corp. [14-10-1925]», AHC-UNEFM, FS, caja 228.
11 AHC-UNEFM, FS, caja 32, Doc. 170; «Se interesan por comprar dividive [24-02-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja 92; «Se interesan por comprar dividive [25-11-1921]», AHC-UNEFM, FS, caja 189; «Se interesan por comprar dividive [21-12-1924]», AHC-UNEFM, FS, caja 249; «Se interesan por comprar dividive [16-10-1925]». AHC-UNEFM, FS, caja 129.
12 La correspondencia del Fondo Senior y los periódicos locales permiten ver con claridad a los involucrados en el negocio del dividive en distintos años.
13 AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1899-1901), Doc. 298.
14 «Pedro Sierraalta ofrece dividive a Senior [21-05-1900]», AHC-UNEFM, FS, caja 38.
15 La caja 38 del Fondo Senior contiene la correspondencia de Sierraalta entre 1900-1901.
16 «Pedro Sierraalta ofrece dividive a Senior [24-05-1901]», AHC-UNEFM, FS, caja 38.
17 Estas operaciones fueron notificadas desde Hamburgo por Sigismundo Weil. La documentación reposa en la caja 110 del Fondo Senior, que contiene operaciones de dividive enviado a Europa durante la primera década del siglo XX; AHC-UNEFM, FS, caja 54, Docs. 156 y 158. Curiosamente, el dividive no fue incluido en el decreto de 5 de enero de 1901, que sí pechó al café y las pieles mediante el llamado impuesto de guerra. Leyes y decretos de Venezuela, t. XXIII, p. 4.
18 «Pedro Sierraalta informa sobre negocios con dividive [22-03-1904]», AHC-UNEFM, FS, caja 44.
19 La caja del Fondo Senior sin número (1905-1912) contiene varios de estos contratos.
20 «Víctor Medina informa sobre dividive rechazado por Pinedo & Co. [1-08-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja 74;  «Informe sobre negocios con dividive [18-09-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja 84.
21 Esta es una de las rarísimas alusiones a contrabando que se ubican en el Fondo Senior. «Pedro Sierraalta informa sobre negocios con dividive [10-08-1905]», AHC-UNEFM, FS, caja 84.
22 «Alfredo Medina se excusa por no vender dividive a Senior [31-01-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74; «José del Cristo Laguna se excusa por no vender dividive a Senior [23-06-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74.
[1] «Informan sobre dividive y actividades comerciales de Salima Hermanos [5-03-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74.
23 «Alfredo Medina & Ca. informa sobre el negocio del dividive [17-04-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74; «Víctor Medina informa sobre el negocio del dividive [11-06-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 74; «Alfredo Medina & Ca. informa sobre el negocio del dividive [28-10-1906]», AHC-UNEFM, FS, caja 84; «Alfredo Medina & Ca. informa sobre el negocio del dividive [15-01-1907]», AHC-UNEFM, FS, caja 84.
24 «Informe sobre negocios con dividive [14-10-1907]», AHC-UNEFM, FS, caja 93. Los relacionados que se citan en este documento son: Augusto Barrios, Adolfo García R., Alfredo Medina, Renato Medina, José Ma. García, Eugenio Cayama, V. Manuel Medina y Eloy Bracho.
25 «Contrato I. A. Senior e hijo-Salima Hermanos para venta de dividive [3-01-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1905-1912); «Contrato I. A. Senior e hijo-Sierraalta Hermanos para venta de dividive [3-02-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1905-1912).
26 «Oficio que autoriza al velero danés H. C. Christensen a tomar carga [30-07-1908]», AHC-UNEFM, FS, caja sin número (1905-1912); AHC-UNEFM, FS, caja 103, Doc. 20.
27 Estadística mercantil y marítima del Ministerio de Hacienda en Boletín Ministerio de Fomento, 1921, pp. 157-159.
28 «Weil informa sobre el mercado de dividive en Hamburgo [3-03-1913]», AHC-UNEFM, FS, caja 157; «Weil informa sobre el mercado de dividive en Hamburgo [17-03-1913]», AHC-UNEFM, FS, caja 157.
29 «J. Tomás Ávila avisa cierre de su negocio [20-01-1921]», AHC-UNEFM, FS, caja 183.
30 Entrevista a Victoriano Arión. Coro, 26-12-1998.
31 Los reportes de mercado de R. Desvernine exponen esta nueva exigencia sobre el porcentaje de taninos. AHC-UNEFM, FS, caja 247.
32 BCCC, diciembre 1925, p. 3067.
33 «Confirman a Senior su representación para la Línea Hamburguesa Americana [23-04-1926]», AHC-UNEFM, FS, caja 247; «Contrato Hamburg America Line-Próspero Baiz para enviar un vapor a recoger dividive a Adícora [23-04-1926]», AHC-UNEFM, FS, caja 247.
34 BCCC,  diciembre 1930, p. 4963.
35 BCCC, , diciembre 1930, p. 4966.
36 El Día. Coro, 23 de enero de 1928, p. 4.





BIBLIOGRAFÍA

FUENTES PRIMARIAS

  1. Documentación de archivo

            Biblioteca Nacional-Fondo Arcaya
            Hemeroteca Nacional –Sección microfilmes
            Archivo Histórico de Coro. Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (AHC-UNEFM). Fondo Senior (AHC-UNEFM, FS)

2. Fuentes impresas

2.1 Documentos oficiales

Apuntes estadísticos del estado Barquisimeto. Caracas, Imprenta de La Opinión Nacional, 1876.
Apuntes estadísticos del estado Falcón. Caracas, Imprenta Federal, 1875.
Boletín Ministerio de Fomento (BMF). Año 1, Nº 4, enero 1921.
Leyes y decretos de Venezuela. Caracas, Edición Academia Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, t. XXIII, 1992.


2.2 Recopilaciones documentales

ALTOLAGUIRRE Y DOVALE, Angel (Comp.), Relaciones geográficas de la Gobernación de Venezuela (1767-1768). Madrid, Imprenta de Huérfanos de Administración Militar, 1909.


3.  Fuentes hemerográficas

3.1 Periódicos


Periódicos del estado Falcón que reposan en la Biblioteca Nacional:
El Anunciador Comercial, Coro, 23 de noviembre de 1888.
El Día, Coro, 23 de enero de 1928.
La Industria, Coro, 22 de julio de 1880.

3.2 Revistas

Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas (BCCC), año XIV, Nº 145, diciembre 1925.
Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas (BCCC), año XIX, Nº 205, diciembre 1930.


4. Fuentes orales

Entrevista a Victoriano Arión (86 años. Último presidente de la Casa Senior en Coro). Coro, 26-12-1998.


FUENTES SECUNDARIAS

1. Libros
CARVALLO, G., y HERNÁNDEZ, J. Temas de la Venezuela Agroexportadora. Caracas, Fondo Editorial Tropykos, 1984.

CODAZZI, Agustín, Resumen de la geografía de Venezuela. 1841. Caracas, Ediciones Ministerio de Educación, 1940, t. III.
CORRÊA, M. Pío, Diccionario das plantas uteis do Brasil e da exoticas cultivadas. Río de Janeiro, edición Ministerio da Agricultura, 1931.
DE LIMA, Blanca, The Coro and La Vela Railroad and Improvement Co. (1897-1938). Coro, edición UNEFM, 1996.
LANDAETA, Manuel, Gran recopilación geográfica, estadística e histórica de Venezuela. Caracas, edición BCV, 1963, tomos I y II.
MAZA, Domingo, Venezuela una economía dependiente. Caracas, Fondo editorial del IUTAJS, 1985.
PÉREZ-ARBELÁEZ, Enrique, Plantas útiles de Colombia. Bogotá, Fondo Colombiano de Investigaciones Científicas, 1978.
PITTIER, Henri, Manual de las plantas usuales de Venezuela y su suplemento. Caracas, Edición Fundación Eugenio Mendoza, 1971.
RANGEL, Domingo Alberto, El proceso del capitalismo contemporáneo en Venezuela. Caracas, Edición UCV, 1968.
------------------------------------ Capital y Desarrollo (La Venezuela Agraria). Caracas, Ediciones FACES-UCV, 1974, t. I.
SCHNEE, Ludwig, Plantas comunes de Venezuela. Caracas, edición UCV, 1984.
VILA, Marco A., Aspectos geográficos del estado Falcón. Caracas, edición CVF, 1961.
--------------------- Aspectos geográficos del estado Lara. Caracas, edición CVF, 1966.
--------------------- Plantas de cultivo y de recolección en la geohistoria venezolana. Caracas, edición UCV, 1981.

2. Artículos
ALAMO, Francisco de Paula, «Información o reseña acerca del dividive en Venezuela» en Boletín del Ministerio de Fomento, año 1, Nº 2, 1920.
ORTIZ, Héctor, «El cultivo del dividivi en Venezuela» Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas, segunda época, año XIV, Nº 134, enero 1925.
RODRÍGUEZ, José Ángel, «De la carpintería del historiador» Tierra Firme. Caracas, año XVI, N° 63, junio-septiembre 1998, pp. 593-606.
SIEVERS, Guillermo, «Coro y Barquisimeto» en Humanidades. Mérida, t. I, N° 2, abril-junio de 1959.

3.  Obras de referencia
ASIMOV, Isaac, Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología. Madrid, Alianza Editorial, 1982.

4. Publicaciones en medios electrónicos
Paulo Müller «Curtidos ao tanino vegetal» en
«Curtientes vegetales» en
cueronet.com/tecnica/curtientes vegetales.htm [5-07-2000].
Greenpeace Argentina, «Futuro sin contaminación tóxica» en
Etherington & Roberts, «Dictionary  vegetable tannins bookbinding and the conservation of books» en
www.palimpsest.stanford.edu/don/dt1039.html [1-07-2000].

miércoles, 6 de octubre de 2010

París en Coro.Ver y Creer: la Casa Senior

Publicado en la revista El Desafío de la Historia. Año 3. Nº 21. 2010. Caracas. “París en Coro. Ver y creer”. Así se anunciaba en 1889 la Casa Senior. Eran los tiempos guzmancistas, tiempos buenos para Coro, sus comerciantes e industriales. ¿Qué era Coro en ese entonces? Una muestra regional del empuje del capital comercial e industrial y de su manifestación en el capital financiero. Comerciantes criollos y sefarditas curazoleños, estos llegados en los años de la República de Colombia, se desenvolvían en un entramado que combinaba la importación-exportación más la producción industrial y un germen de inversiones financieras. La Casa Senior era el nombre distintivo de Isaac A. Senior e hijo, que llegaría a ser la más importante firma comercial del estado Falcón desde el último cuarto del siglo XIX hasta el final de los años veinte del siglo pasado, cuando menos. Tuvo su origen en actividades comerciales iniciadas en los años treinta del siglo XIX por la familia Senior, asentados en Coro tras la creación de la República. Abraham, David, Mordechay y Jeudah Senior figuran en distintos documentos relacionados con operaciones en torno a goletas, esclavos, tierras, ganado, exportaciones de pieles de chivo y café, entre otras. Los eventos xenófobos de 1855 desmembraron al núcleo original de la familia Senior radicado en Coro. Algunos retornaron a Curazao para no volver a residir en Venezuela, aunque conservaran los intereses comerciales. Otros, como Isaac, se decidieron por el retorno, en Coro fundó una próspera empresa y una tradición familiar. Pero, ¿quién fue Isaac Senior? Tradición familiar y prosperidad comercial Descendiente de Abraham y Leah Senior, Isaac Senior nació en Curazao, creció en la actividad comercial y se radicó en Coro desde joven, allí se casó en 1861 con Raquel López Henríquez, y tras años de actuación como Isaac A. Senior creó, en 1884, la firma Isaac Senior e hijo. Sus hijos, Josías y Jacobo, nacieron en Coro y se incorporaron al comercio desde edades jóvenes. A la muerte del padre, la combinación del trabajo de los hermanos hizo posible a la firma coriana llegar hasta donde llegó. Soportados en el prestigio y confiabilidad creados por su padre, y apoyados desde Hamburgo por su tío político Sigismundo Weil, Josías y Jacobo expresaron sus respectivos perfiles claramente definidos en la gestión de la firma: Josías, quien casó en 1891 con Sara Álvarez Correa, tenía un particular espíritu emprendedor; arriesgado y ambicioso era el hombre de las relaciones públicas, el rostro de la empresa, quien hacía crecer las redes comerciales; Jacobo manejaba la administración y mantenía en orden contable al interior de la firma. La sinergia de esta relación aseguró el éxito aún en ausencia del fundador. Por décadas la Casa Senior fue más exportadora que importadora. La pequeña tienda priorizaba la exportación de materias primas como las pieles de chivo saladas, el dividive (Caesalpinia coriaria) y el café en grano; y la introducción de textiles, artículos de quincallería y para el trabajo agrícola, entre otros. El empuje que vivió el comercio coriano bajo el guzmancismo, unido a la capacidad empresarial de los hermanos Senior, hizo avanzar a la firma. Potenciaron su capacidad importadora y elevaron cada vez más los estándares de su mercancía, combinando los productos económicos de alto consumo, como los textiles de segunda, artículos de mercería y ornato y alimentos básicos, con otros de mayor sofisticación, como perfumería francesa, cristalería, embutidos y enlatados finos, licores europeos y otros. De todo ello puede hacerse seguimiento en la correspondencia comercial y los libros de contabilidad. Y es que la firma coriana dio impulso a un emergente capitalismo agroexportador e importador que impulsó nuevas relaciones sociales y económicas, nuevas formas de hacer negocios, permitiéndole en forma progresiva avanzar hacia otro tipo de inversiones. Hacia 1889 la situación de la firma coriana era exitosa y estable. La intensidad del negocio importador hizo crecer en forma dramática las firmas relacionadas con la Casa Senior. Extraemos algunos nombres de lo que es en realidad una extensa lista. En Estados Unidos encontramos a Neuss, Hesslein & Co.; en Inglaterra a Jaffé & Sons.; en Francia a Quesnel & Co. En Alemania el centro estaba en Hamburgo, donde se imponía el tío Sigismundo Weil. En España firmas como Palau & Luria. Mecate para mulas y encaje francés Nunca, hasta el tiempo presente, se vio en la ciudad de Coro el equivalente a una tienda por departamentos igual a lo que, en su momento, fue la Casa Senior. Imaginémonos entrar a ella y ver estantes con telas inglesas, encajes franceses y sombreros alemanes; vitrinas con quesos holandeses, champaña francesa y vinos españoles. En otra esquina machetes, pólvora, cuchillería y mecatería inglesa y estadounidense. Calzado inglés, perfumería de París y bisutería de cualquier parte. Revistas de moda estadounidense y europeas, libros especializados y de cultura general. El rostro de esta tienda permitía ver el espectro social de la región, el crecimiento de su mercado interno y la fortaleza de sus comerciantes. En la misma tienda un dependiente podía estar atendiendo a un arriero que compraba mecate para las mulas, mientras otro despachaba un fino encaje francés a alguna señorita de la ciudad. Un escenario como este, mantenido por no menos de cincuenta años, desmiente la trillada afirmación sobre la debilidad del mercado interno venezolano y el énfasis en los artículos de lujo como soporte del crecimiento comercial. Por el contrario, fue el artículo económico el que hizo posible avanzar hacia el artículo de lujo, y entre ambos se generó una unidad estructural. Comercio, industria y finanzas El éxito comercial hizo posible avanzar hacia la inversión industrial. Consolidada la firma, Josías compró en 1893 el galpón industrial de Manasés Capriles Ricardo, otro exitoso inversor curazoleño. Nació entonces Senior Hermanos, el brazo industrial de la familia, en el cual participó otro de los hermanos, Abraham. El galpón -lo más avanzado para su época en Coro- fabricaba velas, jabones de tocador, aceites comestibles y tabaco, producción que se incorporó al circuito comercial de la firma. Pocos años después se avanzó hacia el sector financiero. En 1896 nació la Sociedad de Economía y Préstamos, primera institución de tipo bancario en el estado Falcón. Los periódicos de la época muestran con detalle nombres de inversionistas y número de acciones adquiridas. Josías Senior fue el primer presidente de esta empresa financiera, que inició con un capital de 8800 bolívares, el cual ascendió a 225.000 para 1889 y se mantuvo sin merma después del bloqueo de 1902 y la revolución libertadora. Paralelamente, adquirió acciones del Banco de Venezuela. La crisis que acompañó el comienzo del siglo XX venezolano, con el bloqueo a los puertos y la revolución libertadora, deprimieron a Coro y Curazao. Con todo, la firma tenía una asombrosa capacidad para reaccionar ante las oscilaciones del mercado. Así, si un artículo de exportación fallaba por las inesperadas reacciones de las bolsas estadounidenses o europeas, por conflictos locales o desastres naturales, otro apuntalaba a la firma mientras la mala racha se superaba. Relevo familiar En esos inestables comienzos de siglo Josías comenzó a madurar su proyecto de radicarse en Europa, para buscar nuevos horizontes y preparar a sus hijos en el comercio. En 1908 partió para vivir en Suiza con su familia. Senior Hermanos fue liquidada y Morry, el menor de los hermanos, quedó como único propietario del galpón. Josías permaneció en Isaac A. Senior e hijo como socio en comandita y Jacobo como único socio responsable. Tras la prematura muerte de Josías en 1918, su viuda e hijos regresaron a Coro, los jóvenes Raimundo y Miguel Ángel Senior se incorporaron a la firma. El tío Jacobo se retiró de la actividad comercial en 1923 y será la tercera generación la que determina el futuro de la firma. La Casa Senior superó con éxito la crisis mundial iniciada con el famoso crack de 1929. En el mismo tono emprendedor de su padre, los hermanos Senior avanzaron hacia Barquisimeto, donde se abrió en 1929 una sucursal, las exportaciones se canalizaban ahora por Puerto Cabello. 1930 marcó el comienzo de una nueva etapa; en forma progresiva la inversión de la Casa Senior migró hacia el centro del país, y los descendientes de Josías y Sara se radicaron definitivamente en Caracas, delegando en terceros la gestión de la firma coriana. Los cambios que llevan al cierre La otrora importante tienda por departamentos se fue descapitalizando en la medida que se consolidó la economía petrolera y los productos tradicionales de exportación desaparecieron. Junto a las pieles de chivo, el café y el dividive se fueron también las importaciones vía el puerto de La Vela de Coro. Aquel mundo de contrastes donde se intercambiaban textiles salidos de las manos de obreras inglesas por pieles desolladas por rudas manos campesinas en el semi desierto falconiano, donde un pequeño caficultor esperaba rogando no lloviera mientras en New York una damisela tomaba una humeante taza de café condimentado con granos corianos…, fue sustituido por el intercambio del excremento del diablo. Falcón fue favorecido con un complejo refinador de petróleo pero, irónicamente, nunca ha vuelto a ver los niveles de crecimiento económico que lograra bajo el patrón agroexportador. Consolidada en el centro del país y reducida a su mínima expresión en Coro, la firma coriana cerró sus operaciones legales en los años ochenta del pasado siglo.

martes, 22 de diciembre de 2009

Bodas judías en el Coro del siglo XIX

Bodas judías en el Coro del siglo XIX


Prof. Blanca De Lima
Rabino Isidoro Aizenberg


Artículo publicado en la revista de historia y ciencias sociales Tierra Firme. Caracas, año 27, Vol. XXV, N° 100, octubre-diciembre 2007.




Introducción


El Archivo Histórico del Estado Falcón-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda conserva once documentos de boda del siglo XIX que permiten ahondar y abundar en el estudio del cambio cultural de este colectivo a partir de su vida religiosa/matrimonial y el perfil de la mujer sefardita venezolana. El primero de estos documentos data del año 1841 y el último del 1867, es decir, una trayectoria de 26 años. Como conjunto aportan una imagen singular de lo que fue el proceso de ajuste cultural de los sefarditas corianos visto a través del estudio de distintos aspectos de la estructura de los documentos de boda y del estatus y roles de la mujer y el hombre sefardíes radicados en la ciudad de Coro, expresados a partir de las posiciones y funciones que en forma explícita o implícita se indican en ellos para cada sexo.
Este trabajo parte de la tesis de que en el proceso de cambio cultural de la comunidad judía de Coro el papel jugado por las alianzas matrimoniales fue determinante. Mujeres y hombres judíos asumieron conductas sociales en materia de emparentamiento que minaron la capacidad del grupo para conservarse como distinto y único. El patrón de la modernidad venido de la Europa occidental, con su carga de desigualdad y asimetría de género, marcó la ruta para las mujeres y los hombres, todo ello influyendo en el proceso de cambio cultural y desaparición de esta comunidad.
Se avanza en el desarrollo del tema comenzando por los aspectos legales para comprender los documentos en el inestable marco de la naciente república. Se continúa con una reflexión sobre la familia, el amor conyugal y el matrimonio por amor, la cual da el marco histórico y conceptual que precede a los comentarios de forma y fondo, tanto de orden histórico y antropológico como religioso, para los contratos de boda.


1. Aspectos legales
El siglo XIX fue para Venezuela un siglo de inestabilidad en materia legislación. Desde el primer congreso constituyente se intentó crear un cuerpo de leyes propio, que sustituyera la legislación colonial. Entre 1811 y 1840 se integraron siete comisiones para redactar el código civil republicano, mas ninguna de ellas logró resultados concretos; por lo tanto, seguía rigiendo en Venezuela la legislación colonial, que, por demás, se apoyaba todavía en un fuerte componente cultural, ya que los diversos grupos sociales, tanto detentadores de poder como aquellos en ascenso social, mantenían como práctica y/o como aspiración el proseguir con la gran mayoría de los usos y costumbres heredados del orden colonial. Podemos ejemplificar esto con la resistencia a la abolición de la esclavitud, que partía de los mismos declarados héroes independentistas y que fue transmutada a una acomodaticia política de manumisión.
En 1854 el doctor Julián Viso presenta, sin éxito, ante el congreso, un proyecto de código civil. Será hasta el triunfo de la revolución federal que Venezuela tenga un primer código civil, promulgado el 28 de octubre de 1862; código de breve aplicación, ya que fue derogado el 8 de agosto de 1863, retornándose a las leyes españolas vigentes para el 15 de marzo de 1858. Un segundo código fue sancionado el 20 de mayo de 1867. Con posterioridad hubo cambios en 1873, 1880 y 1896 (Parra-Aranguren, G., 1983:11-43; Machado, J., 1934: 12). Venezuela no tuvo un código civil estable sino hasta 1867: “Cuarenta años después de haberse declarado la independencia de la República es que ésta viene a darse un cuerpo de legislación civil y penal, rigiéndose mientras tanto la administración de la justicia por anacrónicas leyes, complicadas y complejas, que provenían del antiguo gobierno español. Estas leyes eran las pragmáticas, cédulas, órdenes, decretos y ordenanzas del gobierno peninsular hasta el 18 de mayo de 1808; asimismo regían Leyes de la Recopilación de Indias e igualmente la Ley de las Siete Partidas” (Guerra, D., 1978: 97). A esto se suman las Constituciones Sinodales del Obispado de Venezuela y Santiago de León de Caracas, conjunto legal eclesiástico que normaba –entre muchos aspectos- el proceso para contraer matrimonio, y que venían de 1698.
De los documentos encontrados acerca de la comunidad sefardita de Coro cinco corresponden al período anterior al primer código civil, al breve lapso del primer código civil corresponde uno, entre 1864-1867 se ubican otros cinco matrimonios i; por tanto y en primera instancia, cada conjunto, correspondiente a un momento particular de la legislación civil venezolana, debería mostrar las características de las leyes vigentes. Sin embargo, lo atípico de estos documentos es su homogeneidad en el tiempo, donde no parecieran plasmarse los cambios habidos en la legislación civil a raíz de la guerra Federal y, en cambio, parecieran conservarse los patrones coloniales, asumidos por una comunidad en principio culturalmente distinta. Esta aparente inconsistencia encontrará su explicación en el desarrollo de este trabajo.
Los documentos de matrimonio firmados a partir de 1860, sin excepción, hacen alusión a la Circular número 202 del Supremo Gobierno fechada en Caracas el 9 de marzo de 1834. Es, evidentemente, una disposición de orden civil, que hasta el momento no ha podido ser ubicada. Probablemente esa circular estaba destinada a regular los matrimonios de religiones distintas a la católica, ya que hasta entonces sólo esa iglesia llevaba el registro de las bodas. Por el contenido de los textos se desprende que dicha circular exigía participar a la máxima autoridad del estado del matrimonio civil contraído, pero se ignora si la circular era exclusiva para enlaces civiles o era también aplicable a otros procedimientos, como nacimientos y defunciones.
Es factible pensar que corresponda a la serie de regulaciones que la naciente República puso en marcha para generar un mínimo cuerpo legal, y que tuvieron seguimiento por la autoridad, como se observa en la Resolución del Gobierno Nacional de fecha 11-04-1835, que enfatizaba la responsabilidad de las autoridades civiles de cada parroquia de llevar registro de nacimientos, matrimonios y defunciones, enviando reportes en forma periódica. Acentuando el proceso de laicización del Estado, la ley del 24 de mayo de 1836 creó las oficinas de registro; a partir de entonces, las oficinas subalternas debían llevar protocolos de nacimientos, muertes y matrimonios (AGN, SIJ, T. CV, f. 3-4v; Chiossone, T., 1980: 193-194). En general, la década de los años treinta del siglo XIX se caracteriza por la emisión de numerosas leyes, decretos, resoluciones y otras disposiciones de menor rango legal. Leyes y decretos pueden ubicarse en la clásica compilación de Guillermo Tell Vegas Pulido, el resto está ampliamente disperso.
Bajo estas circunstancias, al no haber código civil que normara los derechos y deberes referidos al matrimonio, es viable deducir que las parejas sefarditas de Coro apelaran a las leyes vigentes para refrendar sus uniones y estabilizar la sociedad conyugal, y que en medio de una maraña legal se ajustaron y usaron a conveniencia los diversos instrumentos legales que se acostumbraban en el país. Diversos son los elementos históricos que podrían ayudar a explicar esta aparente liberalidad para ajustarse al entorno, destacamos sólo la fuerte formación ilustrada de este grupo -incluyendo la adscripción a la masonería, que ayudaron a introducir hacia Coro- y que puede tener sus raíces históricas en el pensamiento de Mendelssohn (1729-1786), con su llamado a la emancipación de los judíos a partir de su reposicionamiento como ciudadanos y su plena integración en las sociedades donde radicaban.


2. Familia, amor conyugal y matrimonio por amor
Al respecto del sentimiento amoroso, aunque desde el siglo XII la literatura occidental hablaba del amor y la noción de amor conyugal ya existía en la Edad Media, sólo hasta finales del siglo XVIII se advertirá un interés creciente por este sentimiento, que en opinión de los estudiosos del tema “era imaginado como una pasión domesticada, como un sentimiento tierno y razonable, e incluso en ocasiones se le consideraba como “un deber” (…) Para que el amor conyugal fuese otra cosa que un deber, hubiese sido preciso poder casarse por amor” (Flandrin, J., 1985: 98).
En general, la tendencia era que la pareja se relacionara mediante muestras de benevolencia y respeto, y el cumplimiento de los deberes propios del estatus de esposo o esposa. En el caso concreto de los sefarditas del medioevo, García-Oliver sostiene que: “Todo resultaba tan prosaico, lejos de cualquier lenguaje de un cariño mutuamente compartido, que las relaciones entre el marido y la esposa se asemejaban más bien a las de dos socios comprometidos en el futuro de un negocio, sin que ello no sea óbice para que ocasionalmente acabe por brotar los afectos y quién sabe si el amor” (García-Oliver, F., 2005: 503).
El amor conyugal, entonces, era un deber que se avenía plenamente con la mecánica del matrimonio, donde prevalecía la continuidad de la tradición bíblica, así como su interpretación según las costumbres prevalentes en el Medio Oriente y en el pensamiento occidental en general; donde todo estaba planificado y era decidido sin la participación de la mujer –aunque formalmente diera la última palabra-, cuya vida se orientaba a procrear para dar continuidad a la familia y la aljama. La preocupación por la institución familiar nada tenía que ver con el amor romántico; estaba estrechamente relacionada con aspectos financieros, intereses de familias, la primacía del varón y la continuidad de las líneas masculinas, de lo cual son expresión la ley del leviratoii y la importancia de la primogenitura, en especial de un varón, objetivo esencial en la vida reproductiva de la mujer judía y estigma en el caso de no proveer el heredero.
La sociedad israelita está íntimamente relacionada con su religión desde sus orígenes como cultura pastoril, donde lo religioso englobaba toda la vida social-cultural. Como sistema de leyes y costumbres, la Mishná permite conocer aspectos esenciales para este estudio: el matrimonio como base de la familia, la familia como institución básica de la comunidad y el pueblo, la monogamia, el mayor valor del hijo varón, la mujer sujeta a la voluntad del paterfamilias iii, manteniéndose la tradición semítica de la institución patriarcal -codificada en la Toráh- y que a través del cristianismo influyó sobre algunos aspectos del derecho romano. El paterfamilias –el varón en general- es superior a la mujer, y ello se hace evidente en los roles que desempeña en el ámbito religioso. A las mujeres corresponde la domesticidad y la práctica de la normativa religiosa por el grupo familiar. Green lo resume en las siguientes pautas: “En el judaísmo, el hombre comienza sus plegarias cotidianas agradeciendo a Dios el no haberlo hecho mujer. (…) los hombres están obligados por Dios a una cierta cantidad de mandamientos (mitzvot) de los que las mujeres están exentas. (…) Las mujeres, en general, no están iniciadas en el lenguaje sagrado, el hebreo. Se les sienta por separado, en una galería alta de la sinagoga, y tienen menos obligaciones de culto formal” (Green, N., 2000: 260). Es preciso acotar que en la actualidad sólo una pequeña minoría sigue estas reglas. El avance en la religiosidad judía ha eliminado casi por completo la separación en la sinagoga por sexos; hoy la mujer judía puede aprender el lenguaje religioso y enseñar la Biblia y el Talmud, ser cantora litúrgica e incluso rabina.
Tenemos, entonces, en concordancia con una normativa religiosa y un patrón cultural moderno occidental que mantiene la asimetría de género, una mujer amoldada a la férula del varón, formada para el matrimonio, para asegurar la legítima descendencia de la línea masculina, el poder del paterfamilias y la buena marcha de los capitales.
Esta familia es la base del amor conyugal. Ambos se trasladaron junto con la diáspora y llegaron hasta el siglo XIX, quedando plasmados sus valores en estos documentos, los cuales nos indican que la comunidad judía coriana seguía patrones muy conservadores, disociada del concepto de matrimonio por amor, que ya hacía sentir su presencia a fines del s. XVIII, avanzó a paso firme en el XIX y se impuso definitivamente en el XX. Esto es comprensible ya que los documentos judíos corianos siguen un patrón universal pre-moderno y soportado en elementos bíblicos, por tanto, no es posible encontrar en ellos mención alguna al sentimiento amoroso, ni previo ni posterior al matrimonio. A tono con la legislación rabínica, los documentos de boda corianos remarcan la dependencia femenina hacia el varón y la preeminencia de este como paterfamilias, ya que es quien transmite en forma única y exclusiva el cumplimiento de la promesa matrimonial al declarar, palabras más, palabras menos, “que era su espontánea y libre voluntad venir a elegirla por esposa, para con el auxilio divino honrarla, servirla, sustentarla, vestirla y vivir con ella conyugalmente”; también se encuentra la expresión “vivir fielmente”. Estas expresiones son un reflejo del tradicional texto de boda, donde el varón se compromete a honrar y vivir con su esposa en una relación matrimonial de acuerdo a la costumbre del pueblo judío y la ley de Moisés. Por su parte, la novia contestaba que admitía la propuesta de manera voluntaria bajo las condiciones expuestas, lo cual se corresponde con el requerimiento de la ley matrimonial judía de acuerdo al cual el padre de la novia puede decidir entregar a su hija como esposa a un determinado varón, pero no lo puede hacer en contra de la explícita voluntad de su hija; voluntad que, sin embargo, no puede ser entendida sino a través del tamiz de la intervención, aspiraciones y decisiones del paterfamilias: “La opinión que realmente contaba, por lo tanto, era la familiar, la del padre por encima de todo, y se materializaba mediante transacciones, las más de las veces arduas y complicadas. (…) Así pues, la candidata contemplaba muda la transacción en la que se implicaban parientes, vecinos y amigos de la familia, y si era menester, un intermediario experto en esta materia tan espinosa, profesional que recibía su correspondiente remuneración para que todo llegara a buen puerto, …” (García-Oliver, F., 2005: 503).
La investigación al respecto de la mujer judía curazoleña –y por extensión las residentes en Coro- indica que sus roles centrales estaban alrededor de la escena familiar. Obediente, virtuosa, piadosa, consagrada a una maternidad que aseguraba la continuación de los linajes que representaba. Las bodas se sucedían a edades muy tempranas, tanto como 15 años. Excepcionalmente, algunas se involucraban de manera secundaria en el mundo de los negocios de sus esposos, pudiendo desempeñarse como representantes legales en las ausencias que estos podían llegar a tener atendiendo negocios en otros puntos geográficos, pero siempre apoyada por varones de la familia (Capriles, J., 2002: 8-10). En materia educativa su formación no procedió de la inserción en los planteles educativos de la ciudad de Coro. En 1834, la lista de alumnos examinados en la escuela de primeras letras situada en el Colegio Nacional de Coro arrojó 61 educandos, ninguno niña, de los cuales ocho pertenecientes a la comunidad judía. Ocho años después se encuentra la misma ausencia de niñas en cursos de gramática latina y gramática castellana, y seis niños judíos (AGN, SIJ, T. LXXXI, f. 24-24v; T. CCLXII, f. 337). Esta tendencia se mantuvo a lo largo del siglo, y cuando hubo opción educativa se buscó en la isla de Curazao, donde la educación femenina fue masivamente católica y privada. En los centros educativos públicos y privados no religiosos de la isla se imponía la presencia de los varones. Esta tendencia la atribuimos a la discriminación de género que retrotraía a la mujer del ámbito público y no confesional para canalizarla hacia una educación que la prepararía para la administración del hogar, la reproducción de la fe religiosa entre los niños y su correcto desenvolvimiento en el medio social, siempre a la sombra del esposo. No era raro que las niñas dejaran inconclusos los estudios, o que tuvieran preceptores a domicilio en lugar de asistir al colegio. Lecto-escritura, gramática, aritmética, geografía, idiomas, costura, bordado, tejido, dibujo, religión y urbanidad formaban, entre otras materias, parte de la educación curazoleña femenina, cuyos más prestigiosos colegios tenían agentes en Colombia, Puerto Rico, Santo Domingo, Panamá, Venezuela y otros países e islas del Caribe (Van Oost, J., 1999: 375-376; Anales del Colegio Colonial. Diciembre de 1877). El resultado de esta educación –que irradió con fuerza a la burguesía de Coro- fue que ninguna mujer coriana -sefardita o católica- destacó durante el siglo XIX en áreas de conocimiento de ejercicio liberal, ni alcanzó grado universitario, pese a que Coro tuvo Colegio de Primera Categoría desde 1883, otorgando los títulos de bachiller y doctor en Ciencias Médicas, Ciencias Políticas, Ciencias Filosóficas e Ingeniería Civil.
El punto cimero de su participación pública fue a través de las sociedades culturales que emergieron y tuvieron breve presencia en Coro hacia la última década del siglo XIX, en el lapso 1890-1895, y con las cuales un grupo de mujeres de la pujante burguesía comercial e industrial, que incluyó judías y católicas, sobre la base de lo que Galindo denomina “un gran proyecto de sociabilidad destinado a crear condiciones de democratización de la vida pública” (2005: 88), respaldadas por hombres del mismo entorno incidieron durante un quinquenio en el espacio público coriano a partir de su participación en actividades muy diversas como el ornato público, la educación y la producción literaria; lo cual hace afirmar a Galindo que: “Desde esta perspectiva, las sociedades Armonía y Alegría constituyeron una suerte de “ensayo” in vivo en el cual cada actividad lograda apuntaba, precisamente, hacia la comprobación de las destrezas y capacidades intelectuales de las mujeres y su pertinencia en áreas hasta ahora consideradas exclusivas de los hombres” (Galindo, 2004: 186). Estas sociedades desaparecieron de forma abrupta y hasta ahora no explicada, tras un quinquenio de actuación, con lo cual el proyecto no impactó en forma masiva incorporando otros estratos sociales, ni dejó cambios de fondo permanentes en la participación femenina a nivel de la ciudad o el estado. Las mujeres de las sociedades culturales corianas culminaron sus vidas individuales repitiendo el patrón femenino-doméstico sobre el cual fueron educadas: casaron, hicieron familia, los roles laborales se centraron –cuando los hubo- en la docencia de niños, sus roles culturales en el ámbito literario –el más importante legado de estos movimientos asociacionistas- y no participaron en la vida política.
Pero retomando el tema del amor, el perfil de esta mujer se corresponde con la clásica esposa de clase media, cuyo destino estaba marcado por una combinación de amor, matrimonio y dinero, como lo describe Yalom: “Si bien todo el mundo coincidía en que la atracción mutua era deseable en el matrimonio, la mayoría opinaba que el amor por sí mismo no bastaba para producir una unión duradera. Tanto las novias como la sociedad misma debían considerar los antecedentes sociales y religiosos coincidentes, el respeto mutuo y los valores compartidos, en la elección de los pretendientes, (…) En las consideraciones matrimoniales, la pasión amorosa no podía ser ajena a las realidades económicas ni cuando se mezclaba con aspiraciones morales, (…) ¿cuáles eran las responsabilidades que tenía una esposa de clase media a la que mantenía su marido? Eran de tres tipos: 1) obedecer y satisfacer al marido; 2) criar a los hijos física y moralmente sanos, y 3) el mantenimiento de la casa (limpiar, lavar, cocinar, etcétera). En muchos casos, esta tercera responsabilidad la cumplían las empleadas domésticas” (Yalom, M., 2003: 209, 212, 213).
Imposible pensar a estas parejas en el contexto del amor romántico, toda vez que el criterio religioso, aunque estimula las relaciones sexuales de las parejas casadas, lo hace en aras de la función reproductiva emplazada en la familia y que conlleva el control de los vientres femeninos. Por ello, según el ideal, no siempre observado en la práctica: “El pensar en las mujeres no debe desviar a los hombres ni de su devoción a Dios, ni de la plegaria, de modo que las relaciones sexuales y la interacción diaria de los sexos están estrictamente reguladas. Un hombre religioso no debe mirar directamente a una mujer a la cara y, de acuerdo con la tradición, la mujer religiosa, una vez casada, debe cortarse el pelo y cubrirse la cabeza con una peluca o un chal. Sin embargo, en interés de la procreación, se estimulan las relaciones sexuales dentro del matrimonio. Incluso en el Shulkhan Arukh –código talmúdico del siglo XVI, compilado por Joseph Caro y que se observa aún hoy- se especifica su regularidad de acuerdo con la profesión del hombre” (Green, N., 2000: 260). Este cuadro tradicional normativo rige en las minorías judías ultra-ortodoxas de hoy.
Esta mujer casada y amoldada en función de relaciones asimétricas de género ha pasado por una educación sesgada que la ha preparado para asumir su estatus subordinado, para vivir y reproducir esta familia y el amor conyugal, con funciones subordinadas respecto a la esfera masculina, aunque esenciales para la preservación y cohesión del grupo. En general: “Las mujeres judías, como sucede en la mayoría de las sociedades, son las principales portadoras y transmisoras del conocimiento informal y de una religiosidad más emotiva, que más tarde los hijos suelen calificar como más importante que el aprendizaje formal en la escuela hebrea” (Green, N., 2000: 262).
En resumen; sexo, placer y procreación quedaban disociados. La atracción amorosa no era admisible, ya que el devenir de las parejas era producto de acuerdos y proyectos ajenos a toda posible expresión de libre albedrío en materia amorosa. El destino individual de mujeres y hombres quedaba sometido al origen familiar y acuerdos intra grupales. Una vez constituida, la sociedad conyugal se soportaba, cuando mucho, en el amor conyugal, con una clara distinción de roles en función del sexo y donde la mujer pasaba de la autoridad del padre a la de su marido, y si enviudaba a la de otro varón, salvo excepciones (recuérdese la ley del levirato).


3. Homogamia, endogamia y exogamia en la comunidad judía coriana
Antes de entrar en materia es pertinente esbozar las circunstancias demográficas de la comunidad judía de Coro, ya que estas tuvieron influencia decisiva sobre las uniones conyugales del grupo.
Aunque no hay estudios específicos sobre la demografía de esta comunidad, los datos del eje Coro-Curazao permiten deducir que fue siempre una comunidad pequeña. De hecho, estos migrantes provenían de una comunidad en franco descenso, ya que la isla de Curazao había sufrido problemas políticos que se revirtieron negativamente sobre su economía, a lo cual se añadieron recurrentes sequías. Entre estos problemas estuvo la invasión a Curazao por los ingleses en 1800 (AGN, ST, T. CXLVI, fs. 68-69). La comunidad judía curazoleña pasó de 1200 miembros en 1785 a sólo 864 en 1835. Los recién llegados a Coro durante la tercera década del siglo XIX eran casi todos hombres solos, en búsqueda de mejores horizontes económicos (Emmanuel, I., y Emmanuel, S., 1970, T. I: 301-303, 346-348).
Durante la naciente república sólo se conoce un padrón de extranjeros residentes en la provincia de Coro. Este padrón arrojó la presencia de 54 inmigrantes, entre ellos 32 holandeses, donde prevalecían abrumadoramente apellidos sefarditas: Abenatar, Brandao, Cohen Henríquez, Curiel, de Lima, López, Maduro, Pereira y Valencia, para un total de 20 posibles sefarditas. Este padrón no incluyó a las mujeres. Con todo, los apellidos del padrón coinciden casi en su totalidad con los ubicados en distintos documentos (Gaceta de Venezuela, 20-03-1831: 7).
La ausencia de censos, unida a los reflujos ocasionados por los eventos xenofóbicos de 1831 y 1855 y el fluido ir y venir entre Curazao y la costa coriana, hacen incierto el manejo de cifras que sobre este grupo pueda hacerse. A partir de los nombres ubicados en documentos y el tamaño del cementerio judío de Coro, se puede afirmar que nunca alcanzó un número mayor a tres cifras, probablemente menor a 300.
En la pequeña comunidad la endogamia matrimonial fue factor fundamental, utilizada para preservar la fe religiosa, consolidar el grupo y la posición de las familias involucradas, quienes a partir de enlaces impuestos o inducidos entre los jóvenes aseguraban la integridad del colectivo y los intereses del paterfamilias. Se cumplía así, en la mayor parte de los casos, la llamada regla homogénica: casarse entre iguales en el plano social o profesional, mecanismo que establece o conserva alianzas entre dos líneas de descendencia y permite controlar la transmisión de los patrimonios. La endogamia es un componente de la regla homogénica y su estudio permite conocer las políticas familiares de alianza. En el caso coriano vemos tanto la endogamia consaguínea –a partir de bodas entre primos- como la endogamia política –bodas entre familias “aliadas”-.
Karner establece para los sefarditas curazoleños al matrimonio endogámico como básico en la preservación de la identidad cultural, la religión y la herencia familiar, incluyendo en ella tanto la posición social de la familia como los bienes materiales, de los cuales se evitaba su dispersión (Karner, F., 1969: 12), De Lima encuentra este mismo fenómeno entre los sefarditas corianos (De Lima, B., 2002: cap. 1). Esta endogamia fue característica de los sefarditas españoles a lo largo de su vida como criptojudíosiv; como lo demuestra el estudio de Alpert para los siglos XVII y XVIII, quien tras extensa revisión de fuentes primarias concluye que: “Únicamente casándose endogámicamente hubo posibilidad de establecer las circunstancias mínimas para mantener la tradición religiosa del grupo” (Alpert, M., 2001: 199). Podemos agregar que, para efectos del matrimonio por amor, la herencia endogámica fue un obstáculo real, ya que imponía una estricta normativa que sacrificaba los intereses y aspiraciones del individuo en aras de la unidad e intereses grupales. Sólo un férreo cerco social, étnico, religioso, económico y de género la hizo posible.
Los documentos corianos dan cuenta de esta endogamia, que se advierte en los sucesivos emparentamientos de iguales apellidos o cruces de apellidos; casos boda de Isaac Pardo y Esther Pardo (1847), ambos descendientes de Isaac Pardo y Abigail Vaz Farro; boda de David Curiel –hijo de Débora Levy Maduro- y Exilda Abenatar –hija de Johebeth Levy Maduro- (1860), estas madres quizás fueron hermanas, hijas de Salomón Levy Maduro y Johebeth López da Fonseca; boda de Isaac López Henríquez y Sara de Josías López Henríquez (1863), quienes eran primos hermanos por sus padres; bodas de las hermanas Débora y Celinda Abenatar con los primos hermanos Isaac A. Curiel y Salomón Curiel (1865 y 1866) (Emmanuel, I. y Emmanuel, S., 1970: Tomo II).
La endogamia coriana fue cada vez más cerrada, circunscrita a unas cuantas familias que arraigaron con posterioridad a los eventos xenofóbicos de 1855; en forma progresiva desaparecieron de la escena apellidos como Delvalle, de Jongh, Dovale, Lindo, Moreno, Pardo, Suares, Valencia y otros, bien por retorno a Curazao o porque al ser transmitidos por vía femenina quedaron ocultos. Las ausencias marcaban el camino de la merma demográfica. La revisión de actas de matrimonio, genealogías, lápidas del cementerio judío de Coro y la memoria oral permite detectar hacia el último cuarto del siglo XIX la recurrencia a emparentamientos entre los apellidos Capriles-Ricardo-Senior-Myerston, Curiel-Maduro-Abenatar-López Fonseca, Álvarez Correa-Senior-Curiel, Senior-Álvarez Correa-Abinum de Lima, Cohen Henríquez-López Fonseca-Levi Maduro; en lo que resulta un claro proceso endogámico. A guisa de ejemplo, Josías Senior casó en 1887 con Carmen Álvarez-Correa y al enviudar de ella, su nueva boda, en 1891, fue con Sarah, hermana de Carmen. De los hijos de Manasés Capriles Ricardo y Sarah Cecilia Senior, seis (Abraham, Belén, David, José, Julio César y Rachel Rosalina) casaron con parientes cercanos o relacionados: José Manasés casó con Ana Capriles Senior, su prima segunda por vía materna; y su hermano Julio César casó con Alicia Capriles Myerston, su prima hermana por vía paterna; siendo claros ejemplos de endogamia consanguínea.
Pero la endogamia matrimonial se fisuró cuando, en este caso, un componente de exogamia por vía masculina se hizo sentir con mayor fuerza desde el último cuarto del siglo XIX. Efectivamente, en el caso del hombre, las pocas familias que quedaban sí aceptaron, con mayor o menor resistencia, la unión matrimonial extra grupo de los varones, misma que no le fue concedida a la mujer. En otros casos, el varón judío procedió a uniones consensuales con gentiles. Estos emparentamientos exogámicos generados por los varones son esenciales para comprender el cambio cultural de la comunidad, y es que el establecimiento del matrimonio civil introdujo una variante que coadyuvó al proceso, ya que rompió la unidad homogamia-endogamia, al hacer viable un emparentamiento reconocido por la autoridad del Estado y aceptado socialmente fuera del grupo original. La tríada consanguineidad-homogamia-endogamia perdió aún mayor fuerza.
En materia de bodas exogámicas y homogénicas, el proceso coriano fue detonado por las bodas de los hermanos Abraham Senior y Segismundo Senior con las hermanas Rosario Molina (1894) y Eugenia Molina. La prensa escribió sobre la boda de Abraham: “es la vez primera que en Coro se ve el caso que un joven de sangre hebrea, rompiendo de lleno con las antiguas tradiciones de su raza y sin abjurar por ello de sus arraigadas creencias religiosas, una su vida y su suerte con una hija meritoria del nativo suelo coriano” (Caño Amarillo, 15-04-1894, p. 4). A partir de allí se encadenaron una serie de bodas con católic@s que consolidaron el cambio cultural; como los casos de Abraham y José, nietos de Joseph Curiel –considerado el patriarca de la migración- y Débora Levi Maduro, casados con Emelicia Penso y María Sánchez Atienza; siete de los hijos de Manasés Capriles Ricardo y Sarah Senior y Calvo, uno de los cuales, Manasés David, casó en Coro con Bertha Pocaterra (1918); Raimundo Senior-Marcelle Mertzlufft, Raúl Senior-Josefa Castillo, Pedro Isaac Senior- María Luisa Carías (1922) y Ricardo Alberto Senior-Eva Urbina (1933), todos ellos nietos de Isaac Senior-Raquel López Henríquez. Sin faltar, aunque menos, los casos femeninos, como la boda de Gisela De Lima Senior –biznieta de Isaac Señor y Raquel López Henríquez- con Raúl Grimaldi, o la de Emma Antonia Senior –hija de Segismundo Senior- con Cosme Jatar Dotti.
A estos matrimonios se agregan las uniones consensuales de varones con gentiles, dando paso a descendientes educados en el catolicismo. De estos quizás el caso más emblemático sea el de Salomón Levi Maduro Vaz, último oficiante religioso de la comunidad, quien en unión libre con gentil tuvo a su hijo, el historiador y pionero de la arqueología falconiana Ángel Maduro (1889-1975). Muerta la madre en el parto, fue criado por su padre y abuela paterna como católico. Otros casos son los descendientes de Efraín Curiel y su hermano Raimundo –ambos hijos de Elías Curiel Delvalle y Rosalina Álvarez Correa-, los descendientes de Elías y Osiel López Fonseca Delvalle –hijos de Jacobo López Fonseca y Judith Delvalle-, y los de José David Curiel Abenatar –nieto del patriarca Joseph Curiel-.
Bajo esta permisividad fue posible para los pocos varones romper la regla homogénica en una variable: la fe religiosa de la pareja, facilitando con ello el cambio cultural. Emparentaron, entonces, casi siempre con mujeres católicas de su mismo nivel social y económico, dejando a las de su propio colectivo sin opciones locales para la nupcialidad. Dada esta circunstancia, la posibilidad de transmisión de la herencia religiosa y los hábitos culturales propios de la dinámica intra-familiar sefardí se hizo inviable. Se generó a partir de las mujeres nacidas a fines del siglo XIX una masa femenina cuyo destino fue la soltería, y con su soltería sellado el fin de la comunidad.
4. Las ketubot corianas: un acto sacramental sancionado por la autoridad civil
La palabra ketubot es el plural de ketubá. La ketubá es el contrato de boda judío y significa literalmente “lo que está escrito”. En ella se enumeran las obligaciones entre marido y mujer, simbolizando el pacto que Moisés escribió antes de la revelación en el Sinaí, el cual enumeraba las obligaciones mutuas entre Israel y Dios. También se estipula la cantidad de dinero que el marido deberá entregar a su mujer para su manutención en el caso de que se disuelva el matrimonio. El momento más importante de la boda judía es cuando se completa y firma la ketubá, que debe estar en manos de la mujer o su representante, y en caso de pérdida se procede a una nueva redacción.
Los contratos corianos se caracterizan por tener dos momentos: uno privado, donde se daban las bendiciones nupciales ante testigos de la comunidad judía local, llenando las exigencias religiosas básicas; y otro público, donde los testigos y el novio, en algunos casos la novia, asistían al registro para dar parte a la autoridad civil de la unión efectuada, transformándose así el acto en un hecho legal.
Estos contratos civiles, que trasladan casi al calce el texto de una ketubá a una instancia no religiosa, los entendemos como supletorios del matrimonio civil que aún no existía en Venezuela. De esta forma se llenaba el vacío jurídico resultante de la inexistencia de código civil y se daba cauce parcial a la libertad de cultos, que hubiera quedado como un hecho a medias si la comunidad no satisfacía mínimamente su ritualidad en torno al matrimonio. El resultado fue que un acto religioso original se laicizó acatando el marco legal mínimo que así lo exigía. Son atípicos y únicos porque dejan constancia de un acto sacramental que se hace en nombre de la ley de Moisés, donde se pide el auxilio divino y que, finalmente, resulta avalado por una autoridad civil.
Religión y Estado, matrimonio sacramental y matrimonio contractual, se unen en estos documentos, buscando dar, como en efecto se logró, una salida legal que hizo viable la vida en matrimonio para los judíos de Coro y asegurar el nacimiento de su prole en Venezuela, lo que de hecho permitió consolidar la comunidad desde tempranas épocas y aseguró su crecimiento al amparo de la ley.
4.1 Particularidades de las ketubot corianas
Los contratos corianos presentan variaciones de contenido peculiares al lugar, y que reflejan realidades sociales de esta comunidad en particular. En primer lugar, no hubiera sido posible registrar los documentos ante una autoridad civil venezolana si no estaban redactados en español, idioma oficial del Estado venezolano. Tenemos entonces un primer elemento que imponía una especie de desdoblamiento en las ketubot, surgiendo una en español, con valor civil, que se correspondía con la de valor religioso, que por tradición debía redactarse en arameo, aunque los sefarditas curazoleños y sus pares corianos venían de la tradición de Ámsterdam, donde se redactaban en hebreo; usanza que tampoco fue seguida al pie en el área caribeña, ya que se encuentran documentos de boda en distintos idiomas, como hebreo, portugués y español.
Pasando a otro aspecto, la comunidad judeo-coriana nunca tuvo el liderazgo espiritual de un rabino. Los documentos corianos apelan a varias figuras; la primera es la de un autorizado único para “casarles según la religión de sus creencias y órdenes de sus insignes sabios” –fórmula generalmente usada en estos documentos-; en la segunda dos personas intervienen en el acto: una como encargada del casamiento y otra con carácter de “asesor”; en la tercera opción el asesor daba a la vez las bendiciones nupciales. Es posible, ya que así lo permite la ley judía, que más de una persona actué como oficiante en el mismo acto matrimonial, y esto es lo que posiblemente reflejan algunas de estas ketubot.
Nuestras ketubot corianas incorporaron además una palabra que no se encuentra generalmente en ketubot de otros países, y es la palabra “legítimo/a” en referencia a los contrayentes. Nuevamente el libro de Emmanuel nos ofrece los antecedentes que iluminan la necesidad de mencionar la legitimidad de los contrayentes en las ketubot de la época: “En Curaçao, como en otras partes de Sud América [escribe Emmanuel] los judíos, como los demás colonos, fueron los padres de muchos niños mulatos”. Más tarde, Emmanuel hace nueva mención de los hijos ilegítimos de descendencia judía, como así también de un matrimonio entre un judío legítimo y otro/a que no lo era (Emmanuel, I., y Emmanuel, S., 1970: 390-391).
A la anterior lectura debe sumarse el peso social favorable que en Venezuela representaba el ser hijo de matrimonio legítimo, y que tuvo –como en Curazao- igual connotación social-racial, ya que la ilegitimidad solía darse a través del concubinato de los blancos criollos o peninsulares con negras e indias. La comunidad judía de Coro era, como lo afirma Capriles Goldish, muy similar a las elites latinoamericanas en cuanto a costumbres sociales (Capriles, J., 2002: 8), y no encontró dificultad alguna para hacer uso del hecho remarcar por documentos públicos la condición legítima de sus descendientes, acto que reafirmaba su jerarquía social tanto a su interior como ante la comunidad local.
Finalmente, es bueno no perder de vista como el horizonte histórico más lejano para este aspecto la concepción de “legítimo” que existía en la cultura hispana, venida del medioevo y encarnada en la conocida como limpieza de sangre, mecanismo que a partir del siglo XV, con la Sentencia Estatuto de Toledo (1449) discriminó a los judíos y moriscos conversos en todos los aspectos. La limpieza de sangre aludía a una legitimidad de orden étnico-religioso: descender de cristiano viejo. La concepción de legitimidad sufrió una adaptación en América, y aunque la limpieza de sangre llegó con la misma conquista, el concepto trasladó el estigma hacia nuevos personajes: negros e indios y sus descendientes mestizos. Diluida en el tiempo y el amplio espacio geográfico, la legitimidad de origen quedó cada vez más asociada a la endogamia grupal y a la rigidez de la estructura social-racial que a la persecución religiosa. Para el caso coriano son de interés la persecución sufrida por Gerónima Garcés –descendiente de indios y blancos- en los años setenta del siglo XVIII, acusada de ser amante de su amo, don Antonio de Zárraga, y desterrada de la ciudad (AGI, SAC, legajo 272); y en el siglo XIX el caso de Begoña Chirinos, cuyo esposo fue execrado por el paterfamilias debido al origen pardo de ella (AHF-UNEFM, SIP, T. LIII (1815-1816), fs. 320v-324).
Otro elemento atípico en estos documentos de boda es que cinco incluyen las edades de los novios, cuatro de ellos suscritos a partir de 1860, un detalle no requerido por la ley judía y que no encontramos en otras ketubot. Esto quizás sea indicativo de un mayor rigor de las autoridades en la hechura de los documentos civiles, a medida que la República intentaba estabilizar sus marcos legales incluyendo datos considerados fundamentales –incluso hasta hoy-, como la edad, estado civil y calidad del hijo con respecto a su nacimiento, dato este último que fue eliminado del código civil venezolano apenas en el año 1982. Esta mención de la edad arroja una marcada tendencia al matrimonio de solteros mayores de 30 años, lo que es probable se relacione con la necesaria estabilidad económica que se requería para levantar una familia, y que tal vez estos hombres no alcanzaron a edades más tempranas.
Finalizamos mencionando otros detalles atípicos con respecto a la usanza sefardita, como la indicación en casi todos del estado civil del novio –las ketubot sólo obligan a indicar si la mujer es viuda o divorciada-. La pérdida del lenguaje religioso se advierte en la sustitución en muchos de estos documentos del sustantivo zuzin - moneda de plata originaria de Tiro, antigua Fenicia, la moneda corriente en Jerusalén cuando se estableció el texto de la ketubá- por términos laicizantes como “tesoros” e incluso “pesos”, tal vez con la intención de hacerla totalmente comprensible para las autoridades locales. Sugerimos que este tipo de ajustes en aspectos aparentemente formales terminó, sin embargo, incidiendo en la pérdida de elementos de cultura y religiosidad que contribuyeron a la desaparición de la comunidad sefardita coriana. También llama la atención en nuestras ketubot que, excepto una, todas tuvieron lugar en día miércoles. Este es un particular curioso ya que de acuerdo a una vieja tradición judía en uso hasta el presente, el día más propicio para celebrar la ceremonia de matrimonio es el martes; el tercer día de la semana. ¿Cómo explicar este desplazamiento? Una vez más se asoma como hipótesis explicativa la pérdida de memoria identitaria en el contexto de procesos de ajuste al medio cultural venezolano. Cerramos con la observación de que en seis de estas bodas firman ambos novios y en cuatro sólo el novio, requisito que no se pide para las ketubot, las cuales hasta hoy adquieren fuerza legal sólo con las firmas de los testigos, no siendo requisito que firmen los contrayentes. Como otro aporte indicativo de la no figuración social de la mujer y su contracción al ámbito de lo privado, no hay testigos de sexo femenino en estas ketubot.


Conclusiones
Mientras en el rezago jurídico de la Venezuela del siglo XIX los católicos mantuvieron el marco religioso heredado de la colonia para normar sus enlaces matrimoniales; la joven comunidad judía –carente de sinagoga y rabino, y en ausencia de una normativa laica para sancionar el fondo y forma de las uniones conyugales - tuvo como única opción enlazar lo sacramental y lo contractual. Esta circunstancia generó documentos únicos, que permitieron expresar por una parte las exigencias mínimas de un Estado errático en materia de código civil, y por otra una parte de la ritualidad de su fe religiosa, expresada en la estructura de los documentos, en algunos términos puntualmente empleados y las figuras de los asesores o autorizados para bendecir la unión sacramental, llevándola ante la autoridad civil para su reconocimiento como un acto público.
¿Cómo leer el cambio cultural en estos documentos? Aspectos religiosos, de estructura parental y de género que asoman en la lectura permiten advertir cómo una estrategia que permitía preservar el imaginario colectivo y transmitir la herencia cultural, dadas otras circunstancias reinantes terminó por diluir estos aspectos hasta perderlos.
En la base de lo religioso estuvo la laicización de un documento religioso en ausencia de expertos en ley judía que ayudaran a preservar preceptos y normas básicas, para este caso en particular, por ejemplo, la ritualidad propia de la sinagoga. Era imposible la transmisión profusa de los distintos lenguajes y expresiones de la fe religiosa en un contexto desprovisto de las estructuras y jerarquías mínimas indispensables. A esto se agrega que el Estado venezolano presionaba lenta pero firmemente por la laicización de actos antes confinados a la esfera religiosa.
En materia de parentalidad, tras los eventos xenofóbicos de 1855 la comunidad judía de Coro terminó reducida a tan pocas familias que las opciones para ejercer la endogamia local disminuyeron drásticamente. La merma demográfica hacía imperativa la presencia de contactos estables, estrechos y de larga data con otras comunidades sefarditas, los cuales hubieran permitido mantener la endogamia grupal en un contexto caribeño y no sólo coriano, ampliando así las opciones de nupcialidad para las mujeres y hombres de Coro con otros sefardíes, y estos contactos no prosperaron. Una comunidad de muy pocas familias, sin rabino y sin sinagoga, perdía las opciones y potencialidades de transmitir su herencia cultural y religiosa.
La visual de género se advierte a partir de que, si bien la comunidad judía de Coro se enfrentó en tierra firme con formas sociales y religiosas que les eran distintas, en términos de matrimonio y alianzas matrimoniales no existieron diferencias. El modelo asimétrico de la familia conyugal con el paterfamilias era compartido por ambos colectivos. El perfil doméstico de la mujer de clase pudiente venezolana se acoplaba a la perfección con el de la sefardita, así como el masculino. La vida conyugal estuvo marcada por similares preceptos.
La mujer sefardí estuvo sometida a relaciones asimétricas con un férreo control de los vientres que le negaron la opción de matrimonio –y por tanto de maternidad-, fuera de su comunidad; lo cual aunque era un factor de riesgo en términos del vínculo judaico, pudo haber sido una opción real si hubiese habido la presencia de una estructura religiosa que aminorara los riesgos resultantes de las uniones mixtas. La perspectiva de una mujer encargada de procrear y a la vez transmitir la herencia cultural e inculcar la fe religiosa se vio negada cuando la mayoría de los varones del grupo trasladaron su estatus de paterfamilias fuera del grupo original, al romper con la endogamia.
El grupo coriano, único entre los sefarditas caribeños, retrocedió con respecto a su herencia de Ámsterdam, donde los sefardíes habían soportado su interacción con otros grupos religiosos a partir de constituir una comunidad sólida, que hizo posible la rejudaización para los criptojudíos, con presencia de rabinos y acceso a expertos en ley judía. Los sefarditas corianos carecieron de estructuras que apoyaran su reemerger al judaísmo y no lograron mantener los avances logrados por sus correligionarios en el eje Ámsterdam-Curazao. Contribuyó a esto el aislamiento y el contacto con una sociedad en lo esencial católica y conservadora, mucho más fuerte que los recién emigrados y con los cuales compartía numerosos valores, entre ellos los referidos a la familia, el matrimonio y la mujer.




FUENTES
Fuentes primarias
1. Documentación de archivo
Archivo General de Indias (AGI)
Sección Audiencia de Caracas (SAC). Legajo Nº 272.
Archivo General de la Nación
Sección Interior y Justicia (SIJ). Tomos LXXXI, CV y CCLXII.
Sección Traslados (ST). Tomo CXLVI.
Archivo Histórico de Falcón-Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda Sección Instrumentos Públicos (SIP). Tomo LIII (1815-1816).
2. Fuentes primarias impresas
- Colegio Colonial. Anales del Colegio Colonial. Diciembre de 1877. Curazao.
- Gaceta de Venezuela. Trimestre 1, Nº 11. Valencia, 20 de marzo de 1831.
3. Fuentes hemerográficas
- Caño Amarillo. Coro, 15 de abril de 1894.
Fuentes secundarias
1. Libros
- Alpert, M., Criptojudaísmo e Inquisición en los Siglos XVII y XVIII. Barcelona: Edit. Ariel, 2001.
- Chiossone, T., Formación Jurídica de Venezuela en la Colonia y la República, Caracas: Edic. UCV-Facultad de Cs. Jurídicas y Políticas, 1980.
- De Lima, B., Coro: Fin de Diáspora. Isaac A. Senior e Hijo: Redes Comerciales y Circuito Exportador (1884-1930), Caracas: Edición CEP/FHE-UCV, 2002.
- Emmanuel, I., y Emmanuel, S., History of the Jews of the Netherlands Antilles. 2 Tomos. Cincinatti: American Jewish Archives, 1970.
- Flandrin, J., La Moral Sexual en Occidente, Barcelona: Juan Granica Ediciones, 1985.
- Galindo, Dunia. “De nuit ou en silence. Insultes contre les associations de femmes à Coro, Venezuela (fin du XIXe siècle). En: Bouchet, Leggett, Vigreux et Verdo (Dir.), L´insulte (en) politique. Europe et Amérique latine du XIXe siècle à nos jours. Dijón: Ediciones Universitarias de Dijon, 2005.
- García-Oliver, F., “Mujeres de Sefarad”. En: Morant, I. (Dir.), Historia de las Mujeres en España y América Latina, Tomo I, Madrid: Editorial Cátedra, 2005.
- Green, Nancy. “La formación de la mujer judía”. En: Duby, G., y Perrot, M. (Dir.), Historia de las Mujeres. El Siglo XIX, Tomo IV, Madrid: Edit. Taurus, 2000.
- Guerra, D., Derecho Internacional Privado, Tomo I, Caracas: Fondo Gráfico Universitas C.A., 1978.
- Karner, F., The Sephardics of Curaçao, Holanda: Edit. Assen, 1969.


- Parra-Aranguren, G., La Influencia del Matrimonio sobre la Nacionalidad de la Mujer en la Legislación Venezolana, Caracas: Edición Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Serie Estudios, 1983.
- van Oost, J., “Onderwijs op Curaçao in de 19e eeuw”. En: Veranderend Curaçao, Holanda: Stichting Libri Antilliani, 1999.
- Yalom, M., Historia de la Esposa, Barcelona: Ediciones Salamandra, 2003.
2. Artículos
- Capriles, J., “The girls they left behind. Curaçao’s jewish women in the nineteenth century”, en Hadassah International Research Institute on Jewish Women at Brandeis University, Boston, 2002, Working Paper Nº 11, 26 pp.
- Galindo, D., “Espacio público y poder político en Armonía y Alegría: dos sociedades culturales de mujeres en el siglo XIX” (2004), en: Revista Iberoamericana, vol. LXX, Nº 206, pp. 183-196.
3. Trabajos no publicados
- Machado, J., Historia del Código Civil Venezolano, Tesis inédita UCV, Caracas, 1934.
ií Los documentos corresponden a las siguientes bodas: Isaac Moreno y Sara Levi Maduro (1841), Eliao Suares y Ester Moreno (1842), Isaac Pardo y Esther Pardo (1847), David Curiel y Exilda Abenatar (1860), Isaac Senior y Raquel López Henríquez (1861), Isaac López Henríquez y Sara López Henríquez (1863), Jacob Senior y Ester Henríquez Juliao (1864), Isaac Curiel y Débora Abenatar (1865), Salomón Curiel y Celinda Abenatar (1866), Isaac López Henríquez y Abigail Abinum de Lima (1866) y Mordejay Levi Maduro y Sarah Abinum de Lima (1867).


ii La ley del levirato establecía que si un hombre casado moría sin tener hijos, su hermano o pariente más cercano estaba obligado a casarse con la viuda, y el primer hijo nacido de esta unión era considerado hijo y heredero legal del difunto. La palabra deriva del latín levir, que significa «hermano del esposo». Cuando un hombre casado moría sin tener hijos, se esperaba que su hermano se casara con la viuda. Los hijos del matrimonio figuraban como del primer esposo. Esta costumbre existe en otros pueblos semitas además de los hebreos.


iii Paterfamilias es aquel que tiene el señorío en su casa y se le designa correctamente con este nombre aunque no tenga hijo, pues el término no es sólo de relación personal, sino de posición de derecho. El jefe de familia tiene bajo su potestad a sus hijos y demás descendientes, sobre los cuales ejercerá la patria potestad, a la esposa y los esclavos.


iv La palabra criptojudío nace en España y Portugal para designar la conversión aparente de judíos al catolicismo. Estos judíos “conversos” que trataron de mantener en secreto algunas de sus creencias y ritos, recibieron el nombre de “marranos”. La Inquisición se especializó en tratar de descubrirles y castigarles. Su número aumentó con la expulsión de judíos de España en 1492 y con la conversión forzosa de la comunidad judía de Portugal en 1497. Muchos pasaron a las colonias españolas y portuguesas de América.